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Nuestra Señora de las Angustias

Basílica de Nuestra Señora de las Angustias

Fecha: 15/09/2005. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 74-79. p. 236



Queridos hermanos sacerdotes,
queridos hermanos de la Hermandad
y queridos hermanos y amigos,

Con la ofrenda floral de esta tarde empieza un año más para Granada y para muchos kilómetros de alrededor. Un tiempo de gracia. Un tiempo de bendición.

Esta tarde venían personas de cerca y de lejos (y cuando digo cerca y lejos no hablo de kilómetros), algunas acostumbradas a vivir una vida de fe, que querían, sencillamente, expresar su cariño a la Virgen; otras en cuya cara se leía una historia de sufrimiento y venían a pedir sostén y apoyo a nuestra Madre que tanto ha sufrido, que tanto entiende del sufrimiento humano, y que tanto entiende de la fuerza de Dios que impide que la vida se rompa por ese sufrimiento. También venían personas de muy lejos, de esas que sienten en su corazón que a lo mejor Dios está muy lejos, y que la vida no tiene arreglo, y que el daño que se ha hecho… “pero”, “por si acaso…” o “por si la Virgen puede hacer algo por mí…”. Y Dios no está lejos, porque Dios está más cerca que nadie, y especialmente de esas personas que, como el publicano de la parábola, se quedaba al fondo del Templo y decía: “Señor, ten misericordia de mí”. En cuántos rostros podía uno ver esa súplica: “Señor, ten misericordia de mí”.

Todo este tiempo, hasta la procesión, es un tiempo de gracia donde, quienes sentimos la necesidad de la protección de la Virgen, y quienes amamos a la Virgen, nos acercamos con nuestro corazón abierto para expresarle nuestra gratitud porque Ella ha sido la mujer fuerte que, junto a la Cruz de su Hijo, ha participado como nadie en nuestra redención, en mi redención. Ella participado como ningún hombre en la posibilidad de mi esperanza, en la posibilidad de una mirada sobre el mundo y sobre la realidad donde el mal no es nunca lo determinante, donde no es nunca lo que pesa más, lo que tiene más fuerza, sino que, por muy grande que sea el mal, siempre el amor es más grande: siempre el poder del amor es más grande, porque el amor infinito de Dios que se nos ha dado en Cristo vence sobre cualquier poder del mal.

Nos acercamos con el corazón abierto, dispuestos a aprender de nuevo que tenemos una Madre. Y venimos dispuestos a comprender de nuevo el poder de la protección y del amor de esa Madre. Y dispuestos a suplicar de Ella, con una confianza inmensa, su misericordia, su intercesión. Su intercesión ante Cristo. Su intercesión ante el Padre. La protección de su manto. Y la sabiduría para vivir nuestro propio sufrimiento, nuestros propios dolores, los combates de la vida humana, con la certeza de que no estamos solos, de que Dios está con nosotros, y se ha unido a nosotros de tal manera que nuestra pasión es su pasión, que nuestro dolor es su dolor, que nuestro sufrimiento es su sufrimiento. Y en todo ese sufrimiento está siempre el amor más grande, infinito, de Dios.

Esta es una lección que sabemos desde que aprendimos a llamar a Dios “Padre”, y que, sin embargo, constantemente tenemos la necesidad de renovar en nuestra vida, de la misma manera que un matrimonio tiene constantemente necesidad de renovar su amor, o de la misma manera que unos niños tienen necesidad de que sus padres les digan que les quieren. Exactamente igual. Nosotros tenemos necesidad de aprender de nuevo, y aprenderlo junto a la Virgen, del corazón de la Virgen, que la cruz, hasta la más terrible, no tiene la última palabra, porque la última palabra pertenece al amor que triunfa sobre la cruz, sobre el dolor y la muerte, y que hace resplandecer la mañana de la resurrección.

Mis queridos hermanos, muchos de los que estáis aquí sois miembros de la Hermandad, o tenéis en estos días funciones especiales de trabajo. Vedlo como una ocasión que el Señor nos da de poder acercar ese misterio del amor infinito de Dios por el hombre al pueblo de Granada y a las personas que, con motivo de la Virgen de las Angustias, vienen aquí buscando la gracia de Dios, buscando el alivio de la misericordia de Dios y del amor de Dios.

Cuando esta tarde estaba con vosotros en la ofrenda, decía: “¡Señor, qué privilegio!” Recuerdo cómo Juan Pablo II resumía en una encíclica: “La nueva evangelización que el mundo necesita (cada vez con más urgencia) se traduce en un mensaje muy sencillo que uno quisiera gritar (decía él) al oído de todo hombre, de toda mujer, de toda persona humana: Dios te quiere, Cristo ha venido por ti”. Y yo esta tarde pensaba: “Dios mío, ¡tener el privilegio de poder decirle a las personas que pasaban: Que la Virgen te bendiga, que la Virgen escuche tu oración”. Es una manera muy sencilla de decir: “Dios te quiere, no estás solo, Cristo ha venido por ti, la Virgen está contigo”. Y poder decírselo con toda la fuerza del ministerio que Dios me ha concedido para servicio vuestro, es decir, como sucesor de los apóstoles. Con toda la fuerza con que uno quisiera poderlo gritar para que el corazón se fortificara con la certeza del amor, de la gracia de Cristo, dado a nosotros por la intercesión de su Madre y de nuestra Madre, la que Él nos dejó en la Cruz.

Vamos a celebrar esta Eucaristía con la conciencia de que se abre para nosotros un tiempo de gracia. Que el Señor nos ayude a vivirlo con el corazón abierto. Que el Señor nos ayude a ser instrumentos de esa gracia, para que muchas personas puedan acercarse al Señor. Y para que muchas personas puedan experimentar algo que cada vez es más necesario, que somos una familia. Suele ser la madre la que une a los hijos, la que hace familia, la que es el centro de la familia; y así poder sentir que Dios nos quiere, y poder crecer y vivir en la certeza de que Dios está con nosotros, de poder sentirnos unidos en torno a Cristo y a su Madre como Iglesia. Eso es la Iglesia: la familia de los hijos de Dios. ¡Qué sencillo es experimentar esto aquí!

Al principio, durante la ofrenda, una niña empezó a sangrar por la nariz, y me decía una señora: “Es que ha estado mucho rato al sol y está sangrando por la nariz”, y yo le decía: “Pues que el Señor te ayude, porque tú eres su madre, ¿no?”. Y me dice: “No, su madre está allí”, y su madre levanta la mano. Y le dije: “Es que, cuando estamos en torno al Señor o en torno a la Virgen, somos todos una sola familia”. Y eso, de qué manera tan sencilla era posible experimentarlo esta tarde, y cuántas veces el mundo trata de rompernos como familia. De las gracias de estos días, una extraordinariamente importante es ésta: darnos cuenta que somos todos hijos de Dios, que estamos todos unidos por nuestro amor a Jesucristo y porque tenemos la misma Madre. Y el mismo amor, y la misma ternura, y la misma intercesión, su manto, nos protege y nos cuida a todos.

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