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El Espíritu Santo nos lleva hasta la verdad plena

Homilía en la Santa Misa del miércoles de la VI semana de Pascua, el 20 de mayo de 2020.

Fecha: 20/05/2020

El Espíritu Santo, mis queridos hermanos, es el que nos llevará hasta la verdad plena. Plena en cuanto que después de Jesucristo no hay una nueva revelación de Dios. En Jesucristo, como decía san Juan de la Cruz, nos lo tiene dicho todo junto el Padre. Pero, que luego esa verdad plena la recibimos cada uno a la medida de la Gracia de Dios, no necesariamente de nuestra inteligencia, sino de la Gracia de Dios. Porque a veces personas muy sencillas tienen una intuición grande del Misterio de Dios. Y personas con muchos estudios y con muchos títulos no necesariamente tienen ese conocimiento íntimo, de sintonía, de comunión de afectos con el Señor. En todo caso, es el Espíritu quien ha guiado a la Iglesia a lo largo de los siglos, y quien la sigue guiando hoy.

Os decía yo un día que al Espíritu no le pedimos cosas. A Jesucristo sí. Porque el Espíritu no es alguien que podemos objetivar delante de nosotros. Nosotros estamos en el Espíritu. Tampoco al Padre, de alguna manera. Al Padre lo vemos a través del Hijo, porque es siempre adonde el Hijo apunta, en el Evangelio de hoy y en los textos de estos días. Pero no es que nos pongamos delante al Padre. De hecho, yo sé que una época en el Renacimiento en que a los artistas les gustaba representar la Trinidad y representaban al Padre con sus barbas, al Hijo y al Espíritu Santo en forma de paloma, y el Concilio de Trento desaconsejó y prohibió ese tipo de representaciones porque eran excesivamente “simplonas” en el fondo. Nosotros, a quien conocieron los apóstoles, ellos como buenos judíos, tenían toda la historia de una Tradición con Yahvé, con el Señor -Señor de la historia-, que había hecho alianza con Su pueblo y que lo había ido conduciendo a través de tantos vericuetos y tantas vicisitudes, pero con quien se encuentran es con Jesucristo, sólo que Jesucristo les remite constantemente a Su Padre; constantemente, de una manera o de otra.

Nosotros -por así decir- vemos al Padre, percibimos al Padre a través de Jesucristo. ¿Y el Espíritu Santo? Decía yo un día, la Iglesia no hace más que una oración al Espíritu Santo: “¡Ven, Espíritu Santo!”. Ven y cólmanos, ven y llénanos, danos tus siete dones. Que los siete dones son el gozo, la alegría…, son como dones que están con el Espíritu Santo, que están en el Espíritu Santo mismo. Y al Espíritu Santo lo que Le pedimos es que habite en nosotros, que more en nosotros, porque si mora en nosotros, siendo el Espíritu del Hijo, podremos vivir como hijos y estaremos en comunión con el Hijo y con el Padre, en el Espíritu Santo. O si queréis, con el Hijo, con el Padre y con el Espíritu Santo.

Yo os había prometido leer un texto de Pascua, especialmente jugoso para el día de hoy, y os lo voy a leer. Es una homilía de san Agustín, no lleva título, pero un título adecuado podría ser “El nacer y el morir”. Fue una homilía para un lunes de Pascua. La leo lo despacio que pueda, pero yo creo que nos es muy útil:

“La Resurrección de nuestro Señor, Jesucristo, define la fe cristiana. Que naciera hombre, como todo hombre, y en un tiempo dado, pero también Dios de Dios, y Dios fuera del tiempo. Que naciera en nuestra carne de muerte y en semejanza de nuestra carne de pecado. Que se hiciera pequeño, que superara la infancia, que llegase a la edad de hombre maduro y viviera en ella hasta la muerte, todo eso preparaba su Resurrección. Porque no hubiera resucitado sin Su muerte, y no hubiera muerto sin Su nacimiento. Al nacer y al morir servía a su Resurrección.

Que Cristo, nuestro Señor, naciera hombre como todo hombre, muchos lo creen, incluso gentes impías y sin fe. Si ignoran que nació de una Virgen, Sus enemigos como sus amigos creen que Cristo nació hombre. Sus enemigos como sus amigos creen que Cristo fue crucificado y que murió, pero sólo Sus amigos creen en Su Resurrección. ¿Por qué? El Señor, Cristo, sólo quiso nacer y morir para resucitar y es en Su Resurrección donde ha establecido nuestra fe. En la condición humana hay dos instancias, que ya conocíamos: el nacer y el morir. Mas Jesucristo, nuestro Señor, para enseñarnos lo que no conocíamos tomó sobre Sí lo que ya conocíamos. Para enseñarnos la Resurrección, quiso nacer y quiso morir. La ley que rige la tierra, en nuestra condición de mortales, es la ley de nacer y morir. Ley que no puede darse en los cielos, pero que no deja de darse en la tierra. ¿Quién, en efecto, sabría resucitar y morir y para siempre? Esta fue la novedad que trajo a la tierra el que vino de Dios. Por el hombre se hizo hombre, ¡qué compasión tan inmensa! Hecho hombre el Hacedor del hombre. Era poco para Cristo ser lo que era. Quiso más y se hizo aquello que Él había hecho. ¿Qué es esto de hacerse lo que Él había hecho? Hacerse hombre, Él que había hecho al hombre.

En todo lo que sucede en esta vida quieren los hombres ser felices y no pueden. Bueno es lo que quieren, pero no buscan lo que desean donde, de verdad, se halla. Todos los bienes tienen su lugar donde nacen. La tierra misma no da en todas partes a la vez el oro, la plata y el plomo. Frutos distintos provienen de regiones distintas. En cada fruto unas regiones son fecundas, otras estériles. Una fruta se encuentra en esta región, otra en aquella, una tercera en otra parte, pero nada se encuentra en todas partes, excepto el nacer y el morir.

Y en verdad ni siquiera este nacer y morir se da en todo el universo, sólo en esta región ínfima del universo. En los cielos, no hay nacer y morir. La región donde florecen el nacer y el morir es la región de la misera, de forma que los hombres quieren ser felices en la región de la miseria. Y buscan la eternidad en la región de la muerte. Pero nos dice el Señor, nos dice la verdad: ‘Lo que buscáis no está aquí, porque no es de esta región’. Buscáis una cosa buena que todo hombre desea, buscáis una cosa buena que bueno es el vivir y, sin embargo, hemos nacido para morir. No pienses en lo que deseas. Piensa en que has nacido. Y si hemos nacido ha sido para morir. Deseando la vida y debiendo morir, no somos capaces de conservarla y así nuestra desgracia es aún mayor. Pues, si muriésemos y no quisiésemos vivir, no seríamos tan desgraciados, pero nuestra miseria es extrema, porque queremos seguir viviendo y nos vemos obligados a morir. ¿Acaso ignoras que ningún hombre puede estar siempre en vela, sino que también desea dormir? Pero no duerme contra su voluntad. No pudiendo estar siempre en vela, desea dormir. Y la vida humana no existe mas que así, velando y durmiendo.

Pero con la muerte es distinto. Viene el hombre a la vida y todo hombre dice “quiero vivir” y no hay ninguno que quiera la muerte. Y aunque nadie quiere morir, todos son arrojados a la muerte. Por vivir el hombre hace todo lo que puede: come, bebe, busca su sustento, navega, marcha, corre, abre los ojos, quiere vivir. Con frecuencia sale victorioso de numerosos peligros, sobrevive. Pero que conserve, si puede, su edad. Que no llegue a la vejez. Se libra de los peligros de un día y dice “he escapado a la muerte”. ¿De dónde que has escapado a la muerte? Pasaste los peligros de un día. Sin embargo, no has conseguido más que añadir un día. Has vivido un día más, pero, sin bien lo piensas, uno menos te queda en la cuenta. Si habrías de vivir, por ejemplo, treinta años, una vez que has pasado ese día ya no está en la cuenta de los que vas a vivir, se suma al peso de los que te acercan a la muerte.

Y dicen sin embargo ‘los años se le suman al hombre’. Yo creo que se le restan, pues miro a la suma de los que le quedan, no a la suman de los que ya pasaron. ¿Por qué se suman? Porque quien ha vivido ya cincuenta años se dice que tiene cincuenta y uno. ¿Cincuenta y uno que ha vivido o cincuenta y uno que le quedan por vivir? Ochenta años, por ejemplo, había de vivir, tiene ya cincuenta, le quedan treinta. Vive uno más. Tiene el que ha vivido, cincuenta y uno, pero para vivir tiene uno menos, pues le quedan veinte nueve. A medida que un año desaparece, otro llega. Y desde el momento en que llega ya no puedes impedir que se te escape. Con temor vive otro año y quedan veintiocho, un tercero, y veintisiete. A medida que vive va perdiendo la vida y no hay modo de escapar a la llegada del último día.

Pero vino nuestro Señor Jesucristo y nos habló en cierto modo así: ‘¿Qué teméis hombres, a quienes he creado y a quienes no abandoné? De vosotros, hombres, vino la ruina, de mí la Creación. ¿Por qué teméis morir? Mirad cómo Yo muero, mirad cómo Yo sufro. No temáis ya lo que temíais, pues Yo os muestro vuestra esperanza’. Y eso fue lo que hizo. Nos mostró la Resurrección para toda la eternidad.

Los evangelistas lo han narrado en sus escritos. Los apóstoles lo han proclamado por toda la tierra. Por su fe en la Resurrección, los santos mártires no temieron la muerte. Pero, sí que temieron la muerte, pues mucho más muertos estarían si hubiesen temido a la muerte y si por temor a la muerte hubieran renegado de Cristo. Pues, ¿qué es renegar de Cristo sino renegar de la vida? ¡Qué locura! Renegar de la Vida con mayúscula por amor a la vida con minúscula.

La Resurrección de Cristo, por tanto, es la característica de nuestra fe. Así está también escrito en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, que se haga penitencia y que se reciba el perdón de los pecados por medio del hombre en quién ha ratificado la fe para todos al resucitarlo de entre los muertos (Hechos 17,31) (ndr. que es el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos leído hoy).

Esta es la ratificación de la fe, la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Vivís a condición de que viváis. Esto es, viviréis para siempre si vivís bien. No temáis morir mal. Temed, pero temed vivir mal. ¡Qué extraña confusión! Todos los hombres temen aquello de lo que nadie escapa y, sin embargo, no hacen aquello que sí que está en su mano hacer. Que no mueras es algo que no está en tu mano hacer. Vivir en el bien eso es algo que sí puedes hacer. Haz lo que puedes y no temerás de aquello de lo que no te puedes librar, pues nada es tan seguro para el hombre como la muerte. Empieza por el principio: el hombre es concebido en el seno de su madre, puede nacer, puede no nacer. Ya ha nacido, puede crecer, puede no crecer. Puede aprender, puede no aprender. Puede casarse, puede no casarse. Puede tener hijos, puede no tenerlos. Puede que sus hijos sean buenos, puede que sean malos. Puede que su mujer sea buena, puede que sea mala. Puede que sea rico, puede que sea pobre. Puede que sea honrado o puede no serlo. ¿Pero cabe proponerse esta alternativa: puede morir o puede no morir? Todo hombre una vez nacido contrae un mal del que nadie escapa puesto que ha nacido. ¿Es leproso? Morirá de seguro, nadie escapa de eso. ¿Es hidrópico? Morirá de seguro, nadie escapa de eso. ¿Ha nacido? Morirá de seguro, nadie escapa de eso.

Y puesto que es inevitable el morir y que ni la vida misma del hombre puede llamarse larga, aun la del anciano más cargado de años, ya desde la infancia no queda sino refugiarse en el que murió por nosotros y que resucitando nos dio la esperanza. Y puesto que en esta vida en la que andamos no podemos sino morir, y por más que la amemos no podemos hacerla eterna, refugiémonos en el que nos ha prometido una vida eterna. Y considerad bien, hermanos, qué es lo que nos ha prometido el Señor: una vida no sólo eterna, sino dichosa. Pues, ésta de aquí es ciertamente bien miserable, quién no lo sabe. Cuántas cosas tenemos, cuántas cosas padecemos sin quererlas en esta vida: querellas, discordias, tentaciones, ignorancia del corazón ajeno. De modo que, a veces, abrazamos al Enemigo y nos da miedo del Amigo. Aquí el hambre, aquí la desnudez, el frío, aquí el calor, las fatigas, las envidias. Sí, ciertamente esta vida es bien triste. Y, sin embargo, si aún esta vida triste se nos pudiese dar para siempre, ¿quién no se alegraría?, ¿quién no se diría ‘así como estoy quiero estar, sólo no quiero morir?’. Si hasta esta vida ingrata quieres conservar, ¿qué será la que se nos da, no sólo eterna sino, además, dichosa? Más, si queréis llegar a esa vida, sempiterna y feliz, vive en el bien esta vida pasajera. Será buena en las obras, feliz en su recompensa. Pero si rechazas las obras, ¿con qué valor buscas la recompensa? Si no puedes decirle a Cristo ‘hice lo que mandaste’, ¿cómo te atreverías a decirLe cumple lo que prometiste?”.

Me parece una reflexión tan bella, tan sencilla al mismo tiempo y tan honda, que no quería dejar que la disfrutarais.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

Iglesia parroquial Sagrario Catedral (Granada)
20 de mayo de 2020

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