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Jueves Santo. Misa de la Cena del Señor

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 24/03/2005. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 74-79. p. 213



Con la liturgia de esta tarde, comienza propiamente la celebración del Misterio Pascual, el momento cumbre de la relación entre Dios y los hombres, entre Dios y nosotros. Es el momento cumbre de una historia de amor, sumamente respetuosa con la libertad, de una paciencia infinita, que Dios ha ido construyendo desde el principio, desde que los hombres nos alejamos de Dios, de la vida. Dios ha ido haciendo con nosotros una historia en la que se ha ido acercando a nuestro barro, a nuestra masa, mostrándonos su amor. Esa es toda la historia de la Antigua Alianza. Construyendo un Pueblo. Ayudando a que ese Pueblo pudiera aproximarse a Él, tener experiencia de su señorío, de su Dios.

Y el momento culmen de esa historia es cuando Dios mismo, el Hijo de Dios, se hace uno con nuestra carne, compañero de camino de los hombres. Y viene a beber el cáliz de nuestra condición pecadora hasta la soledad del sepulcro y de la muerte. Y sembrándose en nuestra humanidad, como el grano de trigo en la tierra, hace florecer esa bellísima realidad (la más bella que existe en la Creación), que es la realidad de la Iglesia. Un Pueblo nuevo. Una humanidad nueva. Un modo nuevo de entender la vida, el matrimonio, la familia, las relaciones humanas. Siempre frágil, siempre llena de debilidad, y siempre penetrada por el Espíritu de un modo que hace florecer una humanidad que sólo Dios tiene el poder de crear. Ni los cálculos de los hombres, ni las fuerzas humanas, ni toda la voluntad son capaces de cumplir el designio de Dios.

La contemplación de este misterio, el ensimismamiento de este misterio, el adentrarse en este misterio es siempre para nosotros una fuente de regeneración, de vida. Ese misterio, esa alianza de amor que Dios ha establecido con cada uno de nosotros (la hizo de una vez por todas con toda la humanidad en la Cruz, pero y la hace con cada uno de nosotros en el bautismo), es lo que la Iglesia, como madre, cada año nos recuerda, nos da la posibilidad de vivir de nuevo.

¿Por qué digo que ese misterio es capaz de regenerar en nosotros una y otra vez lo mejor de nosotros mismos, la posibilidad de vivir según el designio de Dios? Quien nos da la posibilidad es Cristo, y su amor es el que nos da la posibilidad de ser nosotros mismos, porque somos imagen de Dios, y porque en su muerte, su resurrección y en el don de su Espíritu, Dios se nos revela como amor. “Dios es amor, y en Él no hay tiniebla alguna”, dirá San Juan en una de sus cartas, resumiendo en una palabra todo lo que había supuesto el conocimiento de Cristo. “En esto consiste el amor. No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero”. Y nos amó primero entregándonos a su Hijo, de un modo que desborda por entero cualquier capacidad de imaginación nuestra acerca de Dios.

Los hombres han pensado a veces que nosotros proyectábamos sobre Dios nuestras ideas, nuestra propia imagen de lo que sería el hombre divinizado, de lo que sería el poder. Y es posible que en formas muy deterioradas de la experiencia cristiana hayamos representado a Dios como poder a la manera de los poderes del mundo. Pero el Dios al que nosotros adoramos, el Dios que se nos ha revelado en Jesucristo, el Dios verdadero, no es un Dios según la imaginación humana. Los hombres jamás hubiéramos imaginado a Dios haciendo un oficio de esclavo. Lo podríamos haber imaginado como rey, proyectando sobre Él nuestras imágenes de la grandeza. Dios se revela precisamente como Dios verdadero en la capacidad de darse.

De este modo, Dios desvela algo que los hombres no habían comprendido de sí mismos hasta ese momento, y aún ahora, veinte siglos después, lo tenemos que descubrir de nuevo uno a uno, generación tras generación, porque no son cosas que se puedan dar por supuestas. Nosotros estamos hechos para el amor, porque somos imagen de Dios. Pero antes de la concepción de Cristo, los hombres jamás han expresado que el secreto de la convivencia humana, de la vida humana, que aquello que podría realizar la vocación humana y el destino humano sería una vida de donación, una vida en la que se entrega justamente la vida para el bien de los demás. Jamás lo habían pensado así los hombres. Incluso en los momentos más altos de las culturas precristianas, se da la vida por los amigos, pero sólo por los amigos, por los de la misma raza, por los del mismo pueblo, por los que forman parte de la misma polis. Pero los enemigos son enemigos, y hay que destruirlos.

Sólo en Cristo aparece una condición nueva que no es una condición de un grupo, de una realidad social concreta, sino la vocación misma del hombre, la plenitud del hombre. Porque Dios se revela como amor, se revela para el hombre la posibilidad suprema de vivir de un modo pleno: los unos para los otros. Y eso da una nueva posibilidad de vivir el matrimonio, la familia (en el sentido amplio, la familia extensa), y en el trabajo, y en la vida social. Sólo en la medida en que en la vida social, y en el trabajo, y en la familias, y en las relaciones cercanas, se tiene como referencia, como gracia, como don, la presencia viva de Cristo, se realiza aquí, ya, en este mundo, nuestra humanidad.

En el Pregón de la Pascua diremos: “Para rescatar al esclavo –es decir, a la criatura- entregaste al Hijo”. Ése, mis queridos hermanos, es nuestro Dios. Ése es el secreto de la vida humana, y ése es el secreto de la cultura cristiana. Eso es lo que nosotros podemos ofrecer al mundo, y eso es lo que el mundo necesita. Cuando ofrecemos el don de Cristo con sencillez, con verdad, sin problematizarlo, los hombres, aun sin conocerlo, reconocen inmediatamente que su corazón está hecho para algo así. Reconocen inmediatamente que la belleza de una vida así sería justo como todos nosotros desearíamos vivir, como todos nosotros desearíamos ser tratados.

La evangelización consiste, sencillamente, en dejar que esa vida que el Señor nos da fluya. Esa vida que no es obra de nuestro esfuerzo, sino don de Dios: la que Él nos ha dado en Él mismo, la que Él nos da en cada Eucaristía. Cada vez que participamos de la comunión de su Cuerpo y de su Sangre, cada vez que recibimos el Espíritu de Dios, es para eso. Su Espíritu nos hace hijos del Padre, y miembros de Cristo, Cuerpo de Cristo en la Historia.

Y el secreto de ese Cuerpo, la vida de ese Cuerpo, la Sangre de ese Cuerpo, la Sangre de Cristo, es el amor. Es un amor como el que Dios nos ha manifestado. Y menos que eso no es creíble humanamente. Y nosotros no podemos darle al mundo menos que eso. Porque sería darle material deteriorado. Sería como vender instrumental defectuoso en un hospital. Es una deuda que nosotros tenemos con el mundo, por la sencilla razón de que no tenemos esa vida porque nosotros la hayamos merecido, sino por pura gracia de Dios. Pero el mundo necesita esa vida, y es para que nosotros hagamos por el mundo lo mismo que Dios hace por nosotros.

¿Sabéis dónde se expresa esto? En la Eucaristía. Cada vez que celebramos la Eucaristía el sacerdote dice “Tomad y comed, esto es mi Cuerpo; esta es mi Sangre, derramada por vosotros; haced esto en memoria mía”. Y, ¿qué hacemos? ¿Repetir las palabras? No, no sólo, sino dar vuestro cuerpo y vuestra sangre por la vida del mundo, por la vida de los hombres. Y eso es irresistible, mis queridos hermanos. Porque el corazón, por muy herido que esté, por muy roto que esté, está hecho para eso, y cuando lo ve, lo reconoce.

Ese ha sido el secreto de la evangelización y de la misión cristiana, cuando ha sido verdadera, siempre. Es sólo eso. Y esa es la santidad. La santidad es participar de la vida de Dios. No es hacer cosas raras. Es sólo poder hacer resplandecer en esta tierra la vida de Dios. Pero la vida de Dios es la que se nos regala por haber comulgado, es la que se nos regala en el Bautismo, es la que se nos regala en la comunión de la Iglesia.

¿Cuál es la vida de Dios? “Dios es amor, y en Él no hay tiniebla alguna”. No hay otra. Es así de sencillo.

Los fariseos habían construido quinientos y pico mandamientos, y el Señor vino a quitarnos esa carga. A aquél joven que le preguntó, le dijo: “No hay más que dos: ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, y ama a tu prójimo como a ti mismo’”. Y en la noche que celebramos, en la noche de la Última Cena, Jesús dijo: “Amaos unos a otros como Yo os he amado”. Esa es la medida del amor humano, de todas las formas del amor humano, del amor de los esposos, de los padres y los hijos, de los hermanos, de los amigos, de los compañeros, de los conciudadanos. No hay una medida humana en la vida más que la medida del don de Dios. No hay más que una humanidad plena, y es cuando nosotros nos ponemos los unos al servicio de los otros, cuando damos la vida los unos por los otros. No hay otra humanidad posible. Lo otro es la ley de la selva, y eso no es humano.

Mis queridos hermanos, estos días se nos da una gracia inmensa, y es la posibilidad de redescubrir la luz de Cristo y el misterio de Cristo. ¿Quiénes somos? ¿Para qué estamos hechos? ¿Para qué es la vida? Porque se nos descubre, ahondando en este misterio de la pasión y la resurrección de Cristo, quién es Dios.

Yo le pido al Señor que podamos vivir este misterio, que podamos ensimismarnos en él de tal modo que defina nuestra vida. Que nuestra vida sea una vida vivida con gozo. Que nos permita comprender cuál es nuestra vocación, cuál es la herencia que nos espera, cuál es la vida que se nos ha dado, apreciarla, valorarla. Vale más que todas las joyas del mundo. Vale más que toda la sabiduría del mundo. Vale más que nada. Porque es lo único que nos permite vivir con alegría y con plenitud.

Todas mis palabras no son capaces de expresar lo que significa el gesto sencillo del lavatorio de los pies que, quien preside la Eucaristía del Jueves Santo, repite. Y que Jesús hizo, no sólo para darnos ejemplo (también para darnos ejemplo, un modelo de nuestra vida), sino para entender qué significaba su pasión. El lavatorio de los pies, porque Jesús hace la función de un esclavo (en Oriente, cuando llegaba un invitado, el último de los siervos se acercaba a él y le lavaba, y normalmente lo hacían los esclavos), nos descubre quién es Dios. Nos está diciendo lo mismo que cantaremos la noche de la Vigilia Pascual, que Dios se hace esclavo nuestro para que nosotros vivamos. Pero al hacerse esclavo nuestro, se muestra como Dios, se revela como Dios, y revela el secreto de su amor sin límites.

Puesto que nos gloriamos del nombre de cristianos, que el Señor nos permita intuir, y vivir, y vivir cotidianamente, algo de esta inmensa sabiduría de Dios que se nos ha revelado en Cristo y que celebramos estos días.

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