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Nochebuena (selección de párrafos)

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 24/12/2008. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 97. p. 221



Las mismas palabras con las que acaba de terminar, mis queridos hermanos, el Evangelio que nos ha sido proclamado hace un momento, “Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres que Dios ama”, no han dejado de resonar en el mundo desde aquella primera vez que resonaron, y siguen resonando esta noche en nosotros con la misma frescura, con la misma capacidad de renovar el corazón, la vida y la historia, que tuvieron cuando fueron pronunciadas por primera vez.

Paz a los hombres. ¿Qué tipo de paz? ¿Qué paz nos anuncia? ¿Cuál es esa buena noticia, y qué paz nos trae esta noticia que nos sigue convocando, en mitad de la noche, entorno al altar de Cristo? Esa paz no es la paz de la falta de guerras, o de la convivencia más o menos pacífica entre los grupos humanos. Es la paz que ilumina nuestra vida de tal modo que, sean cuales sean las circunstancias de nuestra vida, podemos decir que una luz ha resplandecido y se nos abre el horizonte de la vida eterna.

San Agustín decía en una de sus homilías que los seres humanos no conocemos en nuestra vida más que dos instancias: el nacer y el morir. Y es verdad. Si miráramos nuestra vida solamente desde esas dos instancias, surge una gran pregunta: ¿A quién pertenece nuestra vida? ¿De quién es? ¿Para qué sirve? ¿Cuál es su meta, su fin? Y la experiencia más común, más repetida, la experiencia que todos percibimos desde que tenemos uso de razón es que el final inmediato de nuestra vida, el horizonte de nuestra vida es, sencillamente, la muerte.

Pero nos preguntamos más. ¿Qué sentido tienen, por ejemplo, las fatigas que llevan consigo la vida? ¿Qué sentido tiene enamorarse? ¿Qué sentido tiene el amor en todas sus formas: de los padres a los hijos, el de los hijos a los padres, o el de los esposos? ¿Qué sentido tiene el tratar de vivir en paz, el construir un mundo más bueno, la verdad o la mentira? Si todo lo devora la muerte, ¿cuál es realmente el sentido de nuestra vida, el significado de nuestra vida?

Que la vida no es nuestra, también es un dato evidente. No nos la hemos dado a nosotros mismos, no somos dueños de ella. No somos dueños de las circunstancias en las que sucede nuestra existencia. No las hemos elegido nosotros, no tenemos la posibilidad de controlarlas. No está en nuestra mano el cómo somos, ni nuestra lengua, nuestra historia, la familia a la que venimos, el contexto en que hemos crecido, la educación que hemos recibido. Todas las cosas que determinan más nuestra vida no las hemos hecho nosotros. Pero entonces, si no son nuestras, si no somos dueños de ellas, ¿a quién pertenecen? ¿A la suerte? ¿A una instancia ciega, inexistente? ¿A una combinación fortuita de circunstancias? ¿A un cálculo de probabilidades? ¿Al vacío, en definitiva?

Si miramos nuestra vida de tejas para abajo, todos encontraríamos razones en ella para no celebrar un gozo que pueda darse en cualquier circunstancia. Esta misma mañana, una mujer, que había vivido hacía pocos días la muerte de un familiar y el infarto de un hermano de ese mismo familiar el mismo día de la muerte, y un infarto muy grave, me decía: “¿Cómo puedo yo celebrar la Navidad? ¿Cómo puedo yo cantar villancicos?” Y yo le decía: “Tal vez cantar villancicos con pandereta y champán, no. Pero si hay un motivo por el que uno pueda dar gracias hasta en un momento como ése, es sencillamente la certeza de que Dios se ha hecho hombre, de que el Hijo de Dios se ha encarnado, de que Dios ha salvado la distancia infinita para hacerse Compañero nuestro de camino”.

La paz con la que uno puede mirar la vida, con la que es posible afrontar la vida, y la muerte, y la enfermedad, pero también las cosas bellas; la paz y la alegría con la que es posible vivir para un hijo de Dios nace de este acontecimiento único y absolutamente insospechado. Las culturas, los seres humanos se habían imaginado a los dioses de mil maneras diferentes, incluso algunas culturas se habían imaginado dioses que aparecían o se manifestaban con un forma humana de alguna manera. Pero lo que no era posible para la razón humana, ni para la imaginación humana, era pensar que Dios se hiciera servidor nuestro, necesitado de nosotros. Que Dios tuviera necesidad de una Madre que Le diese el pecho, y que Le enseñase a comer, y a caminar, y a hablar; que Dios amase tanto al hombre que asumiese nuestra condición humana haciéndose uno con nosotros, y experimentando, desde el llanto del niño que nace, hasta la traición y la mentira humana, bebiendo el cáliz del dolor y del drama humano hasta las heces. De aquí a unos meses estaremos celebrando la Pasión del Señor. Y la Pasión no es más que la consecuencia de haber nacido. La consecuencia de que Dios haya querido experimentar, y experimentar en este mundo marcado por el pecado, la condición humana para que nosotros no estuviéramos solos.

La razón por la que en cualquier circunstancia podemos celebrar la Navidad es sencillamente ésta, porque sabemos que nuestra vida pertenece a Dios. Sabemos que no es nuestra. Eso lo saben también los no creyentes, lo sabe todo el mundo. Pero nosotros sabemos que pertenece a Alguien, y que ese Alguien nos ama con un Amor infinito. Y eso cambia la vida.

La Navidad, la Encarnación, no tiene más razón de ser que el Amor. Y que Dios pueda ser tan infinitamente grande que pueda darse a Sí mismo y entregarse a Sí mismo para elevarnos a nosotros, desde nuestra pobreza, desde nuestro drama, a la inmensidad de su Vida, a la inmensidad de su Amor, a hacernos partícipes de su Amor, a comunicarnos su propia Vida divina, a hacer de nosotros hijos de Dios. Eso es lo que es inimaginable. Y eso es lo que celebramos. Eso es lo que ha acontecido de una vez por todas en la historia, para escándalo del pensamiento humano y de la razón humana, porque es escandaloso.

Uno de los padres del pensamiento Moderno decía: “Una verdad histórica, un acontecimiento histórico no puede ser nunca algo de lo que se derivan verdades universales”. Pero lo que nosotros afirmamos no es una verdad universal. Lo que nosotros afirmamos es que, de ese acontecimiento, lo que se deriva es una experiencia humana. Experiencia que nos es accesible a nosotros hoy en la comunión de la Iglesia, en nuestra vida cotidiana. Vivir cristianamente significa saber que no estamos solos. Y, ¡Dios mío!, sólo Él sabe hasta qué punto puede ser oscura la soledad, o el dolor de la traición, o la mentira, o las heridas que la historia puede ir dejando en nuestra vida. Y, sin embargo, quien ha encontrado a Jesucristo, puede alimentarse en la Eucaristía de este pequeño belén, y, sin embargo, humanamente más grande y más solemne que aquel portal donde nació el Hijo de Dios, en el que Cristo se nos da todos los días a nosotros para comunicarnos la vida de hijos de Dios, alimentarnos con su vida divina.

Quien ha conocido a Jesucristo sabe que puede vivir la vida de un modo diverso. Y puede mirar al pasado y al futuro, y a los demás, a los amigos y a los enemigos, a la historia humana, a las circunstancias de la vida, sabiendo que no son ésas las que determinan quiénes somos, que no son las circunstancias quienes nos hacen, quienes determinan el valor de la vida; no es lo que nosotros seamos capaces de alcanzar en ella en cuanto a posición social, o dinero, o reconocimiento de ningún tipo. Lo único que da la medida del valor de una vida humana es la Sangre preciosa del Hijo de Dios, que se ha entregado por mí para que yo pueda vivir como un hijo de Dios. Vivir con la certeza de que la muerte no es la dueña de mi vida, que no tiene sobre mí la última palabra, porque hay un Amor más fuerte que la muerte, y de ese Amor tenemos, no sólo el testimonio de los Apóstoles, no sólo la tradición de la Iglesia, sino la experiencia en la comunidad cristiana, la experiencia en nuestra vida de esa misericordia y de ese Amor que pasa por encima de todo, que nos abraza en nuestra pequeñez, que salva cualquier tipo de distancia para rescatarnos y abrirnos a una esperanza sin límites.

El mayor don que nosotros pudiéramos dar al mundo, quienes tenemos ese inmenso e inmerecido regalo de la fe, sería justamente poder testimoniar esa fe. Poder transmitir a tantas personas, como esa mujer que yo os comentaba hace un momento, que siempre hay una razón para dar gracias, que siempre hay una razón para dar gloria a Dios, y para bendecirle y alabarle, hasta en la muerte, por la sencilla razón de que hemos conocido el sentido último de nuestra vida: el Amor que se nos ha dado esta noche, que nos ha dado en Cristo, que se ha hecho Compañero nuestro de camino en la vida.

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