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Institución de Acólitos

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 25/06/2006. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 80-85, p. 121



Queridos hermanos sacerdotes,
diáconos,
queridos candidatos a los ministerios laicales,
familiares, amigos,
hermanos y amigos todos,
 
Aunque esto no sean propiamente unas Órdenes, sino sólo un primer paso formal anterior al sacramento del Orden, pero ya público, como lo es el compromiso formal para los novios, la Iglesia vive este momento como una alegría muy grande. Y lo vive porque el Pueblo cristiano es muy consciente de lo que le va a él en la vida con el don de un nuevo sacerdote. Muy consciente de que un sacerdote es un bien inmenso. Y es un bien, no por el trabajo que hace, porque nos sea útil de alguna manera, no porque tenga más o menos cualidades, sino porque es un vínculo objetivo, necesario, con Jesucristo. Es Jesucristo quien es la esperanza de los hombres. Es Jesucristo quien es el Camino, la Verdad y la Vida. Y la sucesión apostólica, vinculada al ministerio episcopal y a sus colaboradores, a sus presbíteros, es sencillamente el canal esencial por el cual yo participo del don que Cristo es para mi vida. Gracias a la sucesión apostólica y al ministerio presbiteral, los pecados me son perdonados. Me los perdona Cristo, pero me los perdona a través del sacerdote. Cristo es el único que tiene el poder de devolver a mi corazón la paz, el sosiego, la confianza, la posibilidad de mirar sin vergüenza a Dios y a los hombres, pero me lo hace a través de su Iglesia, en la que Él ha dejado su Espíritu para perdonar los pecados. Cada vez que me acerco al altar para recibir la Eucaristía, no estoy “comiéndome el coco”, como dicen los jóvenes, pensando que de alguna manera está allí, sino que, por la sucesión apostólica, por el cumplimiento del mandato del Señor, cuando yo recibo ese pan y ese vino consagrados, recibo el Cuerpo y la Sangre de Cristo y participo de la vida divina. Me incorporo (y la palabra incorporar está aquí usada en el sentido más literal del término, que es introducirse realmente en un cuerpo) al Cuerpo de Cristo, me incorporo a la familia de Dios, me hago miembro de ese Cuerpo, y ese Cuerpo es uno, desde la Virgen, pasando por quienes hoy formamos el Cuerpo de Cristo, hasta el último cristiano que haya al final de los tiempos. Ese Cuerpo es uno, y por ese Cuerpo corre la vida Dios. Y nosotros somos ese siempre pobre, indigno, desproporcionado e imprescindible canal por el que esa vida llega a todos los hombres. Llega la Palabra de Dios, cuidada por la Iglesia con un amor exquisito, siempre corrigiendo las traducciones, haciéndolas siempre más accesibles para iluminar la vida de los hombres; pero llega, sobre todo, esa gracia que se nos da, a través de los sacramentos, en la comunión de la Iglesia.
 
Quien nos da la vida es Jesucristo, quien nos sostiene en la verdad y en la esperanza es Jesucristo, quien nos da su misericordia y nos hace partícipes de ella es Jesucristo. Y puesto que es Él el que nos da la vida, es precisamente esa necesidad la que hace al Pueblo cristiano valorar la figura de un buen sacerdote. Y, ¿qué es lo que espera la Iglesia de un sacerdote? De algún modo, lo mismo que espera de Jesucristo, tal y como dice el Evangelio de hoy. Éste es uno de los evangelios que no necesitan explicación, porque es muy obvio trasladar lo que el Señor hizo a la experiencia de nuestras vidas. En la vida de toda persona humana tormentas de mil clases. A veces de imaginaciones de dificultades que uno se hace, a veces de limitaciones del propio temperamento que tiene, a veces dificultades en las relaciones humanas, y esas dificultades pueden a veces ser muy fuertes. Pienso, por ejemplo, en las dificultades que surgen a veces en la relación matrimonial, o entre los padres y los hijos. Pero no hay nadie (y son muchas las personas que he visto a lo largo de mi ministerio) que no tenga experiencia de esto que habla el evangelio: que hay tormentas en las que, como decía el salmo, uno siente el estómago revuelto por el mareo; que se pregunta “¿A quién me dirijo?” Y en ese “a quién me dirijo” está Cristo, y Cristo es capaz. Porque el problema no consiste en que desaparezcan las dificultades, sino en que uno pueda afrontarlas sin destruirse. Quién no ha visto a personas mayores con el corazón joven. Tenemos el ejemplo de Juan Pablo II en Cuatrovientos, cuando decía: “soy un joven de 82 años”. Y, sin embargo, también conocemos a personas de apenas veinte años con el rostro ajado, porque lo han probado todo y no han encontrado aquello que satisfaga el corazón. ¿Qué es lo que uno espera en las tormentas? Alguien en quien apoyarse. Y ese alguien en quien apoyarse se llama Jesucristo. Repito, no se trata de que desaparezcan las circunstancias difíciles, no se trata de que una varita mágica nos haga pasar por las cosas como si las cosas no pasaran, no. Pero su compañía, la certeza de su amor sin límites, la firmeza sólida como una cadena de montañas de su misericordia y de su amor permite apoyar nuestra pobreza y encontrar de nuevo el sosiego, la paz, la alegría, la razón para amar la vida, la razón para empezar de nuevo cuando uno se ha equivocado, aun cuando la equivocación ha sido muy grande, la más grande que os podéis imaginar. Reconstruir el corazón de nuevo y empezar como si todas las mañanas fueran la mañana de Pascua, como si todas las mañanas fueran el primer día del mundo. Así es su amor.
 
Eso es la fe. Pedir eso es ser cristiano. Haber encontrado a Jesucristo es saber que nuestra pobre vida puede siempre sostenerse en Él, y siempre encontrar en Él, como Juan en la Última Cena, el descanso y, al final, la sabiduría que ilumina la vida entera y que permite vivirla sin que nuestro destino sea necesariamente el cinismo, el escepticismo, el vacío, una cierta amargura, un cierto resentimiento con la vida y con la realidad. No. Un cristiano no tiene motivos para eso. Porque, imaginaos que la vida hubiera sido una cadena de desastres uno detrás de otro, y uno pensara “he destrozado mi vida, he hecho polvo a mi familia”. Si uno puede apoyarse en Jesucristo, siempre hay un lugar para la esperanza. Porque el amor de Jesucristo es más grande que todos los desastres que hubiéramos podido cometer. No hay (sería un orgullo por parte de los hombres) una miseria tan grande que Dios no pueda abrazar. No hay un pecado tan grande que el amor de Dios no pueda, sencillamente, olvidar o que pueda bloquearle en su amor por nosotros, en absoluto.
 
¿Qué es lo que espera el Señor, y el Pueblo cristiano, de nosotros? Poder ver en nosotros un testimonio en nuestra propia vida de que, efectivamente, esa compañía es capaz de hacer, en cualquier circunstancia, de la vida humana más indigna, un canto de alabanza o de gratitud. Y que lo puedan experimentar con vuestra cercanía, como el afecto, teniéndoos a vosotros cerca. No por vuestras cualidades, sino porque Cristo estará en vosotros. No os creáis que esto de ser sacerdotes es una cuestión de cualidades humanas (y, ¡claro que hacen falta unas cualidades!). Podríais tener todas las cualidades del mundo, pero no sean capaces o no podrían sustituir lo que significa el testimonio de Cristo vivo. Si no podéis dar testimonio de Cristo, no creáis que las mayores cualidades del mundo van a ser capaces de sustituir eso. No. Y, ¡claro que los fieles cristianos y la Iglesia agradecen todas las cualidades que pueda tener! Porque esas cualidades, al servicio del testimonio de Cristo, fecundan la vida, sin duda ninguna. Igual que a los padres les gusta que sus hijos saquen buenas notas, o que sean simpáticos, claro que sí. Pero no es eso lo que les hace hijos. De la misma manera, no son vuestras cualidades las que os hacen sacerdotes. No. Es que la vida sea de Cristo. Y no es lo que esperamos, ni yo como Pastor, ni el Pueblo cristiano, de vosotros. Espera poder sentir cerca de vosotros que Cristo está cerca porque estáis vosotros; que es verdad que Cristo vive, que es verdad que Cristo los quiere, porque estáis vosotros. Eso es lo único. Y al servicio de eso, todas las cualidades que queráis.
 
Para vivir esto, la Iglesia, en este tiempo que os falta hasta la ordenación sacerdotal, os propone dos caminos que están expresados en el ministerio de lector y en el ministerio de acólito. La Palabra de Dios y la participación en la Eucaristía, la inmediatez con la Eucaristía. Y por el hecho de recibir este ministerio no se os añade nada, hacéis lo mismo que puede hacer cualquier seglar. Pero la Iglesia nos dice algo con esto, nos dice a todos algo. ¿Cómo configurar vuestra vida de forma que veros a vosotros sea ver a Jesucristo? Alimentándoos de la Palabra de Dios y de la Eucaristía. Viviendo una especie de familiaridad, de cercanía, con la Palabra de Dios. Y no por conocimientos eruditos que sirven, por ejemplo, para jugar al Trivial, pero para poco más, sino haciendo de la Palabra de Dios, de Cristo mismo transmitido a través de la Escritura y de la Tradición de la Iglesia, vuestro alimento, vuestro pan, el pan de vuestra vida, el alimento de vuestro corazón. Un corazón fuerte, paternal, capaz de amar, capaz de ser ensanchado por Cristo a la medida de su amor por los hombres. De tal manera que en vuestro amor los hombres puedan reconocer el amor de Jesucristo. Y la cercanía con la Eucaristía para ensimismarse en esa realidad que es la clave de toda la existencia humana, porque es la clave del ser de Dios tal y como Dios se nos ha revelado: que la vida es para darla, que la vida sólo vale la pena cuando es don. Dios es don, y con eso nos revela qué significa ser hombre, qué significa vivir la vida humana en cualquier estado y en cualquier vocación. Y vosotros, identificados especialmente con Cristo, ejerceréis vuestra verdadera vocación y vuestra verdadera autoridad. La autoridad que tendréis en el Pueblo cristiano, que no será la autoridad de quien manda sino la autoridad de quien se da. Es la autoridad del padre o de la madre que, dándose, dan significado a las cosas y ayudan a los hijos a crecer. Y los hijos, si no son ciegos, reconocen ese don como un don precioso en su vida. Pero eso aprende. ¿Dónde? En la Eucaristía. Se aprender metiéndose, sumergiéndose en el misterio de amor que resume todo el acontecimiento cristiano, fuente y plenitud de la vida de la Iglesia. Ese don que se hace nuevo cada vez que nosotros, alimentados por Cristo, hacemos de nuestra vida un don para los demás, un don para el mundo entero.
 
Mis queridos hermanos, vamos vivir este momento pidiéndole al Señor que asumáis este paso preparatorio a las órdenes con un corazón abierto, sencillo, dispuesto a recoger del Señor el don grande de su amor. Pedidle al Espíritu Santo que Él os eduque en Cristo, que el os haga hijos más verdaderos del Padre, que Él os haga más y más parecidos a Cristo, que os podáis ensimismar en la Palabra de Dios, en el pan de la Palabra y en el pan de la Eucaristía, de tal manera que vuestras vidas, más y más, reflejen para todos la presencia viva de Cristo en medio de nosotros. Contad para eso con mi pobre persona, contad con vuestros amigos sacerdotes, contad con la oración del Pueblo cristiano. ¡No sabéis qué tesoro es esa oración! Seguramente no lo sabéis, como yo tampoco lo sabía cuando me ordenaba, a pesar de que le pedía a la Iglesia que orase por mí, pero lo largo de la vida, y hasta muy recientemente, he tenido tantas ocasiones de percibir ese poder inmenso de la oración de la Iglesia unida. Apoyaos en esa oración, y no temáis, la obra no es vuestra, la obra la hace el Señor.

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