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“Dios es Amor”

Homilía en el último día de las celebraciones de la Octava del Corpus y víspera de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, en el pueblo de Santa Fe (Granada), en la iglesia del Colegio Carmen Sallés, el 10 de junio de 2021.

Fecha: 10/06/2021

Muy querida Iglesia del Señor, Esposa amada del Señor;

muy querido D. Eduardo;

queridos sacerdotes concelebrantes;

saludo a las hermanas (no sólo las Misioneras Concepcionistas, sino alguna hermana más que hay aquí);

queridos todos:

 

Celebrar la fiesta del Sagrado Corazón tiene en el fondo un significado muy sencillo pero que es como un resumen, al igual que de la otra manera lo es la del Corpus. Es un resumen de todo el Misterio que celebramos en torno a la Pascua, de todo el Misterio Pascual. Si queréis, un resumen del Acontecimiento cristiano, del que fundamenta nuestra fe y nuestra vida. Que fundamenta la vida nueva que Cristo nos da de fe, de esperanza y de caridad, que el encuentro y el conocimiento de Cristo hace posible. ¿Cuál es ese resumen? “Dios es Amor”. Es la única definición de Dios. Hay otra, que se da en el Nuevo Testamento: “Dios es luz”. Pero es casi lo mismo, porque es verdad que, en nuestra experiencia humana, ilumina la vida y la hace no sólo vivible, sino bella y agradecida. Y la definición esa está en la Primera Carta de San Juan. Porque es como si San Juan mirara en esa Carta todo lo que ha sucedido con Jesús y luego, el Misterio de su muerte y Resurrección, y lo que eso nos descubre del Misterio del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Dios Trino, el Dios verdadero.

 

Cuando nace la fiesta del Sagrado Corazón era necesario recordar que Dios es Amor. Y no sólo que Dios es Amor, sino que Dios nos ama en Cristo con un corazón humano y, por lo tanto, hace verdad este precioso fragmento del profeta Oseas: “Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor”. El profeta Oseas es una de las cimas del Dios del Antiguo Testamento, de la experiencia que Israel tiene de Dios en la larga historia que va desde Abraham hasta Jesús. Israel vivió por muchos momentos diferentes y Dios iba, a través del Antiguo Testamento, educando a Su pueblo. Alguna persona yo le he leído decir que Oseas y el “Cantar de los Cantares” son justamente los dos textos del Antiguo Testamento donde más se aproxima a la experiencia de Jesucristo, al Ministerio de Jesucristo, a la Encarnación del Hijo de Dios, que es Encarnación del Dios que es Amor, del Dios que nos entrega a Su Hijo. Dios envió a Su Hijo al mundo no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su propio Hijo”.

 

En Cristo se realiza, por lo tanto, la culminación de todas las esperanzas de Israel y de la experiencia de Israel por amor. Pero, ¿por qué nace la fiesta del Sagrado Corazón? Pues, porque después, sobre todo de una cosa que se llama jansenismo que floreció en Francia en torno al siglo XVII y XVIII, pero que tuvo muchísima influencia, se percibía a Dios más como alguien justiciero, muy exigente con los hombres y muy duro. Preocupado siempre por el castigo que podría dar y la expresión del temor de Dios que se usa en la Escritura se había convertido en miedo de Dios. Hasta tal punto llegó a influir eso que la gente se retraía de comulgar, y se retraía durante mucho tiempo. La Santa Sede tuvo que hacer durante generaciones campañas en favor de la Comunión frecuente, de que la Comunión era la culminación de la Misa y que era deseable el poder comulgar con frecuencia. Eso todavía, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, se daba.

 

Y la fiesta del Sagrado Corazón, la devoción al Sagrado Corazón, nos recuerda que Dios no es ese Dios lejano y justiciero que está detrás de nosotros para ver qué es lo que hacemos mal, que imaginaban los jansenistas en la versión más popular y más vulgar, sino que Dios es Amor y que Dios nos ama en Su Hijo Jesucristo con un corazón humano. Esa es una manera de decir que el cristianismo es el Misterio de la Encarnación: que Dios se haya hecho hombre, que el Hijo de Dios haya querido vivir una vida de hombre. Por obediencia al Padre y por amor a nosotros, “porque la Voluntad de Dios es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”. Que por amor a nosotros haya querido asumir nuestra condición humana, vivir una vida de hombre y entregarse a nosotros: “Nadie me quita la vida. Yo la doy porque quiero” y “no hay mayor amor que dar la vida por aquellos a los que uno ama”.

 

Por lo tanto, la historia del amor de Dios con los hombres se consuma en Jesucristo, se consuma en la Pasión, en el pasaje que acabamos de leer, cuando Cristo entrega Su vida. Pero no se queda ahí, porque el Señor prometió el envío del Espíritu Santo y lo que se nos da con el Espíritu Santo es la vida de hijos de Dios, es la vida misma del Hijo de Dios, sólo que Él la tiene por regalo, por adopción. Solemos decir que somos hijos adoptivos, pero hemos sido llamados a vivir la vida del Hijo de Dios, la libertad gloriosa de los hijos de Dios y la certeza esperanzada de la participación de su Reino, de su herencia. Nuestro destino no es la muerte, nuestro destino no es el tanatorio, ni el cementerio. Pasaremos por la muerte, claro que sí, como ha pasado el Hijo de Dios para asumir, y no de manera teatral, sino para asumir verdaderamente la condición humana. Pero la muerte no es nada más que el último episodio, el paso de nuestra vida a nuestro destino eterno, a la vida eterna, que es la vida glorificada, divina.

 

El amor, en la historia de Dios con nosotros, se consuma en la Pasión de Cristo. Me parece que es providencial que coincida esta celebración del Sagrado Corazón de Jesús con la Octava del Corpus, justamente porque ese “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, esa promesa de Jesús, nunca sería lo mismo si recordásemos sólo lo que sucedió hace 2000 años, porque sólo lo que es presente tiene el poder de mover nuestro corazón y abrir nuestro corazón, y el Señor se ha quedado con nosotros en los Sacramentos de la Iglesia y en ese Sacramento central de la vida de la Iglesia que es la Eucaristía, donde se realiza misteriosamente, sacramentalmente, todo el Misterio de la Encarnación y todo el Misterio Pascual. Y se cumple en el don que Jesús hace a nosotros y que estaba simbolizado en el agua. La Iglesia ha visto siempre que en el agua y la sangre que brotan del costado de Jesús hay un símbolo de la Eucaristía. Es decir, donde se prolonga en los siglos, de una manera siempre actual, siempre fresca, siempre nueva… tan nueva como en la misma mañana de Pascua, el amor de Cristo por ti, por mí, por cada uno de nosotros. Pues, en los Sacramentos de la Iglesia, en el Bautismo que nos hace hijos de Dios, y en la Eucaristía, y en el perdón de los pecados, en todos los Sacramentos, también en el matrimonio, que hace carne el amor de Dios esponsal por su Iglesia, por la humanidad… pero, en la Eucaristía, el Señor Se nos da y Se hace uno con nosotros de una manera verdaderamente única, inefable, de tal manera que podemos decir todos “no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí”.

 

Tenemos un nuevo “yo”, un nuevo sujeto, comunicado por el Espíritu Santo. Y ese nuevo sujeto es Cristo, que quiere crecer en nosotros hasta llegar a la plenitud. Curiosamente, ese don de Cristo es la realización plena de nuestra humanidad. Nuestra vocación humana se llama Jesucristo y se realiza en la Comunión y en la participación de la vida de Cristo. Eso significa que vivimos del amor de Dios y que no determina nuestra vida ya las circunstancias que haya en ella, de más juventud o de más edad, o de salud o de enfermedad, de pobreza o de riqueza, de unas circunstancias de un tipo favorables o de otras más difíciles, como hemos estado viviendo por ejemplo en todo este periodo. En medio de esa dificultad, Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Jesucristo Se nos sigue dando y su amor llega a nosotros.

 

Yo lo decía el día del Corpus: “Cristo no ha venido para que lo adoremos. Cristo ha venido para transformar nuestra vida, para llenar nuestro corazón, para llenar nuestra vida, para conmovernos y permitirnos vivir en la libertad gloriosa de los hijos de Dios y en la esperanza de la promesa de la vida eterna”. Y eso cambia nuestra manera de vivir, nuestra manera de tratarnos unos a otros, nuestra manera de construir una familia, de relacionarnos en el ámbito del trabajo. Hasta podría generar nuevas formas de relación humana, de sociedad, trabajo y vida comunitaria en la calle. No hablo de la Iglesia, hablo de la vida. Podría, si Cristo llena de verdad nuestros corazones y nuestras vidas, nacer verdaderamente una humanidad nueva.

 

Yo creo que las circunstancias que vivimos nos piden, de alguna manera, o nos impelen a que Le pidamos al Señor: Señor, que nazca de entre nosotros, que escojas de entre nosotros a jóvenes, a personas que tengan la capacidad de mostrar, aunque sea de manera embrionaria, pequeñita, como cuando empezó la Iglesia, esa humanidad nueva que necesitamos, donde todos nos vemos como hermanos, miembros de la misma familia y no sólo miembros de la misma familia, sino miembros del mismo cuerpo. San Pablo dirá “sois miembros los unos de los otros”.

 

Dios es Amor y nos ama con un corazón humano. El corazón de Jesucristo es un corazón humano y ese amor llega a nosotros en la vida sacramental de la Iglesia. Y llega a nosotros en la vida sacramental de la Iglesia, para que ese amor transforme también nuestras vidas, permita que cumplamos nuestra vocación, que es siempre una vocación al amor, porque somos imagen y semejanza de Dios. Y sólo con la vida de Dios en nosotros nuestras vidas verdaderamente se cumplen.

 

Termino contándoos una anécdota que me pasó a mí cuando, siendo obispo auxiliar de Madrid, yo me ocupaba de los universitarios. Me acuerdo que había un chico que vino a verme, al despacho de la capilla de Derecho, y me contó una historia muy dramática de una familia totalmente desestructurada, rota y lo que a mí me salió espontáneamente fue animarle, alentarle y decirle “Dios te quiere a pesar de todo lo que pueda parecer que hay en tu vida de dolor y de heridas, Dios te quiere”. Pero no se me olvida lo que el chico dijo. Reacciono rápidamente y me contestó a mí: “¿Pero cómo sé yo que eso es verdad si no tengo cerca de mí a nadie que me quiera?”. Y le dije “tienes razón”. Y tienes tanta razón que, aunque te acabo de conocer, yo te ofrezco el que podamos caminar como amigos y ser amigos si tú quieres. Y efectivamente, ese chico comenzó después un camino. De esto hace muchos años.

 

¿Por qué cuento esto? Porque si nosotros nos alimentamos de Jesucristo y del amor de Dios hecho en Jesucristo, el mundo no va a encontrar a Dios porque nosotros le sermoneemos, o le regañemos, o nos parezca muy mal cómo marcha el mundo, y nos enfademos y estemos llenos de irritación porque es un desastre el mundo en el que vivimos. El mundo sólo renacerá cuando en nosotros puedan reconocer un eco, un reflejo, como se refleja el sol en el mar; que se pueda ver en nuestro afecto el amor con que Dios ama a cada uno.

 

También lo dije el día del Corpus en la Catedral cuando San Juan Pablo II decía qué es lo que tenía la Iglesia que proclamar y gritar a cada hombre y cada mujer, como resumen del cristianismo: “La Iglesia quiere decirle a cada hombre y cada mujer ‘Dios te ama, Cristo ha venido por ti’”. No se trata de que repitamos esa frase. Se trata de que, efectivamente, en nuestra manera de estar con nuestros prójimos, con las personas que tenemos cerca, se pueda ver en la alegría, en el afecto, en la paciencia, en el perdón, tantas maneras de las que se pone de manifiesto el amor en nuestra vida.

 

Que nuestras vidas reflejen, que sean como una prolongación de la Eucaristía. Que seamos el Cuerpo de Cristo. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo también. Alimentados por el Cuerpo sacramental de Cristo, el Cuerpo de Cristo que anda por las calles sois vosotros.

 

Que la gente pueda ver en nosotros ese reflejo del amor de Dios. Yo lo pido para mí, con todos mis defectos y todas mis limitaciones. Pero el mundo sería un lugar mucho más bello con que los cristianos nos dejásemos sencillamente que el amor de Dios calase en nuestras vidas y nuestras vidas fuesen, aunque fuera muy pequeñita, una manifestación del amor de Dios.

 

Si Dios es Amor, no hay amor verdadero en este mundo -verdadero, que amores falsos hay muchos y la palabra “amor” se usa mucho para cosas que tienen poco que ver con el amor- que no sea una participación en el Ser de Dios. Un don de Dios.

 

Que el Señor haga crecer ese amor en la vida de todos los que estamos celebrando esta tarde la Eucaristía y, quiera Dios, en toda la Iglesia.

 

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

 

10 de junio de 2021

Iglesia del Colegio Carmen Sallés (Santa Fe, Granada)

 

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