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La cultura de la verdad, de la vida y del amor

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía celebrada en la Catedral en el XXXII Domingo del Tiempo Ordinario.

Fecha: 06/11/2016

 

Queridísima Iglesia del Señor;

muy queridos sacerdotes concelebrantes:

queridos hermanos y amigos todos:

 

Las lecturas de la Misa de hoy nos ponen muy directamente ante los ojos el hecho de la Resurrección como destino de la existencia de humana, la vida eterna, la participación de la vida de Dios. Dios nos ha creado, no simplemente para que hagamos una serie de cosas o pasemos una serie de años en este mundo y en esta vida, sino para que participemos de la vida divina. Ya aquí, gracias a Jesucristo; ya aquí se nos da una participación en la vida divina, por el Espíritu Santo, que nos hace hijos de Dios y que abre en todo lo que hacemos, hasta en los gestos y en los actos más pequeños el horizonte de la eternidad, de la vida eterna. Evidentemente, en los actos que hacemos buenos, bellos, verdaderos, que son los que participan de la vida de Dios que nos ha sido dada. La más pequeña de las sonrisas, el vaso de agua que decía el Señor que no quedará sin recompensa.

 

Quienes hemos recibido el Espíritu Santo somos templo de Dios, el Señor habita en nosotros, recibimos al Señor en la Eucaristía y el Señor va con nosotros y nos acompaña en todos los pasos de nuestra vida, de manera que poder vivir como hijos de Dios es el tesoro más grande. No derivamos de ahí normalmente el cómo está llamada a ser nuestra vida, y sin embargo sería la manera más justa, más plena de derivar cómo podemos vivir. No cómo tenemos que vivir, porque eso suena como una obligación como impuesta desde fuera, sino que, de cara al horizonte y a la vida para la que estamos llamados, cómo me es posible vivir, cómo me es posible querer, cómo me es posible amar, cómo me es posible perdonar, cómo me es posible emplear el tiempo, vivir la vida entera a la luz de aquello para lo que he sido creado; de aquel horizonte precioso que permite vivirlo todo, incluso las circunstancias difíciles, o duras, o terribles a veces, o los sufrimientos inmensos que puede haber en el corazón de una persona, vivirlos sencillamente con la certeza de que el amor de Dios es más grande, siempre más grande.

 

De ahí que la cultura cristiana sea una cultura de la vida y del amor; de la verdad, de la vida y del amor, como decía tantas veces san Juan Pablo II. Y al contrario, cuando alejamos a Dios de nuestra vida, empieza a dominar en ella la muerte, el temor de la muerte, un temor de la muerte que como nos resulta irresistible hacemos lo posible por olvidar, por evadirnos, por distraernos, por no tenerla nunca delante de nuestros ojos. Mientras que para un cristiano la muerte no es más que el paso justamente a la plenitud de la vida eterna; el terminar de la peregrinación y el llegar al hogar, al calor del hogar, al fuego del hogar, a la cena preparada, al banqueta del que todas las misas y eucaristías hemos participado en este mundo no son mas que un anuncio y una promesa. Y en esas eucaristías cantamos el Sanctus, el canto que cantan los querubines, para poder recordar que, mediante el Sacramento de Cristo, el Cielo está presente en la tierra y se nos da para poder vivir, no para el ratito que estamos en la misa, sino para poder vivir la vida en el cielo sin estar en el Cielo, en el cielo con la compañía del Señor y con la compañía y la gracia y la misericordia de Cristo, aunque estemos en esta condición mortal y en este mundo de pecado que vivimos y que experimentamos también en nuestro propio corazón. Pero la fidelidad de Dios no abandona nunca a sus hijos.

 

La cultura cristiana es una cultura de la vida. Y cuando Cristo falta y la presencia real de Cristo en medio de nosotros y la compañía de Cristo faltan de nuestras vidas lo que empiezan a dominarlas es el temor a la muerte, la cultura de la muerte. Es muy difícil quitarse de la imaginación y de la mente la cría de 12 años que ha muerto hace unos días de un coma etílico, y tantas otras historias similares que las oímos en los medios de comunicación y el peligro que tenemos es de acostumbrarnos a ellas (de crímenes cometidos por apenas adolescentes, de crímenes horrendos, o situaciones familiares en las que un padre introduce a sus hijos en cosas tremendas). No vamos a describir la cultura de la muerte, porque no es necesario, nos rodea por todas partes.

 

Lo que es necesario es poder amar. Chesterton decía que la mejor manera de no tener pensamientos malos es tenerlos buenos. Y parece una tontería, como muchas de las cosas que dice Chesterton, pero nunca son una tontería. Son frases llenas de sabiduría.

 

A lo que tenemos que mirar, de lo que tenemos que llenar nuestro corazón es del anhelo de esa vida a la que estamos llamados, para la que hemos sido creados que sólo ella es capaz de explicar de una manera razonable la existencia del arte, de la poesía, del canto, de la belleza, de nuestro amor a la belleza y al bien y a la verdad, de nuestro amor al Amor y a la experiencia viva y concreta del Amor. Todo eso sería absurdo si nuestra vida se acabase –como decía un pensador del siglo XX- en un gran bostezo del universo a quien no le importamos nada, ni le importa nuestra vida, ni le importa nuestra muerte. No. Ese no es nuestro horizonte. Eso haría que vivir fuese imposible, como ya decía Dostoievski. No. Hemos nacido para el Cielo. Hemos nacido para el Dios de quien toda la belleza y todo lo bueno y toda la vedad que puede uno encontrar de este mundo provienen de Él, tienen en Él su plenitud, consisten en Él, tienen en Él su belleza y su consistencia y su verdad.

 

Yo diría más: la moralidad cristiana, la vida moral de un cristiano –la vida moral en general- no se deduce de una serie de deberes o de obligaciones que llevamos inscritas en no sé dónde; se deduce de cómo concebimos la meta de nuestra vida. Quien piensa que el fin de la vida es nada más que producir y consumir orientará toda su vida y lo bueno será producir mucho y lo bueno será consumir mucho. Depende de cómo concibamos la vida. A nosotros, la experiencia de la Iglesia, la experiencia de la humanidad que hemos visto nacer de la Iglesia nos enseña que la vida es la vida de hijos libres de Dios, y que la vida es para quererse y para aprender a quererse. El Señor nos introduce en su vida divina, que es una vida de amor, de donación, de donación mutua.

 

DémosLe gracias al Señor por ese horizonte. Sólo eso explica, por ejemplo, la actitud de los macabeos: antes perder la vida que violar la ley de nuestros padres. Antes perder la vida que perderTe a Ti, Señor. Porque perderTe a Ti, eso sí que sería perder la vida. Mientras que perder la vida y no perderTe a Ti no es perder nada. Es tener garantizada la vida eterna, es tener garantizada el gozo inmenso, la gloria infinita, el tesoro inmenso de tu amor.

 

Señor, daños mirar al Cielo con gusto. Danos el pensar en el Cielo, de vez en cuando, muchas veces si es posible. Hay un libro precioso sobre la cultura de lo que se llama la Edad Media, (no me gusta para nada la palabra, me parece que es una palabra totalmente ideologizada) del monacato de los siglos XI y XII, precioso, del monacato cisterciense fundamentalmente que se titula “El amor de las letras y el deseo del Cielo”. “El amor de las letras y el deseo del Cielo” marcó la obra de San Bernardo, la vida de los monjes nacidos de la Reforma del Císter, y es una manera preciosa de iluminar la vida, de vivir. Da también a un arte extraordinariamente bello, que es el gótico primitivo, que expresa ese deseo del Cielo que no tiene, para desear el Cielo, que renegar de lo humano. Todo lo contrario, abraza lo humano y lo lanza como una aguja, como un cohete disparado hacia la vida eterna, que es el horizonte y el don que marcan nuestra vida.

 

Que así sea para todos nosotros. Que así sea por la gracia de Dios para todo el pueblo cristiano, para todos los cristianos.

 

Vamos a proclamar nuestra fe.

 

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

 

6 de noviembre de 2016, S. I Catedral

 

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