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“Ser signo de ese amor infinito en todas las circunstancias de nuestra vida”

Homilía en la Misa del lunes de la III semana de Cuaresma, el 8 de marzo de 2021, en la fiesta del copatrón de Granada, san Juan de Dios.

Fecha: 08/03/2021

Dios mío, yo Le pido al Señor que cambie mi corazón como cambió el de san Juan de Dios, que vino a Granada. Granada era, en aquel momento, una ciudad que atraía a toda clase de personas, porque era una ciudad que se estaba haciendo de nueva, haciéndose nuevamente; había riquezas en abundancia para crear nuevos oficios y venían gentes de todo tipo buscando la vida. Y así vino Juan de Dios.

Y, sin embargo, por mediación de san Juan de Ávila y de su predicación, su vida cambió radicalmente, de una manera que ya en su tiempo pareció alocada, y hoy nos parecería completamente alocada. Yo sólo pido al Señor (se lo pido probablemente con una boca muy chica) que nos dé un poquito de esa locura de san Juan de Dios. Creo que cuando el Papa habla de “Iglesia en salida”, habla un poco de ese no valorar por encima de todo nuestras rutinas, nuestra seguridad, nuestros modos habituales de hacer, y lanzarnos a modos nuevos y buscar cómo aliviar el sufrimiento y el dolor de todas clases. Porque hay un gran sufrimiento provocado por la crisis económica (como causa de la pandemia). Hay otro gran sufrimiento porque ya el modo de vida que teníamos antes era un modo de vida basado en la acumulación y en la avaricia y eso siempre deja personas fuera, y siempre genera marginados, genera lo que el Papa ha llamado tantas veces antes de la pandemia “la cultura del descarte”. Descartamos a gente, descartamos a los que, según los criterios de este mundo, de la posición o del éxito, no valen.

Y luego, hay un sufrimiento también en parte provocado por la pandemia (también estaba antes, pero lo teníamos muy oculto), que es el sufrimiento de la desesperanza, en todas sus formas. La falta de motivos para vivir, porque no hay un sentido para la vida, porque no hay un significado para el trabajo y para la donación de uno mismo. Entonces, se descubre un tipo de pobreza muy profundo que existe en nuestro corazón, en el corazón mismo de nuestra sociedad y en el de muchos de nosotros.

Y uno Le pide al Señor: Señor, cámbianos. Cámbianos el corazón, para que podamos ser de alguna manera signo de que Tú estás vivo. Danos la valentía y la fortaleza que el Papa ha mostrado en este viaje suyo a Irak. Que ha sido tan intenso, tan fecundo. Una familia no cristiana –digo, que pertenecen a otra tradición religiosa lejanísima- ayer por la noche-tarde, de la otra parte del mundo, de Japón, me llegaba un mensaje dando gracias a Dios por la figura del Papa y por el bien que representa el Papa para el mundo.

Y uno da gracias a Dios, porque, efectivamente, esa es la Iglesia. Le pedimos al Señor vivirla con todo nuestro corazón. Amar a Dios con todas nuestras fuerzas, amar al prójimo. Y el prójimo, la parábola del buen samaritano lo pone delante muy claramente. ¿Quién es? Cualquiera que nos encontramos en el camino necesitado de dedicación, de que le dediques tiempo, a veces de que le escuches. Cuánta necesidad de escuchar hay en nuestro mundo. Otras veces, de ayudas posibles; otras, de un abrazo, una caricia, un gesto que exprese lo que Dios hace con nosotros: estoy contigo, estoy a tu lado, no estas solo. Y eso es lo que, muchas veces, expresa cuando se habla de una Iglesia “samaritana”. Es una Iglesia capaz de acoger lo que se va encontrando en la vida. Y yo creo que lo que mejor lo expresa es cuando el Papa habla de que la Iglesia hoy está llamada a ser un “hospital de campaña”. El mundo es Irak en muchos sentidos. El mundo vive como si acabáramos de salir de una guerra, y a veces en medio de una guerra por la violencia interior que hay, tantas desazones y desasosiegos y así. Y la Iglesia está llamada a poner una mano de alivio, de cariño. No es que nosotros podamos arreglar el mundo, pero sí que podemos ser signo del amor infinito de Dios.

Que el Señor nos conceda, a la medida de nuestras fuerzas, a la medida de Su Gracia, sobre todo, ser signo de ese amor infinito en todas las circunstancias de nuestra vida. En nuestra ciudad, en nuestra querida Granada, que tiene necesidad de esa mano de misericordia y de ternura que la Iglesia está llamada a ser en medio de un mundo sin corazón.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

8 de marzo de 2021
Iglesia parroquial Sagrario-Catedral

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