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Ordenaciones de Diáconos y Presbíteros

Santa Iglesia Catedral de Granada.

Fecha: 02/07/2006. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 80-85, p. 126



Muy queridos hermanos sacerdotes,
de la Archidiócesis de Granada y de otros lugares que habéis querido uniros a esta celebración, por amistad o por otras relaciones,
Sacerdotes del Instituto de Misiones Africanas, que acompañáis a Isidro,
queridos hijos,
queridos familiares, amigos,

Aquí hay mucho más que familiares y amigos. Aquí está la Iglesia de Dios. Y es que la Iglesia se goza siempre con la ordenación de un nuevo presbítero o de un nuevo diácono. Y se goza porque es una fiesta para todos, porque la ordenación es como un signo de la fidelidad del Dios vivo; como un signo de que Jesucristo es el principio y el fin, que permanece para siempre. La Historia es convulsa. En la Historia, los imperios, los gobiernos, los regímenes, las naciones, las culturas, nacen, crecen, se desarrollan y mueren, pero la promesa del Señor permanece para siempre. “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Y a lo mejor los sacerdotes no somos ni siquiera demasiado conscientes, pero el modo humano, el rostro humano, yo diría casi carnal, de la presencia de Cristo en medio de nosotros está vinculado al ministerio apostólico, al sacerdocio ministerial, en el que tres de vosotros, Elías, Pablo y Juan Antonio, hoy vais a introduciros por primera vez, al recibir el Orden del Diaconado, y en el que los otros cuatro, Felipe, Miguel Ángel, Sergio e Isidro, vais a pasar al orden de los presbíteros. Y ese signo de la presencia de Cristo, ese signo humano, esa realidad que nos permite como tocar que es verdad que Cristo está en medio de nosotros, que Cristo no se olvida de nosotros, es lo que llena de alegría a la Iglesia, es lo que llena de gozo al Pueblo cristiano, de quien me habéis oído decir vosotros tantas veces que es lo más bello que existe sobre la tierra, es la nación más hermosa, la pertenencia más hermosa, no tengo otra palabra, la creación de Dios más acabada, la que prolonga en la Historia y la que dilata en la geografía humana, si queréis, la belleza de la Virgen, la belleza de Aquella que ha sido digno de ser llena de la gracia del Señor, de tener a su Hijo en su seno, de vivir de tal manera unida a Cristo que han participado de todo en la vida. Eso es lo que se prolonga en la vida de la Iglesia a través de los siglos. Y para cuidar eso, para cuidar es bellísima familia, esa bellísima realidad social cuya presencia en Granada está tan masivamente presente y tan masivamente visible hoy a vuestro lado, es para lo que el Señor os ha llamado. ¿Cómo no dar gracias? ¿Cómo no dejar que corra la alegría en el corazón?

El Evangelio de hoy nos afirmaba lo que el mismo Jesús dijo a Marta en el Evangelio de San Juan: “Yo soy la resurrección y la vida”, y también lo que dijo en otra ocasión, en el mismo Evangelio de San Juan: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Tal vez no ha habido jamás en la Historia ninguna pretensión tan grande como ésta. Porque decir “Yo soy la vida” es algo más que decir: “Yo soy bueno, yo tengo tales cualidades, yo tengo a Dios conmigo…” Es, de alguna manera, una confesión sutil, pero muy explícita al mismo tiempo, muy velada y muy clara a la vez: “Aquí está vuestra vida, aquí está vuestro Dios”. Nadie ha afirmado en la Historia nada tan fuerte, salvo tal vez algún loco. Y, sin embargo, tampoco ha habido en la Historia ninguna afirmación que haya podido ser verificada, experimentada y probada tantas veces. Porque quien acoge esa vida, vive. Porque para quien acoge a Cristo, la vida se transfigura. Porque quien acoge a Cristo tiene la experiencia humana de pasar de la muerte a la vida.

Quien acoge a Cristo percibe algo que, tal vez, no había percibido antes: que vivir sin Él, que vivir sin la comunión con Él, es estar muerto, aunque uno viva, aunque tenga salud, aunque a uno le vayan bien las cosas del mundo; pero hay algo en lo más hondo de uno mismo que se muere, que se pudre, se agota, se asfixia, se destruye. En cambio, en cualquier tipo de circunstancias, acoger a Cristo, abrir la vida a Cristo, abrir la inteligencia y el corazón y las obras a Cristo, es pasar de la muerte a la vida, literalmente. No porque las circunstancias de la vida cambien, no porque las dificultades de la vida desaparezcan, sino porque Cristo tiene tal poder vivificador, que hace que en esas mismas circunstancias el corazón se regenere, y hasta el corazón muerto por el pecado reencuentra su vida y renace a la alegría, a la esperanza, y una esperanza que no defrauda, y una alegría que no es fabricada, que no es lo mismo que la ilusión, que no es lo mismo que el delirio, o que una alucinación de ningún tipo, porque las alucinaciones se acaban, y luego dejan un vacío más grande. La alegría que nace de Jesucristo permanece y, como el vino, con los años se hace más sólida, más verdadera, más sabrosa, más honda, más capaz de sostenernos en las circunstancias de nuestra vida.

Por lo tanto, Señor, ¡claro que Tú eres la vida! ¡Claro que el pecado y la muerte no son obra tuya! Son obra del Maligno, son obra del Enemigo. No porque en un mundo sin pecado la vida no se terminase: estamos hechos de carne, y la vida se terminaría. Pero os aseguro que la experiencia de lo que significaría morir en un mundo sin pecado no podemos ni siquiera imaginárnosla, como no podemos imaginarnos realmente el Cielo, o no podemos imaginarnos realmente el Infierno, porque no tenemos experiencia, sólo atisbos, sólo reflejos pálidos de esa realidad honda y última, porque nuestros ojos están como velados por la experiencia del pecado, por la opacidad de la realidad y de la vida que el pecado ha introducido en nuestro corazón y en nuestra inteligencia.

Yo os decía que no hay afirmación más verificada en la Historia que esa afirmación: “Yo soy la vida”, “Yo soy la resurrección y la vida”. Porque cada vez que un hombre o una mujer, en cualquier cultura, en cualquier clase social, en cualquier tipo de circunstancia, apoya su vida con sencillez sobre Cristo, abre la vida a la fe, acoge la fe y la comunión de la Iglesia, la vida adquiere, sencillamente, una consistencia, una libertad, un espesor, una belleza que uno sabe que no pueden ser mentira, como uno sabe perfectamente que el amor de una buena madre no es mentira, aunque sea imposible de demostrar del modo en que se demuestran las cosas en el método científico. Uno lo sabe perfectamente, no necesita pruebas de ello, no necesita demostrarlo, tiene la certeza adquirida en la experiencia. Y, de la misma manera, uno tiene la certeza, adquirida en la experiencia, de que el anuncio de la Iglesia es verdad, de que Cristo da la vida a quien abre el corazón a Él.

Y, sin embargo, ese anuncio, ese don, que no es solo palabra, que no es solo anuncio, sino que es el don mismo de Cristo, el don mismo de su Espíritu a través de la vida sacramental de la Iglesia, a través del Bautismo, del Perdón de los pecados, de la Eucaristía, no hubiera llegado a nosotros si no hubiera habido personas a las que Cristo ha elegido para que puedan ser el sacramento vivo de su Presencia en medio de los hombres. Generaciones y generaciones de obispos, de sacerdotes, de padres y madres cristianos que han sido sostenidos en la fe y en la gracia por la Eucaristía y el Perdón de los pecados, y que han hecho llegar a nosotros este tesoro que es la fe cristiana, este tesoro que es la alegría que nace de la comunión de la Iglesia, la alegría que nace de pertenecer a esta familia, de ser hijos de Dios, de ser parte de este Pueblo.

Por eso, de nuevo, el Pueblo cristiano, la Iglesia, siente que vuestras vidas son preciosas, una joya, y pide por vosotros. Da gracias por vosotros y pide por vosotros. Y siente vuestras vidas como algo que no es vuestro, que no es privado, que no es un asunto vuestro que no tiene que ver con ellos, ¡qué va! El sentido de la fe de los fieles siente que la vida de un sacerdote, y su fe y su esperanza y su alegría y su amor están estrechísimamente vinculados a ellos. Y, porque a cada uno nos importa nuestra vida y nuestra alegría, por eso damos gracias y por eso pedimos.

No quiero cansaros mucho porque luego el rito mismo del sacramento es lo suficientemente expresivo para decir todo lo que yo sólo puedo decir de una manera más pobre, pero no quiero dejar de decir que el método de esa Presencia de Cristo, el método por el que vuestra vida es fecunda es el mismo que nos decía la segunda lectura de hoy, es la donación de vuestra vida a Cristo y, por Cristo, a los hombres, para comunicarles la vida que Cristo os da a vosotros, para derrocharla, para darla a raudales. “El Hijo de Dios que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros”. La lógica del don. La misma lógica que rige, por otra parte, toda vida humana, porque un matrimonio no es comprensible sin la lógica del don; un matrimonio no es una especie de acuerdo comercial por el que yo te doy unas cosas y tú me das otras. Para quien ha conocido a Jesucristo, un matrimonio no puede ser más que el don entero de la vida, y no puede reclamar sino el don entero de la vida; por menos que eso, no merece la pena ni vuestra dignidad ni vuestro corazón.

Pero es exactamente lo mismo que estamos haciendo aquí. La vida humana, en tanto que imagen de Dios, es para darla. El Señor nos ha convocado a nosotros entregándonos su vida, entregándonos su Espíritu. La escuela que vais a tener todos los días para poder aprender quiénes sois y cómo vuestra vida puede desbordar de alegría y ser fecunda la tenéis en la misma Eucaristía: “Tomad, comed, esto es mi Cuerpo”. Éste es el secreto último de la vida humana, el secreto último de la realidad entera, el secreto último del mundo entero. “Tomad…” Y es que el mundo entero, la existencia humana, es puro don, puro derroche del Amor de Dios. Y nosotros sólo podemos dar testimonio de Jesucristo derrochando nuestra vida, entregándola por aquellas personas cuya vocación y cuya vida el Señor pone en nuestras manos para que podamos ser signos de Él. Pero ser signos de Él, ¿de qué? Signos de ese mismo don. Repito, no hace falta otra escuela, no hace falta otra sabiduría que la que uno aprende identificándose, ensimismándose con las palabras que uno dice en nombre de Cristo. Nuestra vida es para darla como Cristo, para derramar nuestra sangre por vuestra alegría, por vuestra esperanza, por vuestra fe, por vuestro amor. Nuestra vida es para ser entregada, repartida, comida, alimento de esa fe vuestra y de esa alegría vuestra: como Cristo. Pero uno no necesita muchas disquisiciones. Basta ensimismarse en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en el significado hondo del Bautismo, en lo que significa que el Señor se haya apropiado de nosotros para continuar su Presencia viva en medio del mundo.

A la hora de suplicar, aunque lo digamos con palabras diferentes, hoy vamos a suplicar al Señor, con un solo corazón y con una sola alma, todos unidos, para tener la certeza de que nos escucha a la hora de suplicar por vosotros, justamente eso: que seáis un signo vivo de Cristo, que lo seáis en el altar o en el sacramento de la penitencia y en la Iglesia, pero lo seáis en la calle, a todas horas; que vuestra vida cotidiana, vuestro gestos, vuestras ilusiones, vuestra alegría, vuestro gozo, sean una prolongación de ese don que hacéis de Cristo en nombre suyo, y que hacéis de vosotros en nombre vuestro cada vez que celebráis la Eucaristía. Esa es nuestra súplica. No pedimos más, y no pedimos menos. Sólo Dios puede hacerlo, no nosotros.

Todos me habéis dicho estos días cuando hablábamos: “¡Qué tremenda es la desproporción entre nuestras cualidades y lo que el Señor nos pide!” ¡Pues claro!, y no tratéis de salvar esa distancia vosotros. La salva el Señor. La salva la oración de este Pueblo, que es infalible, que Dios escucha siempre cuando lo que Le pedimos es la vida que Él nos da, el Espíritu que Él nos da, que es invencible, que es inmortal. Ése es el don que salva la distancia, el Espíritu Santo, no nuestro esfuerzo. Y eso no significa que no tenéis que trabajar, o que no tenéis que hacer lo que sea, ¡claro que lo haréis!, pero no penséis que ese trabajo va a salvar la desproporción. La salva el Señor. Es el Señor quien os asume, quien os escoge, quien nos elige, quien nos recoge y nos introduce dentro de su Misterio personal de Amor de una manera especialísima para continuar su obra redentora en medio del mundo. A Él os confiamos nosotros, a Él confiaros vosotros mismos.

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