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Ordenaciones de Diáconos

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 30/12/2007. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 86-91. p. 268



Muy queridos D. Miguel y D. Mariano, Rector del Seminario San Cecilio, al que pertenecen los diáconos que hoy se ordenan, y Rector del Seminario Redemptoris Mater,
muy queridos hermanos sacerdotes,
queridos candidatos al sacramento del Orden, que hoy vais a recibir en el grado del Diaconado,
familiares y amigos,
queridos hermanos y amigos todos,

Yo creo que se podría decir con verdad que, si hay un punto de insistencia, una afirmación que sirve de hilo conductor (y, por lo tanto, de luz para nuestras vidas y para la vida de la Iglesia en el magisterio de la Iglesia en estos últimos cuarenta años, desde la celebración del Concilio Vaticano II), es justamente que el centro de la vida cristiana se llama Jesucristo. La Encarnación del Hijo de Dios significa una luz y una capacidad nueva de mirar, de vivir, de afrontar la condición humana; un desvelarse de la dignidad de la persona humana y, mediante el don del Espíritu Santo, la constitución de un Pueblo nuevo, hecho de todas las naciones, de una familia nueva, de un modo nuevo de vivir todas las cosas: todas las cosas que son esenciales a nuestra condición humana. Dicho con palabras del mismo Concilio, “Jesucristo, el Verbo encarnado, al revelar al Padre y a su designio de Amor por los hombres, desvela también el hombre al mismo hombre”, desvela nuestra condición humana, ilumina nuestra condición humana. Ilumina nuestra vocación. Responde a la pregunta por el sentido de la vida, por el sentido de las cosas.

Ese gesto de amor, ese Niño que llora en una gruta a las afueras de Belén nos dice el valor de nuestras vidas, el valor de la Historia. Y nos abre (lo hará a través de sus enseñanzas, de su pasión y de su muerte, a través de su resurrección y del don de su Espíritu) la posibilidad de un modo nuevo de vivir, absolutamente nuevo, desconocido fuera de los ámbitos cristianos y de la cultura cristiana que el acontecimiento de Cristo ha generado. Un modo de vida constituido por una comunidad en la que la persona es el centro; y el bien, y el destino, y la vocación eterna de la persona, y la dignidad sagrada de la persona, es el centro de toda la organización social, de todas las relaciones humanas, de toda la vida.

Cuando decimos que Jesucristo ilumina la vida humana, que desvela el hombre al mismo hombre, decimos que nos desvela todas aquellas cosas que nos constituyen como personas (no ciertas cosas que son accidentales, como podrían ser la organización política de los pueblos, o aspectos que son muy coyunturales de un momento determinado de la Historia). Ilumina, básicamente, tres ámbitos. Ilumina lo que significa la persona humana, pero la persona humana es inseparable de estos tres ámbitos que voy a señalar.

El ámbito de la familia, esencial para el desarrollo normal, pleno, agradecido, de la persona humana, normal para el desarrollo afectivo e intelectual de la persona, constitutivo de nuestra condición de personas, también como hombres o como mujeres. En la constelación de relaciones que constituye la familia basada en el matrimonio monógamo de un hombre y una mujer, y en la constelación de relaciones que constituye ese ámbito de relaciones vinculados a la familia, aprendemos algo que hoy resulta revolucionario en cierto sentido: un tipo de relaciones humanas que no están basadas en el interés, un tipo de relaciones humanas que no tendrían explicación si el corazón de la vida humana no fuese la gratuidad. Ése es como el primer ámbito, el que más inmediatamente nos constituye.

Luego está el ámbito del trabajo, que no está desvinculado del de la familia, como no lo están ninguno de los ámbitos en que se desenvuelve la vida humana. Porque, en muchas ocasiones, el trabajo es el modo de sostener a la familia, la justificación y el sentido del trabajo están vinculadas, de la manera más íntima, al sostenimiento de esas relaciones de gratuidad que constituyen la familia humana.

Y el tercer ámbito sería el ámbito cívico, el ámbito de la polis. Me cuesta llamarlo política, porque la política es una palabra degradada, deteriorada, empobrecida en nuestro contexto cultural. Pero, ciertamente, no existe el ser humano sin una sociedad un poco más allá de la familia.

Los tres ámbitos se implican entre sí, porque hasta la organización del trabajo depende en buena medida de la polis, y la organización del trabajo determina muchas veces la propia vida de la familia.

En esos tres ámbitos, nosotros (que provenimos de una cultura de siglos de tradición cristiana) hemos podido olvidar que el nacimiento de Jesucristo, la Encarnación del Verbo, ilumina, arroja su luz y nos descubre una novedad, en la cual (no me voy a detener en ello hoy, ya que haría la homilía excesivamente larga e inadecuada), tanto el mundo del trabajo como el mundo de la polis, para que sean verdaderamente humanos, para que respondan a las exigencias más profundas del corazón humano, deberían parecerse lo más posible al mundo de la familia, al modo de vida de una familia, a las realidades y a las cualidades que dan nivel, calidad de vida, a las relaciones familiares.

En la medida en que se alejan de ese modelo (en la medida en que se alejan de la gratuidad que constituye sustantivamente la vida familiar y en la cual el ser humano es introducido a la gratuidad como modo de vida a raíz de la Encarnación de Cristo), la vida del trabajo y la vida de la polis se llenan de conflictos, se convierten en relaciones constitutivamente conflictivas, se convierten en relaciones donde necesariamente su forma de relación está marcada por la manipulación, por la explotación, por los intereses y las luchas de poder, por cosas que envenenan, de alguna manera, la vida de los hombres y la llenan muchas veces de tristeza, de amargura, de vacío interior. En nuestra cultura, eso se ha articulado de tal modo que, hasta la misma vida familiar, muchas veces, es concebida como si fuera la vida de una empresa, o como la vida de la polis, como unas luchas de poder, o conflictos constantes por una cierta autoridad en el seno de la familia por ver quién manda, por cuánto yo te doy por lo que tú me das, por cuánto tú me das por lo que yo te he dado; y eso envenena, muchas veces, en nuestra sociedad también, la vida de las familias.

Lo que quiero subrayar es que no es casualidad, ni es una rutina piadosa, el hecho de que la Iglesia celebre la fiesta de la Sagrada Familia prácticamente inmediatamente después de la Navidad, el primer domingo después de la Navidad, en la primera reunión solemne de los cristianos que hay después de la Navidad. Y lo hace para que comprendamos algo que en nuestros países, de una larga tradición cristiana, tenemos también una enorme necesidad de redescubrir.

Primero, que no es verdad la conciencia, tan difundida entre nosotros (también dentro de la Iglesia, sin que nos demos cuenta), de que el matrimonio es de tal manera una realidad natural que se puede cuidar por sí misma, y que sobrevive por sí misma, y que basta la buena voluntad, o que los chicos se gusten, o que basta que se hayan enamorado, para que eso pueda constituir ese marco estable en el que la vida se transmite y en el que la vida se cuida. No. Por muchas películas (de cuando las películas terminaban bien) que hayamos visto. Eso es una gran mentira. Los chicos pueden ser muy majos, pero el hecho es que ya los mismos padres Le preguntan al Señor: “¿Cuánto durará, Dios mío?” Y, siendo majos, durará hasta que tengan el primer problema. En el momento en el que tienen el primer problema, o tienen el horizonte de Cristo, y del significado de la vida de Cristo, y del don de Cristo para nuestra propia vida como personas, o es imposible hacer frente.

La permanencia de un hombre y una mujer a lo largo del tiempo, la permanencia de esa unión para toda la vida, más allá de las infidelidades, y de las torpezas, y de nuestros pecados, más allá de todo eso, la posibilidad misma de que esa fidelidad permanezca como tendencia, como valor, la permanencia del amor, el renacimiento del amor cuando el amor se ha roto: todo eso está vinculado al acontecimiento de Cristo y a la gracia de Cristo. Pensar que eso lo podemos confiar a nuestra buena voluntad, o al atractivo de los sexos, es una torpeza y una necedad.

Un matrimonio, el matrimonio cristiano (el matrimonio que nosotros hemos conocido, el único que corresponde plenamente a las exigencias de amor que hay en el corazón del hombre y en el corazón de la mujer), es un milagro. Es un milagro cotidiano. Y hay que recuperar la conciencia de que es un milagro. Porque los milagros no los hacemos nosotros, los hace Dios. Y, entonces, o en el matrimonio, desde el primer momento, se hace presente Cristo como la fuente y la plenitud de vuestro amor de esposos, y por lo tanto la figura clave para la permanencia, para el cuidado, para el crecimiento de ese amor, y del gozo y la alegría que produce ese amor; o lo otro es engañarse, sencillamente: es una gran mentira, una gran falsedad. Una gran falsedad que amarga y que destruye, porque quién no ha pensado en el momento de casarse que justamente ese momento abría el horizonte a la felicidad, o a lo que de felicidad es posible alcanzar al ser humano en el camino de la vida. Pero pensar que para eso basta nuestra buena voluntad, basta el quererse, basta el sentirse atraídos, basta la complementariedad de los temperamentos, o las buenas intenciones o los buenos deseos, es falso. Los milagros los hace Dios.

El matrimonio necesita estar vuelto permanentemente hacia Cristo, cuyo amor, cuya gracia, cuya misericordia necesitamos constantemente. No para ser buenos cristianos, entendedme, ése es otro de nuestros grandes errores. No necesitamos a Cristo para ser buenos cristianos. Necesitamos a Cristo para vivir, para respirar, para tener esperanza, para poder tener alegría, para poder querernos, para ser personas, en el sentido pleno de la palabra, de un modo que responda de verdad a las exigencias profundas que hay en nuestro corazón.

Cristo ilumina el hombre al hombre. Ilumina, en primer lugar, la necesidad de la familia para que podamos descubrir nuestra vocación al amor, a un amor gratuito, a un amor incondicional, a un amor sin límites, ni de espacio ni de tiempo; a un amor que desemboca, como la propia vocación de cada uno, en la vida eterna, que tiene su origen y su plenitud en Cristo, su modelo de referencia. Cuando un hombre y una mujer no pueden volverse juntos a Cristo a decir: “¡Qué pobre es nuestro amor! Pero, Tú, que eres el Amor infinito, llénalo de contenido, enséñanos de nuevo, haznos aprender”. Porque la vida se nos ha dado para aprender a querernos, y si no tienen dónde volverse, qué difícil es que la relación entre los dos no se convierta en una exigencia: “Tú tienes el deber de hacerme feliz, y resulta que mi corazón necesita un amor infinito y tú no me lo puedes dar, y resulta que tu corazón necesita un amor infinito y yo no te lo puedo dar”. Y la distancia empieza a crecer, hasta que dos personas, que querían ser una, se convierten en extrañas la una para la otra, aunque vivan bajo el mismo techo. Y se instala poco a poco en la vida la conciencia de que es imposible salvar ya ese amor, como si hubiera muerto. Y se buscan otras posibilidades, y todas esas otras posibilidades, mientras sigan viviéndose de la misma manera, siguen siendo igual de frustrantes, porque no pueden responder a las exigencias del propio corazón.

Sólo Cristo (que no nos elimina las dificultades de la relación humana, ni las luchas, ni las torpezas que los seres humanos cometemos) nos remite siempre a un punto de referencia al cual los dos pueden volverse juntos, al cual todos nosotros podemos volvernos juntos y recuperar el significado de la vida, del amor mutuo, de la vida común y de las relaciones en el ámbito de la familia.

El primer punto, decía, es que sólo Cristo es capaz de dar contenido pleno y la energía plena que necesita el amor de un hombre y una mujer para mantenerse en el tiempo. El segundo punto es que Cristo, donde vive, es en la Iglesia, ¡y no podemos vivir la relación con Cristo al margen de una vida de comunidad! Permitidme que os lo diga con toda crudeza, porque, dada la situación del mundo, no deciros esto sería engañaros.

Mientras hemos vivido en un contexto cultural, al menos exteriormente, cristiano, en el que al menos el decorado era cristiano, uno podía hacerse la ilusión de que en realidad la Iglesia coincidía con la sociedad civil y, por lo tanto, viviendo normalmente, uno vivía en la Iglesia. Y eso ha dejado entrar en nuestro corazón el individualismo de un modo, y de otro, y de otro, y al final nos hemos olvidado de lo que significa vivir en la Iglesia. Nos hemos olvidado que vivir en la Iglesia es vivir en una sociedad que tiene unas reglas que no son las del mundo, que tiene unas leyes que no son las del mundo, que tiene otros criterios para juzgar las cosas que no son los del mundo ni los de la sociedad civil; pero que sólo en la comunión de ese pueblo, en esa familia grande, en ese cuerpo (son tres imágenes que une el Nuevo Testamento), que sólo en ese pueblo, en esa patria que es la Iglesia, está nuestra ciudadanía verdadera, plena; que sólo en esa familia grande, que es la Iglesia, se cuidan nuestras familias; y que sólo en ese cuerpo podemos tener las relaciones adecuadas unos con otros, siendo los unos miembros de los otros, de tal manera que a nadie le sucede algo que a mí no me afecte, sin que pueda decir: “no me importa, no tengo nada que ver con eso”. No.

Yo tengo que ver con todos vosotros. Todos nosotros tenemos que ver con todos nosotros. No existimos aisladamente. Todos tenemos que redescubrir lo que significa la comunión de los santos, y os aseguro que el Señor me ha dado en estos meses la gracia de poder vivir y experimentar en mi carne la preciosidad y el tesón invencible que significa esa comunión de los santos. Vivir la comunión de los santos, vivir con una conciencia mucho más grande en esta familia que es la Iglesia es el mejor modo de construir un mundo diferente. Es el mejor modo de cuidar de nuestras familias. . No podemos pensar que basta la buena voluntad, o nuestro esfuerzo, o que podemos salvar nuestras familias como decía el rey francés Luis XV, “Después de mí, el diluvio”, es decir, “Bueno, si yo salvo mi familia, aunque el mundo se venga abajo…” Si el mundo se viene abajo, nadie salva a su familia.

La mejor manera de construir un mundo nuevo es justamente, desde la experiencia de Cristo, cuidar cada uno de nosotros, vivir, amar la comunidad en la que el Señor nos ha permitido crecer. Tenemos necesidad de esas comunidades. Y no estoy hablando simplemente de los movimientos, o de los grupos, o de los movimientos familiares. Naturalmente que esos son dones que el Señor suscita en la Iglesia, y los suscita precisamente para cuidar de nuestras vidas y cuidar de nuestras familias. Pero yo tengo la experiencia de haber trabajado muchos años en una parroquia en la que la vida era de tal manera vida de familia que, efectivamente, todo esto que os estoy diciendo era vivido allí, lo vivíamos, era una experiencia cotidiana. Y no existía en aquel momento en aquella parroquia ningún movimiento ni ninguna realidad de las que se dicen con apellidos. No. Luego, Dios es muy libre de hacer con cada uno de nosotros la historia que quiere, y el Señor no ha cesado de suscitar en la vida de la Iglesia (como suscitó en el siglo XVI y XVII a la Compañía de Jesús, o a la Reforma carmelitana por medio de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz) realidades que ayudan a los hombres, con un temperamento particular, con una modalidad particular, a vivir la vida. Pero toda la Iglesia está llamada (lo decía Juan Pablo II, y lo ha repetido muchas veces Benedicto XVI) a ser movimiento, toda la Iglesia está llamada a ser la casa y la escuela de la comunión y, por lo tanto, una comunidad cristiana.

Y diréis: “¿Y qué tiene que ver esto con las ordenaciones de estos siete muchachos, que es a lo que hemos venido la mayoría de los que estamos aquí?” Pues tiene todo que ver. Primero, porque su ministerio es al servicio de la Iglesia, que es esa familia cuya misión primera es cuidar de la presencia de Cristo y de los frutos que la presencia de Cristo produce en la vida de los hombres, en el ámbito de la familia, en el ámbito del trabajo y en el ámbito de la vida cívica. En los tres ámbitos. Y promover ese tipo de gratuidad, que es como la denominación de origen de lo cristiano. Es más, vuestro ministerio diaconal tiene unos rasgos que vinculan especialmente ese ministerio a la vida de las familias. En primer lugar, vosotros hacéis solemnemente, delante del Pueblo cristiano, la promesa del celibato. El día de mañana, si Dios quiere, seréis presbíteros, colaboradores del ministerio de los obispos en la construcción de esa familia que es la Iglesia, indispensable para que los hombres puedan percibir a Cristo, no como una idea, no como una abstracción, sino como una presencia concreta, viva, humana, que cuida de su realidad viva, concreta, humana, que son sus familias, que son sus lugares de trabajo, o su existencia en todas sus dimensiones.

La promesa del celibato tiene un significado muy parecido (yo diría que casi igual, y sólo cuando se vive así se vive bien) a la promesa que un esposo hace a una esposa, o una esposa a un esposo. Vosotros le entregáis a Cristo vuestra humanidad para que Él pueda usaros plenamente para construir este Pueblo, esta familia, haciendo de vosotros, de forma humana, una prolongación de su Encarnación y, por lo tanto, presencia de su Presencia, presencia de su Vida. No es una renuncia, como un sacrificio que uno hace porque a Dios le gusten qué sé yo, las cosas difíciles, las acrobacias o los malabarismos. No, en absoluto. Sería una estupidez entender así el celibato. Vosotros le dais vuestra humanidad a Cristo sin fisuras, como la Virgen, como las vírgenes y los célibes que han vivido bien su virginidad a lo largo de la vida de la Iglesia, para que Cristo se posesione de ella sin compartirla con nadie, de tal modo que Él pueda amar con vuestro corazón humano a todas las personas, a las comunidades que el Señor os confíe.

Vuestro celibato tiene, por lo tanto, una dimensión esponsal, no lo olvidéis. Y vuestro ministerio tendrá una dimensión paternal vinculada, justamente, a la experiencia gozosa de ese celibato. Podréis ser padres de las parroquias, de las comunidades. Podréis ser sacerdotes que entregan su vida con gusto, que viven de ese modo que decía San Pablo: “¿Quién sufre, que yo no sufra? ¿Quién está contento, que yo no goce con él? ¿Quién tiene fiebre, que yo no me abrase?” Eso lo puede decir un verdadero padre de una comunidad. Esa paternidad es el fruto de un celibato bien vivido.

Por lo tanto, ni el gesto de vuestra consagración, de vuestra promesa del celibato, ni la ordenación al Orden sacerdotal están desvinculados de la experiencia de la familia. Porque, para lo que sois llamados, para lo que el Señor ha dispuesto vuestro corazón y para lo que os habéis educado en estos años, es, justamente, a ensanchar el corazón, de tal manera que Cristo pueda posesionarse de vosotros de tal modo que podáis ser presencia viva de Cristo en medio del mundo.

Y el segundo aspecto explícitamente vinculado al ministerio del diaconado es, justamente, la caridad. Yo pienso en esa lectura de San Pablo que hemos leído, donde pone las condiciones de la vida de una familia, y podrían ser perfectamente las condiciones de la vida de la Iglesia. Y, por encima de todo, el amor, ceñidor de la unidad consumada. Quered, quered con vuestro corazón humano a las comunidades que el Señor os encomiende, disponed vuestro corazón para querer apasionadamente a los hombres y a las comunidades a las que tengáis que servir el día de mañana como sacerdotes. Y no penséis que el ministerio de la caridad es distinto del ministerio de la Palabra. Al final, de lo que se trata es de que vuestras vidas hagan presente a Cristo. Y, cuando Cristo es el centro de vuestro corazón, hablaréis de Cristo cuando sea necesario hablar de Cristo, y callaréis cuando sea necesario callar y lo único que uno pueda hacer sea una caricia, o un gesto de misericordia, o acompañar a una persona cuyo dolor es tan grande que cualquier palabra no serviría más que para destruirle o para alejarle, y uno sólo puede en aquel momento acompañar en silencio. Pero es el Amor lo que sirve de brújula para saber qué es lo mejor en cada momento. Y en estos meses de ministerio diaconal, es ese Amor lo que se trata de pedirle al Señor: “Señor, ensancha nuestro corazón a la medida del tuyo, para que cuando realmente tomas posesión de nuestra vida, nuestro corazón pueda amar a los hombres de tal manera que los hombres no digan: ‘mira qué simpático es este sacerdote’, o ‘mira qué buen temperamento tiene’, o ‘qué bien se lleva con la gente’, sino que puedan decir: ‘qué grande es Cristo que no nos abandona’, ‘qué grande es Cristo que no nos abandona en la comunión de la vida de la Iglesia’”.

Mis queridos hijos, vamos a dar gracias, en primer lugar, por vosotros; vamos a dar gracias por todos los matrimonios que hay aquí, y por todos los matrimonios y familias que no estamos aquí de manera completa, pero que son nuestra familia y nos importan, y vamos a pedir que el Señor nos sostenga en su Amor para ser, como decían los primeros cristianos, una bandera levantada en medio de los pueblos, signos de que es posible una humanidad distinta, de que es posible no vivir para el interés; es más, de que la humanidad sólo puede sobrevivir a su propia explosión tecnológica y a sus propias riquezas si redescubre que todo eso sólo tiene sentido como adorno de un centro que es la vocación al amor que hemos aprendido en Jesucristo, y que, sin eso, a nuestro vida le falta lo más esencial, porque le falta el sentido. Podemos tener de todo y vivir en la más humillante de las esclavitudes, porque tratamos de llenar nuestro corazón con cosas que son incapaces de llenarlo. Estamos hechos para Dios. Estamos hechos para Cristo.

Damos gracias, por eso, por vuestras familias, por nuestras familias, al mismo tiempo que Le pedimos al Señor que Él las cuide. Damos gracias por la vocación que el Señor ha suscitado en vuestro corazón, al mismo tiempo que Le pedimos que os ensanche ese corazón para poder ser presencia de Cristo en medio de los hombres, que permita a los hombres la experiencia viva de la redención de Cristo gracias a vuestro ministerio y a vuestra presencia. Que los hombres, y las mujeres, y los niños, y los jóvenes, y los adolescentes puedan sentir que no están solos en el camino de la vida porque Cristo les acompaña, porque vosotros les acompañáis. Tan sencillo, tan bello, tan grande como eso. Y eso, esa compañía de Cristo, merece la pena, ¡claro que merece la pena el don del corazón de uno!, ¡entero!, pobre, pequeño, herido, como sea, pero entero para el Señor, para que pueda ser entero para vosotros, entero para los hombres, entero para los designios de amor y de salvación de Dios para los hombres.

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