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“Señor, envía tu Espíritu”

Homilía en la Santa Misa del lunes de la VII semana de Pascua, el 25 de mayo de 2020.

Fecha: 25/05/2020

También nosotros podíamos decirle hoy al Señor lo que le dicen sus discípulos: “Ahora nos lo dices”. “En el mundo tendréis luchas, pero no temáis, Yo he vencido al mundo”. Cristo ha vencido al mundo. Lo ha vencido de una manera misteriosa también, porque pensar que la cruz y la Pasión eran una victoria, humanamente no es algo que aparezca a simple vista, y sin embargo lo fueron. Fueron la gran victoria de Dios sobre el Enemigo, que no eran los judíos, ni los romanos, ni la multitud que podrían estar allí un poco a la curiosidad del espectáculo, sino el Enemigo de la humanidad, como tal, que siempre es Satán. Y Satán ha sido vencido de una manera paradójica en la Encarnación del Hijo de Dios, en Su muerte y en Su victoria sobre la muerte y sobre el mal, y en la Ascensión que acabamos de celebrar. Y el Señor quiere hacernos partícipes de esa victoria suya. ¿Cómo nos hace partícipes de esa victoria suya mientras estamos en este mundo? Mediante la comunicación de su Espíritu. Una comunicación que, además, no tiene parangón en la historia de la salvación.

¿Veis que tenemos un cirio pascual nuevo? Y veis que es un cirio original, pensado para esta semana, precisamente. Es obra de nuestro amigo el sacerdote que concelebra estos días, que es un artista. Merece la pena que os acerquéis en algún momento después de la Misa o en algún otro momento antes de venir, porque va a estar esta semana y luego a lo mejor se queda más días, porque es una preciosidad. El cirio pascual expresa la luz de la Resurrección, que brilla para los hombres y tiene la misma fragilidad que tenía la Pasión de Cristo, porque es una luz muy frágil y, sin embargo, es una luz victoriosa. El Evangelio de ayer -todos lo recordáis-: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. La Luz de Cristo no va a faltar en este mundo, por muchas peripecias que pueda tener la Historia y por muchas dificultades que el pueblo del Señor, nosotros, pueda tener a lo largo de la Historia.

Y el Señor no falta porque nos ha dado su Espíritu y nos lo ha dado de una forma que ha creado en nosotros unas criaturas nuevas, que consiste en que somos hijos de Dios. No somos simplemente criaturas. No somos sólo la obra de Sus Manos. No somos simplemente Su imagen hecha para Él, de tal manera que, por la misma Creación, por el tipo de criatura que Dios nos ha hecho… San Juan Pablo II lo decía: “El hombre es la única criatura que Dios ha hablado por sí misma”. Las otras criaturas están amadas porque Dios es Amor y por nosotros, en función de nosotros. Pero cada ser humano, cada persona humana, el hecho de ser personas, tiene que ver con nuestra condición de imagen de Dios. Cada uno de nosotros somos amados por nosotros mismos. Un poco, por analogía, como el Padre ama al Hijo. Ha querido que seamos un Tú, con respecto a Dios; un Tú que responde amorosamente al Dios que es Amor y que responde de manera inteligente, de manera libre y con afecto. En esas tres cosas participamos del Ser de Dios en nuestra inteligencia, que pone siempre las cosas del mundo en un horizonte infinito; en nuestra libertad, que nos permite elegir el bien, sin ser constreñidos por nada; reconocer el bien con inteligencia y elegirlo; y con nuestro afecto que nos permite amarlo. Y eso por creación. Estamos hechos como una especie de recipiente de Dios. Y Jesucristo ha venido a llenar ese recipiente, ha venido a comunicarnos la vida divina. Y la vida divina nos la comunica con Su triunfo sobre la muerte, con la Pascua que estamos celebrando, que tiene su culmen.

Decía yo estos días lo del bucle. Jesús viene hasta nosotros, se humilla hasta nosotros y participa de lo más mísero, y se hace víctima y ofrenda a Dios en lo más mísero de la condición humana, en los celos y en el odio con el que los hombres nos destruimos unos a otros, y participa de una muerte y de una muerte ignominiosa, para poder retornar a su Padre cargado de un botín que somos nosotros. Un Pueblo nuevo que nace y a quien puede, ahora, comunicar el Espíritu Santo junto con el Padre.

En la Tradición cristiana, cuando se comparan todos los pasajes que en la Escritura hablan del Espíritu de Dios y hay todo un camino, es curioso: los judíos son rígidamente monoteístas y tan rígidamente monoteístas que cuando Jesús se presentaba como Hijo de Dios le costó la vida, evidentemente a Jesús, porque eso era introducir -diríamos- como una segunda realidad en Dios y eso no podía ser. “El Señor tu Dios es un solo Dios, un solo Señor”. Pero. sin embargo, desde el Antiguo Testamento, en la segunda línea de la Biblia se habla del Espíritu de Dios y se habla de la Palabra de Dios. “En el principio, el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas y dijo Dios ‘hágase la luz’ y la luz se hizo”. Ahí están la Palabra de Dios, el logos, que se ha hecho carne, y ahí está el Espíritu de Dios. Y cuando llega a la creación del hombre, dice “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. ¿Cómo es “hagamos”? Los lingüistas y los historiadores buscan una explicación y la hay, pero es sorprendente la lógica profunda, la armonía profunda que hay desde la primera página de la Escritura, donde nadie sospechaba que Dios pudiera ser Padre, Hijo y Espíritu Santo, hasta la última, la que leíamos ayer en el Evangelio de San Mateo: “Id y anunciad el Evangelio y bautizad a los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Según la Tradición cristiana, las obras de Dios son obras comunes, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No hay unas obras que sean del Padre, otras del Hijo y otras del Espíritu Santo. Dios está siempre. En la Encarnación: “El que nacerá de Ti será llamado Hijo de Dios, el Espíritu Santo te cubrirá con su sombra”. Comienza el ministerio público de Jesús y, en el Bautismo, desciende el Espíritu sobre Jesús a manera de paloma y el Padre dice “este es mi Hijo predilecto, escuchadle”. Son noventa y tantos los pasajes en los que aparecen los tres unidos en el Nuevo Testamento. Y en el Antiguo, habla con mucha frecuencia “el Espíritu de Dios estaban en los profetas”. Los profetas no son los que anuncian el futuro. Eso es una versión muy moderna y un poco a lo Hollywood de lo que es un profeta. Los profetas son los que hablan la Palabra de Dios, los que profieren la Palabra de Dios. Pero, en el Antiguo Testamento, dice “derramaré mi Espíritu sobre vuestros hijos y vuestras hijas, y todos ellos profetizarán”, es decir, todos ellos dirán palabras verdaderas, palabras que anuncian a Dios, que proclaman a Dios, que ponen de manifiesto a Dios. En el mismo ministerio de Jesús, cuando Jesús les da a sus discípulos, envía a los 72 y les da poder sobre los demonios y poder de curar, les está haciendo partícipes de Su Espíritu, del Espíritu que en ese momento está todo él, por así decir, centrado en el ministerio de Jesús. Sólo cuando Jesús ha vuelto al Padre, el Espíritu está libre para ser derramado sobre la humanidad entera. Y entonces, nosotros no es que, como Elías, hayamos recibido en un momento el Espíritu y podemos hablar una Palabra de Dios. Es que hemos sido engendrados por el Espíritu. Hemos sido engendrados por Dios. Y ese ser engendrados con Dios es la victoria de Cristo en nosotros. Hemos sido engendrados a una vida nueva.

Cuando un niño es bautizado, no digo que siempre tengamos conciencia de lo que sucede, pero nace a una vida nueva, porque es hecho hijo de Dios; es hecho hermano de Jesucristo, partícipe de Su vida y de Su herencia, de la misma familia que Jesucristo, por adopción, como gracia, no por derecho, pero sí por adopción, y tiene el mismo Espíritu de Jesús, que luego en la vida, si no ponemos demasiados obstáculos, el Señor hará fructificar. Pero somos un Pueblo marcado por el Espíritu de Dios. Ese “profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas” se cumple en el pueblo cristiano que se trata de decir la verdad. Se trata de que hay tres rasgos que tiene el Espíritu Santo y que está libre tan pronto como Jesucristo resucita, no es que espere el Señor al día de la Ascensión. La Ascensión hace público -diríamos- el hecho del retorno de Jesús al Padre, pero en uno de los primeros encuentros de Cristo Resucitado con sus discípulos les dice “recibid el Espíritu Santo -a los apóstoles- a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados, a quienes se los retengáis le quedan retenidos”. Y uno podría decir, como los judíos, ¿quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios? ¡Es cierto! Nadie puede perdonar los pecados y Jesús los perdonaba con la autoridad de Hijo de Dios, pero esa autoridad ha sido transferida por Jesús mismo a su pueblo, al pueblo de reyes, de sacerdotes y de profetas que ha nacido del costado abierto de Cristo, que somos nosotros, que es la Iglesia.

Mis queridos hermanos, dispongámonos a recibir ese Espíritu sabiendo que es un don que tenemos. Que tenemos como nos pasa como con el carnet de identidad, que, como lo tenemos por el hecho de haber nacido en un sitio, no le damos ningún valor especial a haber nacido aquí y no haber nacido en la República Democrática del Congo, en Burkina Faso. Pues, lo mismo nos pasa con la fe. Hemos nacido en un ambiente cristiano y sólo cuando se nos ponen las cosas un poquito difíciles nos damos cuenta de lo que significa, del tesoro que es tener la fe cristiana, del tesoro que es haber sido redimidos y haber sido encontrados por Jesucristo en la humanidad, para poder ser hijos de Dios y suyos.

Hay tres funciones que hace el Espíritu y en las que podríamos profundizar toda la vida. Una, el perdón de los pecados. Es un signo de la presencia de Dios en su pueblo que exista el perdón de los pecados. Era una parte central del ministerio de Jesús. El perdón de los pecados. Hoy comentábamos nosotros, hablando unos sacerdotes, de cómo el Sacramento de la Penitencia lo hemos un poco minusvalorado, cuando Jesús, mucho de lo que hizo fue perdonar los pecados a pecadores. Y los signos, sus curaciones, porque casi todos menos dos, prácticamente, sus signos fueron curaciones −alguno más, pero la inmensa mayoría−, muestran que el hombre es un ser enfermo y que el hombre es un ser herido. Y herido no porque la enfermedad sea un pecado, sino porque nuestra manera de vivirla tiene que ver con nuestra condición de pecadores. El perdón de los pecados, un pueblo donde exista el perdón, donde el perdón es una categoría de la vida cotidiana, porque todos nos tenemos que perdonar muchas veces, a lo largo de la vida, unos a otros, a los prójimos (yo nunca he tenido que perdonar a un vietnamita, yo tengo que perdonar a los que viven conmigo y me tienen que perdonar a mi los que viven conmigo, los que están más cerca, o los que trabajan conmigo, eso es obvio). Los prójimos, los próximos; pero, un pueblo marcado por el perdón es un pueblo en el que Dios está presente, porque el perdón proviene de Dios.

El otro rasgo de la presencia del Espíritu es el conocimiento de la verdad. ¿Recordáis que la semana pasada yo decía “nadie puede decir ‘Jesús es Señor’ sino en el Espíritu Santo”? La distancia entre Dios y nosotros es infinita. Nosotros apenas podemos llegar a afirmar, por nosotros mismos, si no hubiéramos tenido toda la historia ésta con el Señor en la que Él se nos ha mostrado y nos ha revelado Su interioridad, que tiene que haber algo; que Dios existe; que Dios, si tiene que dar razón de la Creación, tiene que dar razón también de nuestras realidades humanas más profundas, como nuestra capacidad de amar. Pero apenas llegaríamos. Y, como dice el Concilio Vaticano I, ya hace dos siglos, unos pocos y no con poca dificultad, sino con mucha dificultad llegaríamos a eso. Poder conocer a Dios, poder conocer que Dios es Amor. Eso sólo es posible porque estamos, por así decir, metidos dentro de Dios, porque Jesucristo nos ha metido dentro de Dios. Y estamos, vivimos, EN el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es como el aire que respiramos. Yo diría que hasta el entorno donde vive el niño en el seno de la madre, donde se nutre de la vida de la madre, nosotros nos nutrimos viviendo en el seno de Dios, viviendo EN, literalmente, EN el Espíritu de Dios, nos nutrimos de la vida de Dios, que nos la comunica Dios en el Espíritu Santo.

Por lo tanto: Perdón de los Pecados, conocimiento de Dios, y comunión entre nosotros. Lo primero que hará el Espíritu en Pentecostés es unir. Unir partos, medos, elamitas, habitantes de Siria, del Ponto, de Cirene, de Cilicia… Algo impensable en el mundo antiguo. Y también, no fácilmente pensable en el nuestro. El diablo tiene la función de separar, de dividir. Es lo que hace: de separar los padres de los hijos, del marido de la mujer, al amigo del amigo, aislarnos de los demás de forma que no tengamos conciencia de ser un solo Pueblo, y mucho menos aún, un solo Cuerpo. En cambio, el Espíritu de Dios, une. Une nuestras lenguas. Genera en nosotros una lengua, que es la lengua del amor, que supera las fronteras y las divisiones que la Historia misma ha ido creando entre los hombres.

Lo que tenemos que hacer esta semana, todo el tiempo, es pedir “Señor, envía tu Espíritu”, envíalo a tu Iglesia, envíanoslo a nosotros, haznos partícipes de Él, haznos vivir en Él más y más, en tu familia. Concédenos, para que podamos perdonar con más facilidad, conocerTe más profundamente, conocer tu amor de una manera más verdadera, y para que nos enseñes a querernos unos a otros, que es el único mandamiento que Jesús nos dejó, pero que sólo, de nuevo, sólo en el Espíritu de Dios es posible aproximarse a vivirlo.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

25 de mayo de 2020
Iglesia parroquial del Sagrario Catedral (Granada)

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