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Homilía en la Conversión de San Pablo

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 25/01/2009. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 98. p. 281



Muy queridos hermanos sacerdotes, acólitos,
queridas hermanas, que nos acompañáis también en un buen número en esta Eucaristía,
miembros del Coro de San José de Calasanz,
queridos hermanos y amigos, también todos aquellos, enfermos, o amigos de tantas clases que se unen a nosotros a través de las cámaras de televisión,

El Evangelio que acabamos de escuchar, donde el Señor promete toda esa serie de signos, algunos verdaderamente admirables para sus seguidores, como el meter la mano en la hura del áspid, o pisar serpientes, sin que sufran daño, contrasta dramáticamente con la historia de San Pablo, que, cuando él se refiere a su propia biografía, habla de cómo ha sido víctima de persecuciones, sometido a varios juicios, condenado y azotado según las prescripciones de la ley judía varias veces, con los cuarenta azotes menos uno; en alguna otra ocasión, apresado y encarcelado según la ley romana, víctima de naufragios y de no pocas dificultades en su propia vida misionera, y, al final, encarcelado y muerto en la capital del Imperio, en Roma.

Y, en una lectura superficial, parecería como que en San Pablo no se han cumplido esas palabras del Señor. Aunque también hay que recordar otras palabras del Evangelio, y no menos expresivas, cuando Jesús decía que, si a Él Le habían llamado Belcebú, es decir, Príncipe de los Demonios, cómo iban a llamar a sus seguidores, o que si el mundo Le había odiado a Él, cómo iban a odiar también a los suyos, o cuando Él dice: “No es el discípulo más que su maestro, ya le basta al discípulo ser como su maestro”, o “Dichosos vosotros cuando os persigan u os calumnien, y digan toda clase de mal acerca de vosotros por mi causa, porque así trataron también a los profetas”.

Por lo tanto, la verdad de la promesa de Jesús en el final del Evangelio de San Marcos se cumple en San Pablo, se cumple en la Iglesia, pero no a la manera humana que podamos pensar. Las palabras de Jesús hacen alusión a promesas y a palabras de los profetas. Con Jesucristo ha comenzado un mundo nuevo. Ha comenzado el mundo definitivo. Si hubiéramos leído el Evangelio que correspondía a este domingo, veríamos que ha comenzado ya en la tierra, porque comienza en torno a la persona de Jesús, en la persona de Jesús, el Reino de Dios, es decir, el mundo definitivo, el mundo del Cielo, donde la vida humana es transfigurada. Y donde está determinada por el egoísmo, la envidia, la lujuria, el orgullo, en definitiva, por el pecado, pasa a estar determinada por la luz de la gloria de Dios, es decir, por el Amor de Dios, que traspasa nuestras vidas y las convierte en signo de su propia luz, del resplandor de su propia belleza.

Ese Reino de Dios entra en la Historia humana con la Encarnación, que se ha hecho carne en Jesucristo, del cual nos es dado participar, y en el que el Señor nos invitó a participar en la cercanía de Él. De hecho, el Reino de Dios consiste en una nueva relación con Cristo, que, efectivamente, no se queda en una relación piadosa, aislada de la vida humana, reducida a un espacio, como los actos de piedad o así; sino que esa relación con Cristo transforma la vida del hombre en todas sus dimensiones y en todas sus facetas, y hace visible, reconocible, la presencia del Reino de Dios.

Es ese mundo nuevo al que se refiere la promesa de Jesús en el Evangelio. Y es ese mundo nuevo el que San Pablo encuentra camino de Damasco. Es ese mundo nuevo el que San Pablo empieza a vivir. Un mundo nuevo en el que “ya no hay ni judío ni gentil, ni esclavo ni libre, ni griego ni bárbaro, ni hombre ni mujer, porque todos somos uno en Cristo Jesús”. Es decir, un mundo en el que el designio definitivo de Dios, la vocación de Dios para el hombre, se hace posible por Cristo, y en la gracia de Cristo, y en la comunión de su Cuerpo, que es la Iglesia.

¿Qué le debemos nosotros a San Pablo? No lo que dicen algunos, y que les gustaría que fuera así, que Jesús fue un predicador de ciertos valores morales, y que el verdadero fundador del cristianismo fue San Pablo. No. Eso es una distorsión enorme de los datos históricos más elementales. No hay palabra de Jesús en la tradición más antigua de los Evangelios que no contenga (es verdad que lo contiene en un lenguaje típicamente judío, perfectamente inteligible para los hombres piadosos de su tiempo, y no tan evidente para nosotros) dentro de sí una pretensión de ser el Reino de Dios, de ser el cumplimiento de todas las promesas hechas por Dios al pueblo de Israel, de ser en Sí mismo alguien que está por encima del sábado, de la presencia de Dios y de su gloria en el Santo de los Santos: alguien que reclama para Sí la misma autoridad que el Dios del Sinaí, que el Dios del Antiguo Testamento. Esa pretensión fue la que a Jesús le costó ser condenado a muerte. Y, al mismo tiempo, hizo posible su triunfo sobre la muerte, y, por lo tanto, la revelación más profunda de la intimidad de Dios.

Pero nosotros debemos a San Pablo (siendo un judío, fariseo, rabino, hijo de rabino, absoluto defensor de la Ley en su tradición farisaica, por tanto, en una de las formas más explícitas de la tradición judía), una expresión del acontecimiento cristiano y de la experiencia cristiana que la arranca, por así decir, de las peculiaridades culturales de aquella Judea provinciana, y expresa el significado del acontecimiento de Cristo para todos los hombres, para todas las culturas, para todos los pueblos. San Pablo no añade absolutamente nada a lo que estaba en la predicación de Jesús. Pero San Pablo hace explícito que el cristianismo es Cristo. Que la novedad que trae Cristo no son preceptos nuevos, no son conocimientos nuevos. La novedad que trae Cristo es Él mismo. Como decía San Ireneo en el siglo II, “Cristo trajo toda novedad trayéndose a Sí mismo”, dándose a Sí mismo.

La novedad del cristianismo es Cristo, y una relación con Cristo que Él establece con nosotros por medio de la fe y del bautismo, por la cual nos incorpora a su vida, nos comunica a su Espíritu y nos permite vivir como hijos de Dios; como dioses, en un cierto sentido, entendiendo la palabra en su acepción más vulgar, menos estricta. Es decir, con la certeza de una herencia inmortal, y con la certeza de un modo de vida que corresponde al modo de vida que Dios nos ha revelado en Cristo. Ese modo de vida está hecho de una fidelidad que no rompe ni siquiera la muerte, de una esperanza absoluta en el Dios que es todo Bien, y que consuma, y consumará de una forma plena en la vida eterna, esa gracia de la que ya somos partícipes y de la que ya tenemos experiencia en esta vida, y ese Amor que es como el secreto más íntimo del ser de Dios. Dios es Amor. Dios es pura donación de Sí mismo. Dios es todo don.

Y, por la gracia de Cristo, a nosotros, frágiles criaturas mortales, pobres siervos, nos es dado poder vivir en un amor que trasciende esa condición en la que nosotros muchas veces nos empantanamos cada día, y que la gracia y la presencia de Cristo, y su misericordia, y su don, el don de su vida, el don de su Espíritu, hace aflorar de repente un horizonte nuevo, un horizonte distinto. Ese horizonte que aparecía en Pentecostés, o en esas palabras que acabo de citar de San Pablo, donde todas las categorías de divisiones humanas quedan trascendidas, sencillamente, en que todos somos uno en Cristo Jesús, y miembros de su Cuerpo, y miembros los unos de los otros. De tal manera, que no somos una individualidad aislada, que sólo tangencialmente choca, o tropieza, o se implica con las vidas de los demás, sino que todos estamos implicados en una única vida, que es la vida de Dios que corre por nuestras venas, por la gracia de la fe y del sacramento, que es la que hace de todos nosotros una única Iglesia, una única realidad, y que hace aflorar en nosotros el Amor divino, el Espíritu Santo, el Amor gratuito, la vida como donación. De esa experiencia brota un mundo nuevo. Un mundo nuevo que es el único que corresponde verdaderamente al corazón de los hombres.

SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Hoy celebramos dos cosas que no quiero dejar de lado, y que tienen mucho que ver con esto. Una es la Semana de Oración por lo Cristianos en la que estamos. Los cristianos, de mil maneras, a nivel grande y a nivel pequeño, hemos roto esa comunión del Espíritu Santo con nuestro pecado, afirmándonos a nosotros mismos frente a los demás, o por encima de los demás, o contra los demás, y hemos roto la unidad del Cuerpo de Cristo. Esa unidad (que, como los hombres sabemos, siempre es signo de Dios, y que el Señor puso como condición de la fe del mundo) la hemos roto explícitamente, permanece rota a los ojos del mundo, y eso hace particularmente difícil la fe. Yo pienso, honestamente, que las circunstancias del mundo en que vivimos en estos momentos son una ocasión preciosa para recobrar el afecto, el deseo de la unidad, el amor a las tradiciones que no son exactamente igual que las nuestras, pero que tantas veces conservan aspectos que nosotros mismos hemos olvidado, como para hacer posible una amistad entre los cristianos que permita, sencillamente, trascender y recomponer divisiones que han marcado estos últimos siglos de nuestra Historia, o incluso más (algunas de las fracturas de la Iglesia, algunas ya casi curadas, gracias a Dios, provienen del siglo V en el Medio Oriente).

Vamos a pedirle al Señor en esta Eucaristía: “Señor, que la experiencia de tu Hijo, que la experiencia de Cristo en nuestras vidas, florezca de tal manera que nos haga desear y ser instrumentos, contribuir a la medida de nuestras fuerzas, a esa unión del Cuerpo de Cristo que haga expresivo tu signo para los solitarios, y a veces heridos, y amargados, y tristes hombres de este mundo nuestro. Que podamos, como Iglesia, ser un signo visible de tu redención, de tu misericordia, de tu Amor por los hombres”.

DÍA DE LA INFANCIA MISIONERA

Al mismo tiempo, celebramos hoy el Día de la Infancia Misionera. Y yo sé que los niños, en el contexto cultural nuestro, son algo precioso y, al mismo tiempo, considerado como especialmente pequeño. A los ojos de Dios, sin embargo, son lo más grande, precisamente porque no tienen esa especie de necesidad de afirmarse a sí mismos que tenemos muchas veces los adultos. Los niños pueden ser vehículos de misión extraordinarios. Y no es necesario que vayan a las misiones, evidentemente. Sino simplemente siendo testigos del bien que significa la amistad de Jesucristo. Testigos sencillos, y frescos, simples, de lo bonito que es que Jesucristo sea amigo nuestro; que hay un amor que es el que hace que papá y mamá puedan querernos, y que llena la vida de buen gusto y de deseo de vivir, y de alegría, porque Dios es nuestro Padre y porque Jesús es el amigo que no abandona nunca.

Yo no renunciaría jamás a ese testimonio de los niños. Tengo tantas veces la experiencia de niños que han acercado a sus padres a la fe, que sé que son, en muchas ocasiones, los mejores testigos y misioneros de la fe.

Al mismo tiempo, en este mundo en el que vivimos y en estos momentos en los que la conciencia de la crisis se acentúa más y más en nosotros, yo creo que es una llamada a la conversión. Esa conversión es la primera condición para poder dar respuestas concretas, basadas en algo tan sencillo como el mandamiento del amor al prójimo, a la evidencia de la crisis que seguramente tenemos todos de un modo o de otro cerca de nuestras vidas, cerca de nuestras casas, entre nuestros amigos.

Tenemos que pedirle al Señor. No basta que pongamos nuestra confianza en organizaciones, y ni siquiera en las Administraciones públicas o del Estado. Cada uno de nosotros, si hemos encontrado a Jesucristo, somos un punto de amor en medio de un mundo marcado por el desamor, pero marcado también por la desesperanza, y marcado ahora muchas veces por la necesidad y la pobreza. Que el Señor nos conceda ser ese punto, a la medida de nuestras fuerzas, a la medida de nuestras posibilidades, todos y cada uno de los que componemos la Iglesia.

Ésa es la primera y la más indispensable misión: ser ese signo de amor. Luego, los medios son los que uno tiene, los que Dios pone a nuestro alcance. Pero poder amar a quien tenemos cerca, pedirle al Señor la gracia de amar a quien tenemos cerca, ése es el comienzo de toda misión cristiana. Cuando no tiene eso, esa misión es ideología. No vale para nada. “Nadie ama –decía San Juan– a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano, a quien ve”. Que el Señor nos conceda amarle de tal manera que nuestras vidas sean focos de calor y de amor para nuestros hermanos que no tienen otra forma de encontrarse con Cristo y de conocer a Dios que a través de nosotros. Que así sea.

Proclamamos la fe.

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