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“Quién nos hará ver la dicha. Tú, Señor”. III Domingo de Pascua

Homilía en el III Domingo de Pascua en la Eucaristía en la S.I Catedral, cuya celebración comenzó con la aspersión del agua bendita sobre los fieles.

Fecha: 19/04/2015

Queridísima Iglesia del Señor, Pueblo santo de Dios, Esposa muy amada de Nuestro Señor Jesucristo,
queridos amigos:

Quién nos hará ver la dicha si la luz de tu Rostro ha huido de nosotros. Esa pregunta por la dicha es una de las formas de expresar el anhelo humano. Yo creo que todos, aunque no lo formulásemos con las mismas palabras, levantaríamos la mano si se nos preguntase quién quiere ser feliz, quién quiere vivir contento, quién quiere poder afrontar la vida y la muerte, la enfermedad y las dificultades, las fatigas del trabajo; pero también las cosas bellas: el amor, la amistad, quién puede vivir contento, quién quiere vivir contento. Todos levantaríamos la mano. Estamos hechos para eso, nuestro corazón. Es preciso hacerle una violencia muy grande para renunciar a un deseo de dicha, de felicidad, de alegría. La diferencia probablemente entre el salmista y nosotros es que el salmista sabe que esa dicha no será posible si la luz de tu Rostro ha huido de nosotros. También tenemos una experiencia todos, y es que el ver un rostro amigo, el ver una cara familiar, el ver un rostro que sabemos nos tiene afecto nos ilumina la cara, nos da alegría. Para un niño que se siente perdido en la oscuridad, de repente ve el rostro de su madre o el rostro de su padre, y de repente se le quita el susto, o la tristeza. Se le ilumina la cara. 

La dicha tiene que ver con saberse amados. La alegría, el gozo en la vida, la felicidad tiene que ver con saberse queridos, bien queridos, y con saberse amados. 

La luz del Rostro de Dios ha brillado sobre nosotros, en su Hijo Jesucristo. La Resurrección, el acontecimiento de la Pascua que estamos celebrando y que seguiremos celebrando hasta el día de Pentecostés -y que celebramos en realidad cada vez que celebramos la Eucaristía, que sólo tiene sentido como expansión y proyección de la luz de la Pascua, porque Cristo vive y vive para siempre-, esa luz de la Pascua ilumina la persona de Cristo y al iluminar la persona de Cristo ilumina su enseñanza, ilumina el significado de su vida, ilumina el significado de nuestras vidas, de tal modo que hace posible la dicha. El primer fruto de la fe cristiana, el primer fruto de acoger la buena noticia de que Cristo ha vencido la muerte es que la dicha, la alegría, el gozo, la felicidad dejan de ser una utopía. Se convierten en una posibilidad real, no porque desaparezcan las dificultades de la vida, sino porque todas ellas adquieren su dimensión justa a la luz de algo que es infinitamente más grande que es el amor, la misericordia de Dios, que se nos ha revelado en su Hijo Jesucristo. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo. Él no ha venido a condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. 

Es ese amor infinito de Dios que se nos da en Cristo el que hace posible que la alegría no sea una evasión, que la alegría no sea algo que hay que fabricar penosamente para olvidarse de que existe la muerte, de que existe el pecado, de que existe la traición y la mentira, de que existe la mezquindad humana, de que existen los límites y las torpezas de los hombres, de que existe el mal. No. En la vida sin Cristo y sin la experiencia de Cristo las alegrías o nos son dadas -y las destruimos en cuanto queremos retenerlas (porque claro que fuera de Cristo hay gestos de amor y gestos bellísimos de amistad, hasta heroica), pero uno quisiera retenerlos y que fueran para siempre-, y si el fondo de la realidad es el vacío, es la nada, uno se da cuenta de que esa pretensión es eso: una pretensión absurda, y el cinismo, y el escepticismo empieza a instalarse en nuestro corazón. En cambio, a la luz de Cristo, las cosas bellas de la vida se hacen más bellas, aun siendo pequeñas, y aun comprendiendo uno que son pequeñas y limitadas, pero son como un anticipo de esa infinitud de amor que Cristo ha abierto en nuestra tierra, en nuestra historia y que no tiene fin y que no dejará de existir mientras el mundo exista: un amor más fuerte que la muerte, un amor más fuerte que el odio, un amor más fuerte que todos los pecados de la historia humana y que el Señor ha abrazado en sí, en la cruz, que sin la Resurrección de Cristo no sería mas que un accidente más, una víctima más de los millones de víctimas de los que está llena la historia y de los que están saturados los telediarios de cualquier día. Y sin embargo, la luz de la Pascua abre algo diferente. 

Quién nos hará ver la dicha. Tú, Señor. En Cristo nos das la posibilidad de vivir todas las cosas: de vivir la amistad, el trabajo, de vivir el amor del matrimonio, el amor entre padres e hijos, el amor entre hermanos, el perdón mutuo, la misericordia. Nos da la posibilidad de vivir todas las cosas con esa luz nueva de la vida eterna que Tú has sembrado en nuestra tierra.

Y hay otra palabra que las lecturas de hoy subrayan por dos veces. Cuando en esa especie de anuncio que tiene San Pedro y que se repite varias veces a lo largo de los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles con algunas pequeñas diferencias pero que viene a ser siempre el mismo, que es el anuncio de la Resurrección de Cristo, termina diciendo: “Nosotros somos testigos de esto”. Y al final del Evangelio también habla del testimonio: “Seréis mis testigos”. 

La palabra testimonio es una palabra que suena mucho en el tiempo pascual y que suena mucho, por ejemplo, en las Confirmaciones, incluso en las celebraciones bautismales (se les pide a los padres que den testimonio ante sus hijos de la fe en Jesucristo). A mi me resulta, os confieso, difícil y yo creo que es un puntito que habría que corregir en nuestro vocabulario, sobre todo pedirLe al Señor que lo corrija en nuestra experiencia: hablar del testimonio como una especie de deber (“Tenemos la obligación de ser testigos, de dar testimonio”). Os pongo un ejemplo que vais a comprender todos. Un chico se enamora de una chica –ambos están estudiando, estudian la misma carrera o se conocen en la universidad y se enamoran. ¿Os imagináis que los padres le sermoneen al chico diciéndole que tienes la obligación de quedar con tu novia cada vez que habéis quedado, que no la puede dejar plantada? Resulta ridículo, parece una contradicción, parece absurdo. Si los padres le tienen que recordar, es que ese chico no quiere a esa chica, evidentemente. O al revés: ¿os imagináis que los padres (ndr: a la chica) digan: ‘¿Pero si habías quedado con tu novio, qué haces viendo la telenovela’? Que no se quieren. Si no se quieren, no se quieren, pero no porque les recuerdes una obligación van a quererse. 

Yo creo que cuando hacemos del testimonio una especie de obligación muestra que algo nos falta en el fundamento mismo de la fe. Y que ese algo que nos falta es justamente lo que hace posible la secularización y el abandono de la fe, tanto que la gente no percibe en nuestras vidas que nos haya pasado nada. Conocen a Jesucristo pero dicen: “Piensan igual que los paganos, igual que todo el mundo, en relación con la salud y con la enfermedad, en relación con el dinero y los negocios, en relación con la vida y la muerte, en relación con las relaciones humanas y cómo hay que manejarlas e instrumentalizarlas y así. Pues, da lo mismo creer que no creer”. No da lo mismo. No os hagáis ilusiones. El colapso que estamos viviendo de humanidad en nuestro mundo es fruto de la pérdida de la fe. Sí que nos hemos engañado a nosotros mismos pensando que, perdiendo la fe, al final con tener unos cuantos valores “da lo mismo”, o que si uno tiene unas creencias “algo tiene que haber” pero que no hay que tomarse muy en serio eso de que el Hijo de Dios se ha hecho hombre o de que nos alimentamos de la vida divina cada vez que recibimos la Eucaristía, “pues, sí, algo habrá, y para ser buenos, nos ayuda el ir a la iglesia”. Eso es muchas veces a lo que ha quedado reducido, como una especie de poso, de residuo, nuestra fe cristiana. Cuando la gente nos mira (porque ese tipo de fe no obliga a que la vida sea distinta, para nada: los valores se caen, los valores no se sostienen), el corazón necesita ser sostenido por eso, por un rostro que me muestre y me renueve su amor, y su amor incondicional, y su amor eterno, un día y otro día. Cuando uno se ha encontrado con Jesucristo no es necesario que a uno le recuerden que tiene que dar testimonio. Ese testimonio aflora. Y no aflora porque no tenga defectos. El testimonio no es eso; el testimonio no es el buen ejemplo. Aflora porque quien nos ve se da cuenta que para nosotros sólo hay un tesoro, que es Jesucristo. Porque ese tesoro me da la vida eterna, me abre la vida eterna para siempre y me da el sentido de la vida eterna ya en las cosas de este mundo. Me permite vivirlas como un anticipo de la vida eterna las cosas bellas de este mundo. Todas. Y me permite que las cosas malas y feas de este mundo (que las hay, y muchas), y horribles, no destrocen hasta la raíz la esperanza de mi corazón, porque  son pasajeras, porque el amor de Dios es más grande que todo el mal del mundo. 

Mis queridos hermanos, vamos a pedirLe al Señor que Él nos permita afirmar con sencillez la fe, para que podamos ser testigos; que suceda en nosotros lo que sucedió en los discípulos. Siempre recordaré una parroquia de las afueras de Madrid, donde yo hice una visita pastoral siendo yo muy joven obispo en aquel momento, y unas mujeres, alejadas de la Iglesia, que habían empezado sin embargo a dar catequesis, estaban leyendo los Hechos de los Apóstoles. Y yo les pedí que me dijeran qué les parece lo que estaban leyendo. Y decían: “Pues, mire, nos da mucha alegría saber que a los apóstoles les ha pasado lo mismo que nos ha pasado a nosotros”. Lo que ellas tenían claro es que sus vidas habían cambiado; que se habían encontrado con Jesucristo y sus vidas habían cambiado. Y cuando leían los Hechos de los Apóstoles, decían: “Ah, a ellos también les pasó”.

Señor, que nos pase; no porque no tengamos defectos, no porque seamos perfectos, sino porque podamos afirmar tu amor en todas las circunstancias de la vida, tu misericordia en todas las circunstancias de la vida, tu perdón, y que regenere esa afirmación, esa experiencia en nuestra corazón. Y diréis: ‘Sí, pero nosotros no hemos metido las manos en las llagas de las manos de Cristo ni en el costado’. Dios mío, nosotros somos testigos de un milagro permanente que es como Cristo vive en la vida de la Iglesia. Ese milagro es la santidad, ese milagro es el perdón, ese milagro es esa misericordia. Vive porque actúa. Y cualquiera de nosotros si mira la realidad de la fe y los frutos de la fe todavía nos es dado el conocer muchas personas de fe. Me hablaban el otro día de un testimonio de una niña (creo que era en Irak o en Siria) que hablaba del perdón a los enemigos, que se llamaba Miriam, y que hablaba de que Jesús era lo más precioso para ella y sabía que probablemente su destino sería la muerte, y creo que habían muerto ya algunos de sus familiares mas cercanos; y hablaba del perdón, y hablaba de Jesús como de su salvador. Cuántos cristianos en el Medio Oriente hoy afirman con paz “y no nos vamos porque queremos seguir cantando que Cristo ha resucitado, y no escapamos de aquí mas que si nos fuerzan a ello, porque queremos proclamar la victoria de Cristo. Y morir no es demasiado grave. Lo grave es perder a Cristo”. Y uno se lo oye decir: “Lo grave es perder a Cristo”. Y nosotros decimos: “Señor, cuántos de nosotros seríamos capaces de decir una cosa así tan sencilla: creo en Cristo, Cristo es mi único tesoro”. Lo único grave no es morirse. La salud no es el bien supremo. Cuántas personas están llenas de salud y llenas de tristeza, y de depresión al mismo tiempo. Lo grave es que la vida no tenga ningún sentido. Lo grave es que uno no pueda contemplar la victoria final del amor de Dios sobre todo el mal. Eso es lo grave. Y eso nos da una libertad para vivir, y una alegría y un gusto por la vida al vivirla que nada de este mundo nos la puede dar.

Vamos a pedirLe al Señor, “Señor, que tu Resurrección nos acerque a Ti, que nos convierta a Ti, y podamos afirmar tu triunfo y el triunfo de tu amor en todas las circunstancias de nuestra vida”.  

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

19 abril 2015
S. I Catedral

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