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III Domingo de Adviento

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 14/12/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 97 p. 211



Muy queridos hermanos sacerdotes,
queridos hermanos y amigos,

Adviento significa “venida”, y el contenido elemental, obvio, del Adviento es justamente que el Señor viene, la certeza de que el Señor viene a nosotros, la certeza de la que vive la Iglesia. Todas las cosas que celebramos a lo largo de litúrgico son realidades que vivimos constantemente, y forman parte de la experiencia cristiana, de la experiencia de la Redención de Jesucristo. Recordar que el Señor viene es alimentar el deseo de su venida.

Pero hay un obstáculo, que proviene en gran medida de nuestra educación, que sería bueno corregir. Ese obstáculo consiste en el hecho de que, en la reducción moralista del cristianismo que con frecuencia hemos padecido, hemos descrito con demasiada frecuencia la venida del Señor como un hecho que produce temor. Y la venida de Cristo, la experiencia cristiana, no puede ser una experiencia que produce temor.

Si estuviéramos atentos a los textos del Adviento, nos daríamos cuenta de que un leitmotiv de este tiempo es: “Alzad la cabeza, levantaos, se acerca vuestra liberación”. Dios, en Cristo, se nos ha revelado como Amor, y el evangelista San Juan decía: “El amor desplaza el temor”. Para quien no conoce a Cristo, para quien todavía proyecta demasiadas percepciones e ideas humanas sobre la justicia de Dios, o sobre Dios mismo, sobre la imagen, pequeña siempre, que nos hacemos de Dios, es posible que Dios pueda producir temor. Ciertamente, en un cierto tipo de cristianismo que ha abundado mucho durante los siglos del periodo moderno, y que yo creo que ha alejado a muchísimos millones de personas de la fe cristiana, Dios es alguien a quien uno se dirige con miedo, que no es en absoluto el santo temor de Dios del que habla la tradición cristiana o la Escritura. El temor de Dios es el temor a perder un tesoro, al Enemigo, que nos puede hacer perder el tesoro que significa la compañía y el gozo de la Presencia de Cristo. Pero el miedo a Dios es una idea pagana, profundamente pagana.

Cuando Dios viene, lo que produce en nosotros no puede ser miedo. Y si produce miedo, no es el Dios de Jesucristo. Jesucristo viene a nosotros y es Navidad. Jesucristo viene a nosotros y nuestra vida se ensancha. El Hijo de Dios viene a nosotros y nos revela que Dios es Amor. No que tiene amor, no que tiene un sentimiento de amor. Si Dios es Dios, Dios no tiene cosas. Dios es. Es la suma perfección. Es todo aquello que es bueno, y que posee. Dios es Amor. Por lo tanto, su Amor no tiene altos y bajos, como el nuestro; no se enfría, no desaparece. Y me diréis que el Antiguo Testamento está lleno de pasajes en los que se habla de la ira de Dios, y de la cólera de Dios, y de los cambios de sentimientos en Dios. Sí, pero todo eso son maneras humanas de hablar. Y la Revelación de Dios ha culminado en Jesucristo, que se nos ha dado de una vez para siempre, y de una vez por todas. Toda la divinidad se nos ha dado en Cristo, que ha abrazado en ese don cada una de nuestras vidas y toda la historia humana.

La venida del Señor es una venida que produce gozo, alegría. El fruto de quien conoce que Cristo viene, de quien conoce que un Amor sin límites nos es dado, es justamente una alegría, una gratitud. La acción de gracias es la actitud esencial del cristiano en la vida. Por eso el momento de encuentro de los cristianos el domingo, en memoria de la Resurrección de Cristo, lo que era en tiempo de Jesús el día primero de la semana, la prolongación de la Encarnación en la venida de Cristo a cada uno de nosotros, es la Eucaristía, la acción de gracias. Y esa acción de gracias se derrama en todas las circunstancias de nuestra vida y nos ilumina en ellas. Porque siempre, por muy negras que sean (sólo Dios sabe hasta qué punto pueden ser negras, y duras, y sangrantes las circunstancias de la vida), la venida del Señor cura, aunque no siempre en este mundo. Cuando una persona está acompañando a alguien que tiene alzheimer muy avanzado, por ejemplo, no es sabio pedirle al Señor: “devuélvele a los veinte años y que vuelva a ser lo que era”, por ejemplo. No es eso. Pero la venida del Señor permite vivir una realidad así sin que el corazón se destruya, es decir, no poniendo esperanzas vanas en cosas que no son realistas, sino sabiendo sencillamente que la Presencia del Señor es un amor que abraza a tu madre con alzheimer, a la persona que está destruida por la droga o por la prostitución, o a quien es víctima de cualquier tipo de violencia, incluso de la violencia misma interna, que tantas veces anida en el corazón de los seres humanos.

Cristo viene, y viene a curar, siempre. Viene a poner la certeza de que la última palabra de nuestra vida la tiene su Amor. Casi me atrevería a decir que ser cristiano es vivir de tal modo que uno vive con la certeza, experimentada en los gestos y en la vida de fe y de comunión de la Iglesia, de que la última palabra en mi vida no la tienen las circunstancias, sino que la tiene su Amor.

Vivimos en momentos de crisis económica, y en unos momentos de una situación cultural, social, política, no sólo en España, sino en el mundo, extraordinariamente confusos, y extraordinariamente violentos y crispados en muchos sentidos. Nos unimos hoy a una iniciativa del Movimiento Cultural Cristiano de celebrar antes de la Navidad una Eucaristía por la Solidaridad Humana. Dios mío, la única realidad que puede cambiar el mundo, que puede cambiar el corazón de los hombres, es la venida de Cristo, es la acogida de Cristo en nuestros corazones. Cuando Cristo es acogido, nuestra mirada sobre el mundo cambia, nuestra mirada de unos sobre otros cambia. Seguro que si acogiéramos a Cristo cambiarían muchas cosas, hasta nuestra idea de lo que es una sociedad política, o de lo que es una empresa, o de lo que son las relaciones humanas laborales, de lo que significa cooperar para hacer un mundo más humano, y no simplemente para que crezca más la economía a costa de más sacrificios humanos.

Hacer un mundo más humano. Eso sólo lo hace posible Cristo. Cristo ha venido justamente para hacer posible un mundo plenamente humano. Es verdad que nosotros los cristianos podemos decir: “Nosotros los cristianos tenemos a Cristo, ¿y qué hacemos con Él?” Esa es la pregunta que Bernanos, en Los grandes cementerios bajo la luna, le dirige a los cristianos. “La pregunta no es si vosotros estáis en gracia, sino ¿qué hacéis con la gracia que habéis recibido?” Ciertamente, ésa es la pregunta que nos podemos hacer siempre ante la situación del mundo. Pero os aseguro que no hay otra medicina, no hay otro lugar donde mirar que mirar a Cristo y decir: “Señor, cura Tú, empieza por curar mi corazón, ábrelo, elimina los obstáculos para que la explosión de gozo de tu venida pueda permitir mirar en cada hermano, en cada ser humano que sufre; que en cada circunstancia en la que uno se ve implicado, pueda pensar en el bien de los demás, en cómo tratar de contribuir a algo que pueda hacer nuestro mundo (a lo mejor estos cincuenta metros cuadrados donde vivo, o este barrio, o esta tienda en la que trabajo, este lugar donde estoy) un lugar donde sea más fácil dar gracias por la vida”, porque alguien me recuerda siempre que mi vida tiene un valor infinito, porque me mira como Cristo me mira.

Acoger a Cristo, prepararse para vivir la Navidad, es cambiar nuestros ojos para poder mirar al mundo como Cristo nos mira a nosotros, para poder transmitir a los hombres algo de la esperanza y de la alegría que nos es comunicada con el don de Cristo.

Pero, repito, no esperemos a la Navidad. Cristo viene a nosotros hoy en la Eucaristía. Misteriosamente, como misteriosamente vino a la Virgen. Pero viene a nosotros. El cambio del corazón y el cambio del mundo comienza allí donde acogemos a Cristo con sencillez.

Un último dato que está vinculado con el Evangelio. Las dos figuras del Adviento son San Juan Bautista y la Virgen. Y la figura de San Juan Bautista es una figura extraordinariamente atractiva en muchos sentidos. Simplemente recordar que su misión es apuntar a Cristo, no apuntar a nosotros. Y en ese sentido, la Iglesia puede reconocerse de algún modo en esa figura de San Juan Bautista, en el sentido de que la vocación de la Iglesia es semejante a la suya, es apuntar a Cristo. No somos nosotros quienes tenemos que dar testimonio de nosotros mismos. Nosotros tenemos que dar testimonio de Alguien, de Aquél que nos ha redimido, de Aquél que hace posible nuestra alegría y nuestra esperanza, de Aquél que viene a nosotros y cambia nuestro corazón, de Aquél que cura nuestras heridas, de Aquél que, cuando nuestras heridas no tienen cura, nos sigue abrazando hasta más allá de la muerte, y nos arranca del poder de la muerte.

Vamos a dar gracias al Señor, a proclamar la fe, y a pedirle que su venida nos convierta realmente, de tal manera que cada uno de nosotros seamos germen de ese mundo nuevo, de ese mundo humano, de un mundo en el que los seres humanos se miren unos a otros, no como competidores, sino como hermanos, hijos de una misma familia, partícipes de la misma herencia, llamados a la misma vocación, verdaderamente hermanos.

Esta misma semana hacía pública la Santa Sede la carta que ha escrito Benedicto XVI con motivo del día 1 de enero, Jornada por la Paz. Y el Papa nos invita de una manera muy explícita a esa humanidad que nace de Cristo, justo en las circunstancias actuales del mundo. El mundo no está para servir a la economía. Es la economía la que está para servir al hombre. Pero para que el hombre pueda ser la meta de los esfuerzos económicos y políticos de todos, es preciso reconocer de nuevo el valor de la dignidad humana. Y el hecho de ser cristianos, el acoger a Cristo en nuestras vidas, es lo que nos hace posible reconocer ese valor de la dignidad humana.

Vamos a proclamar la fe, gozosos de ese regalo que, sin merecerlo, sin mérito alguno por nuestra parte, todos hemos recibido.

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