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Con la Resurrección, comprendemos el derroche de amor, vida y belleza que nace en torno a Cristo. Homilía en el II Domingo de Pascua y de la Divina Misericordia

Con la participación de los falleros procedentes de la localidad valenciana de Carcaixent ante una réplica de la Imagen de la Virgen de los Desamparados.

Fecha: 27/04/2014

Queridísima Iglesia de Dios, Esposa muy amada de Nuestro Señor Jesucristo, muy queridos sacerdotes concelebrantes, queridos amigos y todos:

Saludo especialmente a los que habéis venido de Carcaixent; saludo también de nuevo a la representación del Ayuntamiento de Granada y a las autoridades del Ayuntamiento de Carcaixent.

En estos días, la Iglesia no hace más que repetir un acontecimiento; un acontecimiento que es la piedra sobre la que se edifica toda la vida cristiana, toda la vida de la Iglesia, todo ese gran movimiento de alegría, toda esa explosión de alegría y de belleza en la historia humana, de humanidad y de amor, que ha significado el Acontecimiento de Jesucristo. Nos pone ante los ojos que no sólo nosotros, no hace falta haber nacido en el siglo XX o en el siglo XXI para saber que nadie ha vuelto de la muerte, que nadie tiene el poder de vencer a la muerte, que eso no ha sucedido jamás.

Tal vez nosotros, acostumbrados a las supuestas magias de la era digital y de las artes virtuales y todo eso, somos más crédulos. (…) Como decía C.S. Lewis, el profesor de Oxford autor de “Las Crónicas de Narnia”, no hay término medio: o Jesús estaba loco o lo que decía es verdad. Y Él había dicho algo que no había dicho nadie jamás en la vida: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, por poner una de las frases que afirman de alguna manera el carácter absoluto y definitivo de la Persona de Cristo para nuestra vida humana, para nuestra propia humanidad.

Pero si todo lo hubiera devorado la muerte; si todo hubiera terminado el Viernes Santo, no dejarían de ser unas palabras bellas. Es la victoria de Cristo sobre la muerte lo que nadie hemos visto. En el Evangelio hemos leído: “Dichosos los que crean sin haber visto”. No hemos visto, en el sentido de que no tendríamos dónde colocar un acontecimiento así. Es verdad, como decía un intelectual francés muerto muy recientemente y de los más lúcidos e interesantes de la última generación de literatos franceses, Philippe Muret, un hombre que ha vivido alejado de la Iglesia toda su vida y que solo en sus últimos años, después de haber vivido una vida muy disoluta, muy típica del hombre posmoderno, se acercó a la fe y decía: la Resurrección es como un agujero negro en la Historia, pero sin ese agujero negro, no se explicaría justamente la explosión de amor, de gozo, de humanidad y de alegría que ha nacido de ahí.

En realidad, la Resurrección de Cristo es como la Creación. (…) La Creación sólo la podemos ver incluso oyendo sus ecos, pero desde dentro, sólo viendo sus efectos, las cosas, la realidad que existe.

Con la Resurrección es lo mismo: nadie podríamos, tendríamos que estar fuera del mundo y ser Dios para haber visto la victoria de Cristo sobre la muerte, la transfiguración de su humanidad. Vemos la transfiguración de la nuestra, y esa transfiguración es tan imposible, tan fuera del alcance de nosotros, de nuestros pensamientos, de nuestros cálculos, de nuestras estrategias, sencillamente, que solo porque Jesucristo ha resucitado, uno puede comprender ese derroche absoluto de amor, de vida, de gusto por la vida, de belleza que nace en torno a la Persona de Cristo y del Acontecimiento de Cristo cuando lo acogemos con sencillez en nuestro corazón. (…)

+ Mons. Javier Martínez
Arzobispo de Granada


Santa Iglesia Catedral de Granada
Domingo II de Pascua, 27 de abril de 2014

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