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Nota de la II Semana de la Familia

Delegación de Medios de Comunicación Social del Arzobispado de Granada

Fecha: 28/04/2004. Publicado en: Boletín Oficial del Arzobispado de Granada. Nº 69. p. 364



El Arzobispo de Granada ha inaugurado la II Semana Diocesana de la Familia, que se está celebrando en el Salón de Actos del Colegio “Regina Mundi” (Calle Arrabial), en Granada, con una conferencia titulada: “La familia como Iglesia. La Iglesia como familia”.

El Arzobispo, que ha hablado en todo momento con la perspectiva propia del Pastor, ha subrayado, en la primera parte de su conferencia, que si bien la familia basada en el matrimonio es una institución humana que pertenece al orden de la Creación, un cristiano no puede olvidar que Cristo es “el centro del cosmos y de la historia”, precisamente en tanto que “imagen de Dios invisible y primogénito de toda criatura”, por lo cual “todo ha sido creado por Él y para Él y todo tiene en Él su consistencia” (Colosenses 1, 19). En lenguaje del Concilio Vaticano II, “Cristo, al revelar al Padre y su designio de amor, ha revelado también el hombre al propio hombre”. Estas afirmaciones sustantivas obligan a superar planteamientos dualistas que entienden la Creación, a la luz del concepto de “naturaleza” propio de la modernidad, como algo acabado, cerrado en sí mismo, a lo que la fe cristiana sólo añadiría una motivación “sobrenatural”, “espiritual” y “ética”.

Lo que sucede cuando una persona empieza a participar de la vida de este Pueblo que es la Iglesia, en el que Cristo vive, es que la vida entera se abre a una experiencia nueva de lo que significa la existencia, y esa experiencia “toca”, “afecta”, a todas las dimensiones de la vida, y las modifica. Cristo es la revelación y la posibilidad de una ontología nueva, en la que la violencia y la competición no son lo original, sino en la que el “agape”, el amor benevolente, es la realidad misma del Misterio, y por eso, la consistencia  última de todo lo real. Y esa ontología nueva implica una antropología nueva, y una “ética” nueva, por supuesto. El conocimiento de Cristo afecta decisivamente al significado de la vocación esponsal, como posibilidad abierta de un amor totalizante y definitivo, y a la comprensión de la relación “hombre/mujer” como una complementariedad asimétrica, en una compañía basada en la igualdad de dignidad y de vocación.
Todo esto significa, en la explicación de D. Javier, que Cristo, y su relación con la Iglesia/humanidad (la esposa por antonomasia) entran en cierto sentido a ser constitutivos de la definición de lo humano. Y, por tanto, constitutivos de la definición de todas las relaciones que configuran lo humano, las más “sagradas” de las cuales –“sagradas” porque determinan fundamentalmente la experiencia y el significado del “yo”–, son las relaciones de paternidad/maternidad y filiación, y la relación esponsal. Decir que “Cristo es Señor” es decir que Cristo pertenece constitutivamente al significado de estas relaciones fundamentales, y que sin Cristo estas relaciones se vuelven inevitablemente opacas, confusas y, básicamente, insatisfactorias. Insatisfactorias, no en el sentido utilitarista del término “satisfacción”, sino en cuanto que sin Cristo son incapaces de hacer crecer a la persona hasta la medida de las exigencias más profundas de su corazón, incapaces de “corresponder” a esas exigencias y llevarlas a cumplimiento.

A partir de estas premisas, el Arzobispo ha desarrollado los dos aspectos que contiene el título de su conferencia. “La familia como Iglesia” quiere decir, sencillamente, que una familia necesita de Cristo, y de la centralidad de Cristo en la vida de la familia, para vivir (y para gozar) en plenitud su amor y su vocación. Quiere decir también que educar no es sólo ni principalmente una cuestión de “principios”, de “criterios”, o de “valores”: educan las personas y las relaciones, educa el amor y la unidad de los padres, y son esa unidad y ese amor los que sólo existen (y sobre todo, sólo permanecen) en cuanto sostenidos por Cristo.  La familia es “Iglesia” ante todo porque es el primer lugar de la manifestación y de la redención de Cristo. Por ello, la relación más importante en una familia cristiana es la relación con Cristo, fuente y plenitud del amor de los esposos. La relación con Cristo abre al Misterio de Dios Padre, y al don inefable del Espíritu Santo, que genera y custodia el amor de la familia. Y a través de esa relación con Dios en Cristo, y sólo a través de ella, se entienden en cristiano conceptos como “paternidad” y “maternidad”, o “autoridad” y “libertad”, o “tradición”, o “educar”, que ciertamente significan en la vida de la Iglesia  también algo distinto de lo que significan fuera de ella, también algo distinto de lo que significan en nuestras sociedades seculares y más o menos liberales.

Para que esta experiencia redimida de la familia –que es la experiencia mejor y más bella de lo humano posible en esta tierra– pueda sobrevivir en el desierto moral en el que estamos, y pueda crecer, es, sin embargo, necesario (de hecho, absolutamente esencial), que la vida de la familia pueda ser vivida en el seno de una comunidad, de un Pueblo. Ese Pueblo se llama Iglesia. La familia aislada es como el “individuo” aislado (el mismo concepto de individuo implica aislamiento): un ser perdido. La posibilidad de permanencia de la experiencia del “tú”, del “yo”, del “nosotros”, y del amor y de los vínculos propios de la familia cristiana, exige absolutamente que la vida de la familia sea sostenida, concretamente, cotidianamente, por la Iglesia. Y para ello, es necesario que la Iglesia sea también vivida y redescubierta como lo que verdaderamente es, como un Pueblo formado por la familia grande de los hijos de Dios, como el “lugar humano” donde Cristo vive, y por eso, donde cada uno es amado por sí mismo. Ser una familia para las familias y, para cada uno; cuidar de la persona y acompañarla en su camino, ésa es la misión de la Iglesia que tal vez todos tenemos que reaprender.  

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