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“La Iglesia es la casa de la familia de Dios que el Señor ha creado con su Encarnación, pasión, muerte y Resurrección”

Homilía en la Santa Misa de dedicación del altar de la parroquia San Antonio Padua, en la zona de Motril, anteriormente ermita (siglo XVII), el 18 de julio de 2020.

Fecha: 18/07/2020

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios:

Son tres de los nombres que la Tradición cristiana y el Concilio Vaticano II dieron a la Iglesia, y a mi me gusta saludar primero a la Iglesia. Luego saludo a los sacerdotes, que, como yo, también formamos parte de esa Iglesia, naturalmente, y estamos para servirla, pero la Iglesia es, ante todo, el Pueblo Santo de Dios que el Señor ha elegido para sí.

No son muchas las veces que un obispo tiene la oportunidad de consagrar una nueva iglesia o dedicar un altar, como hacemos esta tarde. Y en los dos casos, es una celebración preciosa. Yo, de hecho, casi, he hecho dos veces esa celebración en todos estos años. En Granada, dediqué recién llegado a Granada, a las pocas semanas, la iglesia de San Juan María Vianney, una iglesia nueva, moderna; y no hace todavía un año, dediqué otra en la Avenida García Lorca, Nuestra Señora del Pilar. Y en Motril, he hecho también Santa Josefina Bakhita y, ahora, la dedicación de vuestro altar, que me llena de alegría porque, efectivamente, recuerdo la ermita que yo visité la primera vez con un San Antonio que estaba colocado aquí, donde estoy yo, más o menos, en aquella primera celebración (lo recuerdo muy bien). Y hoy es una parroquia “con todas las de la ley”. Tenéis un párroco que se va a dedicar además a la parroquia de San Antonio, fundamentalmente, decisivamente, que es D. Alberto, y vais a tener un párroco, si Dios quiere, de aquí a muy poquitos días, que suplirá también a D. Juan Bautista, que ha luchado mucho por San Antonio y yo le he visto luchar por San Antonio, por la cofradía, por la procesión, para que en el norte de Motril haya la misma vida que en el centro (porque la hay. Y la prueba es que en un día, sábado de verano, estáis aquí).

Dos cositas quiero yo explicar en relación a la celebración de esta tarde. Una, son los varios significados que tiene el altar, que están vinculados con el significado que tiene la Iglesia. La iglesia no es simplemente un lugar donde nos juntamos para oír misa o para hacer unos cultos. De alguna manera, es la casa de esa familia de Dios que el Señor ha creado con la Encarnación, con Su Pasión, con Su muerte, con Su Resurrección y con el don del Espíritu Santo. Es el lugar donde la familia de Dios nos unimos a celebrar la Eucaristía. Es el lugar donde oramos, también, en tiempo de necesidad. Nos unimos para orar unos por otros, todos juntos. De hecho, en la antigüedad, cuando se decoraban las iglesias, se pensaba la iglesia como una anticipación del mundo final, del mundo definitivo. Y el centro de ese simbolismo del mundo final, que todavía está en la Catedral de Granada (están las estrellas en la cúpula del altar mayor, que habían sido tapadas por cal en el siglo XVIII, pero cuando se restauró, aparecieron aquellas estrellas. Ello pone de manifiesto que allí está muy cerquita el Cielo)... Pero donde está más cerca el Cielo es en el altar. El altar es bueno que sea de piedra y me alegra mucho que vuestro altar sea de piedra.

Os hago referencia a un pasaje del Evangelio, que seguramente todos recordáis: “El que escuche mis palabras y las pone por obra se parece a un hombre que edificó su casa sobre roca. Hubo tormentas, hubo lluvias, hubo tempestades y aquella casa no se vino abajo porque estaba edificada sobre roca. Mientas que el que no escucha mis palabras se parece al que edifica su casa sobre arena, que cuando vienen las tormentas, las crecidas y los vientos, se las llevan, porque está edificada sobre arena”. La roca es Jesucristo. Naturalmente que el Señor, que tomó una imagen que todo el mundo comprendía allí en Palestina, y que nosotros podemos comprender también (todos hemos conocido algunas crecidas de algún río con motivo de alguna tormenta donde ha habido desgracias, y no muy lejos de aquí, pienso en aquella de La Rábita, famosa, de hace tantos años, donde murieron alrededor de 100 personas).

Cristo es la roca. Pero no la roca de este edificio vivible. Es la roca de nuestras vidas. Porque la casa esa que tenemos que edificar cada uno es nuestra propia vida: la vida de nuestra familia, la vida de nuestra comunidad, de nuestro barrio, de los hermanos con los que vivimos y compartimos nuestro paso por la tierra, nuestra vida aquí en la tierra.

Es muy importante recordar que, en ese paso por la tierra, estamos juntos, nos ha puesto el Señor juntos. Y me parece más importante recordarlo ahora que estamos todos con las mascarillas. Yo les comentaba a vuestros sacerdotes que yo ahora en Granada, como no veo más que los ojos y ya de por sí soy bastante despistado, cuando veo sólo los ojos no sé si es una persona conocido o no es una persona conocida, entonces lo que hago es, sencillamente, saludo a todo el mundo. Cuando veo que me ponen una cara un poquito… yo les digo, “es que como no sé si te conozco o no te conozco, yo quiero saludarte porque nos ha puesto aquí el Señor juntos en esta tierra en este mismo tiempo, entonces somos compañeros de viaje”. Se lo explico así. La inmensa mayoría de las personas lo agradece, porque, como nos ha favorecido tanto a estar solos este tiempo de soledad que hemos vivido, todos nos damos más cuenta que tenemos necesidad unos de otros. También hubo una mujer que me dijo a mí un día: “Pero, verá, ahora nos vemos los ojos y eso nos obliga a mirarnos a los ojos, que antes no nos gustaba mirarnos a los ojos, siempre hablábamos, así como mirándonos de lado, y ahora como es lo único que vemos, pues hay que mirarse a los ojos”; y dije, “tiene usted razón”, porque los ojos es, además, lo que más expresa nuestra realidad. Los ojos y la sonrisa, las dos cosas, son las que más expresan nuestra realidad de imagen de Dios.

Esa vida que cada uno de nosotros tenemos que construir junto con nuestra familia, el esposo y la esposa, el marido y la mujer, los padres y los hijos, los hermanos, los primos, los vecinos, los prójimos, esa vida que tenemos que construir juntos, la Iglesia está para ayudarnos a construirla, y el centro o el núcleo es el altar de roca sobre el cual nosotros edificamos nuestra casa. A veces, tiene descascarillados o se mueve una teja porque ha habido un viento un poco más fuerte, pero eso se va arreglando si hay vida, se va arreglando siempre. Vosotros habéis arreglado esta iglesia y benditos seáis. Y benditos seáis también por otra cosa, porque al lado de vuestra iglesia está también un lugar de convivencia, que, a lo mejor, en los siglos XVI o XVIII, cuando todos éramos cristianos, las iglesias no se hacían con esos locales para reunirse, pero hoy, casi casi, es tan importante como la iglesia. En los países donde los católicos son minoría, pienso en zonas como todo el oeste de los Estados Unidos, que hay poquitos católicos, las iglesias son el lugar donde se pasa el domingo. La gente lleva cosas de su casa, incluso como tienen que pagar la escuela que tienen alrededor, porque allí no hay concertados ni cosas así, la gente de la parroquia hace un bingo y juegan al bingo en la parroquia todos los domingos, sencillamente para ayudar a mantener la escuela, a mantener a los maestros que educan a los hijos de la parroquia. A veces, incluso intercambian bienes. Si son parroquias que están en mitad del campo, quien tiene corderos lleva carne de cordero, quien tiene fresas lleva fresas… y en lugar de comprarlas en una gran superficie, las intercambian los parroquianos, y lo hacen hoy y además se hace cada vez más. Doy ideas, simplemente, pero que bendito sea que tenéis un lugar de reuniros y de estar juntos, y si fuera necesario alguna vez (quiera Dios que no lo sea), pero también intercambiar cosas. Intercambiáis aguacates por judías o por habas, o huevos por otras cosas, pero eso es una manera de ayudarnos, de tomar conciencia de que somos un pueblo, de que somos una familia, de que estamos unidos por el Señor en el camino de la vida, y estamos, además, para tendernos la mano unos a otros y para ayudarnos unos a otros.

Pero la roca es Cristo. Edificar sobre Cristo significa edificar bien, edificar bien nuestra vida. Sin Cristo, hasta las cosas que parecen más bellas, que lo son, como el matrimonio, el amor de un esposo y una esposa o el amor de los padres y los hijos, o el amor de los hermanos, todo eso puede romperse. Nos hemos acostumbrado, como llevamos viviendo veinte siglos de cristianismo, a que eso es normal que no pase. Pero no. No es normal que no pase. Eso es un milagro. El que las familias permanezcan unidas es un milagro y es el Señor quien hace los milagros. Cuando el Señor está en nuestras vidas, nos ayuda. Pues claro que hay dificultades, claro que hay momentos incluso muy difíciles o muy duros, pero el Señor hace posible que triunfe siempre la misericordia, que triunfe siempre el amor, que triunfe siempre el perdón y que se pueda volver a empezar de nuevo. Y para eso necesitamos dónde volver. Volvemos al Señor.

El altar es la roca sobre la que edificamos nuestra vida, pero es un lugar de sacrificio y un lugar de amor. Lugar de sacrificio porque Cristo… Hay un momento en que el sacerdote rompe el pan consagrado y echa un trocito del pan consagrado en el cáliz donde está la sangre de Cristo, y eso, que es un gesto pequeñísimo, sin embargo expresa… En el mundo judío se decía con frecuencia para decir que se había sacrificado un animal, un cordero, un novillo o unas palomas: “mezcló la carne con la sangre”. ¿Por qué? Porque al sacrificarlos se mezclaba, se llenaba aquello de sangre. Entonces, Cristo rompe Su cuerpo, lo reparte y nos lo da para que nosotros vivamos con la vida de los hijos de Dios, con la vida divina que Él nos comunica. Cuando comulgamos estamos recibiendo esa vida divina que Él nos da. Y el tercer signo del altar es que es un lecho nupcial. Eso a lo mejor no lo habéis pensado tanto, pero hay una antigua doctrina cristiana muy bonita que habla de tres altares: el altar central que es la Eucaristía; el altar que es el lecho nupcial de los esposos en la casa; y la mesa familiar, al menos del domingo. Los tres son lugares de sacrificio. Los tres son lugares de amor, que no es una cosa que se da espontáneamente. El amor tiene no mucho que ver, tiene un poquito pero no… de hecho, el amor es tan difícil que el Señor ha querido facilitar creando la atracción entre el hombre y la mujer, entre los sexos. Pero hay un abismo entre la atracción y el amor. Y el amor es un camino que se aprende, que se recorre, que se anda. ¿Y dónde se aprende? Se aprende en este altar donde Cristo da la vida por Su Esposa, por Su Pueblo.

Os digo simplemente, en la Eucaristía hay varios momentos en los que eso se pone de manifiesto. Uno es cuando el sacerdote consagra el pan y dice “este es mi cuerpo que se entrega por vosotros, esta es la sangre de la nueva Alianza, Alianza nueva y eterna”. El fundamento de que el amor matrimonial es para toda la vida tiene, como tendencia, como exigencia profunda del corazón… Ningún chico, ninguna chica aceptarían quererse si se ponen de acuerdo “bueno, nos vamos a querer mientras tengas buena salud y el día que dejes de tener buena salud dejamos de querernos”; o “nos vamos a querer durante unos años”, o “nos vamos a querer mientras seas joven”. No, no. El amor verdadero, y especialmente el amor esponsal, exige, anhela ser para toda la vida. Luego se puede romper, Dios mío. Luego a lo mejor no ha existido nunca. Todo eso lo sabemos perfectamente, no voy a negar, pero fijaros, se rompen mucho más los matrimonios cuando falta la roca como punto de referencia, cuando falta Cristo en nuestra experiencia de la vida; que a lo mejor es una palabra para rezar de vez en cuando, pero falta la experiencia de haber conocido al Señor y de haber experimentado el amor fiel del Señor.

Él es fiel con nosotros, que no lo merecemos. Y si Él es fiel con nosotros, el amor de unos esposos puede recomponerse siempre a Su luz, con Su ayuda, con Su gracia. Solos no, nunca. No lo penséis. Ni con ayuda de psicólogos o cosas de ese tipo. Hace falta el Señor. El amor, como todas las cosas en la vida, todas las importantes, tienen sus raíces en Dios, porque somos imagen suya y sólo se viven bien cuando se viven desde Dios y con el Señor. Por lo tanto, roca de nuestra vida, lugar de sacrificio, donde el Señor se sacrifica por sus criaturas y así muestra Su poder, Su grandeza, porque no es más grande el que presume de ser más grande, es más grande al que no le importa hacerse pequeño. Ese tiene la verdadera grandeza porque sabe que no la arriesga por empequeñecerse. Dios, al revés, se revela mucho más grande justo porque no le importa entregarse a Sí mismo para que nosotros, sus criaturas, vivamos con su vida. Qué cosa tan tremenda, qué cosa más maravillosa.

Pero os decía yo que en la Misa hay varios momentos donde el sacerdote, que hace de pontífice (“pontífice” significa “el que hace puentes”); en el obispo, todos esos cambios de que yo me pongo un gorro, me quito un gorro, me lo vuelvo a poner y todas esas cosas; (…) cuando el obispo lleva la mitra, está representando a Cristo. La mitra es una corona. Era la corona del rey de reyes en Persia y, entonces, representa a Cristo, pero cuando el obispo reza tiene que quitarse siempre la mitra. ¿Por qué? Porque, entonces, eso os representa a vosotros, representa a la Esposa frente al Esposo, a la Esposa frente al Señor. Son los dos papeles que hace. ¿Y qué es lo primero que hace el sacerdote cuando llega a una iglesia donde el altar ya ha sido consagrado? Besar el altar. Y un papa de hace muchos siglos, explicando la razón cómo el papa se quita la tiara y el obispo se quita la mitra, porque en ese momento, representando al Pueblo santo de Dios, representando a la Esposa, el sacerdote besa el lecho nupcial donde el Esposo va a dar la vida por ella. Eso es precioso. Caer en la cuenta de que la misa es eso, no es ya una obligación que hay que cumplir y donde un cura nos cuenta cosas.

Y las reliquias de los mártires que están ahí es porque los santos, y particularmente los mártires, son los que mejor han cumplido las palabras del Señor en la Última Cena: “Haced esto en memoria mía”. ¿Qué es lo que Jesús hace? Dar su cuerpo, su sangre, dar su vida por la vida del mundo y los mártires han hecho eso. Por eso, los cristianos antiguos, en los primeros siglos, tenían una especial predilección por ir a celebrar la Misa en los sepulcros de los mártires, de tal manera que los altares más antiguos cristianos eran sepulcros donde estaba sepultado un mártir. De ahí viene la tradición de que en los altares se depositen reliquias de mártires o de santos, pero si pueden ser de mártires mejor, porque ellos son como la prolongación de Cristo, la Iglesia, porque son hombres o mujeres que han dado su vida por Cristo, pero es la Iglesia que hace, que cumple las palabras del Señor “haced esto, dar vuestra vida por la vida del mundo, como Yo lo hago, por lo tanto, en memoria de que Yo lo he hecho por vosotros, con la conciencia de que Yo lo he hecho y lo hago”, porque se da en cada Eucaristía. El Señor se nos da. Sin que lo merezcamos. No lo merecemos nunca, nunca. Pero ese es nuestro Dios.

A mí me da muchísima alegría dedicar vuestro altar y casi es como el comienzo de la vida de esta… lleváis ya años viviendo como una parroquia, y cada vez con más movimiento y con más vida, pero empieza una etapa que ya empieza siendo parroquia y que ya, de una manera más transparente, más clara, va a ser el centro de referencia para todo el norte de Motril, si Dios quiere.

Que el Señor nos conceda abrir nuestros corazones, nuestros oídos. Pero, para que edifiquemos nuestra vida sobre roca, sepamos que Cristo se entrega por nosotros siempre, por muy desastres que hayamos sido o que seamos, y que el amor de Cristo, el amor esponsal de Cristo, jamás nos faltará. Cuando digo esponsal, es un amor del que el amor de los esposos no es más que una pobre imagen del amor que Dios nos tiene, porque en ese matrimonio, el de Cristo con su Iglesia, es el único en el que se cumple lo de que “serán los dos una sola carne”. Se cumple cuando comulgamos, porque, al recibir al Señor, el Señor se pierde por así decir en nosotros, se queda en nosotros, aunque como cuando comemos cosas, las cosas valen menos que nosotros, aunque sea un chuletón de buey o un trozo de carne excelente, pero cuando recibimos a quien recibimos es a Dios somos nosotros los que nos convertimos en Él. Pero esa unión hace de Cristo y de nosotros una sola cosa, tanto que San Pablo hablaba de los cristianos como “miembros de Cristo”. Somos miembros de su Cuerpo, somos parte de su Cuerpo. Y somos, todavía es más fuerte, parte los unos de los otros, porque todos comulgamos a Cristo, pero no somos una serie de individuos que cada uno tiene su vínculo, su “teléfono rojo”, para el Señor, y el Señor para cada uno de nosotros, sino que, al mismo tiempo, decía San Pablo, “porque somos el Cuerpo de Cristo, somos miembros de Cristo y somos miembros los unos de los otros”, de manera que sepamos que estamos en la vida juntos para compartir el camino, ayudarnos y querernos. Si es lo único que tenemos que hacer en la vida: aprender a querernos cada vez mejor. Cada vez más y cada vez mejor.

Que el Señor conceda a la parroquia de San Antonio este regalo precioso de que vuestras vidas muestren lo que es un trocito de Iglesia vivo y espléndido.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

18 de julio de 2020
Parroquia San Antonio de Padua (Motril)

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