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Inicio de Curso de las Instituciones Educativas y Educadores

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 11/10/2007. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 86-91. p. 253



Queridos hermanos sacerdotes,
queridos hermanos y amigos,

Yo creo que es evidente que esta celebración, que había ya adquirido una cierta tradición, no se puede poner la víspera del Pilar. Y menos cuando el Pilar cae en medio de la semana y realmente hace un acueducto de lo más apetitoso para todo el mundo. Tal vez también la hora sea un poco temprana, y sería mejor un poquito más tarde para que más personas hubieran podido participar. Pero no es el número lo que hace verdaderas las cosas, nunca, sino el que podamos vivir con más gozo, con más plenitud, la preciosa misión que todos tenéis encomendada, o que todos tenemos encomendada, mejor.

Y esa primera misión es la misión de educar, desde unos lugares u otros, de una manera u otra. La verdad es que uno puede decir que la vida del cristiano, en la medida en que consiste en dar testimonio de Cristo, es siempre educativa, puede ser siempre educativa. Cualquier relación que tenemos, cualquier amistad que nos une, o nos vincula a otras personas, cualquier encuentro que sucede en nuestra vida, es una ocasión de testimoniar a Jesucristo. Y, en ese sentido, es también una ocasión de que otra persona pueda reconocer a Cristo y así crecer en la vida, crecer como persona, crecer en la alegría, en aquello que llena la vida. Pero es verdad que vosotros, y yo también, y los sacerdotes, yo creo que por nuestro propio sacerdocio, habéis hecho de vuestra vida, no diría el trabajo, pero sí la misión, la tarea, la vocación de vuestra vida: el educar. Y a nadie se le escapa que es precisamente en esa tarea vuestra de educar, en el contexto cultural que vivimos, una tarea extraordinariamente difícil; yo diría, desde las premisas sobre las que está construida nuestra sociedad contemporánea occidental, prácticamente imposible si esas premisas se toman como punto de partida para la educación.

No me detengo en una larga exposición sobre la filosofía de la educación, pero dos de esas premisas bastarían.

En primer lugar, la afirmación del yo como un absoluto. Si el yo es un absoluto, si el yo es un pequeño dios que se construye a sí mismo, que no necesita de ninguna gracia, de ninguna revelación para ser lo que está llamado a ser, a alcanzar su plenitud, la tarea de educar se vuelve, al menos, confusa; es decir, paradójica, y sólo puede quedar reducida a transmitir ciertas informaciones útiles para dominar el mundo. Pero eso jamás satisfará las exigencias últimas del corazón humano, las preguntas que el hombre, en la medida en que no está adormecido o drogado, no puede evitar hacerse sobre el significado de la vida, sobre el bien, el mal, la verdad, sobre el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, el amor, todo.

La otra premisa, muy unida a esta afirmación absoluta del yo, es también la reducción de todo aquello que sea expresión del bien o del mal, expresión de una meta para la vida humana, expresión del significado de la vida y del mundo, a creencias privadas, en el fondo, a preferencias personales. Y, en el fondo, hasta los mismos valores de los que hablamos con tanta frecuencia en el contexto cultural en el que vivimos (y, como dice algún pensador contemporáneo, no significan más que “esto a mí me gusta”), se convierten fácilmente en expresión de una mera preferencia. Y si uno tiene influencia retórica, o autoridad moral, o poder suficiente, los puede imponer a otros de alguna manera, pero en el fondo son pura expresión de preferencias personales, privadas, y, por lo tanto, cuya verdad no se puede establecer nunca, según –digo- los parámetros y las premisas de las que parte esta sociedad en la que estamos. Sólo con tomarse en serio esas dos premisas, educar sería una tarea imposible.

Y, sin embargo, nosotros estamos en esta Eucaristía para dar gracias porque vosotros dedicáis vuestra vida a educar, y para dar gracias porque estáis educando, y la Iglesia no podría jamás renunciar a esa tarea de educar que, repito, no es algo añadido a nuestra condición de cristianos, cuando uno tiene en su vida la experiencia de que Cristo es el bien más precioso de la vida, que llena de sentido todo, la realidad de las cosas, las relaciones humanas, el amor humano, la amistad, el trabajo, la vida y la muerte. Si todo ha sido transformado por Cristo, y si uno tiene experiencia de eso, ¿cómo no arder en deseos de comunicar eso? Y no se trata de ofrecer sermones. Por ejemplo, si uno está, qué sé yo, enseñando matemáticas o física o sociales, no se trata de meter pequeños sermoncillos que hablen de Dios. No. Se trata de que uno no puede evitar mirar las cosas, a las personas, a los alumnos que uno tiene delante, o relacionarse con los profesores, si no es desde la experiencia que uno tiene, que cambia nuestra vida.

Por eso, en una sociedad en la que es difícil educar, qué fácil resulta dar gracias por que existan educadores cristianos. Y, sea cual sea el contexto en el que educáis, sea cual sea la materia que enseñáis, ¡Dios mío!, la esperanza en la educación está en vosotros, los verdaderos recursos educativos de la sociedad sois vosotros, no son los métodos, no son las leyes, no son las programaciones, es vuestra propia experiencia, es vuestra propia vida. Es nuestra propia vida la que, vivida con seriedad, vivida con gusto, se convierte en una fuente de crecimiento para los demás, de crecimiento humano, porque al final educar tiene que ver con ese crecer por dentro, con lo que Aristóteles llamaba los “bienes interiores”, los bienes internos; no con saber hacer las cosas, sino con ser más, con saber quién es uno, con poder vivir con sabiduría, con tener una cierta consistencia como persona ante la vida, ante la muerte, ante el sufrimiento, ante la amistad, ante el amor. Es decir, tener una personalidad, saber quién es uno, y para qué está aquí.

Ése es el tesoro grande que el Señor nos da, y nosotros nos unimos al comienzo de curso para dar gracias al Señor porque Él nos ha permitido, porque la experiencia de Cristo nos permite, tener una mirada sobre el hombre que cada vez más contrasta con la mirada de la cultura dominante.

Fijaos, en un mundo en el que no se puede educar, en un mundo en el que realmente no hay caminos (como decía Kafka, conocemos la meta –la meta sería ser felices-, pero no hay ningún camino, no sabemos cuál es el camino), en un mundo en el que el ser humano se siente perdido en la vida, por mucho dominio que tenga de la naturaleza o de ciertos aspectos de la vida de la naturaleza, donde se siente perdido, al final el vacío que deja la ausencia de certezas sobre el significado de la vida lo ocupa el poder político siempre, y eso desde los comienzos de la civilización humana que nos llegan. Y ése es el verdadero peligro del momento en que estamos. Es decir, que el Estado contemporáneo, y no sólo en España, sino también en otros contextos culturales, ése ha sido un peligro terrible a lo largo del siglo XX, que ha causado sufrimientos infinitos, desgracias y muertes, y sangre. Porque cuando el Estado se ha atribuido las capacidades de definir el bien y el mal, se ha convertido en una religión, y ha reducido a los sujetos que constituyen el Estado a su poder absoluto, que impone, eso sí, sus valores, sus creencias, su mentalidad… Y esto exige para un cristiano, inevitablemente, una resistencia. Una resistencia porque no ha lugar. Para quien ha conocido a Jesucristo, no es posible concederle al Estado el poder de definir la realidad, el poder de definir las cosas, el cuerpo, las relaciones humanas, el matrimonio. Eso no es tarea del Estado más que si el Estado se constituye a sí mismo como Dios. Y yo (pero no como obispo, yo, como cristiano) no le puedo conceder al Estado que el Estado se constituya en Dios, y que determine las conductas o las vidas de los hombres. Hay límites que, además, si se le concede a un Estado transgredir, la sociedad queda inerme por mucho tiempo. Pasó en el Nazismo. No sé si habéis leído Archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitsyn. En las treinta primeras páginas, cuando detalla aquellos primeros pasos en que el mundo de la Unión Soviética empezaba a encaminarse hacia el estalinismo, describe cómo decir “no, esto no tiene importancia”, o “se puede ceder en esto, no pasa nada, es preferible mantener un pequeño margen de libertad”, tuvo las consecuencias terribles que aquello tuvo.

No soy tremendista, en absoluto. Pero cuando el Estado se arroga esas atribuciones, quienes tenemos el don precioso de tener una respuesta -y una respuesta verificada en tesoros de humanidad preciosos, que son los santos, a lo largo de veinte siglos de Historia, y, por lo tanto, verificada en la Historia- no podemos permitir hacer experimentos sobre la vida humana, sobre el matrimonio o la familia. Los experimentos, con gaseosa. Sencillamente, no podemos permitirlo, porque, pasados ciertos límites, la sociedad es incapaz de reaccionar, pierde su capacidad de responder.

Si un día un Estado decidiera, no digo en el currículum, digo sencillamente dados los cálculos de vida económica, que las personas mayores de 65 años no son rentables, habríamos perdido ya. Y, por lo tanto, lo más sencillo sería darles un medicamento para que duerman tranquilamente y no supongan una carga para el resto de la sociedad, pues habríamos quedado sencillamente inermes. Y no estoy hablando de hipótesis: son cosas que se han pensado, son cosas que se han hecho, y que se han hecho en un siglo de científicos, de progreso humano, de progreso técnico. Son cosas que se han hecho a lo largo del siglo XX.

Damos gracias a Dios porque tenemos la preciosa misión de educar. Yo no sé las circunstancias de cada centro. Sé que son muy diferentes las de los centros públicos a las de los centros privados o concertados. Pero, simplemente, pensad que cada uno de vosotros sois un tesoro para los niños o para los jóvenes que tenéis delante, que esos niños tienen un privilegio enorme al teneros a vosotros, porque, teniéndoos a vosotros, tienen a Jesucristo, y alguien puede quererles como Jesucristo.

Y sólo os daría un consejo. Os pediría hoy una cosa, que la penséis, y que penséis que es importante en la tarea educativa, justamente para poder ofrecer alternativas a la cultura dominante que nos rodea: no censuréis las preguntas sobre los fines, no os canséis de preguntar a los alumnos para qué, y eso para qué, y, al final, y la vida humana, y el estudiar, para qué. A lo mejor, son ellos los que lo preguntan. Si lo preguntan, no les paréis en esa pregunta, al contrario, llevadla hasta el fondo. Uno de los rasgos que ha censurado esta sociedad desde las premisas que os decía antes, desde el yo concebido como un absoluto y toda valoración o toda apreciación sobre la verdad o sobre el bien percibida como subjetiva, es, justamente, que ha censurado siempre la pregunta sobre el fin de las acciones. Gracias a esa censura, científicos extraordinariamente grandes como científicos fabricaron las bombas atómicas sin sentirse en absoluto responsables de lo que hacían. O en la Alemania nazi, otros científicos fabricaron instrumentos de muerte extraordinariamente poderosos, también sin ningún sentido de responsabilidad, porque ellos en lo que estaban trabajando era en una parcela de la ciencia, nada más, sin preguntarse para qué.

Si de verdad queréis educar, la pregunta más importante que podéis fomentar en la clase es el para qué. Aunque a lo mejor no tenga esta forma tal y como los chicos la formulan, ésa es la pregunta más importante que hay que hacer, y a la que hay que responder, no con un discurso, sino con una vida, con un modo de situarse ante el chico. A lo mejor diciéndole “te acompaño en un tramo del camino, pero yo tengo un para qué”, yo sé por qué puedo hacer las cosas porque tengo el para qué en mi vida. Y porque en la Eucaristía, porque tengo la comunión con la Iglesia, sé para quién soy y sé para qué es la vida. Y, sabiendo para qué es la vida, puedo colocar el para qué son las demás cosas en una jerarquía, en un orden, en alguna situación.

Por eso, es un consejo de amigo, no tiene más pretensión, pero, si de verdad deseáis educar, estad muy atentos a ese tipo de pregunta que está en el corazón humano, pero que la educación actual y la pedagogía actual no responde, la tiene censurada. La ciencia actual trata constantemente de evitar esa pregunta, porque esa pregunta podría descubrir que somos mucho menos libres y mucho más siervos de lo que nos creemos, que hacemos cosas que no sabemos para qué.

No hace mucho me contaban de una muchacha joven, matemática, excelente matemática, becada por la Comunidad Económica Europea para proyectos complejísimos matemáticos e informáticos, de funcionamientos de conjuntos de masas de millones de personas, y uno decía: “Dios mío, trata de saber cómo reacciona una masa ante determinados acontecimientos y de hallar fórmulas matemáticas”. Y eso, obviamente, es un posible instrumento de control de sociedades enteras, sin duda alguna. Y ella decía: “No, yo me limito a hacer los cálculos matemáticos”. Y le decían: “¿Pero te das cuenta para qué pueden servir esos cálculos matemáticos?’. Y respondió: “Sí, pero procuro no pensar en ello, porque me angustiaría”. Justo.

Si uno quiere ofrecer una alternativa a la educación que nos rodea, a la cultura que nos rodea, la pregunta que hay que hacer siempre es “y para qué”. La pregunta a la que hay que ayudar a suscitar es, en el fondo, la del sentido de la vida, el sentido de la vida último y el sentido de las cosas que hacemos. El sentido de cada expresión humana, el sentido de las cosas, de la más pequeña, todas, tienen un “para qué”. Y es ese “para qué” lo que nos mueve, es ese “para qué” el que puede despertar el corazón, hacerlo libre. Es el “para qué” el que suscita el afecto, o el temor, o el miedo, o la desgana, que muchas veces es el fenómeno más común. La falta de ningún “para qué” es la fuente de tantísimo fracaso escolar, del desinterés, de tantas cosas que experimentáis todos los días en clase, ¿no?

Muchos se preguntan cómo se les puede motivar a estos muchachos. Sólo con una certeza de que la vida merece la pena porque tiene un sentido. Hay que poder dar respuesta a esa pregunta para motivar realmente. Y soy consciente de todas las dificultades familiares, ambientales, de ciertos contextos que hacen prácticamente muy difícil que un chico pueda, aún con la mejor voluntad, con el mejor deseo, porque es incapaz de concentrarse, porque tiene un ambiente donde todo va en contra de su propio crecimiento personal. Pero, repito, la esperanza somos cada uno de nosotros, sois cada uno de vosotros.

Vamos a darle gracias al Señor, y a suplicarle juntos en esa preciosa misión, que cada uno podamos vivirla con conciencia, con gozo, con libertad, en el sentido de que nosotros, en primer lugar, sabemos por qué y para qué damos nuestra vida a esta preciosa tarea, indispensable tarea, que es educar.

Antes de la Bendición Final

Ni que decir tiene que esta Eucaristía, aunque haya sido una Eucaristía del Espíritu Santo, sirve para aquellas personas que lo deseen como celebración para cumplir el precepto de la Solemnidad de mañana. Deberíamos haber celebrado la Virgen del Pilar, pero el Señor sabe las intenciones de los hombres.

En cuanto al día de mañana, en todo caso, vayáis o no vayáis, o tengáis la oportunidad o no de participar en la Eucaristía, yo rogaría que pidieseis por nuestra patria, que pidieseis por España, que pidieseis por la paz, para que no se extienda el terrorismo; que pidáis por que todos podamos contribuir más a la unidad de unos con nosotros, que no fomentemos aquello que separa, o divide, o añade conflictividad a una vida, a una sociedad ya bastante conflictiva por sí misma a partir de las premisas que decíamos antes.

Y, por último, una cosa que me quedó por decir. Cuando yo hablaba de resistencia, ¿sabéis cuál es la mejor forma de resistencia que podéis ofrecer, específicamente cristiana, y la forma de ofrecer una alternativa a este mundo, específicamente cristiana, verdaderamente alternativa? El amor que vence siempre, el amor siempre más grande. Ésa es la brújula en la que jamás nos equivocamos. ¿Que los chicos son difíciles, que el ambiente es difícil? Un amor. Eso es lo que hemos aprendido en la Cruz del Señor, y esa es la verdadera revolución pendiente siempre en cada generación. Esa es la cultura verdaderamente alternativa, donde las personas cuentan más que las cosas, donde el afecto por las personas es siempre capaz de construir sea cual sea el punto de partida, y sean cuales sean las circunstancias y el ambiente en que el Señor nos pone. Me parecía que dejaba algo sin decir, si no subrayaba esto último, y, probablemente, es lo más importante de todo.

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