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Una economía para el hombre

Sobre la nueva Encíclica "Caritas in veritate"

Fecha: 06/09/2009. Publicado en: Semanario diocesano de Granada y Guadix, Fiesta 840



El pasado 12 de julio, nuestro Arzobispo estuvo introduciendo en la Eucaristía de la Catedral la nueva encíclica del Papa, animándonos a leerla. Reproducimos a continuación sus palabras.


El Señor, y el anuncio de la Iglesia, nunca nos quita de ponernos delante de nuestra libertad, nunca nos arranca a un mundo feliz, donde no hay pecado, o no hay sufrimiento, o no hay las heridas que los hombres nos hacemos unos a otros a lo largo del camino, en cuanto estamos juntos. El Señor no nos promete un país de las maravillas donde eso está ausente. El Señor nos promete un amor más grande que nos permite vivir esta vida con un gozo que nace de la certeza de que ese amor no lo destruyen nuestras pobres obras, nuestras pobres miserias, nuestras pequeñas mentiras y nuestras pequeñas mezquindades, sino que ese amor está ahí siempre, con una fidelidad absoluta.

Eso es lo que explica el texto de San Pablo: “Dios quiso recapitular en Cristo todas las cosas”, que quiere decir que la experiencia de Cristo ilumina todas las dimensiones de la vida, todas las realidades de la vida, todas las circunstancias, todas las edades (la infancia, la juventud, la vida adulta, la vejez), la enfermedad, el amor, la amistad, el trabajo… Absolutamente todo, queda como traspasado por esa luz de Cristo que permite vivirlo de una forma humana, en la cual uno puede reconocer la bendición del Señor, uno puede reconocer la presencia salvadora de Cristo, uno puede reconocer los frutos de humanidad bella y hermosa que, en medio de nuestra pobreza, hace germinar constantemente su amor por nosotros.

EL AMOR EN LA VERDAD
Y es, en esta luz, a la que yo quisiera invitaros a que leáis ese texto precioso que es la encíclica de Benedicto XVI Caridad en la verdad, o Caritas in veritate, o el amor en la verdad, porque constituye un paso más en la recuperación de la Iglesia; esa recuperación que ha ido marcando todo el trabajo de la Iglesia y del magisterio de la Iglesia a lo largo del siglo XX, y ya desde el último tercio del siglo XIX, de constituir una posición frente a la cultura de la Modernidad que se iba desarrollando, que permitiese, a la vez, mostrar esa capitalidad de Cristo con respecto a todas las cosas, y cómo Cristo ilumina todas las dimensiones de la vida sin tener que ser como cosas yuxtapuestas, o sin tener que ser simplemente una inspiración moral que nos ayuda a vivir bien la vida del mundo, pero con los mismos criterios del mundo.

La encíclica del Papa pone de manifiesto, a mi modo de ver, algunas cosas que son extraordinariamente importantes, y no sólo piadosas, en el sentido reductivo del término, es decir, como unas consideraciones espirituales, sino como una clave que va al corazón mismo de los problemas de la sociedad contemporánea.

EL PODER COMO PROPUESTA
La sociedad contemporánea no puede fundamentar una vida moral adecuada. La sociedad contemporánea no puede hacer un discurso moral significativo que permita a los hombres vivir una vida moral buena. Y no puede porque hace cuatro o cinco siglos que ha renunciado a poder decir cuál es la meta de la vida humana. Hasta entonces, para los países cristianos, era muy claro que la meta de la vida humana es la vida eterna, que la meta de la vida humana es Dios, es participar en la vida divina. Cuando eso se corta, porque eso parece algo “sobrenatural”, especial para los cristianos, que no sirve para todos los hombres; cuando eso se separa de nuestra humanidad, la Iglesia pierde su capacidad de incidir en la realidad, el mensaje del Evangelio se separa de la vida, y la realidad se muere sin la luz de Cristo. No es que en este tiempo no se propongan a los hombres metas últimas para la vida, claro que se proponen. Lo que ocurre es que las metas que se proponen son incapaces de generar, ni una humanidad buena, ni una satisfacción suficiente para el corazón y para las esperanzas del corazón, ni un tipo de sociedad donde los hombres nos podamos sentir amigos los unos de los otros. Debajo de toda la economía y la política de la Modernidad hay siempre una propuesta oculta, que nadie se ha atrevido (algunos los han hecho, ya a finales del XIX lo hizo Nietzsche, y otros lo han hecho a lo largo del siglo XX) a desenmascarar: la única propuesta es el poder. Es decir, la meta de la vida humana, puesto que no hay ninguna más allá de nuestra experiencia terrena de la vida, es el poder, y es el dinero. Y más y más, a lo largo del siglo XX, dinero y poder se han ido uniendo de forma que constituyen una sola realidad.

Y eso es mentira. Sobre ese pensamiento, sobre esa propuesta, sobre esa oferta para el hombre (la felicidad consiste en tener todo el poder posible, todos los bienes de consumo posibles, todo el dinero posible para adquirir esos bienes de consumo), el hombre se destruye, nuestras sociedades se mueren, de pura vejez, en el sentido negativo de la palabra vejez: nuestro corazón envejece. Pero se mueren físicamente también. Europa se muere a chorros, porque le falta la alegría suficiente para transmitir la vida como un don precioso. Porque, si todos terminamos viviendo para sostener la economía, todos somos una especie de colección de esclavos. De esclavos felices, eso sí. Esclavos distraídos. Esclavos que tienen, además, la enfermedad de creerse que viven en el mejor de los mundos posibles. Pero esclavos de la economía. Esclavos del tener más, del poseer más, aun al precio de ser cada vez menos, de poder gozar cada vez menos de la vida, de poder amar cada vez menos la vida y las personas que tenemos cerca; de poder amarnos cada vez menos a nosotros mismos, que es el colmo del desamor. Y, sin embargo, eso sucede todos los días delante de nuestros ojos.

LA CLAVE ES CRISTO
Leída desde ese trasfondo, la propuesta con la que empieza la encíclica, que Cristo es la clave para abordar los problemas morales, culturales, que están detrás de la crisis económica, es la propuesta más lúcida, más inteligente, más sabia que existe hasta ahora, de todas las que yo he leído acerca de la economía. Porque, fijaos, si no hay una moralidad posible, tampoco hay una economía posible, tampoco hay una política que sea realmente constructiva, tampoco hay una educación posible, o una ciencia. Si no se puede proponer al hombre una meta para la vida humana, todas las ciencias se quedan sin su sustento, flotan como en el aire. La crisis de la educación es más profunda, más extensa, más larga, hace más años que vivimos en ella, pero no nos la tomamos tan en serio, porque lo único que nos tomamos en serio es lo que se nos propone como meta de la vida, que es el dinero, y no empezamos a asustarnos más que cuando vemos que, efectivamente, la economía puede no funcionar, y puede haber un día que yo vaya con mi tarjetita de crédito al cajero y el banco te diga que no hay dinero porque se ha acabado, o te llama el jefe de tu trabajo y te dice que no pueden seguir manteniendo la empresa (creo que son 150.000 las empresas que se han cerrado en España en los dos últimos años) porque no pueden seguir adelante.

ECHAR GASOLINA
EN UN TANQUE AGUJEREADO

En ese sentido, inyectar simplemente dinero (un amigo mío emplea una imagen muy simple: si un depósito de gasolina está agujereado, lo último que se le ocurre a una persona inteligente es echarle más gasolina) es absurdo, y, sin embargo, eso es lo que llevamos haciendo (y llevan haciendo todos los gobiernos del mundo que viven la crisis, por lo tanto, del mundo occidental) desde que hay conciencia de la crisis: meter gasolina y gasolina en un tanque agujereado. Y la encíclica del Papa, lo que trata de decirnos, es dónde están los agujeros y cómo hay que taparlos. Y sólo entonces podrá haber una economía plenamente humana. Y eso significa algo que suena escandalosísimo, y que muy pocas personas han venido diciendo durante estos años, y que parecíamos siempre lunáticos, o utópicos espiritualistas (como yo mismo he sido llamado en alguna ocasión): la vida económica no puede estar regida simplemente por las leyes económicas, tiene que estar regida por las leyes de una humanidad buena. Es decir, no es el ser humano el que tiene que estar al servicio de la economía, sino que es la economía la que tiene que estar al servicio del ser humano. Pero, para eso, hay que saber qué es una vida humana buena. Y nosotros, los cristianos, tenemos la clave de esa vida humana buena: se llama Jesucristo, se llama una vida vivida desde el amor desbordante y sin límites; una vida basada en que hay un don que es inagotable, que es el amor de Dios por nosotros.

ECONOMÍA DE LA ESCASEZ
Hay un librito pequeño muy reciente, de un teólogo joven, que describe muy bien la vida del hombre actual. Y decía en él que la cultura del consumo, y esa especie de ansiedad que tenemos los hombres de nuestra cultura, y que no saciamos, porque, en cuanto hemos adquirido una, tenemos necesidad de otras, no nace de la avaricia. Es un engaño pensar que nace de la avaricia. Nace de la conciencia de que los bienes son muy escasos. Eso es lo que se nos enseña: los bienes son muy pocos, son muy escasos, entonces, o los adquieres enseguida, o los vas a perder, o vas a quedarte atrasado, porque ya hay un producto de nueva generación que va mucho más adelante, y ya no te sirve el software que tenía, o ya no te sirve la Playstation, porque eso es ya de segunda o tercera generación. Se nos enseña constantemente que todo es escaso, que de todo hay poco. “¡Venga pronto! ¡Se acaban las rebajas!”.

UN DON INAGOTABLE
Una cultura de la caridad es una cultura es una cultura basada en que el don que recibimos cada vez que celebramos la Eucaristía es inagotable, y uno puede dar la vida inagotablemente y no la pierde, porque, curiosamente, es el único modo de ganarla. ¿Son palabras del Señor o son palabras mías? Dándola, ¿no es como la recibimos? Dándola, ¿no es como nos ganamos a nosotros mismos? ¿No hay una economía posible, en lugar de estar basada sobre esos criterios del beneficio a toda costa, y a todo precio, y por cualquier camino, y por cualquier medio? Porque eso, dará el bienestar mayor a todo el mundo posible. De otro modo, mantendrá el mayor número de psiquiatras, eso es seguro. Pero, ¿no es más humano construir una economía para el hombre? Y nosotros, que participamos de la Eucaristía, ¿no tiene la Eucaristía que ver con eso? Con un modo de tratarnos, con un modo de pensar algunos trabajos que sirvan, sencillamente, para las personas, o estamos todos llamados a ser proletarios que vendemos nuestro trabajo por un cheque para poder comprar cosas, y que no tiene más finalidad que la de poder comprar cosas. ¿Y un cheque más grande? Para comprar más cosas.

INVITACIÓN A LA LECTURA
Mis queridos hermanos, en medio de toda la marabunta y de toda la charlatanería que rodea a la crisis, la voz del Papa suena como una voz refrescante, oxigenante. Yo os invito a que la leáis. No es difícil de leer. Hay algunos puntos más técnicos del tema económico, pero lo que el Papa intenta decir es que, o la vida de la caridad inyecta todas las dimensiones de la vida humana, de manera que cambia nuestra mirada sobre el mundo y sobre las cosas, que deja de hacer de nuestras vidas instrumentos para obtener más y para conseguir más, y permite mirar con afecto y con amor a los demás, con el mismo afecto y amor con el que nosotros somos mirados, estén donde estén, sean quienes sean, sean sus circunstancias y su vida la que sea; sea su fe la que sea (el Papa habla, en este sentido, de la colaboración con los no creyentes, como ha hablado siempre la Doctrina Social de la Iglesia); o hay ese camino, o el horizonte de nuestra cultura y de nuestras sociedades es, sencillamente, la muerte.

Vamos a darle gracias al Señor. Dádselas. Y yo os invito a que leáis este bellísimo texto cuando podáis. Vamos a darle gracias por el don más grande de todos, el que fundamenta y hace posible esa regeneración del corazón de la que nace la caridad, y a pedirle al Señor que nuestras vidas fructifiquen, que nuestra imaginación, nuestro corazón, nuestra mente, nuestros actos fructifiquen en una humanidad más bella porque más traspasada por la luz y por el amor de Jesucristo.

† Javier Martínez
Arzobispo de Granada

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