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Coronación de Nuestra Señora de la Misericordia

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 20/05/2007. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 86-91. p. 214



Muy queridos hermanos Sacerdotes, Acólitos, querido Hermano Mayor de la Hermandad del Cristo de los Favores y de María Santísima de la Misericordia, Junta de Gobierno, Hermanos todos que nos acompañáis, querido Sr. Alcalde, Autoridades que también habéis querido uniros a este precioso acto, donde el Pueblo cristiano, lo más bello que existe sobre la tierra, se reúne para coronar a una imagen querida y, con motivo de esa coronación, expresar toda nuestra gratitud a Dios por la obra redentora de Cristo coronada, culminada, realizada como en prenda de la nuestra en la persona de la Madre de Jesús, nuestra Madre, la Virgen María.
 
Es un día de alegría enorme. Y vivimos ayer una tarde preciosa reunidos como Pueblo, como familia grande de los hijos Dios, reunidos en torno a la figura de la Madre, según bajaba del Realejo. Y, en este momento de la coronación canónica, nuestro corazón tiene una gratitud que es difícil expresar en palabras.
 
Todas las advocaciones de la Virgen (especialmente aquellas que tienen una carga fuerte de pensamiento, pero todas ellas), lo que expresan son dimensiones constitutivas de la obra redentora de Cristo, de la obra de Dios en favor nuestro, del don que el Señor nos ha hecho de su vida divina en su hijo Jesucristo y en el don del Espíritu Santo. Por eso, yo no quisiera dejar de expresar hoy algún aspecto de esa relevancia profunda que tiene esa imagen, esa realidad, esa palabra de la misericordia, precisamente para nuestro mundo, para nuestra cultura, para nuestra tierra, para nuestra sociedad. Y le pido a la Virgen que sea capaz de hacerlo en pocas palabras y de una manera que sea suficientemente comprensible.
 
Uno de los padres de de la economía política moderna, uno de los pensadores que han dado lugar a la modernidad, escribía en un texto que es clásico: cuando yo voy al panadero, yo no espero que el panadero piense en las cosas que yo necesito, que se preocupe de mis necesidades; o cuando voy al carnicero, tampoco espero que el carnicero actúe por benevolencia para con mis necesidades; yo espero que actúen en interés propio y, vendiéndome buen pan o buena carne, es lo que produce mejor su interés.

Ese pensamiento, expresado de un modo excesivamente esquemático, da por supuesto algo que ha ido penetrando en nuestro modo de vida, en nuestra cultura. Y ha ido llenando, no sólo los intercambios comerciales, sino, de alguna manera, las relaciones humanas, porque en todas esas relaciones entra en juego la categoría del intercambio.

El pensamiento en que se traduce esa frase, famosa, es el siguiente: la vida, al menos la vida económica, funciona mejor cuando cada uno busca su propio interés. Más aún, un pensador del siglo XX, de los más influyentes en la vida cotidiana, aunque tal vez lo hayan leído pocas personas, decía que las acciones humanas sólo son razonables, sólo se pueden explicar racionalmente, cuando cada uno sigue su propio interés. Es verdad, sin duda ninguna, que eso desarrolla la economía. Es verdad que eso genera riqueza, sin duda. Lo que no es verdad es que eso haga un mundo más humano. Y, sobre todo, en la medida en que ese criterio de racionalidad se extiende más allá de los intercambios puramente económicos, y empieza a invadir las relaciones familiares, de tal manera que, hasta el mismo matrimonio, por poner un ejemplo muy obvio, deja de ser un lugar de donación. Es un lugar de intercambio, sin duda, como lo es la Eucaristía, y por eso la Iglesia lo ha llamado, del latín, commercium, de donde se deriva la palabra comercio. Pero en ese intercambio, si es entendido en términos de lo que hacemos cuando vamos al Mercadona, se acabó la posibilidad de una humanidad profunda. Si no lo entendemos, ante todo, como un intercambio de dones, hemos perdido algo muy profundo. Y cuando digo dones, digo algo gratuito, de un don gratuito de uno mismo para el bien de la otra persona, y para el bien de los eventuales frutos de ese amor que tiene el poder de generar vida. Si no se entiende así, ¿no hemos perdido algo de humanidad?

Y lo traslado al otro extremo, al ámbito de la vida matrimonial, familiar, al ámbito de la vida social, a las relaciones humanas. Si la vida social es sólo una lucha de intereses, ¿no perdemos a algo en nuestra humanidad? Si de la construcción de la polis, de la ciudad humana, del pueblo, de la societas, de la asociación y de las relaciones sociales humanas, la única categoría que prevaleciera, la única categoría que hiciera racional esas relaciones humanas, fuese el interés, ¿no estaríamos perdiendo algo fundamental en nuestra humanidad? ¿No estaríamos perdiendo algo fundamental en nuestra civilización? ¿Y no estaríamos reduciéndonos, casi sin darnos cuenta, a un espacio no muy diferente del espacio animal, donde cada especie sigue sólo el instinto de su propio bien, de su propio interés en cierto sentido?

 Cuando uno mira la realidad de nuestra vida, a pesar de esos pensadores [y a pesar de que la influencia de esos pensadores invade más y más dimensiones y aspectos de nuestra vida humana y los empobrece, y los llena de violencia, de una violencia profunda, que no siempre se expresa en una violencia exterior, pero que casi siempre se expresa en una especie de queja continua a la vida, de queja contra el hecho de vivir, contra todo, contra los demás que siempre defraudan de alguna manera, y contra la vida misma; porque una vida construida sobre esas premisas no es capaz de construir una humanidad en la que uno puede vivir contento y por la que uno pueda dar gracias. La invasión de esas categorías, de esos modos de concebir la vida como un puro interés al servicio del cual tienen que estar los demás, hasta los más cercanos, y el mundo y la vida en general como un interés absoluto, destruye muchas cosas de nuestra humanidad y es una fuente constante y temible de violencia que parece que crónicamente es algo que invade nuestras sociedades modernas, aunque se nos olvide muy rápidamente], uno mira la vida real y no es así. Ningún amor verdadero, ningún matrimonio, ninguna relación sana entre padres e hijos es una relación de puro interés, sin duda. Una vida social donde eso se llevase de manera sistemática y se aplicase como regla de vida a la vida concreta de los ciudadanos y de las personas en todas las cosas, sería una sociedad condenada a muerte en una o dos generaciones, destinada a desaparecer. La vida real no es así.

En la vida real, siempre hay algo que no es interés y que, sin embargo, no por no ser interés deja de ser razonable: el amor por el que uno da de sí mismo algo más de lo que es debido, el amor por el que uno contribuye a la vida social algo más de lo que me es exigido por las reglas de juego. Eso que Juan Pablo II llamaba el amor social, el don de uno mismo a los propios hijos, o a una persona necesitada, o a los enfermos, o a mis padres ancianos, o mi mujer con Alzheimer. El don de esa vida no es probablemente racional en términos económicos, pero decidme, ¿no es racional en términos humanos? ¿No ganamos con eso una humanidad que hace posible un cierto tipo de alegría, un cierto tipo de gozo (no encuentro metáfora mejor) parecido al que vivíamos ayer en las calles o en el Campo del Príncipe, o al que hemos vivido tantas veces junto al Señor, junto a Nuestra Señora? Y, sin embargo, si no hay nada más que esta vida, si no hay ningún horizonte de plenitud, de cumplimiento de nuestras esperanzas y de nuestros deseos del corazón más de lo que podamos conseguir en esta vida, si la muerte lo acaba todo, a lo mejor Lotze y Max Weber tenían razón, y lo único racional es que cada uno se tire a coger lo más posible de la tarta que es la vida y, al hacer rapiña, coger lo más que uno pueda, porque la alegría sería una ilusión, puesto que la muerte lo acaba todo; si la muerte lo acaba todo, el amor sería una necedad, por muy bello que fuera, porque no dejaría de ser como una especie de alucinación vacía. Y la generosidad, o el trabajo por el bien común, o la entrega de uno mismo por un enfermo sería una estupidez, puesto que la muerte lo acaba todo y no queda más rastro de nosotros mismos que la memoria que puedan tener unas cuantas personas que quizá hayan estado cerca de nosotros y nos recuerdan por un tiempo, no mucho.
 
¿Sabéis lo que celebramos esta mañana? ¿Sabéis lo que celebramos cada vez que un grupo de cristianos nos reunimos para celebrar la Eucaristía? ¿Sabéis lo que celebramos cada vez que ensalzamos una imagen de Jesús o una imagen de la Virgen? Que ese amor no es una ilusión vana, que no es como una alucinación generada por un tipo de alucinógenos que no son sustancias médicas o químicas sino engaños de la propia mente, alucinación creada por la proyección de nuestros deseos fuera de nosotros.

Mis queridos hermanos, celebrar a Jesucristo, reconocer y acoger en la vida a Jesucristo (aunque sea con una pobreza de vida extremadamente grande) es acoger un acontecimiento que ha sucedido en la Historia por el cual el amor no es una estupidez, y la esperanza no es una necedad, y el don de uno mismo se convierte en aquello que hace humana nuestra vida (aquello que nos rescata de ser una especie natural más, o que nos rescata de perdernos en la masa casi infinita de los seres humanos), y lo que da valor, y valor infinito, a cada persona humana desde el momento de su concepción hasta su muerte natural, porque el amor con el que cada persona es amada es un Amor infinito.
 
Hoy es la fiesta de la Ascensión, y la fiesta de la Ascensión es como el último episodio de la Encarnación, como el último episodio de ese don de Dios a nuestra historia, a nuestra miseria, a nuestra pequeñez, por el que Dios nos ha abrazado, se ha hecho compañero nuestro de camino, se ha unido a nosotros. Y lo que expresa la Ascensión del Señor es exactamente que no ha sido como una comedia que Dios ha hecho: el Hijo de Dios no se vistió, como yo me he revestido hoy con estos ornamentos, o como vosotros que os habéis puesto elegantes para la coronación de la Virgen; no se vistió de hombre, se dio una vueltecita por aquí y... no, no es así. Yo me revisto cada domingo, y digo “revestirme”. Y no decimos que el Hijo de Dios se revistió de la condición humana. El Hijo de Dios se hizo hombre, se unió a nosotros con una unión que no existe en este mundo. Ni siquiera la unión de un hombre y una mujer en la unión matrimonial, que podría ser la más estrecha, es capaz de expresar el modo con que Jesús se ha unido a nosotros, aunque sería el menos inadecuado de expresarlo. Y cuando el Hijo de Dios culmina su obra y retorna al Padre, como Él dice, y vuelve al lugar que Le pertenece, no vuelve de la misma manera, porque vuelve con nosotros, vuelve con nuestra carne. Y “Dios asciende entre aclamaciones”, decíamos, “el Señor al son de trompetas”. Y ese mismo salmo dice: “Dios asciende llevando cautivos”. Los cautivos que Dios lleva en su triunfo somos nosotros. Pero nosotros no somos cautivos. Nos lleva con Él, porque nos ha rescatado de nuestra esclavitud, de la esclavitud de una vida que, o vive sobre los intereses, o no entiende más que de intereses y tiene siempre delante de sí la barrera de la muerte.

Decía un poeta del siglo XX, Charles Péguy, que “desde la Ascensión en el Cielo huele a sudor humano”, y es una imagen preciosa. En el Cielo huele a sudor humano porque ha entrado nuestra carne, en primer lugar, en la carne de Jesús, y, en segundo lugar, como prenda nuestra, como la primera cautiva, cautiva del amor y liberada del pecado, como la primicia de la humanidad redimida, María, la Madre del Señor y Madre nuestra, prenda de nuestra propia salvación. En mitad del verano celebraremos la Asunción de la Virgen, y en ella celebramos que nuestra carne ha sido exaltada por el amor infinito de Dios, que se ha unido a nosotros con un amor inefable, incapaz de ser expresado en palabras humanas. Con un amor que, cuando uno lo encuentra, encuentra el sentido entero de la vida, porque hace razonable nuestro amor, porque hace razonable la alegría humana, porque hace razonable la esperanza y, así, hace brotar de la Cruz de Cristo y de la pascua de Cristo una humanidad nueva, rescatada de esa cárcel terrible de la desesperanza, o del estar condenados a no tener más de lo que el pastel de la vida pueda darnos como única herencia, como único regalo, como única posesión.
 
Mis queridos hermanos, lo que la Revelación y el acontecimiento redentor de Cristo expresa es, justamente, que Dios, de quien somos imagen, no actúa según las reglas de Lotze o de Max Weber, porque Dios es amor, Dios es gratuidad, y la Creación entera es un derroche del don que es Dios, o del Dios que es permanente don de Sí mismo, permanente comunicación de su propia vida. Y la vida humana, iluminada por Cristo, se convierte también en don, en derroche. Y la forma más plena del amor que nosotros conocemos en esta vida, y de la que Dios en Cristo es imagen, y de la que nuestra Madre es el primer fruto y la primera intercesora, se llama misericordia. Porque la forma en la que Dios nos ama es de misericordia. Porque el abrazo del Hijo de Dios a toda la humanidad en la Cruz es un abrazo a los pecadores, no a los justos; es la medicina de nuestras enfermedades, de nuestra desesperanza, de nuestra soledad.

El amor de Dios es siempre misericordia, porque nosotros, con nuestro pecado, no estamos nunca a la medida de nuestro ser y de nuestra vocación. Y el principio del amor, que se convierte en clave de la vida humana, también de la vida social, el criterio de la donación de uno mismo, tiene también la forma de la misericordia, porque los seres humanos nos hacemos daño. Porque, por esa herida del pecado, los seres humanos nos hacemos daño unos a otros casi inevitablemente. Como decía el protagonista de aquella novela de Albert Camus, La caída, a veces es imposible mover un dedo sin haber hecho daño a alguien, incluso sin darnos cuenta. Por lo tanto, es imposible concebir como razonable el amor humano sin concebirlo en forma de misericordia. Pero, gracias a la redención de Cristo, esa misericordia no es una necedad, no es una cobardía, no es una pequeñez, no es una limitación. Es la forma más plena de la humanidad. Otro pensador del siglo XX, Bernanos, decía que un mundo sin amor y sin misericordia es como una bestia rabiosa, en la que los hombres terminaríamos mordiéndonos unos a otros inevitablemente. Necesitamos la misericordia para nuestra humanidad. Y, por eso, volvernos a Cristo, y coronar y agradecer el don de Cristo y la primicia de nuestra salvación realizada en su Madre, es lo más razonable que un ser humano puede hacer. Esa gratitud se llama, en el lenguaje cristiano, Eucaristía, porque toda oración cristiana es de acción de gracias.

Nosotros, Madre santa, bellísima imagen de María que coronaremos dentro de unos instantes, agradecemos en Ti la misericordia infinita de Dios, agradecemos en Ti el amor con el que Dios nos ama, no por nuestros méritos, sino porque Dios es Dios, y Dios es amor. Y la verdad de este mundo en la revelación de tu Hijo, en el don de tu Hijo, el secreto más profundo de la realidad, se revela como amor sin límites.

Madre Santa, nosotros no somos mejores que los demás hombres; somos pecadores, pobres, enfermos, la muerte sigue siendo parte de nuestra herencia y, sin embargo, por el amor de tu Hijo, por su intercesión, podemos vivir la vida con la libertad de los hijos de Dios, por la sencilla razón de que conocemos esa misericordia infinita que nuestros pecados no son capaces de agotar, de cansar, de fatigar. Y por eso nosotros, en gesto de gratitud, Te coronamos, por esa misericordia infinita de la que todos nosotros, y todos los hombres, tenemos necesidad, como del aire para respirar, y que tu Hijo, en su redención y la permanencia de su redención en la vida y en los sacramentos de la Iglesia, especialmente la Eucaristía, nos da a cada uno de nosotros, y ofrece a todos los hombres, justamente, como un aire para respirar, para poder recuperar la esperanza, la confianza, el amor a la vida y a la realidad, la gratitud y la alegría, y no como una alucinación, sino como el fruto más razonable de quien se sabe amado con un amor que nada ni nadie, ni siquiera nuestros pecados, tiene el poder de destruir.
 
Sólo quiero recordar que hoy es la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año tiene como lema Los niños y los medios de comunicación. Vamos a pedir a la Virgen que nuestros medios de comunicación, que sirven para tantas cosas hermosas, por ejemplo para esta retransmisión, y para tantísimos cosas llenas de belleza y que transmiten el conocimiento, sirvan también para que los niños puedan crecer en la alegría y en la acción de gracias, para que no les enseñen un modo de vida que, al final, hace que la alegría sea imposible, o que hace que el escepticismo, la amargura, el cinismo sean lo único que nos queda como herencia razonable de los seres humanos adultos.
 

Antes de la Bendición Final
 
Terminamos nuestra celebración, como siempre, con la Bendición, en un día especialmente gozoso, como expresaba el aplauso que habéis dado a Nuestra Señora en el momento de su coronación. Esta oración final de nuestra Eucaristía hablaba de cómo nuestra naturaleza humana, por la redención de Cristo, ha sido tan extraordinariamente enaltecida que participa de su misma gloria. En María, las primicias de esa naturaleza, de esa humanidad nuestra, están ya en el Cielo, como un anticipo de nuestra propia plenitud, de la promesa que el Señor nos ha hecho a nosotros. En la Eucaristía, de la que acabamos de participar, el Cielo también está ya en nuestra tierra. Y estas dos realidades, cielo y tierra, desde la Encarnación de Cristo están unidas, son una fuente inagotable de vida y de alegría. Que el Señor nos conceda muchos días de gozo como éste.
 
Gratitud a los hermanos, que han hecho un enorme sacrificio para hacer posible este día, a las autoridades, al Ayuntamiento, a otras autoridades que han colaborado también para que esto sea posible, a los medios de comunicación, y al Pueblo cristiano, que ha hecho de esta fiesta una fiesta tan preciosa, y a todas las demás hermandades. Yo sé que ha habido una estrecha colaboración entre todas las hermandades, y me parece un gesto precioso que yo, en nombre de la Hermandad de los Favores y la Misericordia, me gustaría agradecer.

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