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“Señor, si Tú estás con nosotros, no hay nada que temer”

Homilía en la Santa Misa del lunes de la VI semana de Pascua, el 18 de mayo de 2020.

Fecha: 18/05/2020

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios:

Con el gusto de vernos las caras y vernos reunidos, celebramos esta Eucaristía con una gratitud grande al Señor y, al mismo tiempo, con un sentimiento de solidaridad, de cariño y de amor a las familias que han vivido desgracias en el seno de su familia, muertes… Sobre todo, de aquellas personas sin tener la certeza de la fe. Pero, aún teniendo la certeza de la fe, qué duro es separarse de un ser querido sin poder despedirse. No dejamos de tenerlos en el corazón. Es más, yo aprovecho (…) hay una iniciativa este año y es que el día de Santiago en todas las iglesias de España se celebre la memoria de todos los difuntos que ha habido durante el tiempo que ha durado la pandemia y que todavía puede -esperemos que no- volver; pero todavía no ha desaparecido y la prueba es que todos lleváis y llevamos en la calle las mascarillas. Pero ese día será muy bello el poder decir en todas las iglesias de España “se ofrece un funeral y una Misa por todos los fallecidos en este tiempo”.

(…) Dios mío, qué gozo poder celebrar la Eucaristía ya, aunque estemos, no diezmados, pero todavía teniendo que guardar distancias y teniendo que tener prudencias, pero qué gozo tan grande.

Hoy es el aniversario de la muerte de Juan Pablo II y yo no puedo, como pastor, de muchas maneras, agradecerle. Yo he sentido siempre a Juan Pablo II como mi padre espiritual en muchas cosas. Fue la primera vez que yo vi a un Papa cerca (…) y la primera frase que yo le oí decir así en directo es: “¡Yo también os quiero!”. Era un grupo de estudiantes que estaba cantando: John Paul II, we love you!, y él se volvió y dijo: “¡Y yo también os quiero!”. Oírle al vicario de Cristo, oírle al Papa decirle a una panda de gente joven que nos quería (yo estaba allí, yo era un curilla, estaba estudiando… pero los otros eran estudiantes universitarios, chicos y chicas), con esa sencillez y con esa franqueza que le han caracterizado siempre. Y cuánto he aprendido de sus gestos, de su humanidad. No pasaba él por una puerta delante de una mujer. Y eran gestos que te enseñaban. Ha escrito las encíclicas que ha escrito y todo es riquísimo, riquísimo, pero sus gestos enseñaban mucho. Cuento el gesto ése: fue el Sínodo sobre los laicos. Los Sínodos, por definición, es un Sínodo de Obispos. Se celebraba en el aula Pablo VI y es una mesa muy larga, y el primer día que intervenían laicos en el Sínodo, el Papa solía bajar a la inauguración y a la reunión final o a las reuniones finales, y el primer día que se reunían laicos él quiso bajar. Él ya estaba mayor. Los primeros que hablaron eran dos hombres y él no se movió de la mesa. El que hablaba (…) estaba allí y el Papa estaba sentado en esta otra punta; y cuando terminaron les dejó venir, se acercaron a besarle la mano y saludarle. Y la tercera que intervino fue una mujer y cuando él vio que eran las frases finales y terminó, fue él el que se levantó, fue hasta ella y fue él el que le besó la mano.

Yo sé que en los estereotipos de lo que es el hombre y la mujer y sus relaciones, la familia patriarcal que si nosequé… La familia patriarcal, por lo menos la familia cristiana, se aprende de Jesucristo, y Jesucristo lo que hace es dar la vida por su Esposa. Y luego una gratitud especial en la diócesis. Si no fuera por un regalo que por su intercesión… una Eucaristía en el Cenáculo en la que, tal día como ayer, nos comunicaron justo antes de la Eucaristía que el Papa se estaba muriendo y nosotros, un grupo de obispos de todo el mundo, estábamos allí en Israel, y fue un regalo. No estaba previsto. Estaban allí Kiko y Carmen y los responsables internacionales del Camino, y yo tenía en mi corazón el deseo de tener un seminario Redemptoris Mater para Granada, pero yo no llevaba los papeles escritos. Y al final de la Misa dice Kiko, “bueno, ya aprovechando que estamos en el Cenáculo, sobre el altar del cenáculo –Dios mío, sobre el altar del Cenáculo– vamos a firmar los Estatutos del Seminario Redemptoris Mater”. Eran tres me parece, en distintas partes del mundo; entonces, a mí me entró la envidia, me movió el Señor y le dije: “Kiko, yo tengo todos los papeles escritos en donde estamos viviendo, pero no sabía que iba a haber esto, ¿tú me firmas el papel que aquí me concedes el Seminario Redemptoris Mater para Granada?”. Y me dijo él, “pregúntaselo a Carmen, que es la que pone las dificultades”. Se lo pregunté a Carmen y llamó a un canonista que tienen ellos, y le dijo, “¿se puede hacer?”, y respondió, “sí, si el obispo lo firma y vosotros estáis de acuerdo, lo firmamos aquí mismo y luego se le añaden los Estatutos que están previstos, para poder poner la fecha de hoy”. Y lo firmamos. Y si no fuera por aquel Redemptoris Mater…, hoy hay 25, cerca de 30 sacerdotes de la diócesis que han salido de ahí. Toda la Alpujarra, la alta Alpujarra por ejemplo está lleno de chicos jóvenes que tienen amor a Jesucristo y amor a la Iglesia y que no están haciendo necesariamente el Camino. Están siendo párrocos, viviendo su sacerdocio con ilusión. Y yo esa gratitud a ese gesto lo interpreté esa misma tarde -salíamos esa misma tarde de vuelta para España y Juan Pablo II se estaba muriendo- un regalo que nos ha hecho el Papa. Como el regalo no es para mí, sino para vosotros, lo quiero contar.

Otra cosa. Hoy los sacerdotes de Granada celebraríamos San Juan de Ávila, que fue ayer, y solemos juntarnos ese día todos los sacerdotes de la diócesis y a veces hacemos un acto por la mañana, o el año pasado hicimos una excursión a Montilla, con motivo de San Juan de Ávila y visitar la tumba de San Juan de Ávila y comemos juntos, y celebramos el aniversario de los que celebran los 25 y 50 años de sacerdocio. Este año no lo hemos podido hacer. Les he llamado por teléfono a los que he podido para decirles que ya lo celebraremos cuando el Señor nos lo permita, pero que estamos unidos todos. Pero es que da la casualidad de que en esta Eucaristía tenemos a uno de los que cumplen 25 años de sacerdocio. Yo lo que les digo a todos los que he llamado es “llamo para darte, en nombre de Dios, las gracias por tu ministerio sacerdotal”. ¿Por qué? Pues, porque es una bendición. No tendríamos Eucaristía. Eso sí que nos dejaría sin… La Iglesia en Corea estuvo mucho tiempo, a finales del siglo XIX; aprendieron a ser cristianos con campesinos chinos en China, llevaron un catecismo a Corea, su hombre sabio del pueblo, anciano, les dijo que aquello le habían leído que era verdad, lo tradujeron al coreano y estuvieron dos o tres generaciones teniendo Iglesia y no teniendo sacerdotes, pero creyendo profundamente en la Iglesia, y es una Iglesia viva y radiante. Luego hubo un montón de mártires y esos mártires en Corea han fecundado extraordinariamente la Iglesia de Corea.

Cuando se celebró la Jornada Mundial de la Juventud en Manila, el Papa Juan Pablo II les dijo a los filipinos y a los coreanos: “Vosotros tenéis la misión de evangelizar Asia”. Y lo están haciendo -“Esa es vuestra misión: evangelizar Asia”-, porque son los dos países que inicialmente prendió el cristianismo. Pero prendió de la misma manera que prendió  aquí, en Filipos. La Lectura Primera nos cuenta cómo empezó el cristianismo en Europa: pasaron a Macedonia, probablemente les pusieron muchas dificultades para ir a la provincia de Asia, que está todavía en Turquía, entonces cruzaron a Macedonia y se encontraron con esta mujer, Lidia de Tiatira, tejedora de púrpura, que sería una mujer firme, porque es curioso lo que dice. Ya en esta parte San Lucas estaba con San Pablo y habla en primera persona del plural: “Nos obligó a aceptar”, nos dijo “si creéis que he creído sinceramente, venid a hospedaros a mi casa”. Y en la casa de Lidia nació la primera comunidad cristiana y se reunió la primera comunidad cristiana de Europa, que es a la que después escribe San Pablo la Carta a los Filipenses. Una carta preciosa de lo que sólo os voy a recordad: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que siendo igual a Dios no consideró esa igualdad como algo digno de ser retenido, sino que se despojó a Sí mismo, se humilló y se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz, y por eso el Señor lo levantó sobre todo y le dio el nombre sobre todo nombre”. Eso se canta en la semana más grande.

Eso sucedió en este sitio, donde había unas mujeres lavando junto al río y estaba ahí, la fabricante de púrpura, con ellas. Pero yo quiero subrayaros una cosa, que dice: “El Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo”. Para que se produzca el don de la fe siempre hace falta un testimonio de fuera (una palabra, un gesto, un testimonio), donde uno pueda reconocer al Señor y que el Señor mueva el corazón. Hay muchas personas a las que el Señor se lo mueve. Se lo está moviendo constantemente, porque todos tenemos deseos de ser felices y ese deseo de ser feliz lo agita y lo mueve el Señor; y si encontramos un testimonio y el Señor abre el corazón, se produce el milagro de la fe. Pero la primera Iglesia que hubo en Europa fue la casa de esta mujer, Lidia, de la que nos habla el Evangelio.

Nos dice el Señor que nos van a perseguir, pero tenemos un defensor, que es el Espíritu Santo, que es el que sabe defendernos bien y en el cual podemos vivir siempre confiados. Me hace gracia cómo termina: “Os he dicho esto, para que, cuando llegue la hora, os acordéis que ya os lo había dicho yo”. Total, que cuando nos persiguen, en lugar de escandalizarnos y rasgarnos las vestiduras si es que nos persiguen, pues decir: está en el Evangelio, está dicho de veinte maneras diferentes y una de ellas es la de hoy.

No deseamos la persecución (…) Pero sabemos que nos va a acompañar siempre, de una manera o de otra, a lo largo de la Historia. Pero también sabemos que el Espíritu Santo no abandona jamás a su Iglesia. ¿Quién es el dueño de nuestra alegría? Sólo el Señor, que nos la regala, y se la pedimos. “Señor, si Tú estás con nosotros, no hay nada que temer”.

Ayudad a vuestros amigos, vecinos, las personas que tenéis cerca. El Papa Francisco ya ha dicho en una ocasión que hay un virus más peligroso que el virus, que es el virus del miedo. No, no tenemos miedo. ¿Porque somos muy fuertes? No, Dios mío, si todos somos frágiles, muy frágiles, muy débiles. Porque Tú estás con nosotros y lo que tu amor genera de libertad, de esperanza y de amor al mundo no nos lo puede arrebatar nadie, porque es don tuyo. No es don de ninguna circunstancia, ni de ningún Estado, ni de ninguna institución humana. Eres Tú quien nos has dado tu Espíritu y que permanece con nosotros. Y Tú, en Él, todos los días, hasta el fin del mundo.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

Iglesia parroquial Sagrario Catedral (Granada)
18 de mayo de 2020

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