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Homilía en la Misa de medianoche en el Año nuevo

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 01/01/2009. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 98. p. 247



Muy queridos hermanos sacerdotes,
queridos hermanos, amigos, hijos de las comunidades de San Emilio,
queridos hermanos y amigos que también os habéis querido unir a esta celebración,

En el día 1 de enero se unen tres motivos de celebración diferentes, y, de ellos, solamente el segundo es realmente importante.

El primero es el fin de año y el comienzo de año. Y ese motivo, lo cierto es que sólo nosotros tendríamos motivos para celebrarlo. No juzgo a nadie, pero el tiempo es una realidad tremendamente ambigua, y celebrar el paso del tiempo no tiene mucho sentido fuera de Jesucristo. Los hombres lo han celebrado siempre, pero lo han hecho como un modo de olvidarse de que el tiempo pasa. Es decir, en el fondo, como un modo de olvidarse del tiempo. Porque celebrar el paso del tiempo, fuera del acontecimiento cristiano, es absurdo. Porque, ¿qué hace el tiempo? Acercarnos a la muerte. Eso es lo que realmente hace. Y el deseo rutinario de decirnos unos a otros “Feliz 2009” (bueno, el 2009 todavía nos recuerda que estamos en el año 2009 de la era cristiana y, por lo tanto, que la Historia tiene un centro, y que nuestras vidas tienen un centro), el pensar que el paso del tiempo por sí mismo puede traer algo mejor, de suyo, la Historia no lo verifica. Las culturas nacen, crecen y, como las vidas humanas, envejecen, mueren, desaparecen. Esto es sólo posible porque ha habido un acontecimiento que abraza hasta el fondo, desde la raíz, desde el núcleo mismo de lo que somos, nuestra vidas, las vidas de cada uno de nosotros, sin condiciones previas. Porque la inmensa mayoría de nosotros no hemos buscado a Dios, e incluso quienes humanamente podríamos pensar que lo hemos buscado, no lo hemos buscado, como casi todas las cosas importantes de nuestra vida, que nos han sido dadas. Somos nosotros los que hemos sido encontrados por Dios, porque hemos sido amados desde toda la eternidad, hemos sido creados. Porque hemos sido encontrados, sabemos quiénes somos, cuál es nuestra vocación, cuál es nuestra herencia, cuál es nuestro destino. Porque hemos sido encontrados, en Cristo, sabemos que somos hijos de Dios, que podemos vivir en la libertad de los hijos de Dios, que a pesar de todas nuestras torpezas, y nuestras pequeñeces, y nuestras miserias, nuestra esperanza no está en que un día consigamos salir de ellas, sino que nuestra esperanza está en un Amor que nos ha sido entregado previamente a todo, y por encima y más allá de todo. Esa es nuestra esperanza. Y eso es lo que salva nuestra vida, lo que rescata nuestra vida, lo que nos devuelve la libertad, lo que nos hace posible amar el tiempo, amar cada instante, cada segundo, y todas las cosas que hay en él; y amar las personas, y dar gracias por el pasado, y esperar en el futuro.

La esperanza deja de ser algo irracional cuando uno ha encontrado a Jesucristo. La alegría en el presente deja de ser algo irracional cuando uno ha encontrado a Jesucristo. Porque uno no tiene que olvidarse de que existe la muerte, o el pecado, o la vejez, o los límites humanos, o las heridas que nos hacemos unos a otros, o que la vida nos va produciendo. No necesitamos nada de eso para vivir con esperanza, y para mirar al futuro. Yo no sé si tendré salud este año. Yo no sé si las cosas me irán bien, humanamente hablando. Yo no sé si los proyectos y las cosas en las que uno pone su ilusión y su corazón tendrán éxito o fracasarán. Sólo hay una cosa de la que estoy absolutamente cierto. Y esa roca es como el suelo firme para mi vida, como lo es para la vuestra: que el Amor con el que soy amado permanece para siempre. Y que el Amor con el que soy amado es infinito. Y ese hecho único, aparentemente sencillo, que constituye toda la razón de ser de la existencia de la Iglesia y del cristianismo, cambia absolutamente el significado de todo: de nuestra vida, de nuestro corazón, de nuestro vivir, de nuestro morir, de nuestro trabajar. Cambia el valor de las cosas bellas y hermosas de la vida, las llena de una dimensión que las abre al infinito, y empequeñece las cosas malas de la vida, porque muestra su verdadera dimensión, que es la nada.

Por eso os decía que sólo nosotros, en el fondo, tenemos motivos para dar gracias. En el antiguo vocabulario cristiano se usaba una expresión: año de gracia del 2008, y año de gracia del 2009, y del 2010, y todos, porque todos los años son de gracia.

Esta tarde comentaba con algunas personas que, cuando hay gente que te dice: “Que le conceda el Señor muchos años”, yo les digo: “Yo los espero todos: los que Dios quiera en este mundo, pero no pienso perderme ni uno”, porque el tiempo está dentro de Dios. Y el Señor nos ha introducido en su vida, nos ha hecho partícipes de su vida, nos ha rescatado de la esclavitud del tiempo, y ha llenado el tiempo con su luz y con su presencia de un modo que, repito, la vida se vuelve apasionante en cada segundo. Y no porque seamos transportados a un mundo de ciencia ficción, o de plástico, donde no existe nuestro drama humano; sino porque ese drama humano ha sido recuperado por su misericordia, salvado por su Amor, curado; porque hemos tomados sobre los hombros del Buen Pastor, como la oveja perdida, seguros de volver a casa, seguros de llegar a casa, y seguros de lo que en casa nos aguarda, que es esa vida de la que ésta y sus bellezas sólo son el pálido comienzo, el pobre pregusto inicial, nada más que eso. Cómo impresiona cuando uno aprende que los primeros cristianos llamaban al día de la muerte el dies natalis, el día del nacimiento, porque era el día en que se empezaba a vivir, porque era el día en que uno accedía a ver lo que ahora aquí sólo vemos a tientas, entre velos. Lo vislumbramos por el don de la fe, y también porque nuestro corazón está hecho para esa Belleza infinita. Pero el día que ese resplandor, la gloria de ese Amor infinito, se desvele delante de nosotros, lo que realmente se abre sobre nosotros es un horizonte de vida apasionante. Y por eso, porque tenemos la certeza de la gracia que hemos recibido, de la gracia del nacimiento de Cristo, del encuentro con Cristo, el horizonte de la vida eterna llena de buen gusto esta vida.

La segunda de las tres cosas que se celebran en el día 1 de enero es la más importante, porque es la que da sentido a las demás. El 1 de enero es todavía el día de Navidad, es la octava de Navidad, y es la fiesta de la Virgen, la Virgen Madre de Dios, que expresa que Dios nos ha amado tanto que ha querido tener necesidad de nosotros, que ha querido hacerse uno de nosotros, tener una madre, para hacer posible que, así, nosotros, nuestra pobreza, nuestra carne mortal, pudiese participar de la vida divina, que se ha unido a nosotros como no hay unión en este mundo, ni la del amor más grande que pudiera imaginarse, o que hayan podido imaginar los artistas o los poetas jamás en la vida, o experimentar ningún ser humano. Con ese Amor nos ha amado Dios, hasta hacerse uno con nosotros, para, experimentando Él nuestra pobreza, su dependencia, la misma dependencia que tiene un niño de su madre, que le tiene que hacer todo cuando nace, Él ha querido experimentar ese pequeñez para elevarnos a nosotros hasta la grandeza de su gloria, hasta la belleza de su Amor.
Y sólo este hecho, que es la Navidad, que aún estamos celebrando hoy, es el que da sentido a la tercera celebración, o conmemoración, o súplica, que se hace en este día 1 de enero. Esta última es muy reciente, ha sido instituida por un Papa recientemente, y es la Jornada Mundial de la Paz.

Todos los años hay que pedir por la paz, porque todos los años hay lugares del mundo, y no sólo en el “mundo mundial”, sino también en el “mundo pequeño” en el que vivimos cada uno: nuestras familias, nuestro propio matrimonio, en nuestras casas, donde, de repente, falta el Señor y se hace la noche, y entra el frío y la oscuridad. Pero hay lugares del mundo donde esa noche es tan grande que, realmente, uno no es capaz de entenderlo, y sin embargo es la condición humana. Todos los años hay países y lugares por los que pedir.

Yo quisiera que en este año pidiéramos en especial por esa dolorida tierra que lleva más de cincuenta años de una guerra crónica, Palestina, la tierra de Nuestro Señor, la Tierra Santa, donde ha resplandecido el Amor de Dios a los hombres, y la misericordia de Dios por los hombres, y la gracia de Dios para el mundo entero. Y, sin embargo, porque tanto la cultura judía como la cultura musulmana tienen dentro de sí, incorporadas dentro de sí, como encarnadas, la ley de la venganza, parece que sólo un milagro de Dios puede realmente conseguir la paz. Y la guerra se prolonga, y se prolonga, y sigue devorando vidas humanas. Y nosotros tenemos razones para pedir ese milagro al Señor. Y para pedir que los intereses potentísimos y geoestratégicos del mundo no sigan sembrando de sangre esa tierra, y muchas otras tierras a lo largo de nuestro mundo.

Cuando el Papa Benedicto XVI escribía su mensaje para esta Jornada de la Paz, lo vinculaba también a la situación económica del momento. Y nos invitaba a algo que nosotros, cristianos, precisamente porque conocemos la Navidad, precisamente porque conocemos a Jesucristo, no podemos desoír. El Papa decía que una de las condiciones de la paz es, justamente, que la vida económica deje de ser el ídolo al que todos servimos. Y es necesario construir una economía donde la meta sea el hombre y no la economía. Donde la meta sea la vida humana, el bien de la vida humana. Donde la vida económica se construya en función del bien de los hombres, y no se sacrifiquen las formas de vida, incluso de vida familiar, las formas de convivencia humana a los intereses, en el fondo, de los bienes económicos, del petróleo. ¿Vosotros creéis que el Medio Oriente no estaría tan herido si no fuera una de las pocas reservas de petróleo de la humanidad? Pero, ¿justifica todo el petróleo del mundo una sola vida humana? Una sola. Y lo mismo podíamos hablar de otros bienes. No.

Pero, ¿es razonable pensar que eso sucede automáticamente, o que las autoridades del mundo pueden orientar la vida por ahí? Esto es sólo posible si hay un pueblo que tiene razones para vivir de otra manera, sólo si hay una experiencia humana que permite establecer las liturgias de nuestra vida, los ritmos de nuestra vida, el orden de nuestros tiempos, el modo de emplear nuestros tiempos de un modo diverso a como los emplea el mundo. Sólo el pueblo cristiano puede hacer resplandecer una cultura para el hombre, y una economía para el hombre, y una política para el hombre, y, si queréis, hasta una estética para el hombre, donde el hombre sea el centro. Sólo nosotros, porque hemos encontrado ese Amor que muestra el verdadero valor de nuestra vida. Porque si Dios se ha entregado por mí, es que mi pobre vida tiene un valor infinito. Eso resume la experiencia cristiana. Y mi pobre vida, y la vida del más pobre de los humanos (porque nos llevamos todos el canto de un duro), tiene un valor infinito, porque por él, o por ella, ha nacido y ha entregado su vida y ha derramado su sangre el Hijo de Dios.

Por eso, muchos hombres de buena voluntad desean un mundo humano. Todos, en la medida en que su corazón no está verdaderamente destruido por el mal, que también los hay. Pero en quien quede un resquicio de humanidad, desea un mundo humano. Pero nadie tiene tantos motivos como nosotros. Y no como un esfuerzo titánico ni heroico, sino como una gracia, simplemente dejando que resplandezca el don que el Señor nos ha hecho: la gracia del perdón, la gracia de la misericordia, la gracia de la gratuidad, es decir, de que la vida es para darla.

A la hora de suplicar bienes para este año, ¿qué os parece si suplicamos que seamos capaces de reconocer su gracia? No el que no nos falte su gracia, porque no nos va a faltar. Lo que hay que pedirle es que nosotros sepamos verla, que nosotros podamos reconocerla. ¿Sabéis cuál es la manera humana en que su gracia se hace presente? Cuando tenemos cerca de nosotros personas que nos dan testimonio del gozo de dar la vida: padres de familia, madres de familia, jóvenes, personas en quienes, sencillamente, uno descubre lo valiosa que es la vida humana por lo bella que es la gratuidad, por lo bello que es ese don de la vida. Y en esas vidas, casi sin que se den cuenta la mayoría de las veces, resplandece la gloria del Señor, la gloria de Cristo.

Que el Señor nos conceda la gracia de que no nos falten cerca personas que nos muestren esa belleza, y que, mostrándola, nos inviten a reconocer la presencia de Cristo, que es la única fuente de una humanidad buena, gozosa, capaz de dar gracias por el don de la vida y por todo el bien que hay en ella; capaz de dar gracias todos los días por el don del Señor que viene a nosotros en el tiempo, que viene a nosotros segundo a segundo; que no cesa de venir a nosotros; y, porque Dios es Dios, y porque Dios es fiel, no cesará jamás de venir y de estar junto a nosotros. Esa es la raíz de toda alegría verdadera y de toda esperanza. Por eso, que el Señor nos conceda esos testigos que nos recuerden, que nos reclamen, que nos llamen una y otra vez a la verdad que justifica y llena de sentido y de buen gusto la vida y todo lo que hay en ella. Que así sea para todos nosotros. Vamos a proclamar nuestra fe.

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