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“Nuestra única esperanza eres Tú, Señor”

Homilía de Mons. Javier Martínez en el segundo día de las reliquias de santa Bernardette en Granada, en el marco de su recorrido por las diócesis españolas.

Fecha: 10/10/2019


Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios;

queridos sacerdotes concelebrantes;

queridos enfermos (la mayoría de vosotros amigos ya de unas cuantas celebraciones y algunos amigos también de haber hecho el camino juntos a Lourdes);

queridos hospitalarios;

queridos amigos y hermanos todos (saludo de una manera especial también a los seminaristas o al grupo de ellos que nos acompañáis esta tarde):

 

Pensando en esta celebración me acordaba yo de lo que celebramos la Nochebuena. Lo que llamamos la Nochebuena, que, en realidad, toda Eucaristía es una Nochebuena; o en todas ellas celebramos lo mismo que se celebra la noche de Navidad: que el Hijo de Dios viene a nosotros; que el Hijo de Dios ha querido hacerse el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, el Dios que nos acompaña en el camino de la vida, el Dios que no tiene como algo digno de ser retenido de ser igual a Dios, sino que se vacía de Sí mismo –eso es lo que significa el verbo que usa ahí San Pablo– y asume nuestra condición humana, se abraza a nuestra condición humana, para en ese Abrazo introducirnos a nosotros en Su vida divina. Y pensando la ocasión concreta que estamos celebrando, que tiene que ver con la enfermedad, que tiene que ver con la Hospitalidad de Lourdes, que es una hospitalidad de enfermos, y Lourdes está extraordinariamente vinculado por una parte al Dogma de la Inmaculada Concepción, por otra parte a los enfermos que van allí en busca de salud del cuerpo y del alma.

 

Pensaba yo en un rasgo de la Navidad en el que no caemos con demasiada frecuencia cuando la estamos celebrando, o casi nunca: es que el Señor se aparece, se manifiesta –y eso es lo que significa “epifanía”– se revela, por así decir, primero a una familia humilde, aunque fueran los dos descendientes de David; tanto José como María eran personas sencillas, y en la Tradición cristiana aparece muchas veces una conversación ficticia entre María y José, y los Magos diciendo: “Pero vosotros, que sois personas importantes, ¿qué hacéis viniendo aquí a casa de una mujer pobre?, ¿qué es lo que buscáis aquí?”. Y les dice: “Venimos buscando a un rey”. Y ella juega un poco con estos hasta que ellos le descubren: “Venimos a buscar a Tu Hijo que sabemos que es el Rey del Universo”.

 

Pero lo cierto es que la realeza de Cristo, la grandeza divina, se revela en primer lugar –decía- a José y María, que eran hombres humildes que tuvieron que pedir posada en Belén para que María pudiera dar a luz, y al mismo tiempo a dos clases absolutamente marginadas en el tiempo de Jesús. Primero, los pastores. Para nosotros, los pastores es bonito porque hemos pasado por la poesía bucólica del Renacimiento, por una imagen de lo pastoril tierna, dulce, muy a lo “Heidi” o muy a lo “casa de la pradera”, pero en tiempo de Jesús el oficio de pastor era un oficio proscrito, era un oficio de apóstatas. Quien se hacía pastor nunca más podía entrar en la sinagoga, jamás podría volver a participar de la comunidad judía y de los bienes espirituales de la comunidad judía. Era una persona que había renunciado a su condición de judío y, por lo tanto, en cuya casa no entraría nadie. Si os acordáis, en cada detalle de la parábola del hijo pródigo está exquisitamente construido y elaborado por Jesús: el hijo que se marcha de casa se gasta la fortuna de su padre y termina siendo pastor, y pastor de cerdos. Era lo peor que se podía ser, pastor y además pastor de un animal impuro que hacía que eso fuera imposible, el que ningún padre judío lo recibiese después en su casa, aunque por muy extraño que nos resulte, un padre judío cuyo hijo había apostatado nunca más querría saber de ese hijo, nunca más lo trataría, evitaría su conversación; si se cruzara por la calle, se iría por otro lado, eso era lo propio de la religiosidad judía farisea, que era la dominante en el tiempo de Jesús.

 

Por lo tanto, no hay nada de bucólico en la aparición de los pastores. Hay algo muy, muy intencionado. A Jesús le acusarán de ser un bebedor, comedor y amigo de publicano y pecadores, porque entraba en las casas de los pecadores, como los pastores y los publicanos, que también era otro oficio de proscrito. Y a los otros a los que el Señor se manifiesta son los Magos, que son una tradición muy tardía, europea, que se les llama Reyes Magos. Pero los magos, lo que significaba eran paganos, eran adoradores de Zaratustra, que eran los que entendían además de estrellas y son los que a Herodes le dicen “hemos visto su estrella en Oriente y hemos venido siguiéndola y sabemos que está aquí”. Decir “mago” en tiempos de Jesús era decir “un pagano persa, adorador de Zaratustra, y por lo tanto nada que ver con el mundo judío”, cuando se sabe el orgullo que los judíos tenían de ser el pueblo judío, de ser los primeros, de ser los que están por encima de los demás… Como dicen los judíos a Pilatos, en el tiempo de San Juan, “es que nosotros no somos como esos malditos que no conocen la ley”. Ese es el trato que un judío espontáneamente, que un judío piadoso, daba a un pagano. Pues no deja de ser curioso: Dios, cuando viene a compartir la condición humana, se acerca en primer lugar a los pastores y a los paganos, es decir, a dos grupos humanos perfectamente despreciables en el contexto en el que Jesús nace. Y en esa misma lógica está la cercanía de Jesús con los pecadores y con los enfermos.

 

La inmensa mayoría de los signos, el nombre que San Juan da a los milagros de Jesús,  de que Dios está con nosotros, de que el Rey ha venido, son curaciones de enfermos. Y ahí pone el Señor de manifiesto algo que está en nuestra condición humana. Yo sé que está vinculado a Lourdes –diríamos- las peregrinaciones de enfermos, pero en un cierto sentido, todos tendríamos que ir a Lourdes porque todos somos enfermos. Los seres humanos nacidos en una humanidad herida por el pecado somos constitutivamente enfermos; si no de cuerpo, de alma; si no con una enfermedad que tienen un nombre en las listas de catálogos de enfermedades médicos, sí con enfermedades que tienen un catálogo muy sencillo: soberbia, envidia, egoísmo, lujuria, avaricia… los siete vicios capitales. Y son enfermedades que nos matan por dentro, mucho más que las enfermedades del cuerpo, porque empobrecen nuestra vida, todas ellas. Empequeñecen nuestro corazón y hacen que la distancia infinita que hay entre una criatura y Dios se agrave por esas heridas que hay en nuestro corazón que nos alejan de Dios… La primera Carta a Timoteo dice: “La avaricia es la raíz de todos los males”, y efectivamente detrás de todas esas pasiones hay un deseo de poseer, al menos de poseer nuestro propio destino, de ser los dueños de nuestra vida, que ese es el orgullo y la soberbia. Jugar a ser Dios.

 

Dice alguien que quiere describir a la cultura contemporánea: “El hombre contemporáneo, que sigue siendo igual de pobre”, pues sigue siendo verdad el Salmo, “70 años, el más robusto hasta 80”, pero nuestra condición humana herida, nuestra distancia, –por el hecho de ser criaturas, porque no tenemos ningún pecado, pero esa distancia multiplicada por las dificultades que genera en nosotros el pecado–  hace que sólo la Misericordia de Dios nos abrace. Pero en ese sentido es tan consolador, tan grande, tan bello, tan verdadero y tan bueno decir: “Señor, no viniste a los buenos. Viniste a los necesitados. Viniste a los más pobres. Viniste a los pequeños, y hoy a lo mejor yo me siento con una salud de hierro y muy contento de tener esa salud de hierro, pero algún día no la voy a tener”. Y hoy me siento muy bueno porque me han salido muy bien las cosas y he hecho algunos sacrificios por el Señor y me siento que el Señor tendría que estar agradecido a mí por lo que he hecho, y sin embargo yo sé que mañana tendré que acudir diciendo “perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

 

Y ese día, que puede ser hoy mismo, le tengo que dar gracias a Dios, porque su amor no se limita, sino que, al contrario, tiene como su preferida a la oveja perdida. Esa es su preferida, la que se ha apartado del rebaño, la que se ha ido, la que se ha despistado, la que no ha querido saber nada y es la que hecha sobre sus hombros, y abandona a las otras 99 para irse detrás de ella. Ese es nuestro Dios. Gracias a Dios, ese es nuestro Dios, el que paga el denario a los que han llegado a la última hora. Y no hace injusticia a los que había quedado en la primera. Había quedado con ellos en un denario y les paga el denario. Y al que ha llegado a la última y es un pecador que en el último minuto dice, como decía en una historia muy bella de alguien... Se habían quitado la vida él y su mujer, estaban sonando las campanas de la Iglesia, y dice: “Mira, suenan las campanas, nos llaman, igual que cuando éramos pequeños”. Eso es para el corazón de Dios una confesión de esperanza, es decir, nuestra única esperanza, al final sigues siendo Tú, Señor.

 

Todos damos gracias porque el Señor se haya querido entregar y dar a los más pequeños, porque los más pequeños somos todos. Nuestras diferencias entre el más famoso, entre el más exitoso de los seres humanos, entre el más inteligente, entre el más brillante o el que haya conseguido un estatus más alto entre los seres humanos y el más pobre de los seres humanos es una distancia ínfima comparada con la distancia infinita que a todos nos separa de Dios. Y es esa distancia infinita que el Señor ha querido salvar.

 

Eso es lo que se pone de manifiesto en el dogma de la Inmaculada Concepción. Yo decía ayer que es un dogma revolucionario porque el hombre, desde el siglo XVIII para acá, ha venido afirmando, contra Dios, que el hombre con su esfuerzo iba a poder hacer un mundo feliz; que el hombre con su esfuerzo iba a poder hacer un mundo en el que los hombres íbamos a ser dueños por entero de nuestra vida y de nuestro destino. No hay mentira más grande que esa. Y es en ese momento cuando la Iglesia proclama el Dogma de la Inmaculada Concepción, cuya verdad venía afirmando. En el siglo II hay indicios de que se transmitía en la Iglesia la certeza de la pureza incólume de María, pero afirmarlo como un dogma justo en el tiempo en el que todos los hombres estaban diciendo “ahora que hemos quitado a Dios de en medio, ahora que Dios ha muerto, como decía Nietzsche, ahora es cuando los hombres vamos a ser superhombres”. Pues no. No somos superhombres, somos pobres, todos. Benditos enfermos.

 

Hemos visto demasiados anuncios de dentífricos, de gente que sonríe y es feliz, y es mentira. Siempre, siempre que anuncian un dentífrico, tiene una sonrisa preciosa y si se van a comprar un coche sonríen todavía más como si fueran más felices. Entonces, nos pensamos que lo normal es estar sano y que la enfermedad es una especie de accidente en una vida en la que estamos, y tenemos derecho a estar sano. La gente lo dice. Lo mismo que hay gente que dice “tengo derecho a ser feliz”. Todo eso es una concepción nacida en estos últimos siglos. No. El Señor nos creó sanos pero estamos en un mundo enfermo. Cuando el Papa dice que la Iglesia es un “hospital de campaña”, no lo dice por vosotros; lo dice por el mundo, lo dice por lo que se está montando ahí fuera para mañana. Ese es el “hospital”. Ahí es donde la gente enferma y la Iglesia tiene que ser un signo de que ha una curación de la que la Virgen, la Inmaculada, es la prenda de nuestra esperanza, el lucero de la mañana, la certeza de que la Gracia de Dios puede hacer en el hombre lo que nosotros no somos capaces de hacer. Eso es lo que proclama la Inmaculada.

 

Santa Bernardette ha sido la difusora en el mundo entero de la verdad de la Inmaculada Concepción, que es la verdad del triunfo de la Gracia sobre todas nuestras pobrezas. Nuestras pobrezas por ser seres humanos. Nuestras pobrezas por ser pecadores. Nuestras enfermedades que nos alejan de Dios, que son mucho más serias y mucho más grave que las que tenéis vosotros, porque todos los que estáis aquí con vuestras sillas podéis estar enfermos, pero sabéis todos que Dios os ama infinitamente, que tenéis al Señor muy cerquita de vosotros y que estáis vosotros muy cerca de Dios. Y una persona que a lo mejor, rebosante de salud y ganador de medallas olímpicas, lo que queráis, y que sin embargo no tiene esperanza en su vida, está mucho más enfermo, pero muchísimo más enfermo y con una enfermedad mucho más grave que la que tenéis vosotros, que, en cierto sentido, no sólo no estáis enfermos, sino que sois privilegiados de saber que vuestra enfermedad es una parte de la Pasión de Jesucristo, y que como parte de la Pasión de Jesucristo tiene un valor redentor, que desborda con mucho lo que vuestra vida con vuestras energías y las de todos nosotros pudieran hacer.

 

Mis queridos hermanos, vamos a celebrar esta Eucaristía en la que Jesús viene a nosotros: pobres, enfermos, indignos. Indignos de ser cristianos, no indignos de ser obispos, sacerdotes, hospitalarios o religiosos y religiosas. No. Indignos de ser cristianos, pero que somos cristianos por la Gracia de Dios y rebosamos de alegría porque el Señor ha querido amar nuestra pobreza. Se ha enamorado de nuestra pobreza, nos ha abrazado en nuestra pobreza, se ha hecho uno con nosotros en nuestra pobreza y algún día comprenderemos que esa pobreza no era más que un modo que le ha permitido al Señor mostrar que Su amor no conoce obstáculos; que Su amor no se rinde ante nada; que Su amor no se rinde ni ante nuestra pobreza, ni ante nuestro dolor, ni ante nuestro mal, ni ante nuestro pecado; que Su amor es infinito e incondicional para nosotros y para todos los hombres.

 

Ojalá todos pudieran conocer este mensaje, ojalá todos pudieran cantar el gozo de que Dios no es alguien que está lejos, fuera de la tierra, sino que está con nosotros, en nosotros, a todas horas, 24 horas al día, en todos los minutos de nuestra vida.

 

Que así sea para quienes estáis aquí.

 

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

10 de octubre de 2019

 

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