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Dios, alimento de nuestra vida. Vigilia de Pentecostés

En la S.I Catedral, oración y adoración eucarística.

Fecha: 07/06/2014

Alocución de Mons. Javier Martínez en la Vigilia de Pentecostés, de oración y adoración al Santísimo, celebrada en la S.I Catedral el 7 de junio, animada en los cantos por el movimiento Fe y Vida, con la participación de las Pastorales de Juventud y Universitaria, y a la que asistió el pueblo cristiano de Granada.

Me comentaba una vez un Nuncio, que había sido muchos años Nuncio en la India, que estaba enseñándoles a un grupo de hindúes, la Nunciatura, y les llevó a la capilla y les enseñó la capilla. En un momento, al llegar a explicarles el Sagrario, les dijo: “Para nosotros los católicos en ese lugar está el Señor de una manera especial, y está presente, de una manera misteriosa, Jesucristo, el Hijo de Dios”. Aquellos indúes, no creyendo lo que oían, se volvieron a él e insistieron: “Según usted, para ustedes Dios está presente ahí, con una presencia más fuerte que en el resto de las cosas”. Y el Nuncio dijo: “Sí, por supuesto”. Y aquellos hombres, que no eran católicos, ni cristianos, se postraron en el suelo y estuvieron un rato postrados en el suelo ante la majestad de la Presencia de Dios. Yo me acuerdo muchas veces, cuando expongo el Santísimo, de aquella anécdota. (…)

Hay una Presencia misteriosa de Dios, de Dios que es Amor, presente en la Eucaristía. Para quienes tenemos fe, esa Presencia es el alimento de nuestra vida, es lo que sostiene nuestra vida, es lo que nos enseña qué es la vida y qué es todo lo que hay en la vida. 

En la Eucaristía se aprende qué es el matrimonio y qué es el don de la vida. En la Eucaristía se aprende qué criterios pueden regir los intercambios entre los hombres, cuando Dios ha querido intercambiar su vida inmensa, inmortal, infinita, con nuestra pobreza, y qué significa hacer negocios para Dios. El negocio para Dios es ganarnos a nosotros, perdiéndose Él en nosotros, dándose a nosotros. Tal vez habría ahí un modo de entender toda la economía, pero sobre todo la ley del hogar (eso es lo que significa “economía”), de cómo tratarnos los que estamos cerca unos de otros, los prójimos, que está expresado en el Evangelio, en algunas ocasiones: cuando alguien te pida que le acompañes una milla, acompáñale dos: ésa es la economía cristiana. Y ésa es la única economía que puede hacer un mundo humano, que sirve al hombre verdaderamente, porque todo nuestro corazón está hecho para la gratuidad.

Yo invito a que este rato que estamos aquí (…) podamos hacer silencio en nuestro corazón para acoger ese amor, que cambia la vida, que permite amar a todos los hombres como son, a cada uno de ellos, conscientes de que todos estamos hechos para el amor, para la misericordia, para la gracia de Dios, conscientes de que todos tenemos una sed. 

Vamos a oír el Evangelio (…). Todos tenemos sed y no de agua, tan necesaria para la vida como el agua: sed de verdad, de respeto mutuo, de belleza, de una belleza que no canse, que no empalague, que pueda dar sosiego y paz al corazón, tenemos sed de bien, de un amor sin límites, que se parezca lo más posible a tu Amor, sin condiciones, sin límites, sin fatiga y sin final. Esa sed, Señor, es la que te presentamos para que Tú la sacies. Te presentamos la nuestra y la de todos los hombres; la de tantos hombres y mujeres, mayores y jóvenes, que no saben que Tú eres quien eres capaz de saciar esa sed y que, como no lo saben, tampoco se dan cuenta de hacia dónde tienen que buscar, y buscan de un lado para otro, perdidos. Sienten simplemente que la vida no les gusta como es; que el mundo como es no está bien hecho, que los hombres no lo hemos hecho bien; que es un mundo en el que hay mucha injusticia, mucho sufrimiento y mucha mentira, mucha manipulación y muchos intereses, que no temen ni siquiera la barrera de la guerra o del odio, de sembrar el odio para satisfacer esos intereses. Nosotros te presentamos esa sed que tiene nombre de quien te ha encontrado y sabe que eres Tú a quien busca; y ese desasosiego, esa indignación que no tiene nombre porque no sabe quién puede saciarla, sólo sabe que este mundo no la sacia, que este vida y estos modos de vida no la sacia. 

En esta noche, Señor, te pedimos también de una manera especial por la paz en todo el mundo, en todos los sitios donde está amenazada: en Nigeria, en Sudán, en Somalia, en el este de Europa -en Ucrania- y de una manera especial por la paz en el Medio Oriente. Mañana se reunirán (y es un hecho nuevo, que nunca ha sucedido en la historia) en Roma, con el Papa para orar por la paz, el Presidente de Israel y el Presidente de la comunidad palestina, el Patriarca de Constantinopla y el Obispo de Roma, para orar los cuatro juntos por la paz, en una tierra que lleva casi más de 60 años de guerra constante, intermitente, pero sin descanso, que ha llenado de muerte, de sangre y de sufrimiento a los dos pueblos. Que el Señor escuche sus oraciones y que escuche las nuestras, unidas a esas oraciones, para que pueda bendecirnos con el don de la paz.

Y le pedimos también que nos conceda la paz en nuestra sociedad, en nuestro país. Que los hombres, por encima de los intereses políticos inmediatos, puedan mirar al bien común, al bien que sólo es posible cuando los hombres trabajamos unidos por el bien de todos, no cuando sembramos el odio y la división.

Nos quedamos en silencio adorando al Señor y pidiéndole por todas estas intenciones, y por este mundo sediento de vida y sediento de amor y de paz.

+Javier Martínez
Arzobispo de Granada 

Vigilia de Pentecostés
S.I Catedral, 7 de junio de 2014

 

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