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La fe que amo más, dice Dios, es la esperanza

Charles Péguy

Fecha: 28/07/2008. Publicado en: El pórtico del misterio de la segunda virtud, Ed. Encuentro, Madrid 1991



La fe que amo más, dice Dios, es la esperanza.

La fe no sorprende.
No me resulta sorprendente.
Resplandezco tanto en mi creación.
En el sol y en la luna y en las estrellas.
En todas mis criaturas.
En los astros del firmamento y los peces del mar.
En el universo de mis criaturas.
Sobre la faz de la tierra y sobre la faz de las aguas.
En los movimientos de los astros que están en el cielo.
En el viento que sopla sobre el mar y en el viento que sopla en el valle.
En el tranquilo valle.
En el recogido Valle.
En las plantas y en los animales y en los animales de los bosques.
Y en el hombre.
Criatura mía.
En los pueblos y en los hombres y en los reyes y en los pueblos.
En el hombre y en la mujer su compañera.
Y sobre todo en los niños.
Criaturas mías.
En la mirada y en la voz de los niños.
Porque los niños son aún más criaturas mías.
    Que los hombres.
Todavía no han sido deshechos por la vida.
    De la tierra.
Y entre todos ellos son mis servidores.
    Antes que todos.
Y la voz de los niños es más pura que la voz del viento en la calma del valle.
    En el valle recogido.
Y la mirada de los niños es más pura que el azul del cielo, que la blancura lechosa del cielo, y que un rayo de estrella en la tranquila noche.
Ciertamente resplandezco tanto en mi creación.
Sobre la faz de las montañas y sobre la faz de la llanura.
En el pan y en el vino y en el hombre que labra y en el hombre que siembra y en la cosecha y en la vendimia.
En la luz y en las tinieblas.
Y en el corazón del hombre, que es lo más profundo del mundo.
Creado.
Tan profundo que es impenetrable a toda mirada.
Que no sea la mía.
En la tempestad que agita las olas y en la tempestad que agita las hojas.
De los árboles en el bosque.
Pero también en la calma de una bella tarde.
En las arenas del mar y en las estrellas que son la arena del cielo.
En la tierra del umbral y en la piedra del hogar y en la piedra del altar.
En la oración y en los sacramentos.
En la casa de los hombres y en la iglesia que es mi casa en la tierra.
En el águila criatura mía que vuela sobre las cumbres.
El águila real que tiene al menos dos metros de envergadura y tal vez tres metros.
Y en la hormiga criatura mía que se arrastra y que amontona a poquitos.
En la tierra.
En la hormiga mi servidora.
Y hasta en la serpiente.
En la hormiga mi servidora, mi ínfima servidora, parcimoniosa, que amontona penosamente.
Que trabaja como una desdichada y que no cesa y que no reposa.
Sino en la muerte y en el largo sueño del invierno.

    alzando los hombros ante tanta evidencia
    delante de tanta evidencia.

Resplandezca tanto en toda mi creación.
En la ínfima, en mi criatura ínfima, en mi sierva ínfima, en la hormiga ínfima.
Que atesora a poquitos, como el hombre.
Como el hombre ínfimo.
Y que cava galerías en la tierra.
En el subsuelo de la tierra.
Para amontonar allí mezquinamente los tesoros.
Temporales.
Pobremente.
Y hasta en la serpiente.
Que engañó a la mujer y por eso se arrastra sobre el vientre.
Y que es mi criatura y que es mi servidora.
La serpiente que engañó a la mujer.
Mi sierva.
Engañó al hombre mi siervo.
Resplandezco tanto en mi creación.
En todo lo que acontece a los hombres de los pueblos, y a los pobres.
Y aun a los ricos.
Que no quieren ser mis criaturas.
Y que se esconden.
Para no ser mis servidores.
En todo lo que el hombre hace y deshace de mal y de bien.
(Y yo paso de largo, porque soy el señor y hago lo que él deshace y deshago lo que él hace).
Y hasta en la tentación del pecado.
Aun allí.
Y en todo lo que le pasó a mi hijo.
A causa del hombre.
Criatura mía.
Que yo había creado.
En la incorporación, en el nacimiento y en la vida y en la muerte de mi hijo.

Y en el santo sacrificio de la misa.

En todo nacimiento y en toda vida.
Y en toda muerte.
Y en la vida eterna que no terminará nunca.
Que vencerá toda muerte.

Resplandezco tanto en mi creación.

Que en verdad para no verme tendría esta pobre gente que estar ciega.

La caridad, dice Dios, no me sorprende.
No me resulta sorprendente.
Esas pobres criaturas son tan desdichadas que a menos de tener un corazón de piedra, cómo no iban a tener caridad unas con otras.
Cómo no iban a tener caridad con sus hermanos.
Cómo no iban a quitarse el pan de la boca, el pan de cada día, para dárselo a desdichados niños que pasan.
Y ha tenido mi hijo tal caridad con ellos.

Mi hijo su hermano.
Una caridad tan grande.

Pero la esperanza, dice Dios, sí que me sorprende.
A mí mismo.
Sí que es sorprendente.
Que esos pobres niños vean cómo pasa todo eso y crean que mañana irá mejor.
Que vean cómo pasa eso hoy y crean que irá mejor mañana en la mañana.
Sí que es sorprendente y seguro la más grande maravilla de nuestra gracia.
Y yo mismo me quedo sorprendido.
Y mi gracia tiene que ser en efecto una fuerza increíble.
Y brotar de una fuente y como un río inagotable.
Desde esa primera vez en que brotó y siempre que brota.
En mi creación natural y sobrenatural.
En mi creación espiritual y carnal sin dejar de ser espiritual.
En mi creación eterna y temporal sin dejar de ser eterna.
Mortal e inmortal.
Y esa vez, oh esa vez, desde esa vez en que brotó, como un río de sangre, del costado abierto de mi hijo.
Qué grande tiene que ser mi gracia y la fuerza de mi gracia para que esa pequeña esperanza, vacilante al soplo del pecado, temblorosa a todos los vientos, ansiosa al menor soplo,
sea tan invariable, mantenga tan fiel, tan recta, tan pura; invencible, inmortal, inextinguible; que esa llamita del santuario.
Que arde eternamente en la lámpara fiel.
Una llama temblorosa ha atravesado el espesor de los mundos.
Una llama vacilante ha atravesado el espesor de los tiempos.
Una llama ansiosa ha atravesado el espesor de las noches.
Desde esa primera vez que mi gracia corrió para la creación del mundo.
Desde que mi gracia corre siempre para la conservación del mundo.
Desde esa primera vez que la sangre de mi hijo corrió para la salvación del mundo.

Una llama inextinguible, inextinguible al soplo de la muerte.

Lo que me admira, dice Dios, es la esperanza.
Y no me retracto.
Esa pequeña esperanza que parece de nada.
Esa niñita esperanza.
Inmortal.

Porque mis tres virtudes, dice Dios.
Las tres virtudes, criaturas mías.
Niñas hijas mías.
Son también como mis otras criaturas.
De la raza de los hombres.
La Fe es una Esposa fiel.
La Caridad es una Madre.
Una madre ardiente, toda corazón.
Una hermana mayor que es como una madre.
La Esperanza es una niñita de nada.
Que vino al mundo el día de Navidad del año pasado.
Que juega todavía con el bueno de Enero.
Con sus pequeños pinos de madera de Alemania cubiertos de escarcha pintada.
Y con su buey y su asno de madera de Alemania. Pintados.
Y con su pesebre lleno de paja que los animales no comen.
Porque son de madera.
Pero esa niñita atravesará los mundos.
Esa niñita de nada.
Sola, llevando a las otras, atravesará los mundos concluidos.

Como la estrella condujo a los tres reyes desde el fondo delicado de Oriente.
Hacia la cuna de mi hijo.
Así una llama temblorosa.
Conducirá ella sola a las Virtudes y a los Mundos.

Una llama traspasará las tinieblas eternas.

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