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“Sólo cuando cambia nuestro corazón, el mundo empieza a cambiar”

Homilía en la Santa Misa en la Solemnidad Corpus Christi, el 14 de junio de 2020.

Fecha: 14/06/2020

 

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo (muy amada), Pueblo Santo de Dios;

queridos hermanos y amigos todos:

 

Qué privilegio nos concede el Señor a nosotros, los que estamos aquí en Granada, de poder celebrar dos veces la fiesta del Corpus. El jueves la celebrábamos nosotros, los granadinos, como el día grande de nuestra vida de Iglesia y también de nuestra ciudad, que sería incomprensible sin la Presencia del Señor y sin la presencia de la Iglesia. Y luego nos deja celebrarlo, volver a celebrarlo hoy, con toda la Iglesia universal, que lo celebra en este día.

 

Mi homilía no va a ser muy diferente de la del jueves. Es como en los matrimonios. Yo sé que en el día de la boda se dicen “te quiero” y se dicen “me entrego a ti en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza”…, pero, si sólo se lo dicen ese día y no se lo vuelven a decir en diez años, aquello no va bien. Entonces, las cosas esenciales, hay que decirlas con mucha frecuencia, aunque se hayan dicho muchas veces. No hay que decirlas sólo en forma de frase. Las cosas se dicen de muchas manera. A veces, dicen más los gestos y las acciones que las mismas frases. De alguna manera, nos pasa lo mismo: las hazañas del Señor, el amor del Señor, la misericordia y la fidelidad del Señor, Su Presencia fiel, es algo a lo que tenemos que volver constantemente los ojos, porque renueva nuestro corazón. Exactamente igual que en el matrimonio, ese poder decir “te quiero” o ese poder decir “eres la persona que he elegido en mi vida y, aunque hubiera un millón de personas más, te elegiría siempre a ti”, el Señor nos lo dice en cada Eucaristía, y a lo largo de la historia de la Salvación, hasta el culmen de esa historia en el Misterio Pascual.

 

La Iglesia ha querido que nos lo recuerde de una manera especial en el día del Corpus. Y nos lo vuelve a decir y nosotros tan contentos de que nos lo diga. Tan contentos de saber que aunque vivimos, como el Pueblo de Israel, muchas veces por un desierto y una sequedad  espantosa, en un sequeral espantoso con alacranes, serpientes y toda clase de cosas que nos amenazan (unas reales y otras como los gigantes de Don Quijote, molinos de viento que nos imagina nuestra cabeza, con los cuales luchamos); pero, lo cierto es que nos sentimos pobres, amenazados, perdidos muchas veces en la vida, y hasta con la conciencia de que pagamos nuestros errores, algún mal que hemos hecho en algún momento, y que llevamos ese peso sobre nosotros y que eso no nos lo quitaremos nunca, cosas de ese tipo, que forman parte del drama humano, de la condición humana, que el Señor lo sabía desde antes de la Creación. Que el Señor conocía ese drama, el tuyo, el mío, el de cada uno de nosotros. Lo ha conocido siempre y eso no le ha impedido… “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo”. Y no ha venido su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. ¿Y qué es lo que nos salva? Su amor, Su amor.

 

En el cine clásico de Hollywood, en algunas de las buenas películas de Hollywood, hay un residuo (muchas de ellas no son religiosas y muchas de ellas tienen una idea del amor muy pobre) cristiano, y un residuo cristiano es que el amor verdadero es una medicina que cura nuestras enfermedades; que cura las heridas de las personas. Pienso en una película de Hitchcock como “Marnie, la ladrona”, por ejemplo, pero muchas más. Queda ese residuo, y es un residuo cristiano. ¿Por qué? Porque, realmente, en un mundo hecho para la avaricia, en un mundo hecho para acumular, en un mundo hecho para triunfar, para sacar la cabeza por encima de los demás; en un mundo así, la verdadera medicina, la única medicina auténtica es el amor. “El que quiera ser grande entre vosotros que se haga el último de todos”, “el que quiera ser el primero entre vosotros que se haga el servidor de todos, porque el Hijo del Hombre
–es decir, “porque Yo”, dice Jesús- no he venido a ser servido, sino a servir y a dar mi vida en rescate por todos”. Ese es el amor que celebramos. Pero no sólo lo celebramos y lo convertimos en un adorno en el cuarto de estar o en una cosa bonita en nuestra casa. Lo celebramos y Le pedimos que inunde nuestra vida. 

 

Señor, que ese Amor que adoramos en estos días, y adorar es también un gesto de amor, realmente cale en nosotros como una lluvia beneficiosa, como un rocío fresco y bello de primavera, que penetre en nuestro corazón y nuestros deseos. Porque si cambia los deseos, a lo mejor nuestras obras son pobres; pero si los deseos son ya deseos del Señor, son ya deseos de la vida que el Señor quiere para nosotros, cambiarán nuestras obras. A lo mejor, necesitan años, pero cambiarán nuestras obras.

 

Señor, cámbianos. Deja que Tu Presencia nos cambie y que cambie un mundo construido –repito- sobre la avaricia. El Papa Francisco lo llama muchas veces “la cultura del descarte”, porque en esa búsqueda de avaricia va quedando gente en la cuneta, vamos dejando gente en la cuneta. Al final, estamos solos y esa soledad es lo más parecido a la muerte. Todos los demás se han ido quedando en la cuneta por el camino y ese es el futuro de una cultura construida sobre la avaricia. No hay otro futuro, no hay otra salida. Frente a eso, hay un nuevo comienzo al que el Señor nos invita y que nos da la posibilidad de hacer, porque en esta misma mañana, en esta misma Eucaristía se nos da Él a nosotros, pobres criaturas. Sea cual sea nuestra historia, nuestras circunstancias… Te nos das a nosotros con un amor que no pone condiciones, que no tiene fisuras, que no es “sí y no”, como decía San Pablo. Dios no ha sido “sí y no” para nosotros. Dios ha sido un “sí” total, incondicional, eterno.

 

Mis queridos hermanos, hoy celebra la Iglesia entera el día de la caridad, junto con el Jueves Santo, porque, además, el Corpus Christi es como el eco del Jueves Santo y tiene sentido, aunque es una manera muy pobre de decir lo que celebramos y lo que vivimos en este día. Yo Le pediría al Señor para vosotros, para mí, para todos los cristianos, que, efectivamente, Señor, Tu amor riegue nuestras soledades, riegue nuestra tristeza o nuestros sufrimientos. Que riegue con Su bendición y con Su amor nuestros pecados, y que pueda crecer en nuestra tierra una cosecha bella, una cosecha bella de humanidad, que es una cosecha bella de amor.

 

Recordad que hay dos mandamientos, que resumen toda la Ley: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón”. Si uno se da cuenta de que el Dios que es Amor es como la condición de que mi tierra pueda florecer, de que mi humanidad no se seque, de que mi yo no se muera, claro que uno tiene deseo de amar, aunque luego lo haga muy pobremente, pero tiene deseo de amar. Y el otro mandamiento es “Amarás a tus prójimos”. Es verdad que nuestros prójimos hoy con la televisión pueden ser habitantes de Malasia o de la Polinesia o de Alaska, pero nuestros prójimos son sobre todo las personas que tenemos alrededor, y una cultura nueva empieza siempre por los prójimos, por los que tenemos al lado. Por tu mujer y por tu marido, por tus hijos, por tus hermanos, por ese cuñado pesadísimo que no hay quien soporte, por el vecino de arriba que está siempre haciendo ruidos justo a las dos de la mañana y no nos dejan… Es decir, esos que viven a nuestro lado.

 

Alguien recomendaba, y yo lo estoy recomendando últimamente con frecuencia, cuando confieso, de penitencia: haz, una vez al día o dos al día, un gesto de amor por alguien que no lo espere, que no se lo merezca y que no se lo tengas que decir, además. “Hago esto, porque te quiero”. No, no. Un gesto, que puede ser una palabra amable; que puede ser una sonrisa; que puede ser una mano en el hombro en un momento determinado o una caricia; que puede ser el preparar algo o comprar algo: “Mira, yo sé que esto te gusta”. “¿Por qué me lo has traído?” “Porque yo sé que esto te gusta”. Hay tantas maneras de decir “te quiero” y hay tantas maneras de mejorar el mundo sin tener que esperar que nos los mejoren las leyes. Que no, que no hay que esperar a nada, que hay que empezar a vivir, y tenemos los motivos para vivir. Por qué. Porque Tú, Señor, estás en medio de nosotros. Estás en medio de nosotros para siempre y con una fidelidad eterna. Es decir, jamás te vas a cansar de nosotros. Cómo no adorar eso. Pero al mismo tiempo, cómo no abrirTe nuestro corazón. Y os aseguro que la vida cambia. Hasta los días más nublados se hacen más bonitos cuando uno toma la costumbre de hacer eso, una vez al día, o una vez por la mañana y otra por la tarde, si uno puede. Una vez al día, hacer ese gesto de amor gratuito. Que uno no quiere que se lo agradezcan, que no quieres que te lo reconozcan. Que, al contrario, dices “esto lo ve el Señor y lo sé yo, y lo hago tan contento”. Admitídmelo como consejo. Y si queréis, admitídmelo como penitencia. Pero, sólo de esa manera puede empezar una cultura nueva que no sea la cultura en la que estamos. Un pueblo nuevo que no sea el pueblo en el que estamos: el mundo del egoísmo; que no sea el mundo de la avaricia y del engaño, sino de la verdad, de la verdad del amor sencillo.


Qué hermosa es una vida y una creación vivida así. Por muchas heridas que haya en nuestra vida, porque el amor de Dios es tan poderoso y tan grande, Su abrazo tan radical y tan desde lo más profundo de nuestro ser, que es capaz de curarlas todas. En Tus manos, Señor, nos ponemos y Te pedimos que obres con nosotros esas maravillas, que son las que has venido a obrar cuando has querido venir hasta nosotros.

 

Soy muy consciente, naturalmente, de que nos aguardan unos tiempos difíciles y donde vamos a tener mil ocasiones de ejercer la caridad. Al mismo tiempo, soy consciente de que es imprescindible que ayudemos, que busquemos la forma de aliviar los sufrimientos o el hambre, o la necesidad de familias que posiblemente vamos a tener muy cerca. No quiero devaluar nada de eso. Al contrario. Lo único que quiero decir es que si no empezamos por hacer una cultura de amor, del amor, que brote de nuestro corazón y llegue a nuestro mundo más inmediato, esas cosas que hacemos al exterior tienen muy poco valor, no cambian gran cosa en la situación del mundo. Sólo cuando cambia nuestro corazón, el mundo empieza a cambiar.

 

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

14 de junio de 2020

S.I Catedral de Granada

 

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