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Homilia 4º Domingo de Pascua

Fecha: 28/04/2010

Homilía 4º Domingo de Pascua, 25 de abril de 2010, en la catedral.

Muy queridos hermanos sacerdotes, seminaristas y lectores del seminario. Muy querido Moisés. Saludo también a tus padres y a todas las personas que han venido acompañándote. Por último, y de un modo especial, a la coral “Aguas Blancas” de Cenes de la Vega, que también nos acompaña en esta eucaristía. Queridos amigos y hermanos todos.

Se acumulan hoy los frutos de esta celebración pascual en torno a la imagen de Cristo como Buen Pastor, imagen que está estrechamente vinculada a la resurrección que celebramos en este tiempo. Se acumulan por el hecho de que Moisés da hoy sus primeros pasos al recibir estos ministerios –antiguamente se llamaban Órdenes Menores-, que son como el paso último, consciente, antes de recibir el primer grado del Sacramento del Orden, que es el diaconado. En esta fiesta del Buen Pastor también es el día mundial de la oración por las vocaciones. Vamos a rezar por ellas y para que en los territorios de misión el Señor dote a sus iglesias, donde el Cristianismo está emergiendo, de vocaciones de su propia tierra y cultura, de manera que no tenga que depender. También a nosotros nos trajeron la Buena Noticia de otras tierras. El Evangelio no ha nacido en nuestra patria, pero el Cristianismo, la Iglesia, se ha convertido para siempre en nuestra patria. Y el Evangelio hay que llevarlo. El Evangelio siempre crece por esa vía que reza el lema de esta jornada, es decir, a través del testimonio, del testimonio de los cristianos. Es precioso ver cómo han existido iglesias que han nacido antes de la llegada de sacerdotes o misioneros, sencillamente por el contacto con otros cristianos y por el conocimiento de la fe cristiana que se derivaba de ese contacto. Y sin embargo, para que una iglesia se fortalezca, es imprescindible que pueda disponer de aquellos que, llamados a ser testigos de Jesucristo en primera persona, también son sacramento vivo y garantes de la verdad de la Palabra de Dios y de la verdad de los Sacramentos. Que todo esto, repito, aparezca vinculado a la celebración pascual, le da una mayor riqueza a nuestra celebración.

Comenzaré mi reflexión por el principio, por esa visión de Cristo resucitado que nos presenta el Apocalipsis, esto es, el Cordero sentado en su trono y adorado en el Cielo por los cuatro vivientes, los veinticuatro ancianos, y luego esa multitud inmensa de mártires, de aquellos que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Todos los bautizados hemos sido de alguna forma lavados en la sangre de Cristo. Todos hemos sido rescatados de los poderes últimos del pecado y de la muerte por el poder y la sangre de Cristo, pero de un modo especial aquellos que testimonian que Cristo vive entregando y derramando su sangre. Eso es lo que expresan las palmas de la victoria en sus manos. ¡Vencedores como Cristo! Es verdad que con una victoria muy especial. Fijémonos en la misma victoria de Cristo. Él vence al mundo en la cruz, vence al mundo justamente cuando es aparentemente derrotado por el mundo. Habla y dice su palabra más expresiva, dice quién es Dios de la manera más plena, más acabada, con el lenguaje más humano, cuando el Verbo queda reducido al silencio en la cruz, cuando todas sus palabras son sus brazos extendidos y después le dice al Padre que los perdone porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Y ese perdón abraza la historia humana y todos los pecados de esa misma historia humana. Entrega Su Espíritu, es decir, nos hace partícipes de su propia vida como hijos de Dios. Poder afirmar la resurrección de Jesucristo es algo que sucede, un acontecimiento que tiene lugar en un lugar concreto de la historia, en el tiempo y en el espacio, a las afueras de Jerusalén, no lejos del Gólgota, en lo que en aquel tiempo era un jardín en el que se habían excavado unos sepulcros. Tiene por lo tanto su lugar preciso en el tiempo y en el espacio. Y sin embargo es algo que nos afecta a todos nosotros, que afecta a la historia entera. No sólo por la promesa del Señor (yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo (Mt 28, 20)) sino porque Él está precisamente con nosotros como pastor de nuestras vidas. Pocos textos del Evangelio hay tan extraordinariamente consoladores como el que acabamos de escuchar. Esa oración sacerdotal de Cristo, que no es sólo ni principalmente una oración por los sacerdotes, es ante todo la oración de Cristo por todos ejerciendo su función sacerdotal, la que se iba a hacer carne en el don de la cruz. Es como si las palabras de despedida de ese discurso de Jesús expresasen los sentimientos del Verbo en la cruz. “Padre, no se ha perdido ninguno de los que me diste” , y no se han perdido porque el Hijo se los ha confiado al Padre. El Padre supera a todos. Literalmente, habría que traducirlo por “es más fuerte que todos”. No hay nadie que sea tan fuerte como el Padre. Y Cristo nos ha entregado a todos en manos del Padre. Él y el Padre son uno. Esa certeza en la victoria última del amor de Cristo caracteriza al cristiano. El cristianismo es mucho menos una doctrina ascética sobre como ser buenos o sobre como vencer con nuestras fuerzas al mal del mundo o combatirlo cuanto la recepción de un don, que es Dios mismo, que es la vida misma de hijos de Dios, la comunión que Cristo ha establecido con nosotros en su cruz, la alianza de amor que Cristo con su cruz ha establecido con nosotros y con todos los hombres. Recordemos lo que se dice en cada Eucaristía: por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Participar de esta alianza, vivirla por el bautismo, ratificarla con la confirmación, en cada eucaristía, alimentarnos de ese amor, permitir que Cristo sea la vida de nuestra vida y que injertados en esa viña los frutos que nazcan de nosotros sean no los frutos de una planta silvestre, sino los frutos de la cepa buena en la que hemos sido injertados: la vida del Hijo de Dios. ¡Eso es ser cristianos!

Ser cristiano es vivir la vida con los sentimientos que se expresan en el salmo 22, ese salmo que no sin razón usamos con mucha frecuencia, en los funerales o ante la muerte de un ser querido, tal vez porque es el momento de la soledad suprema del hombre, porque es la cañada más oscura que atravesamos, y sin embargo es un salmo que podríamos usar en cada momento de la vida, en cualquier circunstancia. Pienso que expresa perfectamente los sentimientos, la actitud de la mente y del corazón de quien ha conocido y ha sido redimido por Jesucristo, de quien tiene la conciencia de ese amor en su vida. “El señor es mi pastor, nada me falta”. Aunque marche por cañadas oscuras, nada temo porque Tú vas conmigo. Tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas frente a mí una mesa frente a mis enemigos, Tu bondad y Tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida.” ¡Qué paz! ¡Qué sosiego! Todos somos ovejas perdidas, que no haya duda. El mundo nos invita a rasgarnos las vestiduras ante ciertas cosas –terribles en algunas ocasiones-, pero no seamos hipócritas. Todos somos pecadores, y si no hemos caído en pecados graves o en esas cosas que nos desgarran el corazón y que tanto nos escandalizan, es sencillamente por pura gracia de Dios. A esa gracia es a la que tenemos que aferrarnos, en la que tenemos que confiar porque es la que, mostrándonos la belleza insuperable de la verdad de Dios, es capaz de acogernos con un amor que hace salir y brotar de nosotros mismos lo mejor que hay en el corazón en lugar de lo peor. Poder vivir la vida con la certeza de que esa gracia nos acompaña es lo mejor. “Tu verdad y Tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida”, esa es la libertad de los hijos de Dios. Es la alegría insuperable la de quien ha conocido a Jesucristo porque no puede ser producida ni vendida ni fabricada por el mundo. Ese es el gozo de la vida, sabiendo que somos torpes, pero que también nuestra vida no está determinada por nuestras torpezas o cualidades, sino que está determinada por el Amor infinito que se nos ha entregado en la cruz y que se nos entrega sacramentalmente, misteriosamente, cada vez que lo recibimos en la Eucaristía, al recibir el perdón de los pecados, que vive en la comunión de la Iglesia. El núcleo de todo lo que celebramos hoy, incluido el paso que tú das, Moisés, es la certeza de la fidelidad de Cristo. Esa certeza del triunfo de Cristo sobre el poder del mal. Triunfo que va marcado por otro signo: el de la persecución. Curiosamente, en el Apocalipsis el Cordero degollado –fijaros qué manera más curiosa de triunfar- está rodeado por una multitud de mártires que llevan la palma de la victoria, una victoria conseguida al precio de su sangre, que hace presente en la historia la victoria de Cristo, ¡que prolonga en la historia el amor de Cristo por el mundo! No, los mártires no son víctimas. El mundo moderno es el que crea víctimas, y evita en la medida que puede la creación de mártires. Los mártires se diferencian de las víctimas en que mueren perdonando, mueren con la conciencia de que su sangre prolonga la sangre de victoriosa de la cruz. El amor de Cristo que se sigue derramando para el perdón de los pecados. Por amor al mundo y a los hombres. ¿Qué quiere decir esto? Que el cuerpo de Cristo, rescatado por el Misterio Pascual, -Su muerte y Su resurrección- vive desde el comienzo la misma pasión de Cristo y la misma experiencia de Su triunfo, la misma experiencia de las persecuciones y del ciento por uno, de muerte y de victoria en el don de uno mismo, que caracterizó el ministerio terreno del Hijo de Dios. Desde el principio la Iglesia ha estado acompañada por la persecución. Y no dejará de estarlo. Y aunque no tenemos que buscarla ni desearla, cuando llega es un buen signo de que la Iglesia está viva, y de que Cristo, vivo y presente en la historia, sigue preocupando a los poderes del mundo, que con la boca chica dicen que la Iglesia está muerta. Pero digo yo que nadie ataca a los muertos o tiene una enfermedad muy grave que tiene un nombre y un tratamiento bien definidos. Se ataca a los vivos. Y a los vivos a los que se temen. El hecho de que la Iglesia sea perseguida –repito, algo que nunca debemos buscar, porque sería una pretensión, como un pecado grave de orgullo, no puede ser motivo de tristeza. Dice el Señor en las bienaventuranzas: “alegraos y regocijaos cuando os calumnien, cuando os persigan, cuando digan toda clase de mal sobre vosotros por mi causa” (Mt 5, 11-12) ¡Alegraos y regocijaos! Lo mismo mataron a los profetas antes que a vosotros. Permitidme una vez más que en este domingo del Buen Pastor exprese mi gratitud y la de los cristianos de la Iglesia de Granada, -a la que sirvo indignamente- mi gratitud, mi adhesión y mi fidelidad inquebrantable a nuestro Santo Padre Benedicto XVI, víctima o testigo de los ataques del mundo que en este momento arrecian sobre él, precisamente debido a la libertad de espíritu y a su fidelidad a la verdad, a su magisterio limpio y transparente, y eso irrita inevitablemente a quienes tienen la pretensión de un poder absoluto sobre las conciencias, sobre el pensamiento, sobre el bien y el mal, sobre la vida humana. De un poder total sobre nuestra propia persona. Quienes pretenden controlar todo eso y ser dueños, por así decir, de la vida de los hombres, no soportan que haya un pueblo hecho de todos los pueblos, un pueblo que no tiene ninguna pretensión partidista ni de competir con el estado pero que pertenece a Cristo. Nuestra determinación más profunda, nuestro verdadero Pastor, nuestro verdadero Rey, el Señor de nuestras vidas, no es ningún señor humano. Sólo es Cristo, que nos ha rescatado al precio de su sangre –la sangre de Dios- y que nos da el verdadero valor de nuestra vida, un valor que no puede ser por lo tanto medido por ninguna ley humana, por ninguna medida humana. Él nos ha dado la libertad que nadie nos puede dar, precisamente porque nos da un amor que nadie puede darnos, un amor más fuerte que la muerte, capaz de recrearnos y de conducirnos a la vida perdurable, a la vida eterna. Ningún estado de este mundo, ningún cuerpo legislativo, nadie puede darnos lo que el Señor nos da. Sólo a él pertenecemos. Eso nos permite poner en su lugar lo que son las competencias del estado y de los poderes de este mundo, ponerlas en su sitio y quitarles toda pretensión idolátrica. Repito, si el Santo Padre es víctima de ataques inmisericordes en estos días, si la celebración de sus cinco años de pontificado ha sido una ocasión para las calumnias y las mentiras en tantos medios de comunicación, se debe a que esos medios sirven a los poderes del mundo. La libertad de la Iglesia fue un escándalo en sus comienzos, lo ha sido cuando la Iglesia ha sido fiel a lo largo de su historia, y sigue siéndolo en nuestros días. Naturalmente que hay pecados en la Iglesia, algunos horribles, y como decía Antonio María Rouco en la homilía del miércoles pasado, en la catedral de la Almudena, sólo uno de esos pecados sería demasiado para la vida de la Iglesia, y digo pecados y no delitos, porque no son sólo delitos. Lo son, pero sobre todo son pecados. Y el pecado afecta, en virtud de la comunión de los santos, a todo el pueblo cristiano. Nos duelen. Y tenemos todos que hacer penitencia por ellos y pedirle al Señor que salgamos de esa situación de pecado, que brille y resplandezca la santidad de la Iglesia, porque también somos muy conscientes de la hipocresía de esos escándalos, de quienes se rasgan las vestiduras ante ellos y no ante sus pecados, ante los que incluso promueven la cultura que los favorecen y ahora fingen escandalizarse. Dios mío, siempre habrá pecados en la Iglesia. Y nosotros sabemos que todos los seres humanos estamos necesitados del perdón, pero también sabemos que en la Iglesia brilla la presencia misericordiosa, redentora y salvadora de Cristo, y resplandece de formas infinitas, infinitamente creativas en todos y cada uno de los hombres. También en los pecadores, es decir, también por cada uno de nosotros. Y gracias a Dios que esa misericordia existe.

Mi querido Moisés, te preparas para ser sacerdote. Hoy das un primer paso. Es curioso que la Santa Madre Iglesia te ponga delante de los ojos en los ministerios el servicio a la Palabra de Dios como lector y el servicio al Sacramento de la Eucaristía como acólito. Son las dos vías para que puedas alcanzar la plenitud de vida como cristiano. Y como sacerdote. Aprende de la Palabra de Dios. Aprende de la tradición viva en la que esa palabra no cesa de producir bellísimos frutos de santidad, pero que sea esta palabra tu guía, y no las tradiciones o las costumbres humanas, sino la Tradición Sagrada, ese río grande de vida que brota del acontecimiento de la Pascua y del Misterio Pascual y que no cesa de regar esta tierra seca también en nuestro tiempo. Alimentante de la eucaristía, esto es, conformarte a ella. Aprende de la actitud de Cristo (tomad, este es mi cuerpo (…) esta es mi sangre que será derramada por todos para el perdón de los pecados) cuando digas eso estás repitiendo las mismas palabras de Cristo, también serán las tuyas. Deseo que mires a la comunidad que tienes delante y que le digas con toda la verdad de tu corazón humano: os quiero como Cristo os quiere, os amo más que a mi vida, sin pretensiones. Recuerda las negaciones de Pedro y cómo antes le había dicho que daría su vida por Él. Sé humilde. Este es el testimonio que los hombres esperan de ti, porque ese testimonio es el que hace a Cristo presente y vivo en medio del mundo, en medio de la comunidad cristiana. Ese es el testimonio que hace crecer la esperanza en los matrimonios que están bien y en los que tienen dificultades, en los que se han roto, en los ancianos y enfermos, en los jóvenes que se abren a la vida y que quieren una razón grande para vivir, en los niños, tal vez los únicos que perciben que la existencia del mundo y la suya propia es un milagro, y que por lo tanto estamos rodeados de milagro porque todo es fuente de sorpresa, porque no han perdido la frescura de sus ojos recién abiertos a la luz de la vida y de las cosas. Que todos ellos puedan percibir en tu vida como sacerdote y en cada vida nuestra la certeza de que la luz y el amor de Cristo están a su lado y les acompaña. Lo demás es obra del Señor. Es de lo único que tienes que preocuparte: que en tu vida resplandezca Cristo. En cuanto a los frutos, el Señor sabrá cuáles son. Vamos a pedir por ti, para que se haga carne en tu vida el día que lo recibas cumplidamente en el Sacramento del Orden. Vamos a pedir para que el Señor, en este cuerpo suyo, en el que Él permanece vivo, no deje de suscitar vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada en todas sus formas, vocaciones que muestren que Cristo sigue siendo un don tan precioso que entregarle la vida es el mejor de los negocios que uno puede hacer en este mundo, no porque uno gane nada externo, sino porque uno gana su propia plenitud, la posibilidad de dar la vida por aquello que es lo más bello que existe en la tierra: Su Iglesia, Su cuerpo, Su esposa. Poder representarlo en la propia vida, en la propia carne día tras día. Esto lo más bello que uno puede desear para un corazón humano. Representar, como lo representan las vírgenes consagradas, ser la esposa de Cristo que vive para Él, es lo que más necesita el mundo, incluso lo que necesitan los matrimonios para poder vivir su amor razonablemente y no como un atractivo físico, a un nivel empobrecido, porque el amor de un matrimonio cristiano tiene la profundidad infinita del amor de Cristo. Pero para eso se necesita ser testigo de que Cristo puede serlo todo en una vida humana, en la de un esposo, en la de un padre y en la de una mujer como esposa de Cristo. Y eso lo necesitáis los casados para vivir vuestro amor con la profundidad infinita de Cristo, que abre el horizonte del amor entre un hombre y una mujer en esta vida.

Son muchas cosas para pedir en una sola celebración, pero basta que dejemos el corazón abierto al Señor y el responderá con el ciento por uno. Pidamos solamente vivir en la cercanía del Buen Pastor, ser pastores según su corazón. Nos confiamos a vuestra oración por nosotros, la única fuerza infalible que sostiene a los pastores en la preciosa vocación a la que Cristo nos llama. Proclamamos nuestra fe.

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