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Inicio del Año Jubilar de la Virgen del Martirio

Ugíjar

Fecha: 14/10/2006. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 80-85, p. 158



Mis queridos hermanos sacerdotes, y mis queridos hermanos y amigos, fieles de Ugíjar y de otros muchos lugares que os juntáis hoy aquí para celebrar la Virgen del Martirio.
 
Quisiera deciros algo que fuera breve, claro, y que os pueda servir. En primer lugar, nos pasa con la Virgen, nos pasa con la fe cristiana, lo que nos pasa con nuestros padres, que, mientras los tenemos, muchas veces no nos damos cuenta del regalo o del milagro casi que significa tenerlos. Del milagro que significa que haya unas personas que dan su vida por ti. Fijaos que decimos, con mucha frecuencia, que “nadie da duros a peseta”, “en la vida todo se hace por interés”. Y, sin embargo, lo más importante de todo, que es la vida misma, sólo permanece como fruto de un don muy grande. Y el testimonio de ello son los padres de cada uno de nosotros, aunque hayan tenido defectos y limitaciones. Y muchas veces, de ese don precioso que significa que alguien haya dado su vida para que yo pueda crecer y vivir, sólo se da uno cuenta cuando uno lo pierde. Y eso nos pasa, a veces, con la fe cristiana. Acostumbrados a tenerla, es como si no valiera nada. Y tenemos un tesoro ahí que es necesario redescubrir. Venerar a la Virgen, si me lo permitís, en el contexto del mundo en que vivimos, es casi un acto revolucionario. Revolucionario, no en el sentido negativo de la palabra, de violencia, sino en el sentido de que pone de manifiesto verdades que no son aquellas que se nos venden todos los días, sino que muestran un mundo distinto. Un mundo distinto y mejor. Un mundo distinto y más bello. El hecho mismo de venerar a la Virgen es un acto de resistencia a la deshumanización que vive nuestro mundo. De algún modo, es un acto de rebeldía frente a la deshumanización que vive nuestro mundo. Y quisiera subrayar estos aspectos en los que venerar a la Virgen nos mantiene en el horizonte de una cultura distinta.
 
En la cultura en la que vivimos hay una cosa que lo domina todo, y es el dinero. Hay un tipo de relación humana que parece dominarlo todo, y que está vinculada también con ese culto al dinero, y es el interés. Parece que las relaciones humanas sólo son legítimas cuando son interesadas. Y esas dos cosas deshumanizan la vida. A veces se nos dice que vivimos cada vez mejor, y en un cierto sentido es verdad, claro. Los logros de la técnica y de la medicina nos permiten tener más comodidades, sin duda. Es una bendición de Dios tener mejores carreteras. Muchos trabajos son menos duros porque hay máquinas que los hacen. Pero no es seguro que los hombres seamos más felices. Tenemos más cosas, cada vez mejores, pero cada vez sacrificamos más partes de nuestra vida para tener esas cosas, y lo único que parece cada vez más pequeño es la vida humana, la vida de cada persona, el valor de la persona misma. Parece que eso es lo que menos cuenta, que eso pasa a un segundo plano. Es cierto que esta descripción que hago de esta cultura es injusta porque hay mil matices que habría que hacer. La hago sólo a brochazos, como los pintores impresionistas.
 
Venerar a la Virgen, cantar a la Virgen, recordar su Maternidad divina y su maternidad con respecto a nosotros es, al mismo tiempo, proponer una cultura distinta. No es algo residual, del pasado, de rutina, de tradición que hacemos y recordamos sin saber porqué, porque también es bonito que haya cohetes y fiestas. No es eso. Es algo mucho más importante y que tiene mucho que ver con nuestra vida, con la vida de cada uno, de cada familia, con la vida de nuestros pueblos, con la posibilidad de ser un pueblo, y no simplemente una suma de individuos, cada uno con su NIF, que se relacionan entre sí según los intereses que tengan unos de otros.
 
Venerar a la Virgen significa reconocer que la plenitud humana no es algo que nos podamos dar los hombres con nuestras manos, con nuestro poder. No es una cuestión de poder. Es una cuestión de Gracia. Es acoger el amor de Dios. La plenitud de la vida se da, la vida humana se hace llena, se hace grande, y se vive hasta el fondo y de verdad, cuando uno acoge el designio de Dios, que es siempre bueno. Es siempre un designio bueno, un designio que nos engrandece, a diferencia del mundo que, muchas veces, nos empequeñece para que crezcan los beneficios. Decía un literato de comienzos del siglo XX refiriéndose a América: “América es un país en el que todo es más grande que el ser humano”. Eso, más o menos, nos pasa a todos los países desarrollados. Crecen las cosas, disminuye la alegría, disminuye la felicidad, disminuye la esperanza en el futuro, disminuye nuestra vida.

 Venerar a la Virgen significa reconocer que hay una plenitud que no depende de las cosas que hacemos los hombres. Es reconocer que la clave de una humanidad verdadera es la persona humana, por encima de ninguna otra cosa, y que la grandeza de una persona humana está en el amor que Dios nos tiene. Y que lo que nos hace acceder a ser personas grandes, que la vida valga la pena, que la vida se pueda vivir implicados en ella, y al mismo tiempo una alegría, con esperanza, con gozo, una gratitud, es acoger el designio de Dios.
 
Era una locura lo de Nazaret, un pueblo mucho más pequeño que Ugíjar, mucho más pequeño que muchos de los pueblos de las Alpujarras. En el tiempo de Jesús tendría unos 200 habitantes. Y, además, tenía mala fama. De hecho, en el Evangelio dirá un discípulo: “Pero, ¿de Nazaret puede salir algo bueno?” No es que fuese un pueblo muy glorioso. Los grandes historiadores del Imperio romano no hablan de él. Y que una muchacha de aquel pueblo, de catorce o quince años, pudiera decir “me llamarán bienaventurada todas las generaciones”, sólo porque le había dicho sí a Dios, es una locura. Que los cristianos repitieran aquel canto cincuenta y setenta años después, y que dijeran de la Virgen, cuando los cristianos eran menos que los que estamos hoy en esta iglesia, y ya perseguidos desde el principio, que tuvieron que dispersarse para que no los encarcelaran ni los mataran; y que aquella gente cantara “Bienaventurada por ser la Madre de Dios”, era una cosa de locos. Han pasado veinte siglos, y en Filipinas, y en Australia (la próxima Jornada Mundial de la Juventud será en Australia, en Sidney), en Johannesburgo, en Sudáfrica, en el corazón de Uganda, en Alaska... Yo he visto imágenes de la Virgen vestida de esquimal, vestida de india; he visto imágenes de la Virgen con los ojos inclinados, propios del Japón... ¡Ella tenía razón! ¡Dios cumple sus promesas! Y en esa veneración, quizá vosotros nunca lo digáis con estas palabras, pero si la veneramos es porque intuimos que hay en Ella algo bueno para nuestras vidas. Intuimos que hay una cultura buena que emana de la Virgen, de la cual Ella es la primera expresión y la más acabada.
 
¿Por qué Te llamarán Bienaventurada? Porque has dicho que sí al Señor. Y en ese decir que sí al Señor, tu vida de humilde sierva que Tú decías, de muchacha de un rincón escondido del mundo de la periferia del Imperio romano, hace que seas el orgullo nuestra raza, como acabamos de cantar. La vida es grande cuando uno acoge el designio de Dios. Porque el designio de Dios es bueno. El designio de Dios no es humillarlos, no es empequeñecernos. El designio de Dios es que podamos vivir contentos, que podamos saber que somos amados con un amor infinito, haya pasado en nuestra vida lo que haya pasado, hayamos sido lo que hayamos sido. Uno se acerca a Dios y Dios te abraza con los brazos abiertos como corría el padre del hijo pródigo (ningún judío lo hubiera hecho: ningún anciano venerable en Oriente corre por nada del mundo, aunque esté ardiendo su casa), y aquel padre -dice Jesús- corrió para recibir a su hijo que se había hecho pastor de cerdos. Acoger el designio de Dios es acoger su amor. Y su amor en esta trama nuestra de dificultades: en el trabajo, de traiciones entre los hermanos o entre los amigos, de infidelidades en el matrimonio, de dureza de la vida de mil maneras distintas, de odios, de envidias, de daño que nos hacemos unos a otros por nuestra torpeza. Sea lo que sea lo que haya en nuestra vida, uno se acerca a la Virgen, uno se acerca al Señor y es recibido con los brazos abiertos. Es ese amor el que nos construye. Es la certeza de esa misericordia la que hace de nosotros hombres libres, libres incluso de nuestros errores, de nuestras torpezas; hijos libres de Dios, herederos de una herencia que es la vida misma divina, que es la vida inmortal llena de Amor, Amor infinito, Amor con mayúsculas, que es el Amor con el que Dios nos ama.
 
Eso es lo que veneramos cuando veneramos a la Virgen. No es simplemente una tradición cultural pequeña (con minúsculas). Veneramos que en Ella percibimos la propuesta y la posibilidad, no utópica sino real, de la promesa de lo que le dijo Isabel antes de que naciera Jesús: “Lo que te ha dicho el Señor, se cumplirá”. Y se ha cumplido. La Virgen es el orgullo de nuestra raza porque en Ella se ha realizado la vocación humana en su plenitud: ser portadora, ser una (como una madre es una con el hijo que está en su seno) con Dios. Pero esa vocación es para todos nosotros. Por eso Ella representa aquello que todos nosotros estamos llamados a vivir, de una manera misteriosa, pero no menos real que Ella. También la suya era misteriosa. También para Ella era difícil reconocer que aquel Hijo que tenía en su seno o en sus rodillas, o aquel Niño que veía crecer y al que tenía que limpiarle los mocos era el Hijo de Dios. Era Dios mismo. Igual de difícil puede ser para nosotros pensar que dentro de un momento, cuando recibamos la Eucaristía, Dios será uno con nosotros como la Virgen pudo ser una con Él. Participar de esa vida divina es nuestra grandeza, es nuestra vocación, lo que nos hace libres de las circunstancias de la vida, de las injusticias del mundo, de la enfermedad y de la muerte. Un cristiano que ha experimentado la misericordia de Cristo, puede mirar a la muerte de frente, porque sabe que ni siquiera la muerte tiene poder: podrá destruir mi cuerpo, podrá acabar mi peregrinación, pero no destruye el amor con el que soy amado, el amor que me ha creado y que en este mismo momento me sostiene enla vida, me permite veros, hablaros, proclamaros este amor de Dios. Quien me está sosteniendo en este momento, quien os sostiene a cada uno de vosotros, es ese amor de Dios, y ese amor no lo destruye la muerte. Quien sabe eso es un hombre libre, es una mujer libre, que no está determinado por la suerte, por las circunstancias, ni siquiera por las cosas que más nos hieren, que son los pecados que hacen contra nosotros los demás o los que nosotros mismos hacemos. Eso es lo que más nos destruye. Eso es lo que más nos quita la esperanza. Y ni siquiera eso tiene el poder de destruirnos. Ni siquiera la muerte y el pecado tienen el poder de acabar con nosotros cuando uno ha conocido el amor de Dios revelado en su hijo Jesucristo, y en el destino y la vocación de su Madre.
 
Sólo un punto más quiero decir. La historia de la Virgen del Martirio la conocéis vosotros mejor que yo. En el comienzo de la Encarnación, un sacerdote judío le dijo a la Virgen: “una espada te traspasará el alma”. Y el ciento por uno lo prometió el Señor junto con las persecuciones. Las primeras grandes cristianas de las que tenemos memoria son en su mayoría un grupo de vírgenes cristianas del siglo II, preciosas en su vida, en su libertad, preciosas en la conciencia de su dignidad y en cómo hicieron frente a la muerte conscientes de estar sostenidas por el amor de Jesucristo. En la historia de la Iglesia se prolonga el destino de la Virgen. Se prolonga el destino de la Virgen en la acción de gracias y también en la experiencia de la Cruz. Se prolonga el destino de la Virgen en el gozo y en la alegría que caracterizan la vida cristiana en el ciento por uno que el Señor ha prometido y, al mismo tiempo, a veces también en las persecuciones. Pero fijaos que la Cruz para nosotros no es una desgracia (o al menos es una desgracia momentánea). La Cruz para nosotros es una ocasión de que brille más el amor de Dios. Jesucristo en la Cruz nos abrazó a todos, y nos mostró que el amor de Dios por ti, por mí, por cada uno de nosotros, es más fuerte que la muerte. Nos mostró que el amor de Dios no tiene límites. Recuerdo la predicación de un jesuita mayor, cuando yo tenía trece o catorce años, que se me quedó, que me ha ayudado muchas veces después. Este jesuita decía: “Las cruces de verdad se ofrecen antes de que vengan, y luego, cuando vienen, se pasan como se pueden”. Y a mí me parece que eso es sabiduría cristiana pura y dura. Nosotros sabemos que la Cruz no es lo último, que la Cruz es parte de nuestra vida, y no por ser creyentes (al revés, el tesoro para nosotros es saber que la Cruz no es lo último; el tesoro para nosotros es saber que el amor con el que Dios nos ama es más grande que todas las miserias del mundo que podamos tener o experimentar). Lo grande para nosotros es saber que siempre detrás de la Cruz está la Resurrección, que Dios no se cansa de amarnos, de sostenernos, que tenemos a la Virgen siempre con nosotros, que nuestra vocación es ese amor sin límites del que esperamos que nos abra los brazos cuando termine nuestra peregrinación. La tragedia es no saber eso. Las cruces vienen para todos, forman parte de la condición humana, de la trama de nuestras pasiones: los seres humanos nos hacemos daño, hay accidentes, hay enfermedades, hay mil cosas que nos hacen sufrir y que nos hacen mal. Cuando uno no sabe que hay un amor más grande, ¿qué hace uno con el dolor? ¿Rebelarse? ¿Golpear la pared? ¿Dar patadas contra el suelo? ¿Volverse contra las personas que uno tiene al lado? ¿Dejar que la amargura llene el corazón? ¿U olvidarse? Olvidarse de que mi madre tiene alzheimer para no sufrir, u olvidarse de que tengo un enfermo en casa, o de que el abuelo está solo y no tiene con quién hablar, o de que mi marido tiene un cáncer. Olvidarse o rebelarse, no hay alternativa cuando el mal y el sufrimiento no tienen sentido. Y eso llena de amargura el corazón, lo destruye.
 
Mis queridos hermanos, el don de la fe se revela como un don precioso. Uno ha visto mil veces a personas pasar por dolores inmensos sin ser destruidos, con el corazón alegre. Todos vimos la ancianidad, la enfermedad, y la muerte de Juan Pablo II. Yo he visto muchas personas, empezando por mí madre, que han afrontado la vida con la certeza de estar sostenidos por la gracia de Dios y por la compañía de la Virgen, con una alegría, con una paz que uno decía: “es como si fuera indestructible, como si nada pudiera con esa alegría”. Esa alegría es la que Dios quiere para nosotros.
 
Celebrar la Virgen del Martirio es celebrar que hay una esperanza para nuestras vidas, que hay un bien que está al alcance de cada uno de nosotros. El amor de Dios no hay que conquistarlo con buenas obras. Si acaso, las buenas obras nacen como fruto de la experiencia de ese amor. Y el amor de Dios lo tenemos al alcance de la mano, y ese amor de Dios es lo que hace una vida grande. 

Virgen del Martirio, Tú que conoces la gracia de la fe (“Dichosa Tú que has creído”), y que en la Cruz has sido sostenida por tu fe, sostennos a nosotros en nuestra vida, sostennos en la alegría de la fe, en la certeza de ser amados por Dios, en la certeza de nuestra esperanza, de nuestra vocación a la vida eterna, a la participación de la vida divina, a un amor que no se acaba, que no fatiga, que no hace sino crecer y multiplicarse. Sostennos en la dificultad y en la fatiga, y en la soledad, y en las depresiones, y en las miserias de la vida, para que sepamos que siempre, en la vida y en la muerte, estamos acompañados por Ti, sostenidos por tu maternidad, por tu gracia.
 
Vuelvo a donde empecé. Yo os aseguro que de esto, que es el núcleo de la fe cristiana, nace un mundo bonito, un mundo de hijos, donde aprendemos a mirarnos y a querernos como hermanos, donde los hombres y las mujeres pueden respetarse y tratarse con afecto, con un afecto bueno que busca el bien de cada uno; donde los padres pueden dar la vida por los hijos con alegría, y los hijos crecer con gratitud; donde es posible ser un pueblo porque todos somos una familia grande unidos por la misma misericordia y el mismo amor; donde los hombres no maldecimos unos de otros, porque todos tenemos pecados, y todos hemos recibido el mismo perdón y todos tenemos la misma experiencia de la misericordia, sino que todos deseamos el bien de cada uno. Un mundo así es un mundo más bonito del que tenemos, un mundo al que todos desearíamos pertenecer. Pero no penséis que ese mundo no existe. Existe cuando abrimos nuestro corazón a Jesucristo, cuando nos ponemos de verdad, y no por costumbre, en manos de la Virgen, cuando le pedimos juntos: “ Haz de nosotros tu Iglesia, tu pueblo, tu familia. No te olvides de nosotros, permanece en medio de nosotros, cuida de nuestras familias, cuida de nuestras vidas, cuida de nuestra fe y de nuestra esperanza”. Así se lo pedimos hoy a Ella para cada uno de nosotros, para todos vuestros seres queridos, para mí, para vuestros sacerdotes, para todos los que estamos aquí.

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