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Misa con ocasión del XXV aniversario de la Fraternidad de Comunión y Liberación en el II aniversario de la muerte de D. Luigi Giussani

Capilla de la Misericordia, Granada

Fecha: 01/03/2007. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 86-91. p. 204



Para quienes hemos conocido a D. Giussani, celebrar la Eucaristía en el segundo aniversario de su muerte es una ocasión de dar gracias a Dios por la forma en que Jesucristo se ha acercado nosotros, por la forma en que Jesucristo se ha hecho alcanzable, perceptible, expresivamente atractivo en nuestra propia vida.
 
En mis encuentros con Giussani, vistos ahora con la perspectiva del tiempo, lo que más me llamó la atención desde el principio era como una percepción de que la mirada de Dios, el reconocimiento de Cristo, no nos alejaba de nuestra humanidad, sino todo lo contrario: nos hacía posible vivir esa humanidad en plenitud. Años después de haberle conocido, leí una frase suya, con la que empezaba el prólogo a un libro, que decía: “El santo es el hombre verdadero”. Y probablemente esta frase expresa de una manera muy sencilla aquello en lo que constituye su intuición y, al mismo tiempo, su servicio a la Iglesia en esta hora de la Historia.
 
Decir que el santo es el hombre verdadero es decir que Jesucristo no viene a añadir algo nuestra vida, sino a hacernos posible ser nosotros mismos, como nos dice Benedicto XVI. Nos permite ser nosotros mismos. Y eso hace saltar por los aires siglos de una educación y de una percepción de la vida cristiana en la que lo cristiano es una parte de la vida, o incluso el centro, pero desconectado del conjunto de las dimensiones que constituyen la vida cotidiana; o un añadido a la vida, para aquellos a los que ese añadido les atrae o les gusta.

Esto (que yo percibía como una dificultad en mi propia vida; y que percibo, y percibía entonces, como una dificultad en las personas para vivir el acontecimiento de Cristo como yo intuía que se podía vivir, y como lo había visto vivir en personas de un modo muy sencillo) se articulaba en el método, en la actitud y en las palabras de D. Giuss de una forma particularmente expresiva.
 
Es como si las fronteras entre lo cristiano y la Creación, la realidad, de nuevo se abrieran, y la realidad volviera a ser como imbuida. De hecho, recuerdo otra frase de D. Giuss, que se ha trabajado recientemente, cuando él habla dirigiéndose a una pareja de novios. Y D. Giuss les pregunta: “¿Pero de qué está hecha tu novia?” “¿De qué está hecho tu novio?” Y decía: “de Cristo”. ¿De qué está hecha la Creación? ¿De qué están hechas las estrellas? ¿De qué está hecha la tierra que pisamos, y el mundo? ¿De qué está hecho nuestro corazón? De Cristo. ¿Y para qué está hecho? Está hecho para Cristo. Y, por eso, el tender a Cristo, o el encontrarle en la vida como gracia, no añade nada a nuestra existencia, sino que nos permite vivirla en verdad, vivirla en plenitud.
 
A mí me parece que eso es el punto más genial de su intuición. Y, repito, aquello en lo que la experiencia de D. Giuss, y de las personas a las que él ha educado, puede ser más útil a la Iglesia de hoy. No tanto por constituir una realidad junto a otras, de las que la Iglesia está llena. Gracias a Dios, aun siendo tan pequeña la comunidad de Granada, hay muchos amigos: están las Hermanitas del Cordero, que representan una realidad distinta en la Iglesia. Pero no se trata de afirmar un aspecto de la vida cristiana que nosotros pudiéramos subrayar más, o que dijéramos que ése es nuestro campo. Nuestro campo es la vida. Y, en ese sentido, lo que podemos subrayar es una forma en la que el Señor nos ha encontrado en la Historia, en nuestra historia. Y eso nos permite vivir algunas dimensiones (como las dimensiones esenciales que constituyen nuestra humanidad) de una forma distinta, nueva, más bella, más rica.

Repensar y vivir de otro modo el uso de la razón. Vivimos en un mundo donde la razón tiene una licencia para unas ciertas cosas, para todas las de este mundo. Y, por supuesto, la fe cristiana está absolutamente fuera del ámbito de la razón. Haber percibido que Cristo es Aquél por quien y para quien todo ha sido creado, permite vivir nuestra razón como algo que penetra más allá de la naturaleza, que penetra más allá de la Creación, que está abierto constitutivamente a Cristo. Y al revés. Enriquecida por Cristo, la razón no sólo no se deteriora o se destruye o desvirtúa, sino que se hace más plena. La sabiduría es posible cuando Cristo informa nuestros pensamientos, nuestros juicios, nuestra capacidad de comprender la vida y la realidad entera: las personas, lo que significan las relaciones entre las personas, la libertad.

La libertad es otra realidad que, cuando uno descubre a Cristo de ese modo, lejos de percibirse como aquello que se obtiene cuando uno se aleja de Dios (y eso es algo absolutamente difundido en nuestro entorno, y también en el seno de la Iglesia), aquello que se obtiene cuando uno se aleja de la Iglesia (y no sólo hay libros que expresan eso, muy anunciados en Granada no hace mucho tiempo: Libertad reconquistada, y estoy haciendo referencia a un libro concreto), la libertad, como capacidad de reconocer el bien y de abrazarlo, encuentra su plenitud. Uno es más libre cuando vive desde Cristo, cuando vive en Cristo. Y ser más libre es un deseo constitutivo de nuestro ser.

Y también es transformada la capacidad de amar, de amar las cosas y de amar a las personas, cuando Cristo es así percibido. La vida, las relaciones humanas, las categorías que rigen esas relaciones humanas, la sacramentalidad o la gratuidad como forma de vida, expresada de mil maneras. Es obvio que, quien vive la vida cristiana, vive estas cosas.

D. Giuss es quien a mí me ha ayudado, y quien el Señor ha puesto cerca de mí para comprenderlo y para poder vivirlo, y a quien el Señor le ha dado el don de poder articularlo de una forma especial. Él hoy falta físicamente entre nosotros, y sin embargo su presencia es, probablemente, más visible, en el sentido de que la comunidad que ha nacido de su paternidad vive con más conciencia de responsabilidad la misión de hacer presente su manera de vivir y su manera de pensar, y ese tipo de comunidad que nació entorno a él en la Iglesia y en el mundo. Para quienes aquí, una realidad muy pequeña, muy humilde, vivimos de este don, Le pedimos al Señor (las lecturas y el Evangelio de hoy eran todas sobre la súplica y sobre la certeza de que el Señor escucha nuestras súplicas), con mucha sencillez, con mucha humildad, aquello que de la persona y de la obra de Don Giussani ha sido un don y una riqueza para nuestra vida: que lo sepamos cuidar para enriquecer a la Iglesia, no para que crezca Comunión y Liberación, no para que crezca un grupo más. También yo le oí a D. Giussani cómo le decía a un grupo de sacerdotes que le estaban proponiendo crear algo: “Por amor de Dios, no creéis nada; ya hay demasiadas cosas inútiles en la Iglesia de Dios”. Eso nos dejaba también, de alguna manera, su sensibilidad: no se trata de que crezca una asociación, o de que crezca un determinado grupo junto a otros grupos; se trata de que el don que hemos recibido nos sirva para que cada uno, en la misión que tenemos, en la vocación que hemos recibido, podamos hacerlo fructificar en la Iglesia, para la Iglesia, para que los hombres puedan encontrar más fácilmente a Cristo, para que la Iglesia sea más bella. No se trata de hacer que nuestro grupo sea más bello, se trata de hacer que la Iglesia sea más bella, que los hombres puedan reconocer esa belleza en cualquiera de nosotros, como en cualquier parroquia, como en cualquier sitio, y que nuestras vidas sirvan para eso. Eso es cuidar del don que el Señor nos ha dado. Yo Le pido eso al Señor. Se lo para mí, y lo que pido para todos vosotros, que estáis y vivimos cerca.

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