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II Domingo de Adviento

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 07/12/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 97 p. 198



Queridos hermanos sacerdotes,
queridos hermanos y amigos,

El Adviento es un tiempo hermosísimo. Y es hermoso, fundamentalmente, porque es el tiempo de la esperanza y del deseo, el deseo humano que nos constituye, y que siempre tiene que ver con la espera de un bien grande, de que la vida se cumpla; la espera de la felicidad, de la alegría, de la posibilidad de vivir contentos.

El deseo humano es una realidad muy grande y muy misteriosa, tan misteriosa como pueda serlo la inteligencia o la razón, o tan misteriosa como pueda serlo la libertad, o el amor humano. Porque el deseo, junto con la razón, la libertad y el afecto, es de esas cosas que constituyen nuestra humanidad, que nos hacen: estamos hechos de ese deseo de plenitud. Por tanto, al igual que del amor, o de la razón, o de la libertad, se podría estar hablando siempre, pero sólo como aproximándose. Y, de hecho, la buena literatura humana de la historia no es más que eso, una aproximación al misterio que somos y a alguna de sus dimensiones, y no se agota. La literatura no se agota, porque no se agota la humanidad, porque no se agota el misterio que somos, porque no se agota el misterio que es nuestro deseo.

Podemos referirnos a él de una manera muy simple: todos tenemos deseo de ser felices, y ese deseo de ser felices nos constituye. Pero, ¿cómo funciona ese deseo? ¿Por qué deseamos? Sobre todo porque hay cosas que, sin conocerlas, cuando las encontramos es como si estuviésemos hechos para ellas. Imaginaos a alguien que no ha tenido nunca la experiencia de un amor verdadero (y yo sé que no es fácil: una de las tareas que tendría que hacer una educación pensada, no en función de la economía, sino de la vida humana, tendría que ser enseñar a los niños, a los jóvenes, a los adolescentes, a distinguir qué signos hay cuando un amor es verdadero y cuando no lo es, porque los signos existen, y no somos ciegos ante una realidad así). ¿Por qué si uno no ha conocido un amor verdadero cuando lo encuentra de verdad se sosiega algo en nosotros? Como cuando tenemos sed y bebemos, o como cuando tenemos hambre y comemos, como si estuviéramos hechos para eso, para un amor verdadero.

Hay otros aspectos del deseo que uno puede subrayar y que son sorprendentes. Perdonadme que utilice ejemplos de comida o de bebida, pero somos seres de carne y hueso. Una persona no sabe lo que es un jamón de pata negra, y un buen día alguien se lo pone delante y lo prueba, y no necesita haber hecho ningún curso de nada para decir: “Esto es buenísimo”. ¿Por qué? ¿Qué sucede? Corresponde a algo que hay en nosotros. Sucede algo parecido con un buen vino. Uno puede no haber tomado vino en su vida, y prueba un buen vino y sabe que es bueno. Quizá no puede decir de él todo lo que saben los especialistas, pero sabe que es bueno, lo disfruta, lo gusta. Es decir, hay algo en nosotros que está hecho para el bien, para la belleza, para la verdad. Y la verdad, y la belleza, y el bien nos sosiegan. Sosiegan un deseo que quizá ni siquiera sabíamos que teníamos. Quien no ha probado nunca un buen vino o un jamón de pata negra no vive con la ansiedad de probarlo, salvo que alguien le haya dicho que es buenísimo. Y, sin embargo, aunque nadie le haya hablado de ello, cuando lo encuentra, sabe que corresponde a algo que hay en él que le permite reconocer su bondad.

En las cosas que son más humanas (más profundas que los dos ejemplos que he puesto), por ejemplo el amor, que es algo tan determinante en la vida, no es tan simple. Porque hay amores engañosos, porque hay amores que no son verdaderos, porque hay cosas que parecen amor y no lo son, porque saber si un amor es verdadero requiere una verificación en el tiempo. Al igual que saber si una amistad es verdadera requiere unas ciertas pruebas, justo porque la persona arriesga en la relación de amor, o en la relación de amistad, y teme ser defraudada. Pero teme ser defraudada por eso: porque hay cosas que parecen ser amistad o amor y no lo son.

El deseo tiene muchísimo que ver con la fe, tiene muchísimo que ver con Dios. Nuestra necesidad de bien, de belleza y de verdad tiene todo que ver con Dios. Nos es algo que esté separado. Y es algo que, sin embargo, llena nuestros días. Durante el próximo mes, usando la fiesta de la Navidad, miles de anuncios van a saturar nuestras casas, nuestra imaginación, nuestra inteligencia, prometiéndonos una felicidad si compramos cosas. Y todo eso es posible porque todos, en el fondo, queremos ser felices, y las cosas nos gustan, y nos dan una felicidad al menos momentánea. Y también tenemos la experiencia de que es una felicidad nada más que momentánea. El niño que tiene un juguete nuevo a los cinco minutos se ha cansado, porque lo que el niño necesita no son juguetes, sino poder ver el rostro de su padre o de su madre frente a ellos y jugar con ellos. Jugar no con cosas, sino con alguien cuya mirada te transmite su afecto, su amor. Y eso es lo que el niño necesita, no juguetes. Y eso es lo que sacia su deseo de niño, mucho más que el mejor de los juguetes del mundo.

Pero imaginaos que uno va teniendo todas las cosas que desea, incluso una buena relación familiar, una familia sana, un amor verdadero, un matrimonio que va bien, y sin embargo sigue habiendo en nuestro corazón como un cierto vacío, como si lo definitivo no lo hubiéramos encontrado realmente. Y eso constituye nuestra humanidad. Si fuéramos simplemente estímulos que se sacian con cosas, nunca tendríamos deseo de cosas que no conocemos. Sólo podríamos desear aquello que conocemos, aquello de lo que tenemos experiencia. ¿Por qué si la experiencia que tenemos de la vida es buena, sin embargo hay en nosotros un deseo, una sed que parece insaciable, un deseo de más? Y más de lo que ya conocemos, si queréis, pero siempre de más. Más de lo que ya tenemos, porque quisiéramos que lo que ya tenemos fuera eterno, que no pasase. Y ahí se abre lo más profundamente humano de nuestra experiencia.

En la tradición cristiana hay una formulación muy sencilla, en el comienzo de las Confesiones de San Agustín, esa obra preciosa de la literatura cristiana: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto (esa inquietud es el deseo) hasta que descanse en Ti”, hasta que encuentre un bien que sea, efectivamente, eterno, que sea infinito, que sea incondicional, que no tenga límites. Hasta que encuentre una verdad que sacie la inteligencia, y un amor que sacie nuestra necesidad de afecto. Y es como si nuestro corazón estuviera hecho para eso. Para ese bien del que todos los bienes nos hablan, porque todos los bienes de los que participamos alimentan el deseo de él, y que, sin embargo, nunca hemos conocido, con el que nunca nos hemos topado. Y si nos hemos topado con él, nunca ha sido de un modo en el que lo podamos poseer, o hacer nuestro, como poseemos un juguete o una cosa, y ni siquiera como poseemos a una persona, en la medida en la que poseer a una persona puede ser nunca verdadero.

Ese deseo de Dios nos constituye. Ese deseo insaciable de plenitud, ese deseo de infinito, nos distingue radicalmente de todas las especies animales. Y va unido a otra cosa que nos distingue, y es la capacidad de ser fiel, la capacidad de hacer promesas. Los animales no hacen promesas. Pueden ser fieles a quien les da un alimento todos los días, pero un animal no hace promesas. Si hay una amenaza más grande, su instinto funciona mecánicamente. Sólo un ser humano puede decir: “Yo te amo para siempre”. En la profundidad de ese deseo y en la capacidad de esas promesas se hace patente en nosotros la imagen de Dios.

El Adviento es el tiempo del deseo. Y, fijaos, mientras el mundo contemporáneo trata siempre de reducir nuestros deseos, y de prometernos una felicidad a la medida de nuestros deseos más pequeños (de una colonia, o de un aparato, de cualquier tipo de cosas que se compran, y que se venden, y que pasan de mano en mano), la Iglesia nos enseña a ir al fondo de nuestros deseos, a ir al fondo de nuestra humanidad. No sólo nos enseña a no censurar nuestros deseos, aunque os parezca que en un cierto modo de entender el cristianismo haya sido así, como si uno tuviera que estar siempre reprimiendo sus deseos. Yo he llegado a oír que “si una cosa es buena, seguro que Dios no la quiere”, como indican las expresiones: “Esto está bueno de escándalo”, o “Esto está bueno de pecado”, que expresan una profunda falsedad y una profunda deformación de la experiencia cristiana. No. El bien, hasta el más pequeño de todos, hasta el más humilde, es un signo de Dios.

La Iglesia nos educa a no censurar nuestros deseos, a no quedarnos con los más pequeños, a no quedarnos con aquellos deseos que no sacian para nada nuestro corazón, que nos engañan, sino a ir siempre al fondo de nuestros deseos. Y el tiempo del Adviento es el tiempo de cultivar el deseo. San Pablo hablaba de “la creación entera como gimiendo como en dolores de parto aguardando la manifestación de los hijos de Dios”, y es una expresión preciosa del Adviento. Pero la imagen de la Virgen aguardando el nacimiento de su Hijo con anhelo, con el deseo de ver su rostro, es otra imagen preciosa de esa profundidad del deseo humano que la Iglesia quiere que cultivemos en nosotros mismos. Hay otra frase de San Agustín, del libro de las Confesiones, que tiene que ver con ese deseo. San Agustín la pone en boca de Dios, en esa conversación interna que él tiene con Dios: “No me buscarías si no me hubieras encontrado”.

El Adviento tiene como tema de fondo, profundamente humano, el tema del deseo, y también dos figuras. La figura de la Virgen, que es la figura de la Redención cumplida, y la figura de Juan el Bautista, que es la figura a la que nos apunta la liturgia de hoy, que es alguien que nos señala el objeto del deseo, alguien que nos apunta a Cristo, alguien que nos apunta a la plenitud para la que estamos hechos.

Os propongo un trabajo para estos días hasta Navidad. No se trata de hacer cosas. Ni siquiera se trata de emplear un tiempo especial. Se trata de tener atención a algo concreto: tener atención a los signos que tenéis cerca (muchos, todos los días) de la cercanía de Dios. Porque Dios viene a través de nosotros. Viene a través de los signos: viene a través de las personas, de las cosas que pasan.

No necesariamente a través de acontecimientos extraordinarios, fuera de lo cotidiano. Viene a través de la persona que tenemos al lado, viene constantemente: todo lo que es, todo lo que existe, nos habla de Dios. Todo lo que existe alimenta en nosotros (podría alimentar en nosotros, si nuestra inteligencia estuviera despierta) la sed de Dios y la gratitud por su Presencia, por su don, por el bien que representan todas las cosas. Aunque sean pequeñas, o aunque ese bien sea pequeño, pero nos hablan: las cosas existen porque existe el Bien infinito, y todas participan de ese Bien en mayor o menor medida. Las cosas son bellas porque hay una Belleza infinita de la que participan todas las cosas, y su infinita variedad no es más que un pálido reflejo de la infinitud de Su Belleza. El amor es bello, y el amor existe, aunque sea pequeño, y auque los gestos en que se manifieste sean pequeños: la sonrisa existe, la alegría existe, porque uno puede dar gracias por el Amor infinito del que todo amor humano participa.

Es cierto que las cosas nos engañan con facilidad, pero precisamente ésa es la misión de la Iglesia. La misión de la Iglesia es muy parecida a la misión de San Juan Bautista. Es la de apuntar a vuestro corazón y deciros: “¿Tenéis ganas de ser felices? Buscad a Cristo, acoged a Cristo. Hay Alguien que puede dar sentido a nuestras vidas, que puede, sencillamente, ordenar las cosas en su sitio, y enseñarnos a darles el valor verdadero, y nos permite poder amarlas, porque en todas podemos ver un signo de Aquél que nos ha dado la vida, y que nos la ha vuelto a dar en la Redención, a pesar de nuestro pecado, y que nos ha creado para participar de su gloria, de su Belleza infinita, de su Amor infinito, de su Vida inmortal”.

Poder aprender a discernir esos signos que nos hablan de Cristo, pedirle al Señor humildemente que nosotros mismos seamos para las personas que nos rodean, que tenemos cerca, con las que nos encontramos a lo largo del día o a lo largo de la vida, un pequeño signo de la caricia de Cristo, del afecto de Cristo, de la misericordia de Cristo: ése es nuestro trabajo del Adviento, ése es el trabajo hacia el que yo os invito. Y eso nos permitirá reconocer, cuando celebremos la Navidad, el don grande que llena la vida de buen gusto, que hace la vida alegre. No porque toca, y no de una manera ficticia, arbitraria, artificial, como si uno tuviera que crear una alegría, sino la alegría de saber que ha venido a nosotros Aquél que llena de sentido todas las cosas, que llena de sentido la vida humana, y aquella misericordia que es capaz de abrazar nuestra pequeñez, nuestra miseria, porque Su Amor es sin límite, porque no tiene fin. ¡Claro que la figura de este mundo pasa!, como nos recuerdan las lecturas de hoy. Pero la fidelidad del Señor permanece para siempre, su Amor no se acaba, su gracia triunfa sobre todo.

En este tiempo preparatorio de la Navidad, la mejor preparación es pedirle al Señor: “Señor, abre nuestros corazones al deseo de Ti, y permítenos reconocer y dar gracias por todos los signos que en nuestra vida nos hablan de Ti”. ¿Sabéis cuáles son los signos que nos hablan de Dios? Los que nos hablan de nuestra propia felicidad, de nuestra plenitud, los que nos dan la alegría. Aunque sea una gota de alegría, esa gota de alegría es una participación en el océano infinito del Amor divino. Que el Señor nos dé la capacidad de reconocer esos signos. Vamos a pedírselo, para nosotros, para las personas a las que queremos, para todas las personas.

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