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Día del Seminario (selección de párrafos)

Seminario Diocesano de Granada

Fecha: 20/03/2006. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 80-85, p. 113



Mis queridos hermanos sacerdotes,
queridos rectores de los tres seminarios,
muy queridos seminaristas,
queridos hermanos y amigos,
 
No os puedo expresar la alegría de la celebración de esta noche porque es muy grande. Con muchísimo gozo he deseado que pudiéramos inaugurar esta tradición, aunque la iniciativa de celebrar la Eucaristía el Día del Seminario en el Seminario no fue mía, sino que fue de don Miguel, pero me pareció desde el principio algo precioso. En primer lugar, porque, puesto que el Señor nos bendice con los tres seminarios, es una gracia que podamos ser conscientes de que, aunque estamos en lugares diferentes, o en etapas del camino hacia el sacerdocio distintas, somos un solo presbiterio, una sola Iglesia, una sola familia. Y también porque el Seminario es como el corazón de la Diócesis, y la experiencia cristiana de los que se forman para el sacerdocio es lo más importante de todo, y por lo que hay que estar pidiendo al Señor con más intensidad por amor a la Diócesis entera, por amor a vosotros. Pero, para eso, yo creo que es esencial que el seminario no sea como un lugar de aislamiento de la vida de la Iglesia. Sí que es un lugar de retiro en cierto modo, porque uno tiene que dedicar muchas horas. El trabajo que, como seminaristas, tenéis que llevar a cabo como todo hijo de Eva para ganarse el pan, es estudiar, porque vais a acompañar a un pueblo que, bombardeado por mil preguntas, mil críticas, permanentemente (muchas de ellas sin mucho fundamento, pero con mucho poder para influir en la mente de las personas), y los mismos cristianos se sienten muchas veces agobiados, y como padres y como maestros vais a tener que responder, que dar razón de vuestra esperanza y sostenerles en la fe y en la esperanza a ellos. Y eso requiere ensimismarse en el misterio de Cristo tal como la Iglesia lo enseña. Y ése es el sentido de nuestro estudio.

No hay más que dos cosas que tenéis que aprender. Obviamente, los primeros años tendréis que aprender a contar, y a leer, y a escribir. Pero, una vez aprendido eso, lo que tiene que aprender un seminarista es aprender a reconocer las preguntas y las inquietudes de los hombres, aprender a comprender su lenguaje y de dónde nace ese lenguaje, qué cosas implica, qué cosas hay detrás, qué inquietudes, qué dificultades. Y ésa es, más o menos, la función de la Filosofía. Y ensimismarse (y esto es todavía más importante, porque de nada serviría reconocer las preguntas de los hombres si uno no tiene la respuesta) en el don que es la vida que el Señor da a su Iglesia. Y eso es la Teología. La Teología no es aprender toda una serie de cosas históricas. La Teología es la ocasión de ensimismarse en el misterio de Cristo tal como la Iglesia lo vive. La Teología es hacer consciente, particular, adecuadamente, la experiencia de la Iglesia, la experiencia que la Iglesia tiene del don del Espíritu Santo, de la gracia de Cristo, de la paternidad de Dios, de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo; de la comunión que el Señor permite vivir. Ensimismarse en ello, vivirlo hasta el fondo, comprenderlo, ser capaz de expresarlo. Ser capaz de expresarlo en relación con esas preguntas y con esas inquietudes o dificultades que las personas tienen. Ser capaz de acompañar a la Iglesia en su camino por la Historia.
 
Todo eso no es apartarse de la vida de la Iglesia. Eso es vivir en una cierta ocupación que, como comprenderéis, para mí es extraordinariamente importante, y la Iglesia así lo ha considerado siempre, precisamente por amor al Pueblo cristiano, para no servir al Pueblo cristiano de cualquier manera. No se permite jugar con su saber, porque sabe que por su mano pasan vidas, y que una cirugía hecha de cualquier manera normalmente tiene un coste, usando una imagen que ha utilizado muchas veces la tradición de la Iglesia para referirse en primer lugar a Cristo, que es el Redentor del hombre y el que realiza la obra de la salvación, pero que se sirve de nosotros como médicos de las almas. Y eso no es menos importante. Eso no quiere decir que uno tenga que vivir angustiado. Uno tiene que hacer bien, como un buen obrero, como un buen carpintero que ama a su trabajo, como uno sabe, lo mejor que uno sabe, su trabajo de cada día. Porque no hay ninguna razón para tener vergüenza del pan que uno come. Ninguna. Porque vuestros padres y muchas personas trabajan muchas horas al día para hacer bien cosas mucho menos importantes de las que tenéis que hacer vosotros.

 Perdonad esta pequeña disgresión sobre lo que es vuestro trabajo. Pero eso no significa apartarse de la vida de la Iglesia. El discernimiento vocacional no se hace más fácilmente porque uno se aísle. No es el Seminario un lugar donde cultivar el individualismo. Es un lugar en el que ensimismarse en en el misterio de Cristo. Y el misterio de Cristo se vive en la Iglesia. Por eso me parece tan bueno que, en torno al Seminario, haya siempre familias, vida religiosa, personas que ayudan, que aman. No sólo los padres, sino otras personas que aman a la Iglesia y al Seminario, que pueden dedicar tiempo, que ayudan a que en este lugar, de alguna manera aislado del ajetreo de tantas cosas, se viva la vida de la Iglesia. Y se viva la vida de la Iglesia como lo que la vida de la Iglesia es, como una vida de familia, como una vida preciosa de amor mutuo, de afecto mutuo, de cuidado de las personas a quienes el Señor nos confía unos a otros para cuidarnos. El día de mañana, vosotros vais a cuidar a la Iglesia, y hoy, de alguna manera, es la Iglesia la que os cuida a vosotros. En el caso de Seminario Redemptoris Mater, de un modo tan obvio que familias os entregan el sitio de sus casas, hasta la ropa que os ponéis, como un don, que es un don para ellos al mismo tiempo. Y en el Seminario Menor y en el Seminario Mayor, lo mismo, porque quizá no son tan visibles el nombre de las personas que nos ayudan, pero todo lo que hay en esta casa es de la Iglesia, y es de la Iglesia porque la Iglesia desea que sus sacerdotes puedan prepararse y formarse y vivir lo mejor posible. Y por eso me alegra que celebremos esta Eucaristía, y que la estemos celebrando así, juntos, los tres Seminarios y las personas que estáis cerca de una manera o de otra. Y hay muchas más personas que hacen posible esto, que no conocemos siquiera, y que quizá conoceremos en el Cielo, y que a veces, cuando te las encuentras, te dicen: “yo pido todos los días por los sacerdotes y por los seminaristas”. O personas que te dicen: “llevo tantos años con este sufrimiento o esta enfermedad, pero está todo ofrecido al Señor por las vocaciones”. Eso me lo han dicho a mí como obispo, en las visitas pastorales, muchas muchas veces. Y uno es así consciente de como funciona la comunión de los santos.

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