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Intervención en el coloquio de la conferencia del Prof. D. Sebastián Montiel “¿Fe o ciencia?”

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Fecha: 21/06/2007. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 86-91. p. 321



Aunque yo soy aficionado, lo mismo en ciencias que en letras, no resisto la tentación de intervenir.

El objeto de mi preocupación es el mismo que ha subrayado antes Eduardo. Es decir, el que puedan aparecer excesivamente separadas la fe y la ciencia como dos ámbitos que no tienen nada que ver el uno con el otro, porque eso creo que sería suicida para la misma fe. Y, por otra parte, coincido totalmente en que no se puede armonizar fácilmente la fe y la ciencia. Es como cuando se trata de apoyarse en la Sábana Santa para hacerse cristiano, porque yo no soy cristiano porque exista o deje de existir la Sábana Santa.

Y quiero proponer un camino que expongo con temor y temblor, porque me parece que esta conferencia es sólo el comienzo de un largo debate que tenemos necesidad todos de hacer, para ir hasta donde podamos en el fondo de las cuestiones, entre científicos y teólogos, y entre científicos y filósofos, y entre científicos y creyentes.

Una hipótesis que a mí me sirve, pero que quisiera someter a la confrontación, es que yo entiendo que la ciencia parte de una reducción (esa identificación de la ciencia con la matemática) de la realidad a res extensa. En la visión cartesiana existe el yo, existe la res extensa, y la res extensa es medible, y la ciencia se dedica a medir cosas. Y, efectivamente, a base de medir cosas, puede terminar pensando que sólo existe la extensión, que sólo existe aquello que se puede medir, en la misma línea de lo que tú [Sebastián] has dicho.

Pero a mí me parece que hay un posible puente entre esa realidad, culturalmente condicionada, de la ciencia moderna, que no tiene que ver con las ciencias de otras culturas, que se ha limitado a medir las extensiones de todo, incluyendo también la de los sentimientos humanos o la de los comportamientos (yo sé que hay ahora mismo un programa de la Comunidad Europeo en el que están tratando de construir modelos matemáticos de comportamientos de masas en casos de emergencia). Pero, a mí me parece que el límite de eso está en la propia experiencia humana, sin necesidad de contraponerlo, en un punto que no es un punto medio entre la ciencia y la fe, y al que la ciencia no responde. Uno vive sobre certezas que son absolutamente mucho más determinantes en la vida de lo que puedan ser el cómputo de las estrellas, o la medida de las distancias entre galaxias, o el análisis químico de las partículas más diminutas del Universo, como es la certeza de que mis padres se quieren, o de que mis padres me quieren. Y yo a esas certezas no accedo a través de la medición, sino que accedo a través de una experiencia, de un trato, de una comunión de vida. Yo no podría demostrar a nadie que mi madre me quiere, como no podría demostrar a nadie muchas otras cosas que son muy determinantes en mi vida. Y, sin embargo, yo estoy más cierto del amor de mi madre que de que dos y dos sean cuatro, porque a lo mejor que dos y dos sean cuatro sólo depende de cómo defina yo el número uno.

Entonces, esa limitación de la ciencia respcto a otras formas de conocimiento humano, que no son la fe, pero que son la experiencia humana en toda su riqueza, ampliar el concepto de razón haría percibir como un punto de fuga de la realidad hacia el Misterio, en cualquier realidad, incluida la de las formas geométricas de los gases o de la gotita de agua en la hoja. Es decir, redescubrir el camino hacia el Misterio en la realidad. Eso permitiría una apertura en el conocimiento humano a la fe, sin necesidad de armonizarla. Es decir, la afirmación de Cristo “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, no puede ser una afirmación absolutamente ajena a mi conocimiento y a mi experiencia humana. Por lo tanto, tiene que haber otros caminos de conocimiento. Y a mí me parece que eso sería digno de explorar. Esas otras certezas humanas, que no son sólo de autoridad. Porque yo, que mi madre me quiere, no es una certeza que la tenga por autoridad, y tampoco es una certeza obtenida mediante un método científico. Hay otros muchos caminos: la percepción de la belleza, por ejemplo.

Y pongo esos dos caminos muy conscientemente: la percepción de la belleza y la percepción del amor. Porque son aspectos de la vida, o de la realidad, absolutamente determinantes para mi existencia como hombre, para mi ser; no son propiamente la fe, y tampoco son propiamente la ciencia. Y también están a lo mejor determinados culturalmente: cómo percibe uno el amor, o como percibe uno la belleza. Y ahí defendería yo también a Wittgenstein en su idea de que en el conocimiento está todo condicionado de algún modo por las formaciones sociales a las que pertenecemos.

Pero me parece que la búsqueda de ese puente no es ni siquiera un punto intermedio. Sería abrir la ciencia más a otros aspectos de la realidad, o abrir el concepto de razón. Lo que quiero decir es que la fe no puede renunciar al concepto de razón. Porque la fe ha sido siempre defendida por la tradición católica como un acto de la razón humana. Por lo tanto, si hay un concepto entre ciencia y fe, tendrá que ser un concepto más bien entre ciencia y razón, más que entre ciencia y fe. Es decir, una forma particular de comprender la razón humana, una forma particular de aplicarla, una forma particular de entenderla de manera exclusiva… más que entre ciencia y fe. Porque la razón no es enemiga de la fe. La fe es un acto de la razón.

No hago más que echar al ruedo material para la batalla.

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