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“Señor, no has entrado en Tu Pasión; has entrado en nuestra pasión”

Homilía en la Santa Misa del Domingo de Ramos, celebrada en la S.I Catedral.

Fecha: 05/04/2020

Uno tiene la sensación de que oídas las palabras del Evangelio, oído el relato de la Pasión del Señor, cualquier otra palabra estorba, distrae, es inadecuada. Quisiera uno como estar en silencio y adorar, como hemos hecho en el momento en el que se proclamaba la muerte de Jesús. Sin embargo, me parece que puede ser útil decir dos pensamientos que pueden ayudar a quienes estáis aquí o a quienes nos seguís a través de las cámaras de televisión de una manera o de otra.

En la Navidad y en la Pasión hay siempre un par de tentaciones de las que es preciso, no liberarse, sino aparecen como vanas en estos momentos. Una es pensar que tanto la historia de la Navidad como la historia de la Pasión, como los relatos de los Evangelios acerca de Jesús, son historias piadosas, tiernas, leyendas bonitas, que nos gusta recordar y que recordamos sin que en el fondo determinen nada serio en el significado de nuestra vida. En el fondo, no creyendo lo que decimos los cristianos cuando rezamos el Credo: “Que por nuestra salvación y por nosotros los hombres bajó del Cielo, se encarnó, se hizo hombre (verdaderamente hombre) y entregó Su vida por nosotros, para que nosotros vivamos”.

Si fuera simplemente una leyenda bonita, no tendría ningún sentido celebrar nada. Pero, tampoco tendrían ningún sentido nuestras vidas. Nuestro vivir y nuestro morir no sería muy diferente del vivir y el morir de los animales, que no tienen historia. Nacen, mueren, su muerte forma parte de la naturaleza sin más y no hay memoria de ellos, de la inmensa mayoría de ellos. Aunque uno pueda recordar quizás una mascota durante un cierto tiempo o así, pero no tienen historia. También en nosotros, a veces, cuando no tenemos fe, pensamos que no tenemos historia. Y a lo mejor, en estos días de pandemia donde vemos en países a las personas morir y quedar los cadáveres tirados en la calle, o vemos los féretros apilarse en depósitos o en lugares donde esperan ser enterrados como corresponde a un ser humano, a un hijo de Dios, también podemos tener esa tentación de pensar “ya está, hemos vivimos, morimos, alguien se acordará de nosotros por un cierto tiempo y no tenemos otra historia”.

Esa es una tentación muy honda en nuestro tiempo y en los hombres de nuestro tiempo. Eso hace también que muchas veces ante la muerte no tengamos ninguna palabra que decir, no sabemos qué decir, porque no tenemos nada que decir. Ahí es donde la noche de Navidad, el relato del Nacimiento del Hijo de Dios, de la Encarnación del Hijo de Dios, y el relato de la Pasión cambia realmente nuestra experiencia de la vida. Hace que nuestra historia tenga un sentido. Toda la historia humana. Hace que nosotros podamos colocar nuestra historia, la historia de nuestras pasiones, la historia de nuestras torpezas, la historia de nuestros gestos bellos, que, sin duda, todo ser humano tiene a lo largo de su vida. Nuestra historia pequeña no es una historia que empieza cuando nacemos y termina cuando morimos.

A la luz de Ti, Señor, a la luz de Jesucristo, nuestras vidas forman parte de una historia. Y de una historia única que es la historia de la humanidad entera, que es la historia verdadera, más verdadera que la que estudiamos en los libros de Historia, pero que es la historia que da sentido a tu vida y a la mía; que da sentido a tus sufrimientos y a los míos: que da sentido a tu amistad, a tu amor, y a mi amistad, y a mi amor; que da sentido a nuestra vida; que hace que tengamos un nombre propio, único, irrepetible, y que ese nombre es valioso a los ojos del Dios Eterno.

Hoy celebramos Tu entrada en la Pasión, Señor. Entraste triunfalmente y con un triunfo modesto, porque no eran trompetas ni fanfarrias las que Te acompañaron en esa entrada en Jerusalén. Eran los niños que Te alababan, que Te rodeaban, que Te acompañaban a Ti. Y entrabas en Tu Pasión y cuando yo pensaba en esta Semana Santa acercándose, pensaba: Señor, no has entrado en Tu Pasión; has entrado en nuestra pasión. Porque Tú Pasión es nuestra pasión, porque Tu agonía es nuestra agonía, porque Tu combate es nuestro combate. Has venido no sólo a mostrarnos una vez que Tu amor, como amor divino es más fuerte que todo el mal del mundo, sino a mostrarnos que ninguno de nosotros estamos olvidados por Ti en ese mal. Que nuestros males son Tus males. Que Tú te has abrazado a ellos de una vez para siempre, a toda nuestra miseria, a toda nuestra pequeñez, a toda nuestra pobreza. Y que, en nombre y en virtud de ese abrazo Tuyo, ninguno de nosotros estamos solos jamás. Ninguno de nosotros es ninguno de nosotros. Sólo el que quisiera echarte de su vida y aún así creo que su voluntad no resistiría ni podría hacer frente a la Voluntad de amor que Tú eres para nosotros y para todos los hombres.

Esta historia es nuestra historia. Es la historia de Tu Pasión, pero es la historia de nuestra vida. Es la historia de nuestra esperanza. Es la historia de nuestra certeza de que tenemos un destino y ese destino es la vida eterna. Ese destino eres Tú, en un Abrazo que nunca jamás nosotros podremos romper porque no somos más fuertes que el amor con que Tú nos amas a cada uno de nosotros, y a todos los hombres.

El segundo pensamiento es muy sencillo. Es otra tentación. Podemos pensar, como solemos penar a veces que Cristo ha muerto para hacernos buenos. Entonces, la Pasión de Cristo sirve para los buenos. No. Cristo no ha muerto por los buenos. Lo dijo muchas veces a lo largo de su vida: “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. No son los sanos los que tienen necesidad de médicos, sino los enfermos”. Cristo ha muerto por los cobardes; ha muerto por los que tenemos miedo; ha muerto por los que hemos traicionado Su amor y Su Palabra, tantas veces; ha muerto por todos nosotros. Ninguno queda fuera de Su amor.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

5 de abril de 2020
S.I Catedral de Granada

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