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El designio de Dios es inmensamente bello para cada uno de nosotros

Homilía en la Santa Misa del sábado de la XI semana del Tiempo Ordinario, el 20 de junio de 2020.

Fecha: 20/06/2020

Hay un cierto instinto cristiano que une a la imagen de Jesús con la imagen de María, y es natural que sea así. Ella es la Madre del nuestro Salvador, pero, al mismo tiempo, por deseo de su propio Hijo, nuestra madre.

Ella refleja por una parte a Su Hijo. “Su Hijo se le parecía”, decía algún cristiano de la antigüedad, porque había tomado nuestra humanidad de Ella, y Ella se parecía a Su Hijo como nadie se ha parecido nunca. Y de hecho, la Iglesia ha visto en Ella un reflejo de la vocación de la Iglesia, realizada ya en una mujer, que, de aquí a nada celebraremos la fiesta de la Asunción, participa ya plenamente de la glorificación de Cristo. Y es así como la prenda de nuestra propia glorificación, de nuestra propia participación en la vida del Señor, en el Cielo. Y ese es el motivo fundamental por el que, al día siguiente de la celebración del Sagrado Corazón, se celebra el Inmaculado Corazón de María.

“Tu Madre -decía también un Doctor de la Iglesia de la antigüedad- no sabe nadie cómo llamarla, porque si uno la llama Esposa, es al mismo tiempo Virgen, y si uno la llama Virgen, ahí está su Hijo, y si uno la llama Hija, es al mismo tiempo Madre”. Como dijo después Dante, “Ella es hija de su Hijo”. Y comentaba el autor este cristiano: “Si hasta Tu Madre es inabarcable, ¿quién podrá abarcarte a Ti?”. Y es cierto. Y fijaros que no sabemos muchas cosas de la biografía de la Virgen, sólo las necesarias. Algún literato del siglo XX ha dicho que “el Señor protegió a la Virgen de la mirada de los hombres, para que no la destruyeran”, y de alguna manera hace lo mismo también con la Iglesia a veces.

Su humanidad es la humanidad redimida, la primera redimida. Nos precede en el camino de la fe, nos acompaña en el camino de la fe, nos protege como Madre, nos cuida como Madre. El pueblo cristiano siempre ha sentido como la necesidad y el gusto de acogerse a Su protección, de acudir a Ella en los momentos de dificultad y de peligro. Al mismo tiempo, hay que ver en Ella a alguien que ha vivido nuestro mismo camino, porque para Ella la fe no fue tampoco una realidad, por una parte evidente y por otra parte incomprensible; así como el destino de su Hijo. El Evangelio de hoy nos lo pone de manifiesto: “Hijo mío, ¿no sabías que tu Padre y yo te andamos buscando angustiados?”. Pues, “¿no sabíais vosotros que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?”. Pero imaginaros, cuando la Virgen empieza a darse cuenta, que se la daría muy pronto, de que el futuro inmediato de Su Hijo en este mundo sería la Pasión, la muerte, de una forma o de otra. Y sin embargo, lo que sabemos de Ella por el Evangelio es lo que necesitamos saber para poder vivir todos nuestra vocación; todos, nuestra vida, nuestra respuesta al Señor -porque la Virgen es ante todo respuesta- tiene que moldearse. Y hay que pedirLe al Señor que sea una respuesta lo más parecida posible a la Suya. “Sí, Señor”. Dar el “sí” a las circunstancias en las que el Señor nos pone, porque en ellas está Dios, porque en ellas está Jesucristo. Poder decirLe sí en todos los momentos de nuestra vida.

Dejar que el Señor realice Su designio, porque Su designio es inmensamente bello para cada uno de nosotros. Aquella muchacha de Nazaret no podría imaginar lo que dijo después en el Magníficat: “Dichosa me llamarán todas las generaciones”. Y han pasado 2020 años y nosotros seguimos suplicando Su intercesión, amándola, queriendo tenerla cerca, refugiándonos bajo Su protección y Su manto.

Dios cumple sus promesas y aquella muchacha de Nazaret, que recibió una vocación única; esa vocación es la misma que nosotros: decir que sí al Señor, como Ella, estar lo más pegados que podamos a Jesucristo, aunque no entendamos en algunos momentos cuáles son los designios de Dios para cada uno de nosotros, o para nuestras vidas, nuestras familias, y mantenerse al pie de la cruz junto a Jesús, sabiendo que Jesús está junto a nosotros cuando nosotros estamos en la cruz, y vivir con la certeza de la Resurrección.

Recibir a Cristo, ser templo de Cristo, sagrario que acoge al Señor, eso lo somos cada uno como lo fue Ella. De una manera distinta, evidentemente. Con vocaciones distintas. Y la respuesta del Señor a nuestro “sí” es siempre una respuesta que nos hace cantar el Magníficat. La Iglesia canta el cántico de la Virgen todas las tardes. Y todos nosotros podemos hacer nuestras las palabras de María, porque también en ese canto está todo: proclamar la grandeza del Señor, porque el Señor ha tenido misericordia de nosotros, porque la tiene, porque es fiel, porque no abandona a los hijos de Abraham, y cumple sus promesas, y ensalza a los pequeños y empequeñece a los grandes; los imperios caen, los reyes pasan…, lo que vemos en la Primera Lectura, que es un episodio de tantos en la historia de Israel, con muertes y violencias.

Tú, Señor, estás ahí, fiel, y contigo está Tu Madre, y con nosotros está Tu Madre, para que nosotros podamos dar gracias, todas las tardes de nuestra vida, y también en la tarde de nuestra vida, porque Te hemos tenido a Ti, porque Te tenemos a Ti y, teniéndote a Ti, lo tenemos todo.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

20 de junio de 2020
S.I Catedral de Granada

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