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Cristo en nuestras acciones, Cristo en nuestra vida

Homilía en la Santa Misa el miércoles de la XII semana del Tiempo Ordinario, el 24 de junio de 2020.

Fecha: 24/06/2020

Queridísima Iglesia del Señor (tanto los que estáis aquí como los que os unís a través de las cámaras).

Hoy es un día hermoso. La verdad es que me recuerda siempre una historia que a lo mejor algunos ya me habéis oído contar otra vez más veces. Una niña estaba enseñando la Salve a sus hermanos más pequeños y ella se sabía la Salve de memoria, de haberla oído rezar en casa, no es que la hubiera estudiado, y cuando llegaba a la frase “los desterrados hijos de Eva”, me daba cuenta de que estaba enseñándoles “los festejados hijos de Eva”. Me llamó la atención y le dije “oye, pero que no es…”, y ella decía, “pues, yo había entendido que era lo que decían mis padres cuando rezaban”. Digo, “bueno, no está mal, porque es verdad que fuimos  desterrados del Paraíso por el pecado, pero es verdad también que la Encarnación del Señor nos ha convertido en ‘festejados’ de nuevo”. Somos desterrados y festejados. Y si os fijáis, llevamos desde el tiempo de la Semana Santa, casi no hay semana en la que no haya una o dos solemnidades: el Sagrado Corazón, el Corpus, Inmaculado Corazón de María, hoy San Juan Bautista… Nosotros vivimos siempre en una fiesta y es normal. Nuestra vida es Eucaristía, es acción de gracias. Porque si el Señor viene a nosotros y viene a nosotros todos los días, Dios mío, cómo no podríamos estar rebosando de alegría y de gozo.

En segundo lugar, es verdad que celebramos hoy la fiesta de quien dijo el Señor “no hay ninguno más grande entre los nacidos de mujer que Juan el Bautista”. Y eso es un elogio enorme por parte del Señor. Pero no nos acordamos de la segunda parte de la frase de Jesús, que es “pero el más pequeño en el Reino de los Cielos, es más grande que él”. Bueno, pues aquí estamos unos poquitos, de esos que somos pequeños en el Reino de los Cielos, pero nosotros hemos recibido un don que no recibió nadie de los nacidos de mujer entre Adán y la Virgen María. Hemos recibido al Señor, lo recibimos todos los días en nuestra carne.

Sin embargo, yo le tengo cariño a la figura de San Juan Bautista, que es una figura muy propia del tiempo de Adviento, que es un tiempo además muy humano −bueno, todos los tiempos litúrgicos son muy humanos, pero en el Adviento se pone más de manifiesto. Porque tuvo una misión preciosa, que se parece mucho a la misión de la Iglesia, y es señalar al Salvador. En realidad, apuntar hacia el Salvador es parte de nuestra misión. Es verdad que él vivió en el desierto, se apartó de la vida y de la gente; aunque, si Herodes le escuchaba con gusto, no siempre estaba en el desierto, también alguna vez le debió llamar Herodes para oír su palabra. Es verdad que el territorio de Judea es un territorio pequeñito, sería como la Vega de Granada o una cosa así. La gente se conocía y podía llamar a Juan, aunque viviera en el desierto. En todo caso, nuestras vidas, aunque tengan necesidad de silencio y no está mal recordarlo, y que de vez en cuando tenemos que ir al desierto a tomar distancia; distancia de nuestras preocupaciones cotidianas, distancia de las rutinas decadentes de nuestro corazón que se instalan sin caer en él, mirar un poquito al mundo y a nuestra vida desde Dios, por lo tanto, nos viene bien ir de vez en cuando al desierto; pero nuestro destino no es el desierto. “Padre, Yo Te pido por ellos -decía el Señor, porque están en el mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal”. Es decir, nuestra misión es estar en el mundo. Yo diría que los santos de hoy −esos santos de los que habla el Papa Francisco, “el santo de la puerta de al lado”− tienen que ser personas normales, pero personas cuyas vidas −y no cuyos discursos, y yo sé que parte de mi misión es enseñaros y, por lo tanto, hablar, pero no esos discursos− apunten hacia el Señor.

Que quien nos vea, por el modo de vivir, por nuestro modo de estar contentos, porque la alegría es un bien más precioso que el oro y que las perlas, y cuando uno sufre una desgracia y, sin embargo, las personas de nuestro alrededor perciben que estamos en paz −no que no nos duela, que esos es propio de personas insensibles y nosotros no somos personas insensibles, al contrario−, pero que nuestro corazón tiene una paz más profunda que nace de otra fuente que está más allá de la muerte y que nos sostiene y nos mantiene en la esperanza en todos los momentos de nuestra vida, la gente se pregunta por qué, cómo es posible. “¿Pero si es una persona normal?”. Esa pregunta es la ocasión de que los hombres puedan reconocer a Jesucristo en nosotros. Porque todo el mundo que tenemos alrededor, en el trabajo o donde sea, sabe que somos cristiano, saben que vamos a Misa, y hasta saben a la Misa a que venís, porque nosotros vivimos en un entorno razonablemente pequeño; que puedan reconocer en nuestras obras que nuestra vida, nuestro corazón apunta a Jesucristo. Y luego, el tema de la conversación puede ser cualquier cosa del trabajo, puede ser de cine, puede ser de la comida que hay que preparar para un cumpleaños, de las cosas de la vida. Pero si el corazón está puesto en el Señor y para nosotros el Señor es lo más querido en nuestra vida, lo más querido en nuestro corazón, la realidad que más amamos, eso se transmite, sin necesidad de sermones, en todas las circunstancias de la vida.

Que nosotros seamos un poco como Juan Bautista. Le pedimos al Señor que nuestras vidas apunten hacia Él. Fijaros, no es tan necesario el buen ejemplo como el llanto. El llanto de la pecadora, por ejemplo, proclamaba a Jesucristo. La súplica del Buen ladrón, proclamaba a Jesucristo. El buen ejemplo a veces lo que nos proclama es a nosotros mismos. Hay un deseo que expresa San Juan Bautista en el Evangelio de San Juan: “Señor, que Él crezca y que yo disminuya”. Es decir, el que es instrumento, el que es vehículo, el que es portavoz, el que es profeta, trata de desaparecer para que aparezca Cristo. Cristo en nuestras acciones, Cristo en nuestra vida.

Que así sea para vosotros, que así sea para mí, que así sea para toda nuestra Iglesia. Pero no lo olvidéis, “el más pequeño en el Reino de los Cielos -es decir, el más pequeño entre nosotros- es más grande que Juan el Bautista”, por vocación, no porque tengamos más cualidades o menos, sino por vocación. Y él era el más grande de los nacidos de mujer.

DadLe gracias a Dios por ello, también; bueno, Le damos gracias a Dios por ello.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

24 de junio de 2020
S.I Catedral de Granada

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