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Homilía Domingo de Ramos

Fecha: 05/04/2009

DOMINGO DE RAMOS (5-04-09)


Queridos sacerdotes, hermanos y amigos:

Celebrar el Misterio Pascual -la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo- es sencillamente celebrar el amor infinito que ha abrazado la historia humana, la historia de cada uno de nosotros, de nuestras pobres vidas, rescatándolas de su disolución en la historia y dándoles un valor que jamás los hombres hubiéramos podido imaginar o soñar. No debemos olvidar que la pasión y la muerte de Cristo son sólo la consecuencia última de su encarnación. Cada uno de nosotros hemos sido amados y somos amados con un amor infinito. Somos abrazados en el abrazo inmenso de la cruz, que abarca todo el cosmos y la historia. Y no nos corresponde de este amor una parte proporcional al espacio que ocupamos en el mundo o en la historia, sino que nos toca a cada uno por entero, porque su amor es infinito. Debemos acoger el amor de Dios en la medida de nuestras posibilidades y este mismo amor ensanchará nuestro corazón, para que podamos eternamente ir acogiendo más y más, como de una fuente permanente de gratitud, de alegría, de sorpresa, ¡de vida! ¡de gozo! Eso es lo que significa hacer memoria de la pasión de Cristo, expresar la gratitud por lo que significa su pasión y su resurrección, por todo lo que llamamos la Pascua. ¡Abrid el corazón para recibir ese amor, para que ese amor sostenga vuestras vidas!

Quiero subrayar una frase de San Pablo. Él decía que cumplía en su carne lo que le falta a la pasión de Cristo, hablaba como un apóstol, como alguien que siente la misma pasión que Cristo por su Iglesia, y se expresa como si le faltara algo a la Pasión. ¿Pero qué le puede faltar a la pasión del Señor, si con ella nos ha abrazado a cada uno de nosotros? ¡Lo que le faltaba eran nuestros sufrimientos! No es amor de lo que carecía Jesús y lo que le faltaba a la pasión, sólo nuestros sufrimientos, que no habían llegado a suceder. Porque el amor de Cristo, que nos ha unido a todos al asumir la condición humana, había sufrido su pasión, pero no la nuestra.
Eso es lo que quiero anunciar, que cuando hacemos memoria del amor de cristo revelado en su cruz estamos encontrando una tabla de salvación para nuestra historia, es decir, que ningún sufrimiento humano, físico, moral, espiritual, ni ninguna enfermedad, dolor, desaliento o fatiga, ninguna desesperanza, ninguna soledad o muerte es vivida por el hombre en solitario desde la pasión de Cristo. Porque cada sufrimiento nuestro o de nuestros hermanos, cada dolor o soledad, como cada gesto de amor o de misericordia, o cada momento de belleza que el señor nos concede ya no nos pertenece sólo a nosotros. Cristo se ha unido a nosotros en una unidad indisoluble más poderosa que la muerte, de manera que todo lo que nos pasa -no es como si estuviéramos encapsulados, en una especie de aislamiento solitario, solicista, impenetrable- le pasa a Él. Tal vez los seres humanos no somos capaces de penetrar este misterio, pero cristo nos penetra, la misericordia nos penetra, incluso cuando no somos conscientes, incluso cuando no nos damos cuenta, incluso cuando estamos heridos o irritados porque nos parece que el sufrimiento es injusto, incluso cuando nuestra irritación tiene por objeto a Dios mismo. Dios nos está abrazando, Dios nos está amando, y nos está llamando a reconocer que no estamos solos. Tal vez uno podría resumir la experiencia de ser cristiano en la experiencia de decir “yo ya no estoy solo en mi vida”, y esa compañía de Cristo, al haber tomado Cristo mi vida sobre sus hombros, mis heridas en sus llagas, mis cansancio en sus caídas, mi muerte en su muerte y mi enfermedad en sus dolores, Cristo, al haber tomado a mi persona sobre sí, me hace posible un descanso que me permite mirar al mundo, a la vida, al futuro, a los demás, que me permite reconocerme en su rostro, en su mirada, en su afecto, en los signos preciosos de su misericordia infinita.

Ojalá estos días nos sirvan sencillamente para abrir nuestro corazón a Dios, para poder afirmar con certeza que nuestras vidas están sostenidas por Él, porque cuando llevaba su cruz nos llevaba a todos nosotros, como a la oveja perdida. Es a mí a quien lleva, es a cada uno de nosotros, es a todos nosotros juntos, y nos lleva con amor, con ternura. Hay una virgen en los iconos orientales que se llama la Virgen de la Ternura, donde el niño está acariciando el cuello de su madre, donde aparece la manita del niño Jesús por detrás del cuello de su madre, ¿no os parece que la imagen del buen pastor, con la oveja perdida sobres sus hombros, es exactamente la misma imagen, la misma idea? Cristo me toma sobre sus hombros, me acaricia con su rostro, me lleva por los caminos de la Vida, por las sendas más difíciles, y yo puedo ir contento, despreocupado, tranquilo, porque sé que conoce el camino, porque sé que sabe a dónde vamos, porque sé que no va a dejarme. Lo dijo en la pasión: “Padre, no se ha perdido ninguno de los que me diste”, ¿y quiénes son los que le han sido dados a Cristo por el Padre? Tú y yo, cada uno de nosotros. El amor de Cristo que celebramos en estos días no va a dejar que ninguno se pierda. No va a permitir que su amor sea vencido por nuestra pobreza, por nuestra pequeñez o nuestro mal.

Mis queridos hermanos, hay que darle muchas gracias a Dios y vivir estos días con un gozo grande, el gozo de ser amados en un amor que no somos capaces de comprender, pero que llena la existencia de sentido y de alegría, que llena todo lo que hay de verdadero y bello en nuestras vidas de contenido, de gusto y de colores. Todo amor, todo afecto, toda verdad, toda belleza llena de misericordia, todo lo que hay de pobre y de de limitado en nuestro propio corazón. Un amor así es capaz de sostener aquella alegría para la que estamos hechos, aquella alegría que todos necesitamos para vivir y que el mundo jamás será capaz de darnos. Proclamamos nuestra fe.

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