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Miércoles de Ceniza

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 21/02/2007. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 86-91. p. 199



Queridos hermanos Sacerdotes,
queridos Seminaristas,
Presidente y Miembros de la Federación de Cofradías,
Hermanos Cofrades,
Hermanos y amigos.
 
Un año más, la Iglesia nos da este precioso regalo, que es el tiempo de preparación para vivir el misterio Pascual. Es la trompeta de la que hablaba el profeta Joel, cuando invitaba al pueblo a convertirse, y a los sacerdotes a implorar el perdón. Lo que esa llamada anual nos reclama es a gustar y a ver qué bueno es el Señor, a renovar en nosotros la experiencia de la bondad de Dios, de su infinita misericordia. Porque el tiempo de Cuaresma es, como nos recordaba otra de las lecturas, el tiempo de la gracia, el tiempo favorable, el tiempo de la salvación. Es como si Dios nos abriera sus entrañas para que pudiéramos percibir algo del resplandor de su Gloria y, atraídos por ese resplandor, nuestras miradas se vuelvan a Él, o nuestro corazón se vuelva a Él.

La conversión es eso: volver la mirada, la mente, el corazón hacia Aquél que es el único capaz de llenar la vida, de sostenernos en la esperanza y en la alegría; Aquél cuyo amor, en un momento de la Historia, ha abrazado todo el pecado del mundo cargándolo sobre sus espaldas y que, mediante ese abrazo, nos ha comunicado su Espíritu Santo, la vida divina. Nos ha devuelto, por así decir, nuestra humanidad verdadera, porque hemos sido creados para participar de esa vida, y menos que esa vida no es humano, y sólo el don de Dios puede dárnosla, puesto que nuestra historia es una historia de pecado, de mezquindad, de miserias. Dios no se ha dejado vencer por esa miseria, sino que ha abrazado esa humanidad pecadora nuestra. “Carne de pecado” dirá la Carta a los Gálatas, para experimentar sobre Sí todo el mal del pecado, y en ese abrazo comunicarnos la vida divina.

 El tiempo de preparación a ese gran misterio que celebramos cada año, y que indefectiblemente se celebrará en el mundo mientras que haya hombres, no es un tiempo de fingir o de buscar una especie de compunción falsa o artificial. Es un tiempo que la Iglesia nos regala para ensimismarnos en la misericordia infinita de Dios, para sumergir nuestras vidas en el océano de esa misericordia infinita, en el cual nos encontramos de nuevo a nosotros mismos. Vivimos en un mundo en el que, hemos creado tantas obligaciones artificiales, que apenas queda tiempo para lo propiamente humano, para aquello que hace que la vida sea digna, lo que hace grande nuestra propia humanidad; y apenas queda tiempo para Dios, fuente y plenitud de todo lo que somos y de todos los bienes que tenemos. Y es un regalo y una gracia inmensa el que el Señor nos llame de nuevo y nos diga: “No os perdáis”. No os perdáis en eso que Pascal llamaba el “divertimento”, y que termina haciendo de nuestra existencia algo banal, vacío, sin contenido y sin esperanza. La Iglesia nos invita a recogernos, a mirar a Aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida, en el cual nuestra vida (y también nuestra pobreza y nuestras miserias, y nuestras distracciones y nuestros pecados) es rescatada, curada. Curada con un desbordar tal de amor que es como si la vida naciera de nuevo. Y es que la vida nace de nuevo, porque esa misericordia de Dios nos cura. Y no estoy hablando de cosas del otro mundo. Estoy hablando de las heridas de cada día en el seno de la familia, en el lugar de trabajo; de las heridas que surgen de nuestras envidias, de nuestras pasiones. Hablo del pecado que muchas veces nos resignamos a aceptar como parte de nosotros mismos, como si fuera algo con lo que hay que vivir y que termina sembrando nuestras vidas de tristeza, de escepticismo, o hasta de una doble vida: cumplimos ciertas prácticas porque ésa es la tradición cristiana y eso es lo que hemos aprendido de nuestros padres, pero, en el fondo vivimos de otra manera, porque, ¿cómo va a ser uno diferente? O, ¿cómo va a ser posible vivir de otra manera? Y dejamos que crezca en nosotros ese escepticismo que mata el corazón.
 
¡Qué don tan grande que la Iglesia nos diga: “No. Hay un punto donde mirar”! Mirar a Cristo, mirar de nuevo el costado abierto de Cristo, por el que, como decían los Padres, se percibe de nuevo Paraíso, como fruto que cuelga del árbol de la Cruz. Asomarse a la posibilidad de una vida verdadera percibida como gracia, la gracia del perdón.
 
Todos vosotros sabéis lo que es la Cuaresma. Muchos de vosotros lleváis muchas Cuaresmas vividas, y vividas bien, y preparadas con cariño, y quienes estáis en las hermandades, llenos de trabajo preparando el paso de penitencia; y habréis reflexionado muchas veces sobre la misericordia de Dios y la necesidad que tenemos de ella. Y, sin embargo, es necesario oírlo una y otra vez. Y no sólo oírlo, porque no es una cuestión de ideas, o de recuperar algunos valores en nuestra vida.

Fijaos, lo que la Iglesia nos propone son prácticas. ¿Por qué? Porque no somos espíritus puros. Porque somos seres de carne y hueso. Y las ideas no sostienen la vida. Ni los valores sostienen la vida ni el corazón. Son extraordinariamente volátiles. La Iglesia nos propone caminos. Caminos concretos en los cuales se asientan en nuestro corazón la experiencia de Dios, del amor, de la misericordia, de la libertad de los bienes de este mundo; o la experiencia de pertenecer a alguien a quien Le podemos confiar nuestra vida porque Él cuida de ella, porque Él es nuestro Padre y porque sólo en sus manos somos plenamente nosotros.

Esas prácticas son muy sencillas, muy elementales, pero abarcan toda la vida: el ayuno y la limosna y la oración. Ponedlas en el orden que queráis.

Orad. Vivimos llenos de imágenes que nos provocan o nos asaltan (hace años leí que una persona media en Estados Unidos, allá por el año 85 ó 86, percibía 16.000 impactos publicitarios al día). Y podemos buscar el silencio, pero las imágenes, las preocupaciones, las tareas que hacer, las mil cosas que están pendientes, las llamadas del móvil... nos abordan. A lo mejor hay que volver a aprender a rezar, recordando que somos cuerpo, leyendo oraciones: coged el Libro de los Salmos, o la Liturgia de las Horas, o un resumen de la Liturgia de las Horas. ¿Por qué? Porque nuestros pensamientos se van al último anuncio que hemos oído, o a las preocupaciones que a veces dominan nuestra vida cotidiana. Y leyendo dejo que las palabras produzcan. Y leemos la Palabra de Dios, y oramos con la Palabra de Dios. Yo os aseguro que esa lectura enseña. Os lo recomiendo simplemente, con sencillez, porque a mí me ayuda, y porque vivimos en el mundo en el que vivimos. Y porque, orando con la Palabra de Dios, uno no reduce a Dios a la medida de mis pensamientos. Uno experimenta cómo la Palabra de Dios ensancha la mente, ensancha la experiencia de Dios, ensancha el corazón. Orad con los salmos. Y a lo mejor hay un salmo que no os dice nada en un momento determinado, pero qué difícil es que no haya una palabra o una frase en un salmo que no ilumine lo que uno está viviendo, o algún aspecto de nuestra vida, ya sea de acción de gracias, o de súplica, o de perdón. Acostumbrarse a orar con los salmos es aprender a orar. Y nosotros, hombres modernos, que sabemos tanto de todo pero que hemos olvidado el lenguaje de hablar con Dios, necesitamos volver a aprender a orar.
 
Y necesitamos ayunar, y volver a aprender una cierta disciplina en el ámbito del uso de las cosas. Y la cosa más elemental, más vinculada con el sostenimiento de la existencia, es el alimento, la comida. Una cierta disciplina ahí es sana. No en función de los kilos o de las dietas, sino en función de recordar que la vida es don de Dios, que los bienes de este mundo son don de Dios, que nuestro propio ser es don de Dios.
 
Y la limosna. Yo sé de todas las deformaciones y malas prácticas que se han dado en todos los tiempos, y ya existían en el tiempo de Jesús los malos usos del ayuno y de la limosna y la oración. En las sociedades donde se valora mucho presumir de ser un hombre de oración, o una cara demacrada por los ayunos, le da a uno realmente el valor de ser un hombre aparentemente religioso. Y el Señor nos recuerda que las prácticas son necesarias, pero que el movimiento de la vida verdaderamente moral no va de fuera adentro sino de dentro afuera; que cuando uno hace las cosas, aunque las haga mal, torpemente, pero naciendo del corazón, Dios lee el corazón, no las obras exteriores. Y por eso nos pide que la oración la hagamos en el escondite de nuestra habitación, y que en el ayuno no vayamos por la calle presumiendo de demacrados o de virtuosos, sino que nos perfumemos. ¿Por qué? Porque lo importante es que cambie nuestro corazón, que esas prácticas cambien y eduquen nuestro corazón. Y el ayuno nos recuerda que no somos esclavos de las cosas, sino que todo es don de Dios. Incluso nosotros mismos somos don de Dios. Y la limosna nos recuerda que nuestras propiedades no son nuestras, porque también Dios nos las ha dado, y que son para compartir. Y lo que somos y tenemos es para que produzca fruto, y no simplemente en el sentido de acumular y de beneficiarnos nosotros, sino para el bien común, para el bien de la comunidad, especialmente de quienes lo necesitan. Y, a lo mejor, la limosna que uno tiene que dar es la del propio tiempo. No estoy hablando de una limosna de dinero. A lo mejor es más caro mi tiempo. Y, a lo mejor, a quien tienes que darle esa limosna es a tu mujer, o a tu hijo adolescente, o a tu nieto, o a tu marido. La limosna de un poco de tu tiempo sólo para él o para ella, de forma que pueda percibir que tu vida, porque es don de Dios, es para darla, y tú puedas recordar que la vida, porque es don de Dios, es para darla. Hay mil maneras de dar limosna: escuchar, por ejemplo; renunciar a algo que a uno le gustaría hacer para hacer algo con otros. ¿Por qué? Porque eso es bueno, porque une a la familia, y necesitamos ratos de estar juntos para no hacer nada más que pasarlo bien juntos. Y eso es una limosna preciosa, cargada de fruto dentro de sí.
 
Que el Señor nos conceda vivir este tiempo de gracia con un corazón generoso, sencillo, grande. Y que el Señor haga fructificarlo. No temáis tomaros en serio estas prácticas. Buscad un rato de oración al día, pequeño, un salmo al día, si no hay otra posibilidad; o uno por la mañana y otro por la noche, o un padrenuestro, o una súplica, aunque sea un grito, como esa preciosa oración de la tradición oriental: “Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí”. Eso se puede decir yendo por la calle, mientras se está trabajando, cuando se pica el ticket del autobús, o en tantos otros momentos. Pero buscad la oración, ayunad y dad limosna. Dad algo de vuestra sustancia. Demos algo que nuestra sustancia, de nosotros mismos, para aprender a reconocer el señorío de Dios y, reconociendo ese señorío, volver a aprender a ser libres y a ser plenamente nosotros mismos, con la gracia que Cristo nos ha obtenido con su pasión y su muerte y su resurrección y el don de su Espíritu Santo.

Palabras antes de la Bendición final
 
En el momento de recibir la ceniza, la frase que decíamos de las que propone la liturgia, “convertíos y creed en el Evangelio”, es la misma frase con la que Jesús, según el relato de San Marcos, anunciaba el Reino de Dios. Convertíos significa volver el corazón a Dios. Y creer en el Evangelio, no lo olvidéis, es creer en la buena noticia. Y la buena noticia es que Dios nos ama a cada uno como somos, con un amor infinito, infinitamente fiel y, por eso, eterno. Ésa es la roca firme sobre la que podemos construir de nuevo nuestras vidas.

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