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Misa de inicio de curso

Santa Iglesia Catedral de Granada

Fecha: 06/10/2005. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 74-79. p. 239



Queridos sacerdotes, hermanos míos de ministerio,
queridos seminaristas,
hermanas y hermanos religiosos,
queridos hermanos y amigos,

Nos concede el Señor la gracia de comenzar un curso nuevo. Y nos concede esta especial gracia que es comenzarlo celebrando la Eucaristía juntos para dar gracias al Señor por su fidelidad, porque el Señor cumple su promesa, y esa fidelidad suya permanece para siempre.

Estamos aquí reunidos, además de algunos de los vicarios, el Vicario General y dos de los Vicarios Territoriales; otros sacerdotes que trabajan en instituciones de enseñanza, colegios de la Diócesis o de comunidades religiosas; están también aquí los seminaristas de los dos seminarios diocesanos: el grupo del Seminario Diocesano San Cecilio, que han cantado algunas de las canciones, y por primera vez se incorporan a una celebración en la Catedral de Granada los nuevos seminaristas del Seminario Diocesano Redemptoris Mater, con vocaciones del Camino Neocatecumenal que la generosidad de los fundadores del Camino nos ha concedido. Nos ha concedido nada menos que doce seminaristas que inician ahora mismo su andadura. Algunos son españoles, otros vienen de América Latina; otros no han podido llegar: viene uno de Filipinas y otro del Líbano. Y eso enriquece nuestra Iglesia con su presencia. Bienvenidos a vuestra casa. La Iglesia es una, proclamamos todos los domingos cuando proclamamos la fe en el Credo. Y esta casa es la Iglesia, y os acoge con los brazos abiertos, como un regalo y un don de Dios a nuestra pobreza en un momento especialmente necesario para la Iglesia de vocaciones, tanto al ministerio sacerdotal como a la vida consagrada. Sois un regalo. Os cuidaremos lo mejor que sepamos. Y le pedimos al Señor que Él que ha comenzado en vosotros la obra buena, Él mismo que la lleve a término, que la lleve a plenitud, que la haga fructificar para la gloria de Cristo, para que el amor de Cristo pueda ser conocido y amado por los hombres.

Están también los seminaristas del Seminario Menor. Este año el Señor nos ha regalado un buen grupo de seminaristas para el Seminario Menor, son diecinueve, y comienzan una nueva andadura en una nueva sede, en el Paseo de la Bomba. Si el año que viene el Señor nos da otros diecinueve no vais a caber, pero yo prefiero que no quepáis. Muchos de vosotros sí que habéis participado en otras ocasiones en una celebración en la Catedral, pero es la primera vez que lo hacéis como Seminario Menor. ¿Dónde estáis? Si estáis allí escondidos, el Pueblo cristiano no os ve. Hay más, porque hay algunos que no los han dejado entrar porque eran demasiado chiquitillos, pero que querrían haber entrado, sobre todo cuando han descubierto lo bien que se lo pasan.

Veo también a la Delegada de Enseñanza, a la Directoria de la Escuela de Magisterio. Veo también a religiosas que tienen colegios en la Diócesis… es como un trocito de la Iglesia. Veo a profesores de Religión, y de otras materias que trabajan en colegios católicos; o, sencillamente, profesores y profesoras católicos que aman la vida de la Iglesia y que trabajan en colegios públicos o colegios de otro lugar.

Ya se va convirtiendo en una pequeña tradición, ya que es la tercera vez que celebramos esta Eucaristía de comienzo de curso. Y yo creo que es un don de Dios el unirnos en este momento y tomar conciencia del don precioso que Dios nos hace con esta inmensamente bella misión de educar, siendo portadores de la vida de la Iglesia, siendo educadores. Y dejadme que lo subraye. Sé que muchos de vosotros vivís la tarea de la educación como un reto extraordinariamente difícil en el momento presente, y lo es. Pero dejadme, una vez más, subrayar que la Iglesia no puede dejar de educar.

¿Qué significa esa misión de educar de la Iglesia? Las últimas palabras del Evangelio de San Mateo son “id y enseñad a todos los pueblos”. Por tanto, la misión de la enseñanza está en el corazón mismo de la misión de la Iglesia. ¿Y qué tiene que enseñar? La vida nueva que Cristo resucitado ha hecho posible para nosotros al hacernos partícipes de su Santo Espíritu, como hemos escuchado en el Evangelio. Esa es la enseñanza de la que la Iglesia es deudora con los hombres. Y, al decir deudora, dándole toda la fuerza que contiene esa palabra, recojo una enseñanza de nuestro querido Papa Juan Pablo II: “La Iglesia tiene una deuda de justicia para con el mundo porque, si somos cristianos, no es por ningún mérito nuestro, sino por gracia de Dios”.

¿Cómo es posible que hayamos recibido un don tan grande y no sintamos el ardor por comunicarlo en todo el mundo? Y lo que comunicamos es esa humanidad nueva que nace del Espíritu Santo. Nuestras instituciones educativas, todas ellas, son para transmitir eso. Yo sé que hay un currículum, y que hay que enseñar Matemáticas, y Ciencias Sociales, pero la Iglesia no existe para enseñar Matemáticas y Ciencias Sociales. La Iglesia existe para comunicar esa vida nueva que el Señor nos ha dado de la cual nosotros, los miembros de la Iglesia, pobremente, miserablemente -que no somos mejores que nadie, pero que hemos recibido este don del Espíritu-, tenemos que comunicar. No podemos no comunicarlo. Y, en la medida en que ese don es más vivo en nosotros, hay más pasión por comunicarlo a los hombres; hay más pasión por que los demás puedan experimentar esa gracia que nosotros hemos experimentado, y participar en nuestra esperanza, y participar en nuestra alegría, y que se multiplique el número de los que dan gracias.

Esa es la razón por la que existe una Escuela de Magisterio, o un colegio; o congregaciones enteras de personas que consagran su vida a Jesucristo para la tarea de la enseñanza. La única razón es poder comunicar a Jesucristo. En un mundo cristiano, o en una sociedad que se considera cristiana, todo está bajo esa luz. Y, como los niños tienen que aprender Matemáticas o Sociales, algunos se ocupan de ello, dando por supuesto que todo el conjunto de la vida contribuye a educar en aquello que es importante, que es el sentido de la vida, la razón que nos permite vivir, el don que nos permite mirar la vida con una mirada nueva, vivir de un modo nuevo, proponer a los hombres ese modo nuevo que es la Iglesia, que es la vida de la comunidad cristiana. Pero no estamos en un mundo cristiano. Y yo creo que hace mucho que no lo estamos. Pero hoy es muy evidente que no lo estamos. Y la tarea de educar se hace tanto más imposible cuanto más fragmentada esté en nosotros esa experiencia. Tenemos que tener en cuenta que la misión nuestra, como miembros de la Iglesia y participando en instituciones que incorporan en la vida real esa misión de enseñar de la Iglesia, será siempre transmitir la vida que Cristo nos da. Y digo la vida porque no se trata de transmitir un discurso. No es transmitir el mensaje de Jesús, o de la Iglesia. Es ofrecer una vida. Y entendedme bien: no estoy diciendo que la clase de Matemáticas tenga que convertirse en un lugar de sermoncitos, porque haréis aborrecer a los muchachos, no las Matemáticas, sino la Fe. Se trata de que haya un modo de estar frente a los niños, frente a los jóvenes, frente a cada ser humano, que muestre, por ese mismo modo de estar, el don inmenso, la gracia inmensa que significa ser miembro de la Iglesia, haber encontrado a Jesucristo, ser miembro del Cuerpo de Cristo, ser hijo de Dios; el gozo inmenso que significa vivir en esta comunión. Y esto significa vivir una calidad de vida, una calidad de relaciones: un modo distinto de mirar.

Subrayo esto porque es posible que las circunstancias próximas (a nadie se nos oculta) pueden ser de especial dificultad institucional con respecto a la misión de educar y enseñar de la Iglesia. Nosotros, mientras sea con los métodos que corresponden al Evangelio y a los modos de hacer de la Iglesia, lucharemos por la libertad de enseñanza. Y no sólo por hacer un servicio a la sociedad, que también. Una sociedad en la que se merma o disminuye la libertad de enseñanza es una sociedad que no importa que se llame democracia: es, de hecho, como decía también Juan Pablo II, una dictadura oculta, un pueblo donde no crecen hombres libres. Una democracia no se caracteriza sólo porque a los hombres se les concede votar cada cuatro años. La Iglesia es un pueblo de hombres libres con una libertad que no nos da ninguna institución de este mundo, que es la libertad de los hijos de Dios. Y nosotros amamos esa libertad. Y somos conscientes de que nadie nos la puede arrebatar. Los poderes de este mundo pueden arrebatarnos cosas que están en su mano. Pero nuestra libertad, nuestra alegría, no puede ser arrebatada, porque no está en manos de los hombres. Y nuestra vocación a enseñar, tampoco. Lucharemos por la libertad de enseñanza y de educación con la conciencia muy clara de que, si un día no tenemos instituciones, seguiremos enseñando, seguiremos educando. Será en el mercado, como en las calles de Cafarnaúm, será en la playa, a la sombra de un olivo, pero seguiremos comunicando que lo más grande que nos ha sucedido en la vida es haber encontrado a Jesucristo, y pertenecer a este pueblo que es lo más bello que existe en la historia entera de la humanidad. Es un pueblo de santos, hecho por seres tan frágiles, como todos los seres humanos, pero en los que habita indefectiblemente la misericordia y el Espíritu de Dios. Y eso no puede sernos arrebatado de ninguna manera si nosotros tenemos nuestro corazón abierto al don de Dios.

Por eso, hasta en unas circunstancia como esta, la tarea primera es abrirse al don de Dios, y decir: “Señor, llénanos con tu Espíritu, como hemos cantado en la secuencia del Veni Creator. Señor, danos tu gracia, infúndenos tu Espíritu, de manera que llene nuestras vidas. Y, entonces, Te estaremos dando a Ti, enseñando cualquier cosa que enseñemos. O Te estaremos dando a Ti yendo de compras al supermercado, celebrando un cumpleaños”: haciendo lo que hagamos, porque siempre estaremos mostrando que lo más querido en nuestra vida, lo más querido en nuestro corazón humano es justamente haber encontrado a Jesucristo y vivir en esta comunión de la Iglesia. Y eso, inevitablemente, genera una mirada sobre el mundo entero. ¿Y eso qué quiere decir? ¿Que hay unas Matemáticas cristianas y otras que no son cristianas? No, no quiero decir eso. Pero sí que hay una manera de mirar la vida, de mirar la ciencia, de juzgar los usos que se hacen de la ciencia, de juzgar una sociedad, de juzgar una vida humana, que nace de la resurrección de Cristo y del don del Espíritu Santo. Y esa mirada nueva sobre todas las cosas, sobre el hombre y sus relaciones humanas, sobre el hombre y su trabajo, sobre el hombre y sus obras, sobre el hombre y sus culturas, sobre el hombre y las actividades cotidianas de la vida… Ese juicio forma parte de la misión de enseñar, está indisolublemente unido a esa misión de enseñar.

Soy también consciente, mis queridos hermanos, de todas las dificultades que entraña la tarea educativa en estos momentos, en un momento cultural tan confuso, tan perplejo, tan lleno de contradicciones como el que nos toca vivir humanamente. No tengáis nostalgia del pasado. Yo sé que la humanidad vive momentos de destrucción muy grandes, pero no tengáis nostalgia del pasado. Tal vez esa destrucción permite a los hombres reconocer la necesidad que tienen de Cristo para vivir la vida humana, mientras que demasiado tiempo hemos pensado que se podía vivir la vida humana y que Cristo era una especie de añadido a esa vida, de una forma opcional para ciertos tiempos, que son los tiempos religiosos, o para ciertos espacios, que sería el templo, o para ciertas personas a las que estas cosas les gustan en el fondo. No. La situación del mundo nos hace percibir de una manera nueva que nuestra humanidad necesita de Cristo. Y que Cristo no viene a añadir nada a una humanidad que pudiera realizarse sin Cristo, sino que viene a devolvernos esa humanidad a nosotros mismos, como ha dicho tantas veces el ya nuevo Papa: “Cristo no quita nada a nadie”. Cristo nos devuelve a nosotros mismos. Nos permite ser nosotros mismos. Cristo sólo quita de nosotros aquellos obstáculos que nos impiden ser lo que nosotros somos y lo que estamos llamados a ser desde la Creación.

Conscientes de esas dificultades, conscientes de que tenemos que hacer cada vez más y más un trabajo juntos, y de apoyo mutuo, y de reflexión conjunta, que nos permita afrontar con confianza, con gozo, con la fortaleza que da el saberse edificado por esa roca que es Cristo, las situaciones y los retos que nos toca vivir, pero llenos de alegría porque poseemos lo único necesario, que es la presencia de Cristo, que es el don de su Espíritu. Llenos de alegría. Cuando nuestra vida la domina la tristeza, damos a entender claramente que lo que anhelamos son, ¡qué se yo!, otras circunstancias, otros tiempos, otros momentos, como si la raíz de nuestra alegría no fuera Cristo, sino ciertas condiciones culturales o históricas que hoy no se dan, que, no nos engañemos, no están, y no van a volver. Cristo sí está. Y Cristo sigue siendo necesario para el hombre. Y en el corazón de todo ser humano, cristiano o no cristiano, hay una complicidad infinita con el anuncio de Cristo y con la comunión de la Iglesia. Esa complicidad, que existe, es aquello que hace brotar en el corazón la fe, la esperanza y el amor cuando uno encuentra un testimonio verdadero de Cristo en la vida. Que el Señor nos ayude también a ayudarnos en esas circunstancias. Que el Señor nos ayude a atinar con los caminos para anunciar a Jesucristo de una manera significativa en estas circunstancias.

Yo hubiera querido desarrollar dos cosas, pero ya no hay tiempo para hacerlo. Pero pensad que la enseñanza, la educación en nuestro mundo, pasa por dos factores que no hago más que enumerar, sin los cuales nuestra evangelización será siempre coja, un poco paralítica, inmóvil. Y son la evangelización de la imaginación: no basta con transmitir valores morales. No basta. Es más, esa transmisión, si se limita a eso, es de una pobreza tal que es incapaz de generar un sujeto que se entusiasma por algo que llena su vida y que le da contenido, significado. No basta con transmitir principios. Cuántas familias dicen: “¡Es que yo le he dado a mis hijos unos principios buenísimos, y no funciona!” Mientras tanto, alguien, otras fuerzas, están ocupando perfectamente su imaginación y su deseo. Es necesario evangelizar la imaginación. Es necesario evangelizar el deseo. Y sólo hay dos maneras de hacer eso. Y es que uno pueda encontrarse con un pueblo donde uno percibe la gracia de una humanidad cumplida, con una comunidad donde uno percibe la gracia de una humanidad bella, atractiva, humanamente rica, gozosa. Fijaos, uno puede fabricar ciertas cosas, pero la alegría, una alegría que permanezca, una alegría verdadera no se puede fabricar. La alegría verdadera es siempre un signo de la presencia de Dios. Y la alegría es siempre fruto de la comunión. No fruto de la soledad, o de la división, o de las rencillas o de las desconfianzas mutuas. La alegría sólo nace la amistad y del amor.

Con respecto a los seminarios, que son la institución educativa más importante de la Diócesis, son misión de toda la Iglesia, al menos en la oración. Luego cada uno tendrá su responsabilidad. La más grande me corresponderá a mí, que tendré que aceptar o no aceptar a los candidatos al sacerdocio. Pero el que haya sacerdotes, y sacerdotes santos, como el que haya vocaciones a la vida consagrada, que muestren la esponsalidad de la Iglesia y el amor de la Iglesia, Esposa que vive para Cristo, eso depende de la oración de toda la Iglesia. Es tarea de todos, es necesidad de todos. Es una gracia que todos necesitamos para vivir nuestra propia vocación. Y hay que pedirle entre todos al Señor que nos conceda ayudaros a ser sacerdotes (y en la medida en que tengamos también cerca vocaciones a la vida consagrada, y también en la medida en que nos corresponda educaros) en el tiempo que viene, en el tiempo en el que ya estamos. En este tiempo de olvido de la fe, e incluso de conciencia para muchas personas como si la fe fuera un obstáculo para la vida humana, para el desarrollo humano, para la ciencia y el conocimiento humano, para la libertad. Que podamos ser testigos de un tipo de respuesta que está, no ya antes de esas críticas, sino que está de vuelta de esas críticas, que ya las ha vivido, que ya las conoce, que le suenan a cosa oída, que no le impresionan, porque uno, en la propia vida, sobre todo, y en el propio corazón, ha encontrado a Jesucristo, y ha encontrado a la Iglesia de un modo que está más allá de todas las críticas. Y que está más allá, no porque uno tiene argumentos, sino porque, frente a la experiencia, los argumentos no valen nada. ¿Os acordáis del ciego de nacimiento? Los escribas y los fariseos le daban argumentos: “Pero no es posible. Nunca se ha oído que nadie curase a ningún ciego”. Y él decía: “Yo no sé si se ha oído o no se ha oído. Yo lo único que sé es que era ciego y que ahora veo”. Ese tipo de experiencia es el que, en un mundo como en el que estamos, es imprescindible para poder ejercer el ministerio sacerdotal, que es un ministerio de paternidad, de cuidado de una familia, de la familia de Dios. Esa experiencia es insustituible. Luego puede uno tener más erudición o menos erudición. Importa poco. O ciertamente importa menos. Lo que importa absolutamente es que uno pueda ser un testigo de que, cuando uno encuentra a Cristo, el hombre que estaba ciego empieza a ver. Y que uno pueda ser testigo en la propia vida, en las propias entrañas.

Educaros a ser sacerdotes en un mundo nihilista, un mundo que no reconoce más que el poder, es educaros a ser testigos de una humanidad plena y cumplida, y capacitaros para ser padres y pastores de familias, y de un pueblo que va a vivir en la diáspora, en la dispersión, en medio de un mundo así. Y preparaos para vivir eso como el don más grande que un ser humano pueda tener en la vida. Por eso vamos a pedir todos por vosotros, todos los días, para que el Señor os sostenga en vuestro propósito, os permita que florezca en vuestra vida el amor mismo que al Hijo de Dios le llevó a asumir la condición humana, la Pasión y la Cruz, y hacernos partícipes de su vida a pesar de que el camino fuese ese.

Mis queridos hermanos: “mi pequeño rebaño”, diría el Señor, “no temáis”. Para un cristiano, la razón siempre para la esperanza es que el Señor es fiel, y está con nosotros. Que Él nos ayude a redescubrir de nuevo el valor de la comunión. Que nos ayude a redescubrir de nuevo lo que nos necesitamos los unos a los otros. Que nos ayude a redescubrir de nuevo el gozo que es pertenecer a esta Iglesia, gastarse por la vida de esta familia, vivir para Ella, vivir los unos para los otros, y así dar testimonio del Espíritu que nos ha sido dado. Y eso luego uno lo expresa haciendo cualquier cosa. Cuando enseñáis, cuando entráis en clase, los que sois profesores, no os preocupéis tanto de qué podéis sacar de esos muchachos cuanto qué suerte tienen esos muchachos que, teniéndoos a vosotros –no lo olvidéis-, tienen a Cristo durante cuarenta y cinco o cincuenta minutos delante de ellos. Ojalá algo del amor con el que Cristo les ama pueda pasar por vuestras vidas en esos cincuenta minutos. Y basta. Lo demás es añadidura.


Palabras antes de la Bendición final:

Antes de daros a todos la bendición, me doy cuenta de que al principio de la homilía yo he mencionado a sacerdotes, congregaciones religiosas, y sé que hay asociaciones de fieles, y seguro que hay maestros o profesores de obras educativas que tienen que ver con la Prelatura Opus Dei… Todos somos un solo cuerpo. La Iglesia es una. Y una, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. Desde la Virgen, hasta el último de los que hoy formamos la Iglesia y los que vengan después somos un solo Cuerpo vivificado por el Espíritu del único Dios vivo. Que el Señor nos conceda vivir con esa conciencia todos los días de nuestra vida. Y que el Señor bendiga todos vuestros pasos, todos vuestros esfuerzos educativos a lo largo del año.

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