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“Nuestro destino es el Reino de Dios”

Homilía en la Santa Misa del XII Domingo del Tiempo Ordinario, el 21 de junio de 2020.

Fecha: 21/06/2020

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios;
queridos sacerdotes concelebrantes, diácono;
queridos hermanos y amigos todos:

El mensaje de las Lecturas de la liturgia de hoy es muy sencillo y, al mismo tiempo, muy necesario. Pero, como estamos acostumbrados a oírlas, a lo mejor no hemos sentido el martillear de lo que la Palabra de Dios nos decía, tanto en la Primera Lectura como el Salmo, como luego Jesús. En el pasaje del Evangelio de hoy, Jesús repite varias veces “no tengáis miedo”, “no temáis”. Y la Primera Lectura pone de manifiesto, igual que el Salmo, la súplica de alguien que se siente acosado, perseguido. El Salmo llega a decir “soy un forastero para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre”. Es muy fuerte. Pero, sin embargo, “el Señor Dios está a mi derecha, Él es mi roca de refugio, Él es el alcázar donde me salvo”.

La palabra “no temáis” aparece muchas veces cuando Dios se manifiesta, también en el Antiguo Testamento. Es casi como un modo de introducirse Dios a nosotros, casi como un modo de saludo. Incluso el Ángel a la Virgen, “no temas María, porque has hallado Gracia ante Dios”, y esas palabras del Ángel a la Virgen nos las podemos aplicar todos nosotros, porque nosotros somos la Iglesia de la que la Virgen es la imagen anticipada, preciosa, acabada, como si fuera el modelo y el tipo de la vida de la Iglesia. No tanto en cuanto a las virtudes morales, de las que conocemos muy poquito, pero las suponemos, porque si no, no hubiera sido elegida para ser Corredentora y Madre del Salvador, sino porque le supo decir que “sí” al Señor. Con la fuerza de Su gracia le dijo que sí al Señor y le dijo que sí al Señor sin saber muy bien qué implicaba ese “sí”. Pero Ella, más que nadie, podía decir “Tú eres mi roca de refugio, el alcázar donde me salvo”, y apoyada en el Señor, pues vivió el destierro y el dar a luz en ese destierro, camino de Belén, luego el destierro en Egipto, luego probablemente todos los comentarios acerca de lo que estaba empezando a hacer Su Hijo y de quién sería Su Hijo, y de dónde le venía toda esa sabiduría a Su Hijo (tenemos ecos en el Evangelio de todo aquello). Y allí, al pie de la cruz, cuando los apóstoles habían salido todos corriendo, estaban María su Madre, María de Magdala, María la de Salomé, pero la primera de todas María su Madre. Ella, a lo mejor temblaba por dentro, pero no se apartó nunca de la roca que era la tierra firme, su lugar de refugio, con la certeza de que Dios es fiel, de que Dios es fuerte, de que Dios es infinitamente bueno.

Yo tengo una particular devoción a una de las frases del Evangelio de hoy, no sólo cuando dice que valemos mucho más que los gorriones. Pero es necesario oírlo. Es necesario oír que el Señor nos reafirma y nos reconforta. Pero dice algo muchísimo más fuerte después, que quienes me conocéis más, me lo habéis oído recordar muchas veces: “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados”. ¿Quién de nosotros, excepto alguna persona que sea absolutamente calva, puede decir que tiene contados los cabellos de su cabeza? Pero, ni siquiera nuestras madres. Ni han podido, ni han tenido energía, ni tienen poder o paciencia suficiente para contarlos. Sin embargo, el que cuenta y tiene en la palma de Su mano los miles de miles de millones de estrellas y, como dice también un pasaje del Antiguo Testamento, “a cada una la llama por su nombre”, pues a lo mejor también a los cabellos de mi cabeza o de tu cabeza el Señor los llama a cada uno por su nombre, porque cada uno de ellos es para Él una realidad queridísima.

Es verdad que nos sobrecoge lo desconocido, nos produce temor, y ese es uno de los motivos por los que, cuando Dios se acerca al hombre −aunque sea mediante un mensajero, que eso es lo que significa “ángel”−, sentimos temor. Sentimos temor también entre nosotros, porque solemos decir “si se me acerca, qué me irá a pedir”. Pero eso es porque vivimos en una cultura de la desconfianza total y esa cultura nos mata, porque no se puede vivir en la desconfianza. Lo misterioso, lo desconocido, lo que es más grande que nosotros y escapa a nuestro control −tanto nos gusta controlar nuestra vida y nuestras cosas, y si podemos controlar a los demás también−, que la cercanía, la proximidad de Dios, produce temor.

Luego hay otro motivo para el temor en nosotros y es la realidad del pecado. Todos tenemos conciencia de que somos pecadores, de que hemos obrado mal muchas veces, tal vez en cosas muy pequeñas, pero muchas; tal vez en cosas a las que no le damos demasiada importancia, pero el pecado está en nuestras vidas y somos hijos de un mundo de pecado. Y ahora mismo, vivimos en una cultura de la muerte y estamos en mitad de un tsunami. Vuestras mascarillas y la mía, que me la pongo en cuanto no estoy celebrando, o me la pongo también para daros la comunión, hablan del tsunami (de que lo que estamos viviendo lo pueden llamar “nueva normalidad” y lo pueden llamar como quieran, pero tiene muy poco de normal). Estamos en una situación de agitación del mundo, de sus instituciones, de los Estados, de las instituciones de todo tipo. Pienso en las instituciones educativas y la sacudida me parece de tal calibre, de tal profundidad, de tal extensión, que hay que como reinventar resquicios, huecos, esquinas en las que podamos recomenzar lo que es una educación, que no es saber cosas. Para saber cosas, hoy hay muchos caminos donde saberlas, pero tener delante de ti un rostro que te pueda mirar como Dios te mira, que pueda desear tu crecimiento como persona, tu crecimiento en la razón y en el uso de la razón, tu crecimiento en la libertad, tu crecimiento en el afecto y el amor a las personas y a la vida, y al mundo. Eso…, que no hay además con qué pagarlo, ya lleva mucho tiempo en crisis, no es que lo haya puesto de manifiesto la pandemia, lo que pasa es que la pandemia es como los terremotos que hacen ver cosas que estaban ahí enterradas muy profundas y de repente descubres “pero si estábamos ahí”; nos hace descubrir un colapso de la educación que lleva muchas décadas y varias generaciones. También sale muchas veces estos días “tenemos que reinventarnos de nuevo”. No. Reinventarnos no. Tenemos que reencontrarnos de nuevo y volver a empezar unas relaciones nuevas y no se empieza haciendo instituciones. Es la vida la que luego genera las instituciones, pero tenemos que empezar a vivir de una forma nueva en la que no quede fuera de nuestro encuentro con Jesucristo ninguna dimensión de la vida. Las relaciones de la familia, el matrimonio y la familia. Las relaciones de trabajo. Recuperar formas de trabajo y modos de trabajo en los cuales también crezcamos trabajando, y sobre todo que no seamos todos proletarios, que trabajamos por una subvención o por un sueldo, eso proletariza nuestro ejercicio físico y nuestro trabajo en la vida, pero termina proletarizando nuestras mentes y nuestros corazones. Nosotros no hemos nacido para ser proletarios, nadie, ni el más pobre de nosotros. Hemos nacido para ser hijos de Dios, hijos libres de Dios, un pueblo de reyes, de sacerdotes y de profetas.

Mis queridos hermanos, digo muchas palabras, pero lo que quiero decir básicamente es que nos somos un pueblo llamado a estar determinado por el miedo. Muchas cosas nos invitan ahora a vivir con miedo, y el miedo es libre, si uno lo siente, pues lo siente. Fingir que no lo tenemos cuando lo tenemos sería hipocresía, y no hay nada que el Señor aborrezca más que la hipocresía. “Señor, estoy muerto de miedo”, pues estoy muerto de miedo, “pero, líbrame del miedo”, porque no hemos nacido para vivir en el miedo. Y el miedo más grande no sería la muerte. A mí me admira que tomemos tantas precauciones: no tienen que ver con un miedo a la muerte, muchas tienen que ver con un amor a los demás a quienes no deseamos, si es que nosotros mismos hemos sido contagiados no deseamos contagiar de ninguna manera a las personas que queremos, cómo lo vamos a desear. Y por eso hacemos algunas o muchas de las cosas que hacemos. Pero no las hacemos por miedo a la muerte. Me parece importante subrayar esto. “No temáis a los que pueden matar al cuerpo. Temed sólo al que puede enviar al cuerpo y al alma a la gehena”. ¿Sabéis lo que era la gehena, no? Es una imagen que en el mundo judío se usaba para el infierno o para lo que nosotros llamaríamos hoy el infierno, pero era el basurero que había al sur de Jerusalén y que estaba siempre humeando porque siempre se quemaban allí restos de comida y cosas. Era un sitio que olía mal y se puede visitar hoy en la Jerusalén actual. Sabemos perfectamente dónde estaba. Nuestro destino no es la gehena.

Nuestro destino es el Reino de Dios. El lugar es Dios. Nuestro destino es Dios y la intimidad con Dios y la comunión de vida con todos nosotros y con todos nuestros hermanos en Dios. No tengo que decir más cosas, sólo “no tengáis miedo”. No tengáis miedo. Y si lo tenéis, pedidLe al Señor que nos lo quite, que somos hijos de Dios. Dios no nos va a faltar. Dirás: “Pero si soy un desastre”, “si soy un pecador”, “mi vida está llena de torpezas, de pequeñeces, de heridas”. Habéis oído a San Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia”. Hay una historia de pecado que comienza con el comienzo del mundo y que nunca ha dejado de estar presente. Pero es mucho más fuerte que el pecado el amor con que tú, te llames como te llames, seas quien seas, sea tu historia la que sea, eres amado o eres amada, con un amor inefable que yo no soy ni siquiera capaz de expresar en sus límites o en su corteza más exterior. Somos amados con un amor infinito. Sois amados cada uno con un amor infinito. ¿Miedo, de qué?

Es verdad que la Escritura, yo lo explico muchas veces en las Confirmaciones, se habla muchas veces del temor de Dios. Pero, ¿el temor de Dios significa tenerle miedo a Dios? No. ¿Significa atemorizarse porque Dios se acerca a mí? No. Yo pongo dos ejemplos: ¿a qué tiene miedo una chica que tiene un novio estupendo, fantástico, que sabe que le quiere bien, que la respeta, que la acompaña, que haría cualquier cosa por poder mostrarle que está dispuesto a darle la vida entera? ¿Tiene miedo al chico? No. Tiene miedo a perderlo, nada más. Pues, ni el mejor de los novios vale como el Señor. Y el otro ejemplo que pongo es, no sé si existe el diamante de la pantera rosa, o una esmeralda de esas valiosísimas que se cuentan con los dedos de la mano en el mundo entero; si uno tuviera una joya así, ¿le daría miedo la joya? No, en absoluto, estás gozosísimo de tener algo tan precioso y tan bello. ¿De qué tienes miedo? De perderlo, que te lo quiten… Pues, eso es el temor de Dios, nada más.

No tengáis miedo. Sois hijos de un pueblo de hombres libres, de santos, de mártires. No tengáis miedo Y cuando uno tiene la experiencia de haber encontrado el amor de Jesucristo, tampoco tiene que preocuparse uno mucho de decir en las azoteas lo que el Señor nos ha dicho en la intimidad: te sale. Y si no te sale, la gente lo nota, y basta con eso. Si nuestro modo de vivir habla del Señor cuando lo vivimos de verdad.

Que Él, nuestro refugio y nuestra roca, nos proteja a todos, y haga de nosotros capaces de empezar esa semillita que hace falta empezar ahora mismo, en todos los órdenes de la vida. Y todos son todos. Eso si Dios quiere y me ayuda, lo explicaré otro día, cuáles son esos órdenes donde tenemos que empezar una historia nueva, un pueblo nuevo, que no lo empezamos nosotros; que empezó la mañana de Pentecostés hace alrededor de 2020 años.  

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

21 de junio de 2020
S.I Catedral de Granada

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