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Homilía en la Eucaristía con ocasión del aniversario de la Toma de Granada

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 02/01/2009. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 98. p. 259



Mis queridos hermanos sacerdotes,
Capitulares de la Santa Iglesia Catedral,
Capellanes Reales,
querido Sr. Alcalde,
querido Sr. Subdelegado del Gobierno,
autoridades civiles y militares,
queridos hermanos y amigos todos,

Un año más, el día 2 de enero, nos reunimos para lo que nos reunimos siempre los cristianos, que es para dar gracias a Dios. Y yo sé que no resulta fácil comprender (humanamente sí, pero desde el punto de vista de la fe cristiana…) por qué damos gracias. Damos gracias por una victoria. Y aquella victoria es verdad, pues terminó con ocho siglos de devastaciones, de hostilidades, de intolerancias, de mucho sufrimiento. ¿Pero es lo justo, dar gracias simplemente por una victoria? Y ahí entra toda la pregunta sobre el significado de nuestra historia.

Sin embargo, tenemos que tener un significado. Si a cualquiera de nosotros nos preguntasen quién eres, si a cualquier ser humano se le pregunta quién es, no hay más manera de responder a esa pregunta que contando una historia. Hay que contar una historia. De alguna manera, nuestra historia nos pertenece, porque nos hace. No hay otra forma. Es distinto si decimos qué es el ser humano, pues podemos responder con ideologías, o qué es la persona. Pero si te preguntan quién eres tú, no hay más manera de responder que diciendo: “Soy hijo de fulano, y de mengano, he nacido en tal sitio, en tal año, me eduqué en tal lugar”. Es decir, no hay más manera de conocer a una persona humana, o a las personas humanas, que conociendo su historia. La historia, en gran medida, dice quiénes somos. De ahí que, desde la más remota antigüedad, los poderes del mundo han tratado de configurar la Historia, precisamente porque es una forma de apropiarse, por así decir, o de facilitar a los seres humanos la explicación de quiénes son.

Nuestra historia, yo creo que es una historia mucho más grande de lo que estamos habituados a vivir en lo que es hoy políticamente correcto. Pero es una historia también en la que hay miles de miserias y de pecados, que yo tampoco tengo ningún inconveniente en reconocer, y que me duelen a mí, como le duelen a cualquier cristiano que haya comprendido cuál es su fe. La grandeza de nuestra historia no está en los triunfos que los seres humanos hemos podido alcanzar con nuestras fuerzas. Ni siquiera en los logros culturales, más o menos brillantes, que hayamos podido conseguir. Ni en las miserias de nuestra historia, que son muy grandes, y yo creo que en todos los pueblos. Porque, si su historia es lo suficientemente larga, no hay pueblo que pueda presentar ante los ojos de una persona que quiera mirar con ojos limpios su historia sin poder  dejar de reconocer en ella miserias, injusticias, maldades.

De tal manera que, claramente, desde una perspectiva cristiana, cuando hablamos de enemigos nunca hablamos de personas. El verdadero Enemigo son las pasiones del hombre, que nos invitan; y la herida que llevamos dentro, que nos hace tantas veces ceder al egoísmo, a la envidia, al orgullo, al deseo de afirmarnos a nosotros mismos por encima de los demás. Ése es nuestro Enemigo. Eso es lo que siembra de sal nuestra vida humana, y lo que la envenena tantas veces, y hace la vida de los hombres difícil, y sacrifica vidas humanas sin cuento.

Pero, fijaos, yo quisiera deciros esta mañana, y es lo que me corresponde como Pastor de la Iglesia, como Obispo cristiano, y como fiel cristiano, qué estamos celebrando este día, a los pocos días de haber celebrado esa luz de la noche de Navidad. Todas nuestras historias personales, en las que también hay grandezas heroicas y miserias terribles a veces, todas nuestras heridas y nuestros logros, toda nuestra humanidad se ilumina a la luz de ese misterio, que es misterio precisamente porque su luz es inabarcable, no porque sea oscuro o difícil de comprender. En la Navidad Dios se nos revela de un modo, se nos da, se nos entrega, se hace uno con nosotros, viene a nosotros de un modo que jamás había correspondido a las imaginaciones humanas. Viene a nosotros como Amor. Se hace, por así decir, siervo nuestro para engrandecernos a nosotros.

Y así, desvela un sentido de la Historia, en el cual todas las construcciones históricas que los hombres hemos hecho, y hacemos, y no cesamos de hacer para dar sentido a nuestra vida, encuentran su sentido definitivo y pleno.
Si Dios es Amor… En eso se resume la experiencia de quien ha conocido a Jesucristo, y la experiencia de la Iglesia en lo que tiene de bello y de grande, y hasta en las culturas que han nacido de ese humus de la experiencia cristiana. Si Dios es Amor, también la grandeza humana consiste fundamentalmente en amar. Y también la mejor manera, la más eficaz, de construir una Historia humana, de construir un futuro humano, de hacer una sociedad en la que nos podamos sentir agradecidos de pertenecer a ella, es, justamente, acoger ese Amor de tal manera que transforme nuestro corazón, y que el centro de nuestras acciones, de nuestros deseos, de nuestra vida sea justamente el amor. Un amor como el que nosotros hemos conocido, como Aquél que recibimos en la Eucaristía y del que tenemos experiencia cuando participamos en la comunión del Pueblo cristiano, en la comunión de la vida de la Iglesia. Ese Amor que ha hecho lo más grande de nuestra historia humana, y también lo más grande de nuestra historia cristiana.

Si Dios es Amor, el secreto de la vida y de la construcción de esa Historia será siempre el amor, la misericordia. La categoría fundamental de las relaciones humanas deja de ser el poder, para pasar a ser, justamente, el amor. Y de eso yo no tengo por qué avergonzarme. Yo me avergüenzo de muchos actos que hemos hecho los cristianos, sin duda, y que hemos hecho sacerdotes, y obispos, e incluso a veces papas, a lo largo de la Historia, cuyas vidas han estado más o menos corrompidas. Sin embargo, no me avergüenzo de mi tradición cristiana. No puedo avergonzarme. Porque es lo más bello que ha existido jamás en la Historia humana al revelarnos a un Dios que se da a Sí mismo para que nosotros crezcamos.

Y eso corresponde profundamente a algunas intuiciones nebulosas que hay en nosotros, pero que jamás nos habríamos atrevido a formular de forma explícita. Hasta el amor a los enemigos. Bueno, un cristiano no tiene enemigos. Puede tener personas que nos odian. Pero él no se siente enemigo de nadie, ni odia a nadie, porque no es posible. Porque, si Dios se ha dado a nosotros siendo nosotros enemigos suyos de tantas maneras, siendo nosotros esclavos del mal, del egoísmo, de la avaricia, de tanto mal que nos destruye; y Dios no ha tenido reparo en abrazarnos en nuestra miseria, ¿cómo puedo yo sentirme enemigo de alguien? “Amad a vuestros enemigos” forma parte del Sermón de la Montaña. Otros pueden odiarme, pueden odiarnos. Pero yo no tengo, por así decir, licencia para presentar bajo capa de bien el odio a nadie.

¿Cómo puedo avergonzarme de una tradición que propugna, sencillamente, que la grandeza humana es directamente proporcional a la cantidad de amor que uno es capaz de acoger en la propia vida y de derramar al lado suyo? ¿Cómo podemos avergonzarnos de una tradición que nos dice precisamente que la construcción de la ciudad humana se hace con amor, y no a base de avaricia? Por esa tradición es por la que hoy, y todos los días de nuestra vida, tenemos motivos para dar gracias. Yo os invito a que las demos.

Y os invito también a que pidamos por la paz. Ayer era la Jornada Mundial de la Paz. Y una vez más, la paz sigue amenazada en muchas partes del mundo. Y no existe en muchas partes del mundo. Lo hemos vuelto a ver en estos días, en esa dolorida tierra que es Palestina y en el pueblo de Israel. Vamos a pedir por la paz en aquel lugar en el que nació el Señor, el Príncipe de la Paz, la fuente de este tipo de cultura y de este tipo de humanidad de la que acabo de hablar tan pobre y miserablemente, porque sólo los santos hablan bien de eso. Y sólo un milagro puede hacerla posible. Porque uno comprende que, en las relaciones humanas, a menos que aparezca la gratuidad que hace posible el perdón, la violencia, la venganza, la justificación del odio encuentran tantos motivos… Es tan fácil justificar el responder al mal con el mal… Es tan fácil hacer razonable el decir “si a mí me han hecho daño, yo no puedo reparar este daño si no es haciendo un daño igual…” Eso parece tan lógico, que sólo el milagro de la gratuidad de Dios, y de la misericordia infinita de Dios, de la que todos nosotros tenemos necesidad, es capaz de hacer florecer en el corazón humano algo más grande. Y cuando yo pienso en esos países, que llevan ya más de cincuenta años de guerra permanente, intermitente, crónica, pienso: “A menos que florezca en medio de él ese milagro que hace, de nuevo, florecer lo mejor de nosotros mismos y lo mejor de nuestra humanidad, la paz será imposible”.

Pero también nosotros vivimos en un contexto donde la crisis económica genera sufrimientos muy grandes, genera resentimientos, pueda dar lugar a violencias y a una especie de inestabilidad social grande, y yo os invito a que pidamos hoy, justamente en la celebración de la Navidad, en la celebración de este día de la Toma, a que cada uno de nosotros, a la medida de nuestra vocación y de la percepción de quién es Dios para nosotros, que nos empeñemos, de la mejor manera que sepamos cada uno, poniendo lo mejor de nosotros mismos, en construir un mundo, una ciudad, una sociedad en torno a nosotros donde las cosas estén al servicio del bien humano, donde los hombres no estén, por ejemplo, al servicio de la economía. Una economía que se convierte en el motor de todo, sacrifica vidas humanas, como aquel ídolo de la antigüedad que se llamaba Moloc, que devoraba a sus adoradores.

Tenemos que reconstruir un mundo, tenemos que reconstruir una sociedad y una economía al servicio de la vida humana. A lo mejor con menos beneficios, a lo mejor más sobria, menos pretenciosa, pero donde la meta del trabajo y del esfuerzo humano sea el bien de los hombres, y no simplemente el incremento de los beneficios.

Una economía así es la única posibilidad de una humanidad de la que podamos dar gracias. En este día en el que damos gracias por nuestra tradición cristiana, por los siglos de nuestra tradición cristiana que llevamos pudiendo vivir en nuestra ciudad de Granada, Le pedimos al Señor ser instrumentos de esa humanidad bella y buena que todos los seres humanos, independientemente incluso de la religión o de la tradición cultural a la que puedan pertenecer, llevan inscrita en el fondo de su corazón y desean. Que seamos nosotros instrumentos de esa humanidad más buena.

Y en un momento de dificultad, para tantas familias y para tantas personas cerca de nosotros, sin duda, que seamos instrumento de compasión en el sentido de “con padecer”, de “padecer con”, de compartir el sufrimiento, de compartir los bienes de la tierra, de compartir la esperanza, la comida que el Señor nos da, con aquellos que tienen más necesidad que nosotros.

Y así podremos seguir dando gracias todos los días de nuestra vida por la herencia que hemos recibido y por no ser excesivamente indignos de ella. Vamos a proclamar nuestra fe.

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