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Homilía en la Epifanía del Señor

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 06/01/2009. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 98. p. 269



Mis queridos hermanos sacerdotes,
queridos hermanos y amigos,

La fiesta de la Epifanía, para nosotros comúnmente la fiesta de los Reyes Magos, es como una segunda Navidad. Y, de hecho, el origen de su difusión por toda la Iglesia, fue precisamente eso. La fiesta de hoy es la fiesta que celebraban los cristianos de Oriente, mientras que el día 25 de diciembre era la fiesta que se celebraba en Roma. Y, con el tiempo, especialmente en lugares como nuestra tradición española, donde la tradición oriental ha tenido tanta presencia a lo largo siglos, permanece con una trascendencia y una importancia que no tiene en otros países que no la han conocido. Toda la Iglesia celebra la fiesta de la Epifanía, la fiesta de los Reyes Magos, pero la importancia, el peso, el valor y el relieve que tiene entre nosotros, sólo lo tiene entre los pueblos cristianos de Oriente.

Naturalmente, pensad que los Magos eran paganos. En el lenguaje de Jesús, en el tiempo de Jesús, en el tiempo de los Evangelios, los magos significaba, fundamentalmente, seguidores de la religión de Zoroaste, persas, o habitantes de otras zonas del Medio Oriente que se habían adherido, y que tenían fama de astrólogos, y de contar y medir las estrellas, y vincular los acontecimientos a las estrellas. Por tanto, los cristianos de Oriente, al leer el episodio del Evangelio, decían: “Somos nosotros, paganos, que no conocíamos y no teníamos las promesas del pueblo judío, los primeros que hemos reconocido a Jesús. Somos nosotros aquellos a los que el Señor ha guiado hasta Él, aparte de los pastores”.

Y es curioso quiénes fueron los que se enteraron. Herodes, por la continuación del Evangelio de hoy, quería evitar que hubiera cualquier alternativa a su propia realeza, cualquier pretensión de realeza en su entorno, y, de hecho, sacrificó a gran parte de su familia para no tener candidatos alternativos al trono. Pero tampoco las autoridades judías se enteraron. Fueron pastores y unos paganos. Pastores, que en el pueblo de Israel eran una casta despreciada. De hecho, no lo olvidéis, el hijo pródigo, cuando se marchó de casa, terminó siendo lo más bajo que se podía ser en el pueblo judío, porque significaba una especie de apostasía de la comunidad judía; terminó siendo un pastor, y un pastor de cerdos.

Por lo tanto, que el Señor se apareciera a los pastores y a los paganos es sorprendente. Pero para nosotros, y para los hombres de todos los tiempos, es un motivo de gratitud. Y es esa gratitud la que nos reúne en el día de hoy para darle gracias al Señor, porque para nosotros ha brillado la luz que resplandeció para los pastores, y la luz que resplandeció para los Reyes Magos.

Los regalos que los Reyes dejan en nuestras casas en el día de hoy son expresión de esa gratitud, y sólo se comprenden como expresión de esa gratitud. Gratitud por un don que hace que la vida sea más que la vida. Ese don eres Tú, Nuestro Señor Jesucristo. Ese don es el don de tu vida divina que se acerca y se da a nosotros, que eres el regalo de los regalos, y que eres el que hace razonable que la vida entera sea un regalo. Porque los regalos de estos días pueden significar nada más que compromisos, o una cierta operación de consumo a gran escala, o pueden significar algo más. Si tienen que significar algo, significan que la vida es un regalo, que cada uno de nosotros deseamos hacer de nuestra vida un regalo para los demás, un regalo para quienes nos rodean, un don.

Pero eso, si no hay más que la vida que, por así decir, cogemos con nuestras manos, si no hay más que lo que ven nuestros ojos inmediatamente, si no hay más que los bienes de este mundo, o si no hay más que el bien de la vida tal y como nosotros los percibimos y lo vemos, entonces, el hacer de la vida un regalo es un absurdo; si no hay más que lo que tenemos en la mano, el hacer algo que no sea por un interés es un absurdo. Sólo porque Cristo, don infinito, el derroche del Amor de Dios, se nos da, uno puede concebir la propia vida como un don para los demás. Y puede concebirla, no un día que uno se lía la manta a la cabeza y hace un gesto de gratuidad, o de donación, o de amor, sino que uno puede vivir la vida como don. O al menos suplicarle al Señor que el don de su gracia nos permita vivir la vida como don. Porque sólo eso corresponde al don que el Señor nos hace. Sólo eso corresponde, en el fondo, al deseo más profundo de nuestro corazón. Sólo eso hace justicia, por así decir, a las exigencias más hondas de nuestro corazón. Sólo eso nos satisface.

Ésa es la primera reflexión, que el gran regalo que la Iglesia celebra precisamente el día de Navidad, pero de un modo más expresivo en este día que todo se convierte en regalo, es el reflejo del gran regalo que es Jesucristo. Y como fruto de ese gran regalo, la luz que se ilumina para nosotros, de forma que podemos entender la propia vida como un darla. No hay otra manera de ser felices, mis queridos hermanos, más que dar la vida. Y somos muy pobres para darla, y muy torpes, y cometemos mil errores y mil torpezas, hasta en nuestro modo de darla y en nuestro don. Pero, ciertamente, ése es el único camino de una humanidad posible. Y ese camino lo ha inaugurado en esta tierra Jesucristo. Y eso no es una especie de vana ilusión del día de Reyes. Eso es una verdad sólida, como una roca, sobre la que es posible construir pacientemente una familia, una comunidad, un matrimonio, un pueblo, una vida humana, con la compañía del Señor.

Y la otra reflexión, que no quisiera dejar de haceros, es la oración de la Misa de hoy. Es preciosa. “Oh Dios, que mostraste tu luz a los pueblos gentiles por medio de una estrella, a nosotros, que ya Te conocemos por la fe, guíanos con esa luz hasta la hermosura infinita de tu gloria”.

Esos gentiles, esos pastores, ¿qué méritos especiales habían hecho? ¿Cuáles eran, por así decir, sus títulos para merecer semejante gracia? ¿Cuáles son nuestros títulos para merecer la gracia de estar en la Iglesia? ¿Cuáles son los nuestros para merecer la gracia de ser hijos de Dios, de poder vivir como hijos de Dios, de haber conocido a Jesucristo, y con Él el sentido de la vida, y de la muerte, y de todas las cosas? ¿Qué hemos hecho nosotros para eso? Nada. Solamente la gracia de Dios que nos ha sido dada.

Y esa gracia, uno puede volverse a ella, y es a lo que nos invita la Iglesia. Señor, Tú que nos has guiado hasta Ti sin que nosotros hayamos hecho nada por ello, ahora que nos has guiado, cuida de nosotros, mantén la estrella, que no se nos oculte, de forma que un día, juntos, sin que nos falte nadie; insisto, juntos, sin que nos falte nadie, podamos realmente gozar de la hermosura infinita de tu gloria. No sólo de tu humanidad resplandeciente, pero idéntica a la nuestra en todo menos en el pecado, sino de esa Belleza infinita que precisamente se ha querido ocultar en esa humanidad tuya para acompañarnos en el camino hasta nuestro hogar, hasta nuestra casa, hasta el don definitivo de la vida eterna.

Guíanos, pues, subrayo, hasta la hermosura infinita de tu gloria. Dios, y el camino hacia Dios, es un camino que va por la vía de la belleza. Un camino que atrae, como fueron atraídos los Magos por la estrella, como somos atraídos nosotros en nuestras vidas cada vez que la estrella luce en nuestras vidas, es decir, por una humanidad que nos da testimonio de haber sido tocada por el Amor de Jesucristo. Esa atracción, que es la atracción de la belleza en la vida, es la que nos lleva hasta el Señor. Que no nos falte esa luz. Que nos guíe constantemente, hasta que un día, repito, sin faltarnos nadie, podamos, sencillamente, cantar las alabanzas y la gratitud de una manera menos pobre a como lo hacemos en este mundo, a pesar de la enorme belleza y la enorme gratitud con que el Señor nos concede hacerlo en este mundo.

Vamos, pues, a darle gracias, a celebrar el día de Reyes en esta Eucaristía, un poco más en familia, porque los niños están esta mañana atareados con sus juguetes, pero llenos de alegría por el don del Señor, Don de dones, Don que llena de contenido todos los demás dones que recibimos en la vida, todos los demás bienes que nos rodean en la vida.

Vamos a proclamar nuestra fe.

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